Incesto Tabú

Amuleto palero: La clave para acostarte con tu hermana

0
Please log in or register to do it.

© Stregoika 2021
𝐷𝑖𝑐𝑒 𝑢𝑛 𝑐𝑢𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑝𝑜𝑟 𝑎ℎí 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑙𝑎𝑡𝑖𝑛𝑜𝑎𝑚𝑒𝑟𝑖𝑐𝑎𝑛𝑜 𝑝𝑜𝑟 𝑒𝑥𝑐𝑒𝑙𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑒𝑠 𝑟𝑒𝑐𝑎𝑡𝑎𝑑𝑜 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑙𝑜𝑠 𝑏𝑟𝑎𝑠𝑖𝑙𝑒𝑟𝑜𝑠, ℎ𝑒𝑟𝑚𝑜𝑠𝑜 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑒𝑟𝑢𝑎𝑛𝑜𝑠, 𝑠𝑒𝑛𝑐𝑖𝑙𝑙𝑜 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑙𝑜𝑠 𝑎𝑟𝑔𝑒𝑛𝑡𝑖𝑛𝑜𝑠, 𝑦 ℎ𝑜𝑛𝑟𝑎𝑑𝑜 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑙𝑜𝑠 𝑐𝑜𝑙𝑜𝑚𝑏𝑖𝑎𝑛𝑜𝑠. 𝑃𝑒𝑟𝑜 𝑒𝑠𝑒 𝑐𝑢𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑠𝑒 𝑞𝑢𝑒𝑑𝑎 𝑐𝑜𝑟𝑡𝑜 𝑎𝑙 𝑛𝑜 𝑚𝑒𝑛𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎𝑟 𝑎 𝑚𝑖𝑠 ℎ𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝑉𝑒𝑛𝑒𝑧𝑢𝑒𝑙𝑎. 𝐸𝑚𝑝𝑖𝑒𝑧𝑜 𝑎𝑠í 𝑒𝑠𝑡𝑒 𝑟𝑒𝑙𝑎𝑡𝑜 𝑝𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑓𝑢𝑒 𝑔𝑟𝑎𝑐𝑖𝑎𝑠 𝑎 𝑙𝑎 𝑖𝑛𝑚𝑖𝑔𝑟𝑎𝑐𝑖ó𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑜𝑏𝑡𝑢𝑣𝑒 𝑙𝑎 𝑎𝑦𝑢𝑑𝑎 𝑛𝑒𝑐𝑒𝑠𝑎𝑟𝑖𝑎 𝑝𝑎𝑟𝑎 ℎ𝑎𝑐𝑒𝑟 𝑟𝑒𝑎𝑙𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑒𝑙 𝑠𝑢𝑒ñ𝑜 𝑑𝑒 𝑚𝑖 𝑣𝑖𝑑𝑎: ¡𝐸𝑐ℎ𝑎𝑟𝑚𝑒 𝑎 𝑚𝑖 ℎ𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑎!

Lo primero que recuerdo acerca de sentir deseo por mi hermana, fue cuando ella estaba por tener su primer novio. Mi hermana Katherine tenía 16 y yo 14, hace apenas cinco años. Hasta entonces, Katherine no pasaba de ser ‘la niña’ y luego un poco ‘la tontarrona’ que me molestaba. Pero tan pronto como se enamoró de un tal Juan Carlos, la mujer que debería haber salido de ella hacía poco, emergió como erupción volcánica. Pasó de ponerse overoles amplios y no peinarse, a alisarse el pelo y ponerse faldas cortas con pantymedias brillantes. Está fresco en mi mente, como si hubiese sido ayer, el día que llegué de un importante partido con mis amigos. Veníamos sudando y alborotados. Yo entré casi gritando que habíamos ganado, pero… nadie me prestó atención, pues en mitad de la sala estaba ella, a quien a primera vista mis ojos no conocieron. Todos, mi papá, mi mamá, mi hermano mayor y una amiga de la familia estaban presos de la impresión de ver esa belleza. Yo, inclusive, en mi inocente desconocimiento de lo que allí acontecía, vi esa figura femenina, esbelta y provocativa, de abajo a arriba. Vi unas piernas de tal configuración muscular que me recordaron al instante cómo babeaba yo viendo el voleibol femenino. Hasta lo veía a solas o lo grababa para hacerme pajas luego. Para empeorarlo, esta chica no tenía las piernas desnudas, sino elegantemente empacadas en medias veladas color arena. Seguí subiendo con la mirada. Al fin terminaban esas piernas largas y empezaba el ruedo de la falda, una que daba muy poco espacio a moverse, según veía yo. Sentí morbo. Ya quería buscar la forma de verle los calzones.
—¿Quién es? —me preguntó uno de mis amigotes, picándome con el codo.
Me había preguntado en el tono que, según sabía yo, era de lascivia total.
No contesté, porque no sabía la respuesta, pero principalmente porque no quería distraerme de seguir viendo semejante pedazo de hembra. Continué mi ascenso sobre esa figura embrujadora, y pasé de esa escasa minifalda negra opaca a una cintura cubierta por una entallada prenda blanca semitransparente, que se volvía opaca solo en el área del brasiér. Con el tiempo sabría que tal cosa se llamaba ‘body’.
—¡Mamasita! —susurré.
Reparé en los detalles: el body tenía unas tiras que lo sujetaban desde los hombros pero se elongaban y envolvían al rededor de su cuello, solo de manera decorativa. Entre dicho cuello falso y el escote, se veían dos medias tetas que me hicieron palpitar el…
El cabello era liso y color negro brillante. «A ver la cara…». Uhy, se me hizo conocida. Algo no andaba bien. Era demasiado familiar, pero no tenía registro en mi memoria de que una que estuviera tan buena tuviera trato conmigo o los míos.
—¡Mateo, salude! —me dijo mi madre.
—Buena tardes —balbuceé y todos se cagaron de risa, incluso ‘la extraña’.
—¡El güevón no la reconoce! —gozó mi hermano, burlándose.
—Es Katherine, pendejo —aclaró mi padre.
Mierda. Triple mierda y re-contra mierda. Sí, era mi hermana. Pero ¿cómo iba reconocerla? Justo en ese momento no lo analicé, porque los varones somos medio-ciegos para esas cosas, pero Katherine se había crispado las pestañas y dibujado una tenue línea bajo cada ojo, y llevaba labial. Nunca antes habría calificado su cara de fresa de ‘bonita’. Si ni siquiera su estatura era la usual, pues jamás de los jamases se había puesto tacones —que de hecho, no modifican solo la estatura sino que estilizan tremendamente las piernas—. Katherine se acababa de preparar para asistir a un matrimonio al que la había invitado el tal Juan Carlos. El chico era dizque buena gente, de buena familia y decente, por eso todos apoyaban a Katherine a que se lo cuadrara, y por eso ese raro ritual de adoración a ella.
La burla pasó pronto pero mi impresión no. No sabía antes cuán rica estaba mi hermana. Pasaron años y la impresión seguía intacta. Creo que fue una especie de trauma, reforzado por el choque, el deseo animal que sentí por ella antes de saber que era ella, la vergüenza ante mi familia y amigos y la burla de la que fui objeto. Ella, en efecto, se hizo novia del tal Juan Carlos, duraron un año o poco más y todo se acabó y se olvidó: ‘tierrita pa’l difunto’. Pero yo seguía traumado, porque cuando entré a mi casa y vi semejante pedazo de jamón, mi cabeza se llenó de pensamientos arrechos típicos de puberto, a la velocidad normal: En poco más de dos segundos me imaginé manoseándola, chupańdole la cuca y luego poniéndola a mamar, pero también casándome y teniendo hijos con ella. La imaginación es así de rápida —y la usamos para eso, prrr—. Había en la sala de mi casa lo que honestamente me pareció una reina de belleza o modelo de pasarela, una deslumbrante manifestación de adorable feminidad y elegancia, como nunca había visto en mi ecosistema ¡Y resultó ser mi hermana! No sé si logre que imaginen el trauma. Algo muy difícil de superar cuando vives con ella, con la que te pone a mil, y ves su ropa interior secándose en las cuerdas y muchas veces, también, por lo desorganizada que ella era, sus panties sin lavar en el cajoncito del baño.
Como les decía, pasaron años y Katherine estaba metida y pegada con super-adhesivo en el fondo de mi subconsciente, pues tenía —y tengo— con frecuencia sueños eróticos con ella. La cachondez me estaba matando la cordura. A veces lograba, con fuerza de voluntad, sacármela de la cabeza pero con eso solo lograba que el deseo en mi subconsciente se emperrara y soñara más seguido y más cachondo.
Una noche tuve un sueño tan real que hasta incluyó una premonición de su perfume. En el sueño, yo estaba viendo bajo su falda mientras ella hablaba por teléfono fijo con algún novio. Su culo se veía muy rico, bajo esa falda negra con vuelo y envuelto en un cachetero plateado. Sentía vergüenza de estar ahí pero no era dueño de mi voluntad. Inclusive empecé a pajearme. Ella, como hacen de forma misteriosa todas las mujeres, intuyó que su culito estaba siendo morboseado y puso una mano en su falda para presionarla contra su lindo culo y reducir la visibilidad. Me enojé muchísimo y estúpidamente gimoteé, como cuando algo delicado y caro se te cae de la mano y se rompe. Ella volteó, bajó la mirada y me descubrió. Me sentí morir, pero su reacción fue lindísima. Me sonrió, me saludó con la mano —por lo que liberó la presión de su falda— y se recargó para seguir hablando. O sea que sacó hacia atrás su poderoso culo. No conforme con eso, se meneo un poco. Casi puedo ver todavía los músculos estirados detrás de sus rodillas. «Quiero besarla, tengo qué besarla ¡no puedo no besarla!». Me estiré para estamparle un pico en el medio de las nalgas pero súbitamente ella terminó de hablar y se movió. Se fue. Solo quedó allí su rico aroma.
Desperté y la tenía parada. Me pajeé. Los sueños incesto-eróticos eran tan recurrentes que ya tenía siempre listo un rollo de papel higiénico al lado de la almohada. Estaba tirando paja por mi hermana en cantidades enfermizas.
Una hora después, durante el desayuno, quedé petrificado: Su perfume era exacto a aquél en el sueño, y esto tuvo un efecto más en mí: Empecé a sentirme enamorado. ¿Entienden? Mi pobre y arrecha mente hizo una conexión entre el sueño y la realidad, a través de la coincidencia del perfume. O sea que para mí, al menos para mi parte más animal, esa bella muchacha que estaba ahí bebiendo jugo de naranja, había estado hacía una hora hablando por teléfono, con vestido negro y sexies calzas plateadas, dándome permiso de pajearme viéndole su culo, incluso moviéndolo para mí. Fue la primera vez que temí volverme loco.
Desde entonces, cada referencia que tenía de ella durante el día me hacía sentir una maricadita en el alto vientre, como cuando estás enamorado. Al verla, sentía maripositas. Al acostarme, me preparaba para soñar con ella. Y lo peor, cuando no dormía, fantaseaba con el incesto. Ya había pasado de castaño a oscuro.

Pasaron años. Yo era un tipo normal en todo. Al menos a la luz, porque en secreto, llevaba todo ese tiempo teniendo fantasías románticas y sexuales con Katherine. Ella estudiaba en una universidad privada —gracias a un novio rico y care-culo que se consiguió—. Yo iba a mitad de carrera, en una universidad pública. Nuestra relación de hermanos, como es natural, se había hecho distante. Ella tenía su mundo y yo el mío. Quepa mentar que ella, no solo se conservó sino que ¡se puso más buena!

Katherine ya ni siquiera vivía en la casa. Pensé que el largo túnel de tener a mi propia hermana como amor platónico llegaría así a su fin-por fin. Pero la vida parecía querer seguir torturándome, pues orquestó lo que fue necesario para reunirme con Katherine y que mi obsesión, imposible de calmar, siguiera alimentándose. Digo ‘imposible de calmar’ porque ¿cómo ve una mujer a un hermano menor? Si la hombría se midiera en una escala de 1 a 5, el hermano menor sería un 1. Bajo cero. Es más, si dicha escala existiera, las mujeres pedirían que ningún hermanito se midiera con ella, por respeto a los hombres. Un hermano menor no es nada, es mugre. Quisiera ser mugre. La mugre se ríe de él.
Lo que pasó fue, una grave inundación en la lujosa área donde ella vivía. Las obras públicas habían arruinado el alcantarillado. Como nosotros éramos pobres y vivíamos en los cerros, donde no se inunda, ella se pasó un par de semanas a vivir a la casa, otra vez. ¡Ay mamasita! «¿Será que la espío en la ducha, como en los viejos tiempos? ¡no, qué desfachatez!» Otra vez a verla por las mañanas en baby-doll, a usar el baño justo después de ella. Qué morbo tan rico el calor de sus piernas en la losa de la tasa y ojalá ver su orina espesita allí flotando. A verla otra vez en sus espectaculares faldas cortas… pero también a reprimirme, pajearme y soñarme cosas tremendas.

La ciudad ya llevaba habitada por ciudadanos venezolanos casi un año. De hecho, nos habíamos acostumbrado. Es más, yo era amigo de algunos, a causa de una venezolana que me gustó mucho y que luchaba por conquistar. Se llamaba Jeanette. Tronco de mujer ¿ah? Tenía el corte —o cómo les gusta decir ahora: El ‘biotipo’— de ‘la pupuchurra’ ¿Se acuerdan? Solo que calentana y con ese delicioso acento llanero.
—Pero ¿qué tú quieres con Jeanette? Dime para poder ayudarte —me pidió Carlos—. Porque Jeanette es recorrida, chamo, en cambio tú… se te ve de lejos que eres un muchacho tranquilo.
—¿Cómo así? ¿Cuál es el temor?
—El temor, así como tú lo llamas, es verte por ahí dándote golpes de pecho ¿me entiendes? Tú me has caído bien, y yo conozco a Jeanette.
Hice pucheros de decepción.
—Jeanette es muy casquisuelta, loco —se exaltó repentinamente—: Eso sí, está buenísima. Pero no te va a seguir corriente, eso es fijo. Yo de ti, paraba antes que ella empiece a aprovecharse.
Me desinflé y Carlos lo notó.
—Y ¿por qué tú no le haces brujería, chamo?
Reí.
—Pero ¿qué te da risa, loco?
Lo volví a ver, sin creer lo que oía.
—¿Es en serio?
—Si lo que quieres es llevarla a la cama, hazle un amarre, y ya.
Resoplé casi ofendido. Nunca en la vida se me habría cruzado por la cabeza cosa semejante. No obstante, por mi convivencia con venezolanos, sabía que allí practicaban bastante las artes mágicas. Venezuela sería, en ese sentido, como un pequeño Haití. Y Colombia, ocuparía un tercer lugar, solo que justamente en la capital, aquél era un oficio marginal. Como fuere, eché en saco roto la idea.

Era mitad de año y no había mucho qué hacer, excepto, claro; quedarme en casa para excitarme con —y suspirar por— mi hermana Katherine. ¿Se imaginan a un sujeto de casi veinte años que anda por la casa calenturiento, viéndole el sabroso culo a la hermana mayor? Justo como deben hacer muchos, pero a los 10 años, máximo.
Era día de oficio general y Katherine, entre la misma desocupación vacacional y su propio sentido de responsabilidad, ayudó. El problema fue que se puso una pantalonetita de gimnasio de lycra muy pequeña. Innecesariamente pequeña, de esas que dejan apenas el primer centímetro de nalga a la vista, para el deleite de los observadores. También era entalladísima, y se le metía dentro de la vagina. Cuando la vi salir así, con guantes puestos y un valde, una camisilla vieja y esa panocha ahorcándose en la lycra brillante, me sentí morir. Ya saben, esa reacción animal del cerebro, que dice tontamente “¡A coger!” y prepara el organismo para la faena. Como si fuera tan fácil en la vida civilizada. A uno de hombre le toca aguantarse mucho las ganas a lo largo de la vida.
Ay, qué vagina adorable la de mi hermana. «¿Será que la tiene pelada o peluda? ¿Olerá rico? ¿Sabrá tan deliciosa como se ve?» Pasé la jornada de aseo preso del deseo y aguantando el bóxer mojado. Solo por control propio no tenía la pija parada como poste de energía. Katherine se doblaba a veces para limpiar muebles, y por atrás ese bizcocho se le veía de ataque. Ella hacía círculos con el limpión y el culo los imitaba. Imaginé yendo allá, bajándole de un halonazo esa lycra, abriéndole las nalgas y metiendo mi cara para chupar ano y vagina hasta que la vida perdiera el sentido. Imaginaba ese ano liso y brillante, de orillitas gruesas y pliegues apenas perceptibles. Como cuando las estrellas porno se hacen un tratamiento estético. E imaginé, también, ese aroma seco, casi ácido de su recto. Metí mis labios a mi boca para humedecerlos con la punta de la lengua. No aguanté más y me tuve qué ir a pajear. Entré al baño y repetí todo lo que había imaginado. Se me ocurrió que debería recoger un poco de venida y mezclarla con refresco y brindárselo. Mi hermana tenía que ingerir mi semen, de una u otra forma, se lo merecía por mamasita-rica. Así lo hice. Acabé en una copita de enjuagarse la boca. La llené de la esperma que pertenecía por derecho a Katherine. Se la iba a dar antes que se enfriara demasiado. Salí del baño disimulando el producto entre una toalla. Temblando, volteé la copita sobre una enorme vaso lleno de gaseosa de toronja. Lo mezclé lo mejor que pude. Limpié el borde del vaso y lo demás, lo puse sobre una charola y salí de vuelta a la sala. Me sentía demasiado bien, por la descargada tan sabrosa allí en el baño imaginándome que con mi lengua le hacía cosquillas en el recto a mi linda hermana. También, por que mi venida estaba ahí entre la gaseosa, y por que…
—Tome Kath, que debe estar mamada —le extendí la charola.
Sería como una relación sexual con las partes por separado. Primero verle su culo estremecedor, arrecharme, sacar mi semen, y por último introducírselo a ella.
—Ay, gracias Teo —dijo y agarró el vaso de una vez.
Dio el primer sorbo y no pude evitar mirarla con cara de ultra-pervertido, con los parpados medio caídos y los labios erectos. Creo que hasta exhalé una ahogado silbido e incluso se me volvió a parar.
«Tómate toda mi leche, hermanita. No dejes ni un solo espermatozoide, que cada uno es para ti, con amor» pensé. Se bajó la mitad de la gaseosa de un sorbo y dijo «¡Agh!». Luego miró el vaso con la cara arrugada. Creí que iba a gritar y a preguntarme qué demonios le había puesto al refresco, a hacerme un escándalo y a acabar con mi vida. Pero lo que dijo, con la cara todavía arrugada, fue:
—Está riquísima esta gaseosa —y se bajó la que quedaba.
Tuve qué ir a pajearme otra vez. ¡Mi semen estaba dentro de Katherine! Fue la mayor felicidad que tuve en mucho tiempo. Pero la felicidad suele pasar y dejar espacio a la cordura. Esa misma tarde, estuve en mi habitación queriendo suicidarme. ¿Pero qué clase de pervertido enfermo era? Si era capaz de eso ¡quién sabe qué otras cosas haría! Me sentí maldecido por la vida desde ese día que llegué de jugar fútbol y vi a semejante diosa ahí parada en la sala. Nunca debió pasar. Yo sería alguien normal, que echa su semen en una vagina, de una mujer ajena a la familia, y no en su hermana, escondida en un vaso de gaseosa. Necesitaba una vida normal con urgencia. Pensé en Jeanette, y que debía ser mía al precio que fuera. Me sonó lo que Carlos dijo: «¿por qué tú no le haces brujería, chamo?»

El contacto con quien Carlos me envió fue un señor de nombre Lucio. Muy mayor él. Pero no era inmigrante. Llevaba en Colombia como 6 años, específicamente en Sincelejo. Fui hasta allá para aprovechar las vacaciones y sacarme a Katherine un poco de la cabeza. Lucio vivía en una zona rural, en una casita a la que se llegaba después de viajar unas horas a lomo de mula. Se me hizo que la travesía era parte de un ritual para saber qué tan determinado estaba el paciente.
Efectivamente, la casa no era un templo, ni siquiera una quinta. Era una casa de un piso típica de el pueblo rural, con bloque y teja, nada más. ¿Si era un brujo poderoso, cómo vivía en tanta pobreza? Muchos años después habría yo de entender que la riqueza y la pobreza son conceptos terrenales, y que para los brujos, que tratan con seres de otras dimensiones y hasta viajan de vez en cuando a ellas; el dinero y el lujo valen lo mismo que el mugre de la uña. Pero esa es otra historia.
Desmonté la mula y con las nalgas molidas me tomé un minuto para estirarme. Unos perros detectaron mi presencia e iniciaron un concierto de ladridos. Ya no era necesario llamar.
—¿A la orden? —dijo una voz temblorosa.
Pero el tono de su pregunta contradecía totalmente lo literal de esta. No estaba poniéndose ‘a la orden’ sino, como si dijese “Si viene a algo, diga qué es o lárguese”.
—¿Señor Lucio?
—¿Qué quiere?
Claro, mi pregunta había sido boba. ¿Cuántas personas esperaba encontrar allí para preguntar si, la única que había, era la que se suponía que estaba allí?
—Señor Lucio, vengo a una consulta. Me envía Carlos Lugo, de Barquisimeto.
El dueño de la voz sacó su anciana cara de detrás de una cortina vieja y me miró con escepticismo.

—Mis consultas solían ser muy costosas. No sé si usted, y no se ofenda —me miró de arriba a abajo—; pueda pagar lo que yo solía cobrar.
Entré a su casa. Tenía un sillón viejo pero muy cómodo. Olía a infusión de hierbas. Sus paredes estaban medianamente decoradas con cosas rarísimas, como animales disecados, una piel de serpiente cuyo tamaño me enchinó las tripas, chamizos atados en formas más o menos geométricas, estatuillas de metal e imágenes repletas de símbolos raros. Con timidez, pregunté:
—¿Cuánto vale?
—Usted pone el precio. La condición es, que sea lo más caro que pueda pagar.
«Ay, mierda, esto se puso raro» me quejé en mi interior.
—Entiendo a medias, señor, perdóneme.
—La brujería no se paga con dinero. O bueno, los imbéciles la pagan con cantidades grandes de dinero. Pero los listos la pagan con sangre.
Al verme con ganas de salir corriendo, rió y dijo:
—¡No se asuste! Dije ‘con sangre’ no ‘con la vida’. ¿Tiene usted mucho dinero?
—No.
No sabía cuánto era ‘mucho’, pero para mí, hasta poco era mucho. ¿Por qué me había enviado Carlos con este viejo maniático?
—Pero, sangre sí tiene ¿cierto? Y dígame ¿tiene miedo?
—Un poco.
—De dónde viene… ¿de Bogotá?
—Sí señor.
—Predecible. Vino hasta acá sin mucho dinero. Su motivación tiene que ser inmensa. O sea que no le creo que tenga miedo —se levantó y anduvo al interior de su sala, ojeando sus raros objetos—. Verá: Todo trabajo ritual se paga con sangre. Si el interesado es miedoso, yo pongo mi sangre y el cliente pone plata, mucha plata. Si el interesado no es miedoso, pone su sangre para el ritual —miró a otra parte– y me paga lo que pueda. Por otra parte, yo respeto mucho las grandes motivaciones.
—Y lo de la sangre ¿cómo es?
—Alguna vez se ha cortado con un cuchillo de cocina cuando hace ensalada?
Pasé saliva.
—¿Sólo eso?
—Tal cual.
Me convenció.

En cuestión de una hora, ya le había hablado de Jeanette. Creo que exageré en decirle que estaba enamorado. Lo que quería era abrir su culo y taladrarlo sin piedad hasta quedar yo seco como piedra asoleada.
—Pero no tengo nada de ella —me lamenté.
—¿Y algo de ella para qué?
Dudé, pero respondí:
—Pues para el amarre.
El viejo rió.
Esa es brujería de jardín de niños. Yo nací en Venezuela, pasé gran parte de mi vida viajando a Haití, casi viviendo allá, y también he aprendido muchas cosas en el resto de Las Antillas e incluso estuve una vez en África. Hasta aquí en Colombia he venido a aprender cosas. Deme más crédito.
—Perdón.
—¡No se preocupe! Creí que Carlos Lugo le había hablado más de mí. En fin. Venga conmigo.
Me condujo al extremo opuesto de su casa de un piso. Incluso atravesamos su habitación y pasamos al lado de su humilde cama, lo que me hizo avergonzar mucho. Estábamos en una pequeña habitación llena de estantes con chucherías de brujería, más animales disecados, frascos llenos de palos y figurillas metálicas raras. Agarró una pequeña botella tapada con un corcho, del cual colgaba hacia el interior, una cadena. Aparentemente era de oro, y de ella pendía un dije en forma de pene. Agucé la vista sin dar crédito.
—Este es un amuleto palero para el sexo. Se fabrica y se reza específicamente para quien lo encargó. Después, usándolo, puede acostar a la mujer que quiera.
—¿La que quiera?
—¿No hablo yo claro?
—Perdón ¿es literal? «¿La que quiera?»
—A su mamá, si quiere —pareció molestarse, pero me lo aclaró al punto que yo deseaba.
Se me acabó de dañar la mente.

Hicimos el trato. Debería yo poner mi sangre en un ritual y además, quedarme con él allá durante una semana, para esperar la fase lunar correcta. Y en cuanto al dinero, me pidió simplemente que, después que surtiera efecto el amuleto, lo volviera a buscar y le llevara lo que considerara justo. Me sonó muy bien, y me llevaría una inmensa sorpresa.
La sangre era para pagar a los espíritus. Para ellos, la energía vital es la moneda corriente. A nosotros, los vivos, nos sobra tal cosa al punto que las desvaloramos. Pero no tenemos acceso a otras dimensiones, desde las cuales se pueden halar las cuerdas de esta realidad, y los espíritus van por allí con facilidad. Es un simple trueque.

La luna estaba en fase. Nos habíamos ido al monte, a un punto muy alejado de cualquier forma de civilización. No llevé celular, ni una radio, nada. Sólo ayudé a llevar los materiales.
Hacia la media noche, estábamos alrededor de una mesita que tenía representaciones de los cuatro elementos, una par de estatuillas, una daga, una copa y un plato con hierbas.
—¿Listo para todo?
—Para todo —exhalé, como cuando entra uno a la cancha, dispuesto a ganar.
El viejo encendió un grueso paquete de hierbas, como un cacho pero del tamaño de un bastón. Lo había preparado tan bien que en cuestión de minutos, todo estaba inundado de humo. El viejo detectó mi escepticismo y un poco de incomodidad. Entonces dijo:
—Piense en cundo esté usando el amuleto y esté en la cama con quien sea que quiera.
Imaginé que tiraba en mi cama a Jeanette y ella caía con la falda arriba. ¡A coger! Me arrodillaba sobre ella desenfundando y… ¿A qué huele exactamente este humo? Huele hasta rico.
—No se está concentrando, Mateo. Esfuércese más.
El viejo ya me había dicho que debía dejarme llevar y estar en trance tan profundo para cuando ofrendara la sangre, que apenas sintiera el corte. Me esforcé más. En mi mente, volvía tirar a Jeanette sobre mi cama y ella cayó con la falda arriba, pero sin calzones. Tenía la pucha depilada y mojada…
—¡Lo va a echar a perder, Mateo! —me dijo el viejo— ¿sabe qué? Mastúrbese.
—¡¿QUÉ?!
—Lo que oyó, mastúrbese, o ¿va a perder todo este tiempo y esfuerzo?
Me lo saqué y seguí imaginándome a Jeanette. Imaginé que la volteaba y abría sus nalgas, y su ojete era oscuro y con el asterisco bien apretando sobre el hoyo. Quise comerlo, pero…
—Mateo ¿qué diablos se está imaginando? Fantasee con algo que de verdad le guste porque ¡la va a cagar!
Traté de recordar las veces que le vi el culo por ahí a Jeanette. La veía por ahí caminar y haciendo mover sus carnes majestuosamente. ¡Ups! Me acordé de Katherine, ahí parada en la mitad de la sala, cuando éramos pelaos. «¿Y qué? Ah sí, Jeanette. Qué culo de putona ¿Ah..? Pero no como el de mi hermana. Si las diosas tienen ojo del culo, así debe ser el de mi hermana Katherine. ¿Alguna vez le vi los cucos a Jeanette? Sí, una vez que sopló el viento… pero no como ese sueño con Katherine, cuando tenía cucos plateados. Uff, que rico sueño y qué rica paja. Jum, y hablando de mi hermana, ese día que hizo aseo, tan rica que se le veía la vagina toda apretada en esa lycra azul. Cómo quería chuparla, así por encima de la prenda y todo. Y pensar que ese día dijo que tan rico mi semen con gaseosa. Ah, mi hermana….»

Soñé que Katherine estaba sobre mí, cabalgándome y teniendo un orgasmo delirante. Al final cayó de pecho sobre mí y gimió largo rato. No recuerdo mucho más.
—Mateo, despiértese. ¡Mateo!
Abrí los ojos y vi el cielo en el horizonte empezándose a incendiar por el amanecer.
—¡Bien hecho! Muy bien hecho. Ya está todo listo. Debemos irnos —dijo.
Me senté y sentí algo raro en la palma de mi mano. Era una rudimentaria curación con gaza y restos de sangre seca al rededor. Dolía. Pero, no recordaba a qué horas me la había hecho. Por eso Lucio decía «Muy bien hecho».

Camino a su casa, me explicó que el dije estaba ya tallado en palo y que faltaba solo bañarlo en oro. Fuimos a la bella ciudad de Sincelejo para tal efecto. Durante nuestra última charla, tomando tinto en un puesto en la calle frente a la Catedral San Francisco de Asís, Lucio afinó los últimos detalles:
—No lo manosee mucho, ni cuando lo lleve puesto. Cuando no lo use, métalo en un recipiente con sal marina, pero que no toque la sal. Así como el mío ¿se acuerda? Ya sabe, póngaselo y haga su vida normal de Don Juan. Deje la cadena visible. Toda mujer que usted logre hacer que, por la curiosidad, toque el dije en forma de falo, estará esa noche en su cama. Verá, Mateo, la forma en que las mujeres ven a los hombres se codifica desde su niñes, y por cosas muy importantes como la relación con su padre. Bajo esa codificación, a una mujer puede no gustarle un hombre ni de riesgos y morirse por otro. Pero al tocar el amuleto, sin ser forzada, esa codificación se derrumba. En usted verá desde ese momento a un macho cabrío. Sin importar como se vea, como huela, ni siquiera como sea en la cama.
Ante mi cara de impresión, Lucio solo acató a agregar:
—Ah, y lo espero aquí ¡con las millonadas que me va a pagar! —se carcajeó.

Estaba de vuelta a Bogotá, con mi amuleto palero para el sexo y dispuesto a clavar a Jeanette. El hecho que Katherine ya hubiese vuelto a su casa me tranquilizó. Según entendí, recién se acababa de ir. Todo estaba saliendo bien, a ver si al fin me curaba de esa enfermiza obsesión. Me encontré con Carlos y le conté todo lo de Sincelejo, pero no le mostré el amuleto por obvias razones, no fuera y quisiera conmigo jaja. Aproveché para preguntarle por Jeanette.
—Te tomaste tu tiempo, loco —me dijo, en tono de condolencia.
—Si, había que esperar a que a luna estuviera nueva. ¿Por qué? ¿Qué pasó con Jeanette?
—Esta noche nos reunimos a tomar. Es tu oportunidad, loco.
Era hora de convertirme en el culiador y desvirgador más potente de la zona. Pero no con el estómago vacío, y ¡no sin ducharme!

Mientras sacudía mis cabellos mojados frente al espejo y lo llenaba de tantas gotas de agua que la imagen se deformó, pensaba en qué vieja del barrio invitar a salir. Y en cuál invitar mañana. A mi falo le esperaba una vida de campeón. «¿Debería comprar algún suplemento alimenticio, o Viagra?» Limpié el espejo y vi que necesitaba una afeitada. Debo aceptar que estaba nervioso como un adolescente y decidí pasarme la máquina desechable casi sin motivo. Abrí la cajonera del lavamanos y metí la mano, pero quedé congelado. Las tripas se me volvieron una maraña ácida de ansiedad. No daba crédito a lo que veía. ¿Sería cierto? ¿Estaría soñando, acaso?
La luz que entraba en el cajón alcanzaba a tocar lo que parecía un encaje de una prenda y un extraño brillo. Luego de respirar unos segundos, me animé a agarrar aquello. En efecto, eran los calzones de Katherine. Un corrientazo emergió del centro de mi estómago y me recorrió hasta pararme los pelillos de la espalda. Dejé der dudar y los desenvolví. Era unos boyshorts totalmente decorados con dicho encaje, y lo peor, el diseño de este tenía una línea de color plata brillante que serpenteaba al rededor de toda la prenda. Me acordé de aquél sueño loco y del besito que quería darle en la mitad de la cola pero que nunca le di. Supongo que debí parecer una especie de maníaco al acercarme los cucos de mi hermana a la cara con lentitud onírica, cerrar los ojos y aspirar con veneración. Hacía muchos años, esa era casi rutina, beber los remanentes de los jugos de Katherine que ella dejaba en su ropa interior en el baño. Pero se me había olvidado ya, pues todo terminó cuando ella se fue a vivir a otra parte. Volver a hacerlo fue como un renacer. Su aroma no había cambiado. Ese rico olor era de ella, de Kath. Instintivamente, dejé caer el toallón que envolvía mi cintura y me agarré el…¡Momento! ¡Qué masturbarse ni qué nada! ¡Tengo un amuleto mágico!

Toqué el timbre en Casa de Katherine. Le caí de absoluta sorpresa para evitar que ella me evadiera, ya saben, por ser yo un “1 bajo cero”. Su novio abrió la puerta. Me miró con una obvia cara de “Y ¿este quién carajos es?”. «Soy el que le va a taladrar el culo a tu novia, imbécil» pensé.
—Buenas ¿Katherine está?
El tipo se enderezó y me preguntó, poniéndose muy macho:
—¿Quién la necesita?
Justo en esas que se asoma Katherine, de lejos, y me ve. Cuando la vi, pensé: «¡Éste es mucho jamón para solo dos huevos, no joda!» Todo el tiempo que duró en mi casa, se vistió al estilo barriada, pero allá en la suya, estaba otra vez estilo ‘gomela’. Llevaba un trajecito que se abotonaba desde el pecho hasta el ruedo de la falda, con graciosos botones muy grandes. A las chicas suelen vérseles las calzas o el brasiér entre un botón y otro, cunado se ponen uno de esos. Y el traje terminaba un poco más arriba de la mitad del muslo. Me faltó poco para babear, y el tipo pareció alistar la mano para ponérmela encima.
—¡Mateo! —Exclamó Katherine, presionando las órbitas de sus bellos ojos como si hubiese visto un duende— ¿Qué hubo? ¿Pasó algo? —Entonces se dirigió a su hosco noviecito—: Es Mateo, mi hermano.
Dicho eso, la actitud ruda del tipo se desvaneció como el humo, visto en una película acelerada. Se quitó de la puerta. El muy ingenuo dio por sentado que por ser yo el hermano de Katherine, el culito de ella estaba seguro.
—¡Venga, entre! —dijo ella.
En honor a la verdad, su amabilidad se debía al miedo. Mi presencia allá solo podía ser explicada por una noticia nefasta. O por mis ganas de lamerle el ojete, pero eso, nadie podría concebirlo. Como no había ninguna noticia qué dar, disimulé. La relación de hermanos, en especial durante los últimos años, nunca fue tan cercana como para una visita, con o sin anunciar. Así que inventé:
—Necesito un favor.
Su novio (cara de purgante) se retiró, no sin antes decir:
—Tranquilo.
Agarró su chaqueta, besó con exhibicionismo a mi hermana (¡maldito!), me miró dejándome en claro que yo era un “1 bajo cero”, y se fue. «Gran error, bobo hijuep*ta. Voy a sondear a mi hermana hasta el alma» pensé. De hecho, ya tenía la punta húmeda.
—¿Qué pasó? ¿Mi mamá está bien? —me preguntó.
—Sí, sí, todo está bien. Es solo que…
—¿Qué?
—Ay, que como yo no estaba cuando usted se fue, no nos despedimos.
Ella enderezó el cuello y subió una ceja. Llanamente no sabía cómo reaccionar, y le tocó improvisar:
—Ah… bueno. Siéntese ¿quiere algo de tomar?
—No, no. Sin formalismos. Venga, hablemos —la invité yo a sentarse en su propia sala—. Kath, me gustó mucho que haya estado en la casa.
Katherine levantó amabas cejas y exhaló. Luego dijo:
—Pues… ¡Gracias! Fue bueno revivir viejos tiempos. Pero aquí ya todo está sequito. Huele un poco a humedad pero nada más.
—Precisamente Kath, los viejos tiempos. La casa se siente muy fría sin usted.
Otra vez subió una ceja y además, empujó la boca hacia un lado. Pero pensó y atinó a decir:
—Uff ¿En serio? ¿No es broma? Ah ya sé, me está grabando. ¿Me está haciendo una pega?
—¿Una pega?
—Pues claro, una pega. A ver cómo reacciona una a una cruel mentira. Dizque “la casa se siente fría sin mí” Qué ingenioso.
Como ella estaba tentada a reír, todo sería más fácil. Seguí arando el terreno para sacudir su psique y rematar luego con el amuleto:
—Es que ya se me había olvidado lo que era verla todos los días, y me volví a acostumbrar.
Al fin rió. Yo seguí:
—Cuando hicimos el aseo fue muy agradable.
—Sí, yo me acordé de un pocotón de cosas de cuando éramos pelaos.
«Fase 1: Lista» pensé.
Nos pusimos a hablar de viejos tiempos. Al cabo de una hora, que se pasó como en diez minutos, fue momento de abrirme la camisa y que se viera la cadena con el dije. Lo hice con disimulo cuando ella fue por bebidas.
«Fase 2: En progreso».
Seguimos hablando. Incluso trajimos a colación al tal Juan Carlos, de hacía muchos años. Y, para sorpresa mía, hablamos de ese vergonzoso día que no la reconocí.
—¡Usted me miró re-raro, mateo!
—¿Cómo la miré?
—Ay, no se haga el inocente ¿me va a decir que no se acuerda? ¡Parecía que me iba a violar! ¡Qué boleta!
«Mierda. Triple mierda y re-contra mierda» pensé. Eso significaba que, durante tantos años, mi familia mantuvo en secreto que se había dado cuenta que yo miré con ojos de depravado a mi propia hermana. Pero, lejos de avergonzarme, con el dije en forma de verga y ahí delante de Katherine, me animé más. ¿Para qué negarlo? Llevaba todos esos años queriendo devorarla.
—Venga, Mateo, fuera de chiste ¿qué estaba pensando? —al fin reparó en la cadena con el dije—. Y no me diga que no se acuerda. ¿Estaba pensando cochinadas?
No contesté. El corazón se me puso a mil. Ella miraba el dije pero no preguntaba por él. Si yo contestaba algo, podía desviar su atención del amuleto. Por eso, solo me quedé quieto. Su voz disminuyó, prácticamente se adormiló. Volvió a preguntar:
—Mateo, dígame. ¿Qué cosas pensaba conmigo?
Tuve qué jugármela el todo por el todo. O ganaba 100% y terminábamos culiando ahí en el sofá, en ese instante; o acababa de reforzar mi reputación de hermano pervertido y hasta me ganaba una expulsión de su casa. Me levanté y me le acerqué, y le confesé:
—Ese día me enamoré de usted, Kath.
Mi cara estaba a centímetros de la suya. Empecé a sudar frío. Ella bajó la mirada y, como si no hubiese escuchado mi escandalosa declaración, levantó su mano y agarró el amuleto.
—Y esto ¿es de oro?
«Fase 2: Lista. Inicia Fase 3: ¡Mi hermanita linda, a culiar!» Me regocijé.
Pero su puto novio de mierda regresó.

—Hola amor —dijo recién entrando su novio.
Volvió a quitarse la chaqueta y la puso en el solterón. Como no recibió respuesta, se impacientó y aguzó su vista sobre nosotros.
—¿Qué hacen?
Katherine tenía todavía los ojos puestos sobre el dije en forma de verga. Si se lo preguntan ustedes, este dije tenía apenas el tamaño de la falangeta de tu dedo meñique. Pero aún así ella parecía acariciarlo. Al girarlo para verlo por el otro lado, casi se saborea. Pasó saliva y al fin respondió:
—Ah, hola amor.
—¿Interrumpo? —Preguntó el novio, dejando notar su molestia.
—Sí… —dijo Kath— …sí es de oro —soltó el dije.
Se puso de pie intempestivamente, exhalando como para enfriarse. Subió las escaleras abanicándose con las manos. Entonces me dirigí a su tonto novio:
—Cosas de familia —y subí un hombro—. Con su permiso, voy con ella.
Sin importarme lo que contestara el tipo, subí las escaleras y entré a su habitación. Pero no había problema, pues éramos hermanos. ¿No creen?
La encontré viéndose al espejo, con la mirada aterrada y una mano en la boca.
—¿Está bien Kath?
Ella vaciló. Me le acerqué y puse mis manos en sus hombros y la froté. Katherine cerró los ojos, disfrutándolo, pero sin relajar el ceño, pues todavía no vencía la duda. Mi nivel estaba subiendo, gracias a la bujería. Yo ya no era un “1 bajo cero”. Su cara me lo decía todo. Era un cuatro, a lo sumo, y al final de la tarde sería nada menos que un 6, en escala de 1 a 5. Pasé mis manos de sus brazos a su cintura, lo que que le provocó un resoplido.
—¿Enamorado? —me preguntó con su voz ya mojadita.
No contesté. Apreté mis dedos en torno a su cintura y, oh gloria, lo que deseaba hacía años: La besé. Metí el lóbulo de su oreja en mi boca y le di masaje. Sentí la presión de su cabeza contra mi cara. No puedo describir la felicidad que me causó esa reacción de ella. Ya no había marcha atrás, íbamos a hacer el amor. Seguí besándola. Halé con mis labios esos pelillos que se ensortijaban delante de su oreja y la hacían ver tan bonita. Cuando lo hice, un corrientazo debió pasarle por la espalda, porque se encogió de hombros y aspiró aire entre los dientes. Se volteó y me besó en la boca.
A ver ¿qué puedo decir? ¿Alguno de ustedes se ha besado con su hermana? Hay algo demasiado especial en ello, pero es muy difícil de explicar. Cuando una persona que no tenga deseos incestuosos lo imagina, lo repudia. Pero cuando lo imagina alguien que si quisiera hacerlo, lo anhela. La sensación es la misma, la diferencia está únicamente en la programación mental. Es más, el carácter de prohibido lo hace más delicioso todavía. También, es frecuente que resulte muy atractivo solo ‘ver’ el incesto de otros, pero nunca sin quiera imaginar el propio.
La pita se me puso a mil, con esa sensación tan latente de que ‘hay que follar’, que empiezas a sentirlo desde antes de si quiera sacártelo. Por eso es que a los hombres nos dicen que el sexo nos domina más que el pensamiento. ¿Qué le vamos a hacer?
Katherine separó su dulce boquita de la mía. Era el mejor aliento que esperaba probar en la vida.
—Cierra la puerta con seguro —me dijo.
Así lo hice. Cuando me volví hacia adentro otra vez, ella estaba sentada en su cama, recargada sobre sus brazos. Respiraba profusamente. La forma en que su pecho subía y bajaba, era como para enamorarme —más—. Me miraba fijamente. Sus pupilas estaban dilatadas, tanto que parecían haber crecido. Me lancé sobre ella.
Al fin ¡al fin! Estábamos ahí devorándonos el uno al otro. Mi hermana, la mamasita. La mujer con la que tenía sueños eróticos casi cada tercer noche, la mujer por quien más paja había tirado en toda mi vida, quizá como para llenar una piscina. A la que le di a beber mi semen disuelto en gaseosa de toronja y cuyos calzones olía cada vez. Ahí estaba yo apretándole sus jugosos tetones, estrujándolos por encima de su bonito vestido que asemejaba intencionalmente una bata de servicio. Nos seguíamos besando de forma animal. Me fascinaba cómo aspiraba yo el aire que ella exhalaba y viceversa.
Después de manosearme el bulto un rato, empezó a tratar de desabrocharme la correa. No pudo y tuvo que usar ambas manos ¡qué linda! Yo, le desabroché el primer gracioso botón negro y gigantón de su traje. El prodigioso pecho de mi hermana estaba ahí, metido en las copas de suave espuma de su sostén beige, subiendo y bajando delante de mi cara. Llegué a preguntarme si tanta felicidad sería cierta y si acaso estaba yo dormido y despertaría repentinamente de otro sueño. Saboreé su brasiér con mis labios. Cuando volví a subir a su rostro, mis pantalones se quedaron abajo y Katherine metió su mano en mi bóxer. Me agarró el paquete y se llenó la mano. Parecía que mis bolas y mi falo hubieran sido algo profundamente deseado durante años por ella. Pero en realidad llevaba deseándolo unos pocos minutos. Yo esperé cinco años y ella unos minutos… Esas son las cosas hermosas de los dos sexos.
Nos revolcamos. Ella se acaballó en mí, por lo que recordé ese loco sueño aquella mañana después del ritual en Sincelejo. Y até otros cabos, mientras Katherine se restregaba en mi pelvis: El ritual solo pudo tener éxito cuando fantaseé con Katherine. Para mí, ella era mi mujer máxima, mi desiderátum, mi amor platónico, mi sueño de oro, mi obsesión final.
Halé su sostén hacia abajo y ella cooperó para liberar sus tetas. Qué manjar. Una de ellas no alcanzaba a caber en mi mano. «Tetoncita la condenada». Yo amasando tetas, ella desabotonándose el resto del vestido… y su novio que toca a la puerta:
—¿Kathy? ¿Todo está bien? ¿Necesitan algo?
—Dile que vamos a pichar, que no moleste —dije, descaradamente.
Ella me miró atravesando su dedo en su boca y tensionando los ojos.
—¡Shshshsh!
Inclusive puso una mano en mi boca, presionándola con todo su peso. Yo seguía amasándole los tetones. Su brasiér seguía colgado por un lado del interior de su traje. Katherine aclaró la garganta y alzó la voz, esforzándose un montón para disimular la agitación:
—Mi amor, estamos hablando… —exclamó ella.
—¡Culiando! —dije, entre su mano.
—…Ten paciencia ¡es que pasa algo grave en mi familia!
—¡Mentirosa! —la acusé tan pronto quitó la mano de mi boca.
—¿Cuál mentirosa? —me susurró, doblándose sobre mí— ¿No te parece algo grave en la familia que yo te lo esté dando?
Reímos.
—Grave, pero rico ¡y eso es más importante!
Volvimos a besarnos con locura mientras, torpemente, usábamos las manos para terminar de desvestir al otro.
No me equivoqué cuando dije «¡Éste es mucho jamón para solo dos huevos, no joda!». Ya teniéndola sin brasiér, con su panty tipo bikini muy ceñido «¿No le quedará marcado?», y su sexy bata totalmente abierta; me dije: «Está como para que se la cojan dos, o hasta tres negros super-dotados».
Empezó a agarrarme la verga. Me le daba apretones y se mordía los labios. La muy candente estaba ordeñándome. Jugaba con mi falo y le encantaba exprimirme gotitas individuales de líquido pre-seminal. Me tenía loco, porque llevaba varios minutos así. No aguanté más.
—Ven, me meto debajo de ti.
De manera adorable, ella se movió. Se quitó la bata y se sentó en mi cara. Halé su panty hacia un lado y mi humilde cara se llenó de su exquisito hálito inferior. Cuando es con una hermana —o con una hija, dicen—, es otra primera vez. El aroma y el sabor son superiores. Tanto había yo soñado con saciarme de su ano que, el tenerlo ahí, al alcance de mi lengua… no tengo palabras. No puedo decir que era como lo esperaba. Era mejor, porque era rosado, el ojito del culo de mi linda hermana Katherine, lleno de su fragancia íntima y cálida (¡mírenme, publicando ante miles el color del ano de mi hermana!). Tú, no has dado un verdadero beso de amor hasta que lo pones en el ano de tu hermana la bonita. Cuando lo estampé, ella se impresionó, pero sin espera acercó su trasero más a mi cara. Katherine ya estaba chupándomela. Y chupaba bien. Es decir, presionaba con sus labios en torno a mi banana, sin dejar de hacer presión iba para arriba y para abajo, y hacía succión al mismo tiempo. También me masajeaba con la lengua. Uno no puede estarse quieto cuando le hacen tan bien, y tiene que bombear así sea un poco.
Pasé a su otra gloria, que estaba húmeda. Linda vagina, sí señor. Y se veía justo como olía. Le hice cosquillas con mi nariz. Después de un rato, cuando estaba más mojada, retiré mi cara y vi que una gotita encantadora de color blancuzco, estaba temblando, ya para caerse, pendiendo de la parte más protuberante de sus labios menores unidos. La recogí con la punta de mi lengua. Néctar celestial. ¡Ah, mi querida hermana! —suspiro—, qué fortuna. «Qué invaluable regalo del destino beber los majares de tu coño mojado».
Ella seguía chupando tan bien que sentí que me vendría, así que, como un luchador derrotado y humillado, palmeé la cama, rindiéndome. Mis güevas estaban empapadas en una mezcla de su saliva y mi lubricante. Además, qué ruidosa era mi hermana chupando. Pero por mi rendición, se detuvo. Irguió su espalda y sentí su peso en mi cara. Qué bonita se veía su espalda con su melena cayendo, y sus nalgotas aplastándose contra mi afortunada cara. Aún sin espacio ni la fuerza necesaria, saqué mi lengua y la lamí bien. Al sentirme, cabalgó un poco en mi cara, mientras estrujaba mi abdomen. Traté de disfrutar cada segundo y cada sensación, como el sabor de su vagina y su textura lisa. Y ni se diga el olor de su culo.
Le palmeé el muslo, suplicando por aire. Ella rió, dio un último sentón y se quitó. Me besó y dijo:
—¿Me lo vas a meter, o qué?
Me puse de pie como rayo y la puse en cuatro. Creo que estábamos tan muertos de ganas que cada uno sentía también las del otro. La penetré. Penetré a Katherine. Cinco años después del día de mi partido de fútbol y de su primera cita con ese tal Juan Carlos al que le debo que mi hermana se pusiera bonita. ¡Le daba como a rata! y pensaba, no solo en ella en el momento presente, sino en todo lo que la había deseado, cada sueño mojado, cada sábana estropeada, cada noche en vela fantaseando con mi hermana; en ese último día, su cachetero azul traga-coños y el entrañable «¡Agh!» de satisfacción que pronunció cuando bebió mi venida sin saberlo. La felicidad no me cabía en el cuerpo. Tenía a mi hermana Katherine de perrito y bombeándole como si no hubiere un mañana.
Empezó a gemir. Luego a gritar. Saber que su novio avinagrado estaba probablemente ahí detrás de la puerta, sólo me llenó de más valor. Entonces le dí más duro, para que gritara más. Además, se me paró todavía más. Mi pene estiraba su cavidad vaginal a dimensiones nuevas, creo, por que arrancó las cobijas del tendido e hizo una bola para meter la cara y ahogar los gritos. No es por alardear. El crédito es para ella, por ser mi hermana y estar entregándome sus nalgas.
Se lo saqué y con la mezcla perfecta entre cariño y violencia, puse una mano en su cadera para tirarla al revés. Ella dio el vote y quedó boca arriba, de una vez dispuesta. Sus ojos estaban puestos en mí, todavía dilatados y hermosos. Como si ambos supiéramos el siguiente movimiento del otro, Katherine estiró su brazo para recibirme cuando bajare a penetrarla de nuevo. Seguimos haciéndolo. Mi espalda y glúteos debieron estarse moviendo como una máquina. Durante todo el perreo, no dejamos de mirarnos fijamente. Hacia el final, las caras de ambos se tensionaron. Lo sé porque veía la de ella y sentía lo equivalente en la mía. Como cuando se resiste un dolor necesario apretando la mandíbula. Pero no era dolor. Era placer. Placer y amor —y perdón que lo diga—. Entonces se sumó la respiración frenética, luego los gemidos fuertes. No olvidaré jamás su carita colorada frente a la mía, con una gruesa gota de sudor cayéndole por un costado y, debido a que la quijada estaba tensionada, no podía abrir la boca para gemir, por lo que los cachetes se le inflaban y me arrojaba a la cara su magnífico aliento.
Me vine. Nos vinimos. Al tiempo.
Durante mi éxtasis, cuando los sentidos están bajo el efecto de una droga producida por el cerebro, tengo la certeza que su novio estuvo golpeando la puerta muy fuerte, y quizá vociferando. Pero fue algo que razoné mucho después, al recordar la experiencia, porque en el momento, todo giraba al rededor y las sonidos parecían provenientes de otra dimensión. Lo que veía era la hermosa cara de mi hermana, con los ojos abiertotes y mirándome, las pestañas crispadas y parpadeando cuando gotas de mi sudor caían sobre ella. Tenía mechones de pelo pegados a la cara con la mezcla de nuestros sudores. Se los retiré con la mano, pero aquél movimiento se convirtió en una temblorosa caricia. Puede leer en su mente, a través de sus ojos café brillantes, varios de sus pensamientos, como «Qué rico coge mi hermano», «mierda, no puedo creer lo que acaba de pasar», |¿qué voy a hacer con Guille1?».
Katherine me besó. Nos besamos un rato. Y unos minutos después, hasta que al fin la sensación de éxtasis cedía y podíamos darnos el lujo de movernos y darle fin a la bella experiencia, Katherine se puso de pie y puso su mano en su entrepierna. Seguro sintió que algo se devolvía. Lo más delicioso e increíble, fue lo que al rato sacó de su armario una botella de bebida gaseosa, nada menos que de toronja.
—Me empezó a fascinar este sabor —me confesó, sonriendo.
___________________________
1Guille era el palurdo de su novio
¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯

Tomé el autobús para volver a casa. Pasé todo el viaje con la cabeza recargada sobre el borde del espaldar, viendo por la ventana, viendo pasar la ciudad pero contemplando mis propios recuerdos recientes. Creo que ni parpadeé.
¿Que como salí de su casa? Simple: Disimulamos. El tipo estaba pegado al techo pero no se atrevía a reclamar nada porque ¿qué iba a decir? ¡Kath y yo éramos hermanos! Como sea, al poco me enteré de su rompimiento. Es natural. Katherine ya sabía lo que era que ‘le dieran verga’ de verdad. No por la verga en sí, sino por las ganas y por el amor.
Ni siquiera me acordaba del amuleto hasta que lo vi colgado de mi cuello cuando me vi al espejo, en el baño de mi casa. Me lo quité y lo alcé por la cadena para verlo. Entonces pensé cuánta felicidad me aguardaba. Quizá el resto de mi vida de pura lujuria y satisfacción, sobre todo con Katherine, al menos al principio. Después de todo, ya podía tener la mujer que quisiera, literalmente ¡A la mierda con Jeanette! Ya había follado con la mujer que más había deseado en la historia de mi vida, el resto era ‘el resto’.
Nada de eso habría sido posible sin mi amigo Carlos, inmigrante. Saludos a él.
«Ah, amuletico lindo, tiene como cuatro gramos de oro pero vale por tres kilos» me dije. A mi mente, vinieron por sí solas las palabras del brujo palero localizado en Sincelejo: «Ah, y lo espero aquí ¡con las millonadas que me va a pagar!» Entonces me di un fuerte palmo de narices: «¡Mierda. Triple mierda y re-contra mierda, le debo una fortuna a Don Lucio!»

Fin

𝐴ℎ, 𝑦 ¡𝑟𝑒𝑐𝑜𝑚𝑖é𝑛𝑑𝑒𝑛𝑙𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑒 𝑐𝑢𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑎 𝑠𝑢𝑠 ℎ𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑎𝑠!

𝙴𝚗 𝚕𝚊𝚜 𝚏𝚘𝚝𝚘: 𝚃𝚊𝚠𝚗𝚎𝚎 𝚂𝚝𝚘𝚗𝚎 – 𝙻𝚒𝚐𝚑𝚝𝚜𝚙𝚎𝚎𝚍

 

¡Abducción extraterrestre! (o lo que m*erdas haya sido)
Jenny 1995

Nadie le ha dado "Me Gusta". ¡Sé el primero!