Heterosexual Tabú

Allison: Colegiala y prepago

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Profesor-colegiala | 14 años | Tabú | Romantiporn | Prostitución

Stregoika ©2022

1 -La Margarita del Ocho

Una vez tuve que ayudar a mi hermano porque su camioneta quedó inmovilizada y él tenía qué acudir a un evento. Mi hermano era el encargado de dar en alquiler e instalar sistemas de sonido para eventos. Cada vez lo contrataban para eventos de mayor talante y ganaba más. Yo, en cambio, era un triste profesor1. Aunque no cambiaba por nada un trabajo en el que estuviera rodeado todo el día de cientos de morritas de 12 a 16 años.

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1En Colombia, ser profesor es deprimente.
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Inclusive, yo era un profesor de 32 años fuera de lo común. Me relacionaba amorosa y sexualmente con estudiantes de entre 14 y 16 años todo el tiempo. Al año tenía al menos dos novias de grados entre noveno y undécimo. Las colegialas eran mi religión y mi profesión era mi pretexto. Me regocijaba en orinar encima de los principios y estándares, rompiendo reglas estúpidas, y no tengo duda alguna que la relación amorosa más hermosa —y natural— que existe es entre una adolescente y un hombre maduro. Pero seguir hablando de eso sería repetir aquí todos mis otros relatos. Mejor les sigo contando.

Metimos una parte del equipamiento de mi hermano en mi pobre carro, y la otra en el carro de su esposa. Llevamos la carga a un suntuoso lugar a las afueras de Bogotá, llamado La Margarita del Ocho, un sitio con célebre historial de reuniones de narcotraficantes. Una vez descargadas las cosas, me tomé un descanso y me puse a ver el panorama. La neblina que cobijaba la sabana apenas empezaba a levantarse y el cielo a quitarse la pijama.
No éramos los únicos que habíamos madrugado a efectuar preparativos para la reunión: también había otros empresarios análogos a mi hermano, ocupados de otras necesidades de reuniones sociales como Catering y decoración. Una hora después llegaron las “meseras”. Ya verán por qué las comillas. Un autobús privado arribó a La Margarita del Ocho. De él descendió un batallón de muchachitas que me hizo babear. “¡Tren de mamasitas!” grité mentalmente. Lo que más llamó mi atención fue que eran todas nenas en edad escolar. Nenas que bien podrían estar cursando algún grado de bachillerato. Carne muy fresca, muy tiernita. Como era muy temprano, todas iban en jean o hasta sudadera. No reparé en ellas hasta que pasó otro par de horas. Mi hermano había aprovechado mi presencia para ponerme a trabajar. Estábamos probando cableado y algo llamó muy poderosamente mi atención a unos cincuenta metros. Mis retinas identificaron una silueta femenina y mi cerebro reaccionó. Pero no era una silueta femenina nada más, sino que iba ataviada de modo especial. ¿Habían mis ojos visto mal? No. Una morra acababa de pasar trotando de una casa a otra, disfrazada de conejita playboy. Dije “Ufff”, solté los cables que tenía en la mano y caminé instintivamente hacia donde vi a la morra. Caminé unos minutos y llegué a la casa donde había entrado la conejita. Había al menos veinte conejitas playboy ahí, terminando de ponerse sus disfraces. Las morras que habían bajado del autobús. “Ay Mamá” me dije. No voy a negar que aunque era profesor, la mayor parte del tiempo era más como un albañil. Me divertía serlo, imaginar y a veces decir piropos muy sucios y hacer miradas y gestos pervertidos e irrespetuosos. Ahí, a un metro de la ventana de esa casa, mi mandíbula se aflojó, hice el ademán de limpiarme la baba y me toqué el pantalón. Me llené de ganas. Tuve de inmediato la idea de pedirle a Maryory, mi novia (una de undécimo) que se pusiera un disfracito de coneja de playboy. Ella tenía un cuerpo increíble y era muy ardiente. Pero, como si la hubiese invocado con mi pensamiento, ambos mundos se conectaron intempestivamente. El de los colegios, monótono, y el de las fiestas clandestinas, sórdido. De entre el grupo de ruidosas chicas una me detectó y quedó viendo. No lo podíamos creer. Era Allison, principal compinche de Maryory, estudiante mía e importante celestina en mi relación ‘ilegal’ con mi novia. Yo fruncí el ceño y abrí un poco más la boca, pero la gesticulación de ella fue mucho más especial. Me vio, me identificó, abrió los ojotes como si le fuera a echar yo gotas, tiró la carita para adelante y sonrió hasta morderse las orejas. A continuación corrió a la salida de la casa, a mi encuentro. Todavía estaba ajustándose el puño de camisa —solo el puño, la camisa no existía— en la muñeca.
—¿¡PROFE! Qué haces aquí?
La alegría que le había dado verme acababa de mejorar todavía más la percepción que tenía de ella. El que fuera como un albañil que hace lascivos movimientos con la lengua mientras le mira la cola a una niña de trece años, no reñía con que fuera también romántico y apasionado al punto de parecer un artista suicida.
El disfraz consistía en zapatos con acabado de gamuza negra, tacones medios, pantymedias negras muy delgadas (¡infarto!), traje de baño de una pieza que revelaba la cintura y el vientre mediante una sugestiva transparencia, cola blanca de conejo, cuello y puños de camisa blanca y una ridícula corbatita. Por supuesto, también tenía una diadema con largas orejas blancas a lo Bugs Bunny. A su pregunta, no pude contestar, porque todavía estaba mirándola, levantando mis cejas y a punto de emitir un silbido.
—¡Ay, profe! —dijo, y al fin terminó de abotonar el puño de camisa.
—Allison, yo nunca, ejem, imaginé verte así —al fin produje el silbido.
—Tan lindo —dijo, y se acercó un paso más a mí—. Pero nadie puede saber que me viste aquí.
¿De qué iba a preocuparse? Yo era un profesor que me ennoviaba y acostaba con la estudiantes. Prrr.
—¡Relájate! —le dije, en tono casi divertido.
—Está lindo el disfraz ¿cierto?
Dio una vueltecita. Yo bajé la mirada. Ella lo notó y volvió a ponerse de espaldas, se dobló ligeramente y dijo:
—Tan linda la colita ¿no?
Se refería a la cola de conejo, efecto que tocó un par de veces con las yemas de los cinco dedos, para sentir su adorable textura. Pero yo no presté atención al disfraz. Allison estaba ahí, dándome la espalda y doblándose un poco, en pantymedias negros y traje de baño pequeñito. ¿Qué mirarían ustedes? ¿La cola de conejo? Sentí ese pequeño movimiento involuntario dentro de mi sistema reproductor, indicio de que habría una erección. Allison se incorporó y me reclamó, a punto de reírse:
—¡Ay profe, tu me estás mirando es las nalgas!
Me pasé ambas manos por la cara, sin saber qué decir.
—Profe, si me ven aquí hablado contigo me van a regañar. Hablamos el lunes ¿vale?
Dicho eso, se lanzó sobre mí y me besó sonoramente una mejilla. Se regresó a la casa trotando. Observé al grupo de muy jóvenes diosas un minuto más y volví con mi hermano, pero ya con cara de ponqué, como cuando un cagón de 8 años se enamora por primera vez.

2 – TayroVisión

El resto del fin de semana me la llevé suspirando. Estuve recordando mucho, o todo de Allison, desde que llegó nueva a grado undécimo, se hizo amiga de Maryory y nos alcahueteó todo. La primera vez que la vi, me llamaron la atención sin que pudiese yo hacer nada para evitarlo, sus monumentales piernas. Y eso que no era una chica alta. Pero el contorno de ese par de perniles era como para sacar una sección y ponerla en un asador. Si la comparabas a ella con otras de undécimo, asegurarías de primerazo que Allison era deportista, patinadora o algo. Cuando una morra tiene esas proporciones, es decir, brazos y piernas fuertes y cinturita de ánime… Mándame al infierno, Dios ¡pero no me tientes! En el ánime, a los dibujantes les encanta pronunciar esta característica. De hecho, la técnica para dibujar la cintura es intersectar dos triángulos por la punta. Así era Allison. Con piel blanca como la yuca cruda, carita de mocosa de 10, cabello negro y liso… cuando ella llegó yo ya estaba enredado con Maryory. De no haber sido por eso, me habría involucrado con Allison, sin cuestionar.
Allison solía usar la falda del uniforme por puro cumplimiento. Se sentaba en el pupitre uniendo los talones a las nalgas, y la falda no le servía para nada. Qué espectáculo. Aprovecho para decir que los profesores varones, desde el nefasto ascenso de lo políticamente correcto, tienen una lamentable tendencia a encajar en los requerimientos y hacer la vista gorda a los despampanantes atributos de las adolescentes, incluso de algunas menores, al punto de parecer maricas. Su argumento es risible: “Sí, es muy linda, pero es una niña”. La frase correcta es “Sí, es muy linda, PORQUE es una niña”. Me sobrecoge el poder del control mental y como programan exitosamente a casi todo mundo para que piense como le ordenan pensar, y sobre todo que les digan por encima de su propio juicio qué es correcto y qué no. Por eso disfruto tanto relatar mis experiencias eróticas con mis alumnas, porque es contra-flujo. Me encanta ser un virus en el sistema. En fin. ¿En qué íbamos?
De Allison había un rumor: Que su Facebook era como una página de playboy. Yo escupí sobre dicho rumor, y sobre quienes lo decían y sobre quienes lo creían, porque el Facebook de Allison era normal. Solo tenía fotos con grupos de amigos y mostrando el dedo medio. Ingenuo de mí. A la mañana del domingo, día siguiente a la reunión de empresarios en la Margarita del Ocho, revisé mi Facebook y vi una solicitud de amistad de Allison. De inmediato até cabos. La cuenta que yo conocía era “la de mostrar”, pero la verdadera… pues estaba por conocerla. Habernos encontrado en la Hacienda y haberla visto haciendo su trabajo, ya me ponía en el selecto grupo de personas con derecho a ver su verdadero perfil. Con la mano casi temblando, acepté, entré al perfil, directo a las fotos y… “¡Ay mamá!”

Estuve navegando por sus álbumes durante más de una hora, mordiéndome la mano izquierda hasta que se me magulló la carne y cambió de color. Les hablaré de la foto que más recuerdo: Allison, mi niña de 14 años, de grado undécimo, estaba desnuda sobre su cama, cubriéndose sus perfectos senos de adolescente con un brazo y con la punta de una sábana que pasaba sobre su cadera, cubría su entrepierna. Yo nunca me había pajeado por Allison, sobre todo porque estaba muy entregado a mi relación con Maryory, pero ese día no pude contenerme. En otras fotos aparecía con minifaldas tipo cinturón, faltándole un milímetro para que se le viera ‘el pan’. Pero en ninguna foto se le veía el entrepierna ni un pezón. Siempre faltaba un milímetro, una célula ¡un átomo! Era una experta calienta-ojos.

Y ese cuerpo… fue entonces cuando se me hizo que parecía Akane Tendo. Por eso lo del ánime. ¡Ay qué destino chimbo ser hombre y vivir hambriento y esclavizado por la belleza de las mujeres, en especial de las morritas!
En otros álbumes aparecía con compañeras de su trabajo, una “academia de modelaje”. Eso explicó por qué Allison era tan confidente mostrando —modelando— las piernas, tanto en fotos como en vivo, por qué las tenía de concurso, y por qué las fotos lucían tan profesionales. Por eso no mostraba ‘el pan’, porque no eran fotos de upskirts ni de desnudos, sino que modelaba su fuerte: Sus piernas.

La academia en sí fue otro impacto para mí. Era la misma que tenía un programa de televisión que yo veía fervientemente cada feriado en la mañana para matarme a pajas, hacía veinte años. Pre-adolescentes y adolescentes desfilando en minifalda y trajes de baño ¿cómo no? El programa de TV había desaparecido pero la academia no, y allá estaba metida una de mis estudiantes, en TayroVisión. Veinte años después, estaba otra vez sacándome leches por una de sus discípulas JA JA. Pero me carcomió el corazón que las niñas fueran enviadas a eventos no como modelos; o con fachada de modelos, pero a prestar quién sabe qué servicios. No lo piensas así hasta que una querida tuya está envuelta en ello. “¿Será que anoche, en la Margarita del Ocho, algún empresario y/o ricachón se interesó en mi Allison y se la llevó…? Estará ella a esta hora más culiada que Sailor Moon en bus urbano? ¿Con el culito tan adolorido que apenas puede sentarse despacito pero contando buenos billetes? ¿Es mi Allison una prepago, como las de las novelas?”

3 -Profe sapo.

—Allison, veámonos esta tarde y hablamos.
Así tal cual, un docente invitando a salir a una estudiante de 14 años en medio del descanso en el parque del barrio.
—¿Esta tarde? Profe ¡tú sí eres loco! —rió— ¿A dónde me vas a llevar? —preguntó, poniendo el cuerpo en forma de S, coqueteando.
Mi intención era saber cuánto más pudiera de su trabajo y ver, si fuese el caso, cómo aconsejarla. Pero también tenía un propósito que ni yo mismo en ese momento era capaz de admitir: Estaba loco por hacerle el amor. Por hacer realidad al menos una fracción de las cosas que imaginé cuando me pajeé todo el domingo con sus fotos de Facebook.

El momento acordado se presentó y con un típico y molesto retraso de ella de media hora, nos reunimos. Allison tenía un pintica que ya le había visto una vez, una que llevó al colegio las primeras veces, cuando todavía no compraba el uniforme. Constaba de una minifalda con peto y tirantes, de mezclilla, imitación de overall de trabajo, un pequeño top negro y leggins negros muy delgados. Su calzado no podía ser otro sino deportivo, y su cabello estaba sujeto con una balaca colorida que contrastaba con sus muchas pulseras. Típica muchacha de barriada, estudiante de último grado e hija de algún proletario. ¿Cómo imaginar a esa belleza de chica vestida de conejita playboy o en fotos tan subidas de tono en su perfil, donde solo le faltaba mostrar estrictamente los pezones y el pan? Esto mismo aplica a cualquier morra de 12 a 16 que conozcan, por inocente que se vea. Incluyendo a vuestras hijas.

—Hooola profe, me dijo.
No estábamos en ningún sitio de gran categoría ni romántico. Sólo éramos un profesor y una de sus alumnas viéndose en un centro comercial a poco de morir la tarde. Por lo pronto. Subimos a un mirador y nos sentamos a una mesa. Tomar un refresco y un café viendo nacer y luego morir los arreboles sería… ¿Por qué siempre andaba yo buscando un tinte romántico?
Mientras anduvimos hasta allí, Allison caminó muy pegadita a mí e incluso se agarró rodeando mi antebrazo con el suyo. Aunque mi vida fuera tan perniciosa y sumergida en cosas prohibidas, esos detalles nunca perdieron el valor.

—¿Quieres que adivine de qué quieres que hablemos? —me retó.
—Ya sé que sabes.
—De Maryory ¿cierto?
Qué sorpresa me llevé.
—Tú quieres conmigo ¿cierto? —agregó ella.
—¿¡QUÉ!? ¡¡No!! Es decir ¡sí! —me palmeé la cara— No, no es para que hablemos de Maryi.
—Ah, pero sí quieres conmigo ¿no?
Sí, desde que la vi llegar estaba imaginando cómo le subía la faldita de jean y le chupaba entre las piernas a través de su leggins. Pero no iba a perder el control:
—Entonces voy a ser yo quien hable ¿Entendido? —dije.
Allison sonrió y abrió la boca, sacó la punta de la lengua y se metió el pitillo de su jugo de guanábana sin dejar de mirarme.
“Tú, quieres conmigo” pensé.
—Allison, me intriga mucho tu trabajo. Me asombré mucho de haberte encontrado allá. Estabas muuy… bonita. ¿Estabas de mesera, cierto?
—Síp, mesera. Todas éramos meseras.
—¿Por qué tantas?
—Porque… ¿A ver? La Margarita del Ocho es muy grande, no la van a alquilar para hacer reuniones pequeñas. Ese día había como doscientos invitados.
—Y ¿quienes eran los invitados?
—Empresarios. Es de lo más aburrido que puede haber —hizo la cara respectiva a dicho aburrimiento.
—Acaso ¿qué otras reuniones hay?
—¡Uff! Lo que te imagines. Una la pasa muy bien en lanzamientos de discos, por ejemplo.
—Y ahí ¿también eres mesera?
—Claro.
La siguiente pregunta sería neurálgica:
—Pero ¿para qué compañía trabajas como mesera?
Allison soltó y apartó su bebida y se apoyó con sus codos en la mesa, enmarcando con sus brazos sus hermosas tetecitas apretadas en el peto de su overall.
—¿Qué es lo que quieres saber, profe? Sin rodeos.
Pero yo no era tan bueno como ella para hablar sin rodeos.
—¿Qué hiciste exactamente el sábado en La Margarita?
—Serví mesas, profe.
—¿Sí? Pues tú y las demás estaban como para chuparse los dedos —dije, ‘sin rodeos’.
—A los invitados les gusta mirar —declaró, levantando un hombro de forma desvergonzada.
—¿Solo mirar?
—¿Por qué no preguntas si soy puta y ya?
No supe qué decir. Ella siguió:
—A los invitados les gusta mirar, a ti te gustó mirar. ¿O No? Y si a tí te gustaría hacer algo más que solo mirar, no preguntes si a los invitados también. Ahora contéstame algo tú. ¿Eres mi profesor, un pretendiente o mi papá?
Odio cuando los adolescentes se ponen difíciles.
—Soy los tres —dije, desinflando el pecho—. Soy un profesor sapo, un pretendiente celoso y un papá protector.
Allison me miró por un segundo con su cara tan lánguida que podría escupirme, pero tras un segundo de yo decir eso, soltó esa bella sonrisa que te hacía sentir alambre de púas como cinturón.
—¡Ay Profe! —rió—. El sábado serví mesas. Pero hay empresarios o invitados de mucha plata que piden “una niña” y hablan con los de la agencia. Y la que diga que no, la echan.
—O sea que ¡sí estás allá por parte de TayroVisión!
—¡Ja! Profe, si le quitaron el logo al bus por guardar las apariencias —agregó.
Enderecé mi espalda y me descargué sobre la silla, dando un resoplido.
—Lo del modelaje es pantalla, profe. Las que se convierten en modelos son hijas de papi y mami que entran a agencias muy grandes y conocidas para ellos, que no necesitan programas de TV ni propagandas. En Tayrovisión hay puras nenas así como yo, de barrio ¡divinas, eso sí! Y sí, sí enseñan cosas de modelaje, pero a una agencia de esas ninguna marca la contrata por que le modele nada. Solo empresas de logística de eventos cuando hacen una reunión de viejos verdes, casi siempre empresarios o narcos.
Me volví a palmear la cara.
—Yo solo —siguió ella— he ido a cuatro eventos y en ninguno me han pedido. Me he salvado por chaparra y por que no soy tetona. No me han pedido a los de la agencia, pero a amigas sí les han preguntado por mí. Para la próxima ya me estreno, estoy segura.
No podía creer lo que oía. Quisiera ser uno de esos empresarios putos y no verla como prepago sino casarme con ella. Pero solo era un infeliz profesor de bachillerato, tan pobre que cuando muriera, me meterían a un hueco en la tierra pero a la media hora me volverían a sacar para meter a otro.
—Ahí está lo que querías saber, profe sapo —concluyó Allison.

4 -Banquete

De vuelta afuera del centro comercial, yo trataba de mantenerme sereno. Estaba muy nervioso. En todo mi currículo de amante de las colegialas había lidiado con casi de todo, familias violentas, drogas (Maryi decía que gracias a mí dejó las drogas, pero esa es otra historia), violación, hasta problemas aparentemente mentales. Pero nunca había tocado la prostitución. Por más arrecho que fuera, siempre amaba profundamente a mis culi-cagadas, y pensar que alguna fuera a venderse… me devanaba los sesos y rompía el corazón.
Estábamos camino a la avenida imbuidos en un silencio dramático, pero Allison hizo algo que rompió la pesadez de la atmósfera. Volvió a rodear mi antebrazo con el suyo.

Al cabo de una hora estábamos en el centro de la ciudad, bebiendo vino de caja y siendo consumidores pasivos de la marihuana de otros en plena calle. Logramos vencer el tema espinoso y entrar a un estado de confianza mutua en la que no era necesario hablar mucho. Escuchábamos las canciones que interpretaba un grupo de universitarios con guitarras acústicas. Aquellas cuya letra conocíamos, las cantábamos o al menos las tarareábamos. Allison estaba recargada sobre mí, ya un poco ebria.
—No tomes más —le dije.
—Estoy bien.
No valía la pena debatir. Ella suspiraba y se acurrucaba más en mi pecho, como un gato que busca la teta. Mi corazón palpitaba y yo estaba hecho miel y y hecho deseo.
—Me siento muy bien —masculló—. La he pasado súper contigo. No hay nada como un hombre de verdad con el qué hablar.
Mi única respuesta fue acariciar el costado de su rostro con mi índice. Ella me miró. Me preguntó:
—Profe ¿tú amas a Maryory?
—Sí, y mucho.
—Si yo hubiera llegado antes seríamos novios ¿cierto?
Experta en hablar sin rodeos.
—Sí, seríamos novios, Allison.
—Dame un beso.
Me tomé un segundo para cerrar los ojos y agradecer a la vida tanta dicha. Luego bajé la cabeza y Allison recibió el pedido beso. Solo le envolví su labio de arriba con los míos y se lo jalé con gentileza. Primero había sido ella dos veces cogiéndome de gancho, luego su recargada sobre mí el resto de la cita y ahora un beso. El calor y el contacto ascendían lento como espuma pero ardiente como fuego. Sentir el calor de su cara y el perfume de su piel fue algo… La edad de una mujer para ser amada es la adolescencia, y la de un hombre para amar, es la madurez. Otras combinaciones son pura política. Lástima que haya tan pocos soñadores como yo. Por lo regular, a una jovencita le toca conocer a un hijo de puta, de la edad que sea, cuyo único logro es que ella se convierta en una mujer promedio que vive prevenida de los hombres. Y viceversa. La gente vive con miedo a amar, y precisamente la fórmula perfecta de amor: Un hombre maduro y una adolescente, es mal vista, condenada y perseguida. A quienes no hayan experimentado eso, se los recomiendo. En un hombre post treintón y una morra de 14 hay tanto amor que si se juntan, hay una explosión nuclear. Eso sentí cuando acerqué mi cara a la suya, a darle el beso que me había pedido.
Ah sí, se me olvidaba ¡tuve una erección! Se me paró, teniéndola ahí usando mi regazo como camilla. Quería estar con ella, pero no iba a pedírselo. Iba a hacer que me lo pidiera. No era tan difícil ya, en todo caso. Seguí acariciando su cara de forma tan sutil que casi no la tocaba. La acariciaba con electricidad y calor transmitidas con mi dedo. Le gustaba. Luego pasé a su oreja y logré que se encogiera de hombros. Estaba mojando mi bóxer como loco. Finalmente, pasé a detrás de su oreja. Allison aguantó unos minutos, no pudiendo aún así detener el ascenso de su respiración. Mi pulgar iba y venía apenas tocando tanto detrás de su oreja como el borde del lóbulo. Los labrados de mi huella digital se rozaban con los vellos microscópicos de su piel. Nada más. Al fin se le salió un suspiro, casi un gemido, y se estremeció. Quitó mi mano de su cabeza y se acomodó. “Paila, fracasé” pensé. “Me tocó ir a jalármela”. Pero ella dijo:
—Llévame a alguna parte. Llévame a tu casa, profe.

Entrar a mi casa con una menor de edad no era problema, por la sencilla razón de que yo no tenía vida social. Nadie a quien aparentarle nada. Si alguien me veía, no le importaría. Es como un estado de hipnosis. La gente responde a lo que está programada a responder. A cualquier otro que vieran entrando a su casa con alguien, le harían chisme. Pero yo no existía en su mundo, porque yo no estaba en dicha hipnosis.
—¿Quieres algo de tomar? —le pregunté.
—¡Ay profe! ¡No seas aburrido! —exclamó— Llévame a tu cama, eso es lo que quiero.
Se lanzó sobre mí, envolvió mi cuello con sus brazos y me besó. En medio del beso, dije:
—Vamos.
—¡Vamos!
Estaba mordiéndome. Acababa yo de entender que quería que la cargara. La rodeé y puse ambos brazos detrás de ella, para llevarla cual novia a la luna de miel, pero se quejó y forcejeó.
—¡Así no!
Entonces brincó y se acaballó en mí. No esperaba yo que esa fuera la forma en que pusiera mis afortunadas manos en su bello trasero, ese lindo par de nalgas que me había mostrado ese día en La Margarita. Anduvimos hacia mi habitación de forma demasiado torpe. Nos enredamos en un mantel y tiramos la mitad de las cosas que tenía la mesa. Al sostenerme de la pared y arrastrar la mano buscando conservar el equilibrio, tiré unos loros de cerámica que me habían regalado, y dentro de la pieza, metí la punta del pie debajo del tapete. Pero ni todo eso pudo hacer que soltara a Allison. Solo nos separamos cuando mis rodillas tocaron el borde de mi cama, cuyo colchón saltó cuando Allison cayó de espalda en él. Así como estaba, despatarrada. Para mí, el fetiche de ver bajo las faldas era más poderoso que El Sol. Si me dijeran “venga, agáchese y mírele los calzones a esta tipa, pero después lo decapito” yo diría “¡hágale!”. Y eso que lo que tenía puesto Allison eran unos leggins, pero ahí estaba, puesta para mí. No obstante, y ya lo he dicho por ahí en relatos, en un primer encuentro con una adolescente, no puede uno portarse igual que con una puta o con una novia de mucho tiempo, que es lo mismo; porque uno podría asustarla y hacerla tener una idea errada del sexo. Ponerla asustada, en vez de cachonda. Por eso se dice “hacer el amor” y no “hacer el miedo”. Entonces, meterle los dedos y la lengua, hacer cualquier cosa por atrás o usar mi miembro de formas demasiado creativas, estaba vetado por entonces. Me limité de esa forma a gatear sobre ella y ponerme a la altura de su cara para besarla. Ella correspondió de forma adorable. Aquellas cosas que sí podía permitirme como amante suertudo de Allison, las disfrutaría con todo. Desabroché los tirantes de su overall y le agarré gentilmente los senos, por encima de su top. También los besé. Iba dejar el sacarlos a la luz para luego. Bajé con todo y su falda con peto. Ese vistazo a centímetros de su diminuta cintura me electrizó. Qué belleza de muchacha, por Dios. Seguí bajando. Aproveché al pasar cerca de su entrepierna para aspirar fuerte y olfatearla como perro. Olía de-li-cio-so. Debía estar empapada, desde que estábamos en el centro de la ciudad. Le quité el traje y me quedé mirándola un segundo. Estaba tendida sobre mi cama con los brazos extendidos sobre su cabeza. En leggins y top negros, contrastando hasta la ceguera con su piel de leche. No importa con cuantas pre-adolescentes y adolescentes hermosas como diosas antiguas hubiese yo estado, cada vez era como la primera y la belleza me sobrecogía hasta esclavizar mi mente. Verla ahí dispuesta en mi cama, subiendo ligeramente una rodilla y después la otra para sentir el frote de sus propios muslos y dibujando círculos con el rostro, su pelo desparramado bajo sus hombros y su cadera yendo y viniendo, era como ver una obra de arte que pintó el mismo creador y que me la entregó con una tarjetica que decía, con su puño y letra: “Para: Stregoika”.
Me arrodillé, tomé sus pies y la descalcé. Besé sus pulgares con veneración. El ascenso de vuelta a su rostro, siempre olfateando como perro, terminaría con quitarle el top y rendirme ante sus tetitas de adolescente. Así lo hice. La definición de perfección debería ser “las tetas de una adolescente”. Probablemente algún chicuelo las haya tocado, pero definitivamente ningún hombre las había chupado y menos un bebé, ni habían dado leche. O sea, estaban intactas, vírgenes, eran algo destinado para el disfrute de un señor: Yo. Bajé otra vez, con su leggins enredado en mis manos. El rico aroma de su joven feminidad se liberaba cada vez más. Traía un cachetero deportivo, color fucsia. Otra vez estando abajo, repetí el ejercicio de contemplarla. Solo le quedaba puesta su lycra. Me salí de mi ropa como si fuera a lanzarme al agua a rescatar a un hijo que está por ahogarse. Quería aventarme encima y darle, pero la lentitud es demasiado importante para que una nena tenga una buena experiencia y que después lo siga dando. Con el tiempo se podrán satisfacer los fetiches de uno. Otra vez tomé sus pies y la cubrí de besos desde los tobillos hasta el interior de los muslos. No puedo creer lo bien que olía. ¡Ay dios, se la quería chupar! Y el culo también. Decidí intentar lo primero, pero lo segundo definitivamente no. Pegué mi cara a su entrepierna por encima de su lycra y aspiré tan fuerte que me dolieron los senos nasales. Manjar de dioses. Allison gimió, prueba inequívoca de que mi lentitud estaba surtiendo efecto, pues una mujer disfruta más el sentir que tiene vuelto loco a un hombre, que necesariamente este le haga cosas. Una vez más llené mis vías respiratorias de ese celestial y cálido aroma a vagina de muchachita excitada, mediante una ruidosa aspiración, pero esta vez incluí un apretoncito con mis labios, los cuales detectaron una temperatura mayor a la que yo esperaba. Presioné un poco más y terminé dándole masaje con mi mandíbula. Allison subió sus pies a mis hombros y puso su mano en mi cabeza con actitudes contrarias, como si quisiera separarme de ella y también presionarme más. A veces ponía las plantas de sus pies al rededor de mi cuello, como si pretendiese ahorcarme con los talones. Ya estaba masajeándose los senos a dos manos y retorciendo tanto el cuello que a ratos yo no podía verle la cara. Estaba hecha una gata. Lo tomé como una bendición para lo que tanto quería ¡Darle su mamada! ¡Comerme ese pan que se rehusaba a mostrar en sus fotos! Cuando me retiré un poco para bajarle la lycra descubrí algo muy hermoso: tenía un manchita de humedad en el centro, del tamaño de una moneda pequeña.
—¡Qué rico! —exclamé.
Presioné dicha filtración de sus jugos con la yema de mi índice, un poco hacia adentro, otro poco hacia arriba y abajo. Cada nuevo detalle parecía gustarle más y hacerla mover como culebra. Al fin: metí los dedos en el cinto de su ropa interior y halé hacia arriba (hacia sus rodillas). Tuve que hacer un esfuerzo especial para superar la barrera de sus nalgas. Tan pronto como su lycra de colegiala empezó a enrollarse sobre sus muslos y a dejar al descubierto su cola y su perfecta vagina de adolescente, se me hizo agua la boca al ver una gruesa tira de gel que se estiró desde el interior de su concha hasta la parte delantera de su cachetero, por donde se había filtrado. Cuando esta fue demasiado larga para resistir la gravedad, el provocativo hilo de lubricante se curvó y se desprendió. También un hálito de calor extra, cargado de rico aroma, llegó a mi cara. El brillante rastro de humedad le quedó tendido nalga abajo. Lo recogí desde ahí con la punta de mi lengua. ¡Cómo estaba de caliente Allison! Se trataba de una calor que nos enloquece a los hombres porque, por intenso que sea, no quema; y nada menos porque… fuimos gestados en él. Es como el paraíso, del que fuimos expulsados hacia el infierno que es este  mundo. Un paraíso al que queremos volver inconscientemente.
Hasta entonces, Allison no había apretado con sus pies alrededor de mi cuello, pero cuando le empecé a chupar la vagina… mi yugular estaba siendo castigada, pero yo no cedería y empujé más con la fuerza superior de mi dorso. Si ella quisiera que me detuviera, lo diría, tan simple como eso. Pero eso no ocurriría ni ocurrió. Cada vez tenía yo más indicios de que ella era virgen, y después de chupar un rato su banquete de feminidad ligeramente velludo y empapado de ganas; me decidí a confirmarlo de una vez por todas, mirando. ¡Eureka! Allison era virgen.

En este estado de frenesí los movimientos no se piensan ni se razona nada. Después de varios minutos de chupar vagina y de incluso pronunciar algunos fuertes tonos hacia dentro de ella, gateé encima de Allison para penetrarla, y avancé dejando un rastro de lamidas, besos y mordidas. Al fin en su rostro de nuevo. Parece que no había abierto los ojos desde que cayó de espalda en mi cama, solo hasta que sintió mi cara cerca a la suya y mis manos enmarcándole el rostro. Sus ojos llevaban tanto cerrados que la luz les molestó. Me pareció algo muy tierno y la besé. Recordé que ella estaba un poco pasada de vino. Agarré mi endurecido pene y lo apunté a su cavidad vaginal, lo que la hizo gemir de húmeda impresión y poner sus tiernas manos en forma de garra en mi espalda. “Aquí vamos” pensé. Me van a dejar un nuevo trofeo en la espalda. Más honrosas marcas de la victoria. Y así fue. De manera equivalente al ahorcamiento por chuparle sus jugos directo de la fuente, los aruñetazos por penetrarla eran un pago que daba complacido. “Ahórcame todo lo que quieras” y “Arúñame todo lo que quieras”. Lo bien que se siente ser el primero…
La cultura ha insistido en que tener a una vírgen no tiene ningún valor especial, pero solo es parte de la agendada guerra contra los seres humanos, prohibiéndoles o trastornando todo lo mejor de la vida y así convertirlos progresivamente en robots. ¿Quieren saber cómo funciona? La conexión sexual no solo es física, es psíquica. La primera vez de una mujer es una experiencia muy importante, así que su psique está muy activa y abierta. Tan cliché y cursi como suene (han logrado que suene cursi, para que lo evitemos), al ser el primer hombre de una muchachita, se es “uno con ella”, literalmente. Y eso se siente tan bien que los hombres lo buscamos mucho. Pero el machismo y aunque suene contradictorio, también el feminismo, han hecho su parte en separar a los hombres y las mujeres y hacer de lo normal, algo monstruoso y viceversa. El machismo y el feminismo son las manos izquierda y derecha del mismo demonio, pero la gente tonta adopta una u otra postura y cree bobamente que combate a la del otro lado. La magia de la conexión sexual, se volvió mercadería y tabú. Los hombres quieren tener la experiencia una y otra vez, sobre todo quienes pagan por ella, pero nunca logran superar lo físico. Están estancados sin poder amar. Y a las mujeres las hacen repetir como mantra que no necesitan un hombre para nada. ¡Y ahora los deportes! Ah, y compre el nuevo celular…

Os pido perdón por interrumpir así la calentura, pero a parte de calentaros no cae nada mal intentar educaros.

Ahí, con Allison marcándome la piel de la espalda, yo pensaba en la sorpresa de que ella era virgen. Y me llegó a la cabeza lo de su trabajo. Quería poder salvarla. Ella gimió y con la formidable fuerza de sus prominentes caderas, me levantó como a un muñeco de trapo. Eso sucede porque quiere sentirme más adentro de ella. Así que, la respuesta a mis inquietudes se presentó sola: “¡Fácil! “¿Quiere salvar a Allison de convertirse en prepago? ¡quédese con ella! ¿Cómo? ¡Con un bebé!”. Antes de pensarlo estaba bombeando a 100, y después de pensarlo, bombeé a 1000. Le daba y pensaba sin parar en embarazarla, en que después de ser un perro irrefrenable por años, a ella escogería para que fuera madre de mis hijos. Yo le apretaba cada vez más fuerte con las manos en forma de marco a los lados de su cabeza, acariciándole con los pulgares los pómulos, disfrutando de las caritas que hacía. De cuando en cuando le daba besos. “¡Vamos a tener un bebé y a quedarnos juntos!” me repetía, y ya empezaba a imaginármela embarazada y a mí mismo hecho un tonto con nuestro hijo. Empecé a sentir la electricidad del orgasmo y el pródromo de una monumental venida. Allison gimió más, casi parecía sentir dolor y suplicar, pero la presión de sus uñas en mi espalda decían lo contrario. Más bien, ella también estaba acercándose a un orgasmo. “¡Mi diosa hermosa, mi Allison divina!” empecé a venirme “¡Vamos a tener un bebé, vamos a formar una fam…! ¡mierda! ¿Y Maryory? ¡sáquelo, sáquelo, SÁQUELO!” Lo saqué y terminé en la piel sudorosa de su vientre.

Mi relación con Maryory (de 16 años entonces) ha sido mi noviazgo más largo y duradero con una colegiala . Mi mejor historia de sexo y amor. No se las he contado porque ella no quiso.

Maldije el tener que ir a trabajar. El ritual ‘culiar-dormir-hablar en la cama’ es sagrado. Todas las partes son sabrosas por sí solas, eliminar la última fue un sacrilegio. Pero, definitivamente Allison no asistiría ese día al colegio y, si yo faltaba también… ¡Bah! Me daban ganas de mandar todo a la mierda. Pero no lo hice, y no por mi reputación, mi sustento u otras razones impuestas, sino por Maryory. Le dejé una nota a Allison que decía: “Lamento no poder verte despertar. Me voy al colegio para no levantar sospechas. Quedas en tu casa. Te quiero”.

5 – Epílogo

Pasaron los meses y no pude hacer por Allison mucho más que seguir hablando con ella y ser su amigo. La charla post-pasión que había quedado cortada, al fin la tuvimos en una cita en un local del Chorro de Quevedo, en el Centro, al calor de un buen vino en caja. Me contó que varias de sus compañeras de TayroVisión usaban el dinero que ganaban “prepagueándose” para el sustento de sus familias, pero que otras lo pretendían ahorrar para pagarse una carrera universitaria y que eso precisamente iba a hacer ella. Yo, ni desde mi óptica de profesor sapo, de pretendiente celoso ni de papá protector podía ya meterme en eso. Por otra parte, Allison me confesó que nuestro idilio fue algo que ella quería desde hacía rato y haberlo logrado fue muy importante para ella, puesto que no quería perder la virginidad vendiéndola sino de manera romántica, y ¡conmigo! No tengo un centavo, pero soy el man más afortunado del mundo.
—Una instructora en TayroVisión nos aconseja que si queremos salir adelante por ese medio, lo hagamos rápido antes de que nos acostumbremos a la plata fácil. Que nadie cambia dinero fácil por dinero difícil —me contó Allison.
Años después, a través de redes sociales, para mi alivio, vi a Allison con sus compañeros de universidad.

En cuanto a mí, estuve tentado a dejar el mundo del absurdo sistema educativo y dedicarme a ser socio de mi hermano, pero no pude alejarme de mis morritas. Al año siguiente me cambié a un colegio, no uno de barrio, sino de ricos. Un aluvión de historias más por contar —ya he contado varias por ahí—. Recuerdo a una estudiante de 13 años, de grado octavo, hermosa como la creación, y de nombre igualmente bello: Laura Emilia.

Era hija de un alto industrial, probablemente de esos que “piden una niña” en los eventos a los que asisten. Laura Emilia tenía cabello largo color castaño, tan cuidado y nutrido que parecía estar permanentemente húmedo. Hacía curvas indecisas al caer sobre sus hombros y contrastar con su blanca blusa de uniforme escolar. Se le hacían hoyuelos en la mejillas al sonreír y para rematar tenía el mentón partido. Al verla, se podían contar cuatro brillantes estrellas en su imagen: La luz que reflejaban sus pequeños topitos insertados en los lóbulos de sus orejas y la luz que reflejaban sus ojos cafés. Yo, ya estaba enamorado de ella. La había visto por ahí en clase de deportes y me embrujé con su cuerpo de concurso, unas piernas de ataque y una colita que querrías morder como tiburón.
Un día estaba sentada ante mí recibiendo una tutoría personalizada, sentadita elegantemente en el pupitre y prestándome toda su atención. Tenía la pierna cruzada con glamour y entre el elástico superior de sus calcetas y el ruedo de su falda de cuadros rojos se veía única y estrictamente su rodilla blanca. Tenía la espalda recta y las manos unidas sobre su regazo. El sueño de una escuela de señoritas. Yo suspiraba por dentro, pero igual podía concentrarme en explicarle el tema. Me encontraba sentado, delineando con el marcador deleble, una gráfica en el acrílico del tablero, mientras recitaba:
—Aquí es donde menos posibilidades hay de quedar en embarazo, durante el período menstrual. Los momentos antes y después, la posibilidad es ligeramente mayor, y aquí —golpeé el tablero con el marcador , para hacer énfasis—, en el momento del ciclo opuesto a la menstruación, es donde más puedes quedar en embarazo. Y el ciclo sigue y sigue.

Ella asintió, enfocada en mis palabras, pero al final puso sus bellos ojos en mí:
—Me queda muy claro, profesor —abrió bastante la mandíbula sin separar los labios—. ¡Usted sí sabe explicar!
Yo, la miré desde la punta de los pies hasta los ojos, lamiéndola con mis pupilas. Le puse la tapa al marcador y lo arrojé sobre la mesa y hablé sin rodeos:

Entonces que, Laura Emilia: ¿lo hacemos?

Fin

Comentario del autor:

He sabido que mis relatos son frecuentados por quienes gustan de leer en pareja. Es una sorpresa muy agradable.

𝙴𝚗 𝚕𝚊𝚜 𝚒𝚖𝚊́𝚐𝚎𝚗𝚎𝚜: 𝙱𝚊𝚖𝚋𝚒𝚗𝚊 𝙼𝚘𝚍𝚎𝚕 𝚌𝚘𝚖𝚘 𝙰𝚕𝚕𝚒𝚜𝚘𝚗 𝚢 𝙰𝚗𝚍𝚛𝚎𝚊 𝙵𝚊𝚗𝚍𝚘́𝚜 𝚌𝚘𝚖𝚘 𝙻𝚊𝚞𝚛𝚊 𝙴𝚖𝚒𝚕𝚒𝚊.

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