Erotismo y Amor Tabú

Capítulo 24 – Dulce Niña musical

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Erotismo de una menor | 12 años | Tabú |

Fragmento tomado de “El Monstruo Nausa

«… conmoción entre la comunidad de un colegio al norte de la ciudad, por la desaparición de una de sus estudiantes. Sofía Garavito Layton, de doce años, completa en estos momentos 24 horas de desaparecida, después de…»
La redondeta pantalla del viejo televisor de Ximena emitía una luz que apenas competía con la del día, que, por cierto, cumplía con los augurios del color de la tarde anterior. El invierno acababa de terminar de sopapo. Con el control remoto en la mano y retorciendo los músculos de la boca, Vladimir retiraba gradualmente su atención del aparato, pues un sonido maravilloso estaba consintiendo sus oídos, sin necesidad de permiso. Era nada menos que el canto de Sofía, que estaba duchándose. Su voz era potente y armoniosa. La sensación que recorrió a Vlad nació en lo profundo de su vientre y se acumulaba en su dermis, al extremo de erizarle los vellos. Él apagó el televisor. Con un par de neuronas, recordó el canto stella splendens que interpretaron en el castlebook, y el encantador efecto que tuvo en él. Con su cerebro de hombre evolucionado, podía figurarse imágenes de los sonidos y viceversa. El canto de Sofía le parecía el viento, cálido y maternal como la mano de Dios, acariciando inmensos campos de suave heno. Vladimir arrojó el control remoto sobre la cama y anduvo, casi flotando, hacia la puerta del baño. Allí se recargó con los ojos cerrados. El canto era para él como sumergir el alma en un manantial que lo purificare.
—Canta muy lindo ¿no? —lo sorprendió Ximena.
Acababa de aparecer como por arte de magia a su lado, y le había susurrado, casi pegándole los labios al oído, devolviéndole el favor que le había hecho él. Vladimir casi brinca, lo que causó que a Ximena le explotara una carcajada. La reprimió, pero fue demasiado tarde:
—¿Xime? —gritó Sofía.
—Sí, mi amor, soy yo. Pero, por favor, sigue cantando.
—¡Bueno!

«…Sing your song sweet music man You travel the world with a six piece band that does for you What you ask ‘em to And you try to stay young but the songs are sung To so many people who’ve all begun To come back onto you…»

—Los que la estén buscando deberían oír lo dichosa que está —apuntó Ximena, todavía susurrando—. Si tienen sentido común, la dejarían con nosotros y no con la familia —miró fijamente a Vladimir—. Allá en Boca Alta, yo no la oía cantar así hacía mucho. ¿Si ves? Con nosotros, ella siente que sí tiene derecho a existir.
—Tenemos qué irnos, y rápido —dijo Vladimir, mientras la conducía de vuelta a la sala—. Si vieras: Está saliendo en noticias.
Ximena se llevó la mano a la boca.
—Pues ¡a correr! —dijo. Voy a comprarle así sea una sudadera a esta china, no la vamos a sacar de aquí en uniforme.
—Claro que no.
—No demora en salir del baño, ya vengo.
Ximena dio dos pasos para irse, pero súbitamente giró sobre uno de sus pies en punta y se devolvió, casi bailando, para agarrarle la cabeza a Vladimir por atrás y sujetarlo. Le dio un beso. Entonces sí se marchó. El tiempo pareció detenerse para Vladimir. Se quedó ahí de pie presionando los labios (la versión de sonrisa de él) y apenas respirando.
—Ximena ¿Me cepillas…? ¿Ximena? —apareció Sofía.
Tenía el cabello envuelto en una toalla. Y por demás, se veía muy graciosa, ya que no tenía nada más que la falda con peto de su uniforme y las chanclas.
—Ya viene —le respondió Vladimir—. Fue a traerte algo de ropa porque no vamos a sacarte de aquí con tu uniforme.
Sofía asintió y hundió los labios.
—¿Me cepillas tú?
Para haberse imaginando algo así, Vladimir habría tenido primero qué, al menos, casarse y que su esposa estuviese en embarazo, y necesariamente de una niña. Pero sin necesidad de nada de eso, ahí estaba, pasando uno de los cepillos de Ximena sobre el cabello húmedo de la niña más preciosa que había conocido.

Ella estaba sentada en la butaca. Goticas de agua caían sobre los zapatos de él. Mientras cepillaba, Vladimir consumía el aroma que emergía del cabello de Sofía y lo último del vapor del agua caliente que emanaba de su piel, llevándole su tierno aroma como un mensaje romántico.
Ella se aplicaba crema en la manos y en el rostro. La dispersaba primero en sus dedos y luego en sus pómulos.
Vladimir miraba el rostro de Sofía en el espejo, de cuando en cuando su cabello y de cuando en cuando sus hombros. Estaba hipnotizado. Quería hincarse y besarla, besar sus mejillas y su cuello. Nunca había deseado tanto algo en la vida. Sentía una fuerza colosal impulsándolo a hacerlo. La razón por la que no lo hizo, no fue clara para él sino hasta años después: Los besos de Ximena actuaban como freno. Él quería a Ximena. De modo similar, habría de enterarse del porqué de su excepcional vulnerabilidad a toda manifestación de belleza, en especial a la feminidad, y que una dama atrevida que cruzó las piernas delante de él cuando tenía 7, tuvo mucho que ver.
—¿Qué canción tan linda era esa?
—Sweet music man. La canté una vez en un festival, y gané.
Para decir eso último, se giró y levantó la cara, para presumirle su bella sonrisa a Vladimir. Luego se re-acomodó y agregó:
—Habla de la esposa de un cantante famoso, que, sin importar lo que él haga, para ella siempre será su dulce hombre musical.
Esas palabras llegaron al corazón de Vladimir como el rayo de una tormenta. Acababa volverse miel oyéndola cantar, y ahora estaba cepillándole el pelo y muriéndose de ganas de devorarla a besos. Pero la vida le acababa de enviar un mensaje claro. Sería mejor que Sofía fuera eternamente su dulce niña musical. Solo eso.
—Canta otra vez —imploró él.
—¿Toda? ¿Otra vez? —preguntó ella.
—Lo que quieras.

But nobody sings a love song quite like you do And nobody else could make me sing along And nobody else could make me feel That things are right when I know they’re wrong Nobody sings a love song quite like you

Las rodillas de Vladimir tocaron el piso, sobre las gotitas de agua que habían estado cayendo de las puntas de los cabellos de ella. Presionó su pecho contra la espalda de Sofía y la envolvió con sus brazos. El costado de la cabeza de él se estaba empapando. Y su alma estaba sumergido en Sofía. Su corazón corría y los latidos se metían en las cajas torácicas de ambos. Vladimir enderezó la cabeza y le besó la espalda. La mano de Ximena se unió al abrazo. Se posó sobre el hombro de Vladimir. Y las rodillas de ella se acomodaron a un lado de las de él. Ximena terminó abrazándolos a ambos. La familia falsa estaba unida en aquella mística posición, al lado de la bolsa de cartulina brillante con manijas de cordón, la del almacén, donde venía la muda de ropa para Sofía.

—Tenemos qué desaparecer —masculló Ximena.
Agarraron cada uno un morral y salieron del cuarto casi corriendo. Ahí quedaron los muebles, llenos de la energía de Ximena, pero ya estaban materialmente vacíos y condenados a quedar estériles, incluyendo ése donde había fotos de ella en estado de embarazo y sus libros.

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