Incesto Tabú

Charla de almohada 2

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Incesto padre-hija | Ocho años | Tabú
Una mujer confiesa su secreto a su pareja en una charla de almohada
©Stregoika 2022

—¿Te gustaría probar algún juego erótico?
Me aventuré a hacer la pregunta. Es decir, me arriesgué. Brenda me gustaba mucho y además esperaba poder llegar a formar una relación seria con ella, puesto que me parecía una mujer muy centrada. No obstante, no se puede tenerlo todo: Era tan puesta en su sitio que el sexo podía llegar  a ser aburrido. Solo ‘vaca muerta’ y a veces ‘estilo perro’, y nada más. Por eso hice la pregunta cuando retozábamos después de hacer el amor, so pena de que ella se enfadara y me creyera un pervertido.
—¡Ja! Y ¿de donde sacaste eso? —me preguntó.
Ella sabía que a mí me gustaban las mujeres (y morras) de casi cualquier edad y hasta tenía otros apetitios más allá… pero parecía no haber querido que la involucrare en ninguno.
—¿Ya te parece aburrido el sexo conmigo? —añadió.
Me di un palmo de narices y empecé a renegar mentalmente: «¡Me lleva el putas! Debí callarme la puta jeta. ¡Ah! ¡Qué aburrimiento esta vieja! ¿Por qué me metí con una beata? Ojalá fuera lo mitad de Guarra que es Cindy».
—Apuesto a que estás deseando que yo fuera como Cindy, o peor, estás deseando haber estado con Cindy.
—Y es que ahora ¿lees el pensamiento?
—¿O sea que acerté?
—Quise decir: «O sea que ahora ¿crees que lees el pensamiento?»
—Buen intento —escupió y se volteó.
«¡No! ¿A qué puta hora me metí con esta vieja? Está muy buena y todo pero ¡qué mamera, qué puto existencialismo a toda hora!». Súbitamente, Brenda volvió a ponerse boca arriba y quizá presintiendo mi agobio, suavizó el tono y propuso conversación:
—Imagino que Pablo te ha contado que Cindy y él juegan a cosas cuando tiran, como que son hermanos o padre e hija.
—Uhy ¡Qué r…rico! —me saboreé.
Ella mi miró como si quisiera partirme a la mitad con una espada y yo, al detectarla, tiré mis pupilas hacia atrás.
—No, Pablo y yo no somos tan amigos —expliqué.
—Sí, a mí Cindy me contó que él una vez le propuso que jugaran, y que él hizo el papel de papá y ella el de niña de diez o doce, y que, mejor dicho… «se la comió como nunca», que duraron artísimo y la hizo venir a chorros.
Hice la cara que haría un albañil si pasa por debajo de un puente peatonal cuando pasan sobre este diez colegialas con falda muy corta. Pero tuve qué disimular el agrado, ya saben, Brenda era una aburrida.
—Otra vez dizque jugaron a los hermanos y a Pablo le duró tanto la “Energía…”
—La arrechera.
—…Sí, la arrechera; que se echaron once polvos en toda la madrugada, todo el tiempo pretendiendo que eran hermanos.
Ya no pude disimular la cara de apetencia. Brenda me miró, y sé que muy mal, pero siguió:
—Hasta hacían role play, o sea, se decían cosas como: «¡Pero cómo, si somos hermanos!» y «Está bien, pero dale rápido que ya viene mamá».
Hubo un silencio muy incómodo. Yo no sabía qué decir. Presentía que ella esperaba una respuesta de mi parte con la que condenara a Cindy y a Pablo. Pero muy al contrario de eso, tenía una renovada erección. Lástima que quien estaba a mi lado fuera casi una monja. En pocos segundos me decidí a ser claro al costo que fuera, y si terminábamos, mejor todavía. Estaba harto.
—¿Por qué tú y yo no podemos ser así? —pregunté.
La fastidiosa prolongación del silencio anunció la terminación de nuestra relación, en plena charla de almohada. Retiré mis cobijas de encima y empecé a bajar un pie. Pero ella dijo algo que se tenía guardado y que fue tan efectivo para detenerme como si hubiese encontrado mi control remoto y hubiese presionado “pausa”. Me dejó congelado:
—Mi papá me violaba cuando yo era chiquita.
Yo he solido sobre-valorar mi inteligencia. Justamente en ese momento, no supe qué hacer ni qué decir. Solo me quedé congelado, aunque después de unos cinco segundos tomé la inteligente decisión de volver a mi posición en la cama, y otros seis segundos después, me puse de lado, sin decir palabras, solo demostrándole que estaba ahí para escuchar todo lo que tuviera qué decir. Y ella, efectivamente, siguió:
—Yo tenía ocho años…
«Ay, ocho, qué rico» pensé. Y volví de inmediato al único par de fotografías de Brenda que había visto a esa edad, y me confirmé con mucho morbo: «Uhy, sí, qué rico». Pero me reprimí a mí mismo para seguir escuchando.
—…cuando mi papá empezó a tocarme.
«Pero ¿dónde te tocaba, y qué ropa llevabas puesta, y qué sentías, y te gustaba?» quería preguntar. Pero obvio, no debía.
—Al principio se me hacía raro y no entendía por qué lo hacía.
—Y ¿dónde te tocaba?
—Y tú ¿dónde crees? —me fusiló.
Pero yo estaba poniéndome más y más encañonado.
—Desde mucho más chiquita me sentaba encima de él, y no tengo muy claro si desde antes me tocaba —me miró—, me pellizcaba suavemente las nalgas, sobre todo, pero un día, metió toda la mano abierta debajo de mi cola y me presionó la… la vagina. Después lo repitió tanto…
«Si le pregunto “¿qué sentiste?” se va a emputar, se va a levantar e irse y nunca me va a volver a hablar» razoné. Entonces me quedé callado.
—La sensación era… —adujo, pero no siguió.
Yo rogaba en mi interior, que su historia virara a que le gustaba cómo su padre le hacía cosas. ¡Uff, sería delicioso!
—Otro día, que estábamos solos, me llamó y me mostró videos porno.
«…Y te calentaste, dime que te calentaste y le pediste a tu papi que te lo hiciera» rogué en privado.
—Había un tipo negro.. haciéndoselo por atrás a una rubia súper tetona. Parecía que la iba a destrozar y sobre todo por como ella gritaba. Pero mi papá me dijo «esos gritos, Brendita, y esas caras, no son de dolor, son de placer, que es todo lo contrario al dolor. ¿Has sentido placer, mi vida?». Yo le dije que no. Y me dijo que seguro sí, pero que no sabía que eso era placer, como cuando mi mamá me consentía para que me durmiera.  Pero que ese placer, el del video, era mucho más intenso. Yo seguía mirando y la rubia apretaba los ojos y gritaba, mientras ese negro iba y venía como si estuviera castigándola. Mi papá preguntó: «¿Si ves como le mete el pene en la cola? Para ambos eso es muy rico, es delicioso. Lo hacen a diario».
Tuvo lugar una pausa en el relato de Brenda. ¿Estaba probándome? Al menos una cosa era definitiva: me tenía caliente como brasa. Ya quería que llegara al punto donde su padre le pintó la carita con mecos espesos y calientes, si es que tal cosa pasó. Al fin, ella suspiró y prosiguió:
—Ese día no hizo nada, todavía…
«¡Pero qué maestro era tu papá!» pensé.
—…excepto ver más y más porno. Creo que veíamos porno a diario, hasta que me acostumbré a ver vergas monumentales, algunos pubis peludos, tetas descomunales, corridas abundantes, a oír gritos y gemidos interminables, ver como se chupaban de todo, la verga, la vagina, los culos, se orinaban unos sobre otros, etc. Imagínate, una nena de ocho acostumbrada a eso.
«Tu papá era un máster» le dije mentalmente.
—Fue hasta tiempo después que, otra vez estando solos, se me metió cuando yo estaba bañándome y… me bañó. E igual que con los videos, me acostumbró a que él me bañaba. Y como ya estaba acostumbrada también a las manoseadas en la mesa del comedor, pues me bañaba muy bien la vagina… y el culo. Hasta me ponía crema.
Yo, al fin hablé:
—Quiero hacerte el amor otra vez.
—Pérate tantito, te termino de contar.
—Ya vas.
Y fue para navidad que me cogió. Mi papá fue muy astuto, muy sutil, porque verle la verga por primera vez no fue nada del otro mundo, de tanto porno que habíamos visto juntos.
«¿Ves? Un máster».
—Me dijo que me amaba y que yo era lo más hermoso que él podía concebir en el universo. Imagínate eso. Que quería hacerme el amor y darme mucho placer. Pero que por lo pronto solo quería sentir mi boca. Me hizo chupárselo.
Otra vez se quedó callada, y me obligó a preguntar:
—Y ¿se lo chupaste?
—Sí, le mamé bien la verga. Fue la primera mamada que hice, pero de tanto ver como en el porno se comían esos penes hasta la garganta y hasta se atragantaban con mecos, pues hice lo que pude. Mi papá estaba como loco, se movía y se quejaba como si le doliera, pero yo ya tenía más que claro que eso era placer. Me lo sacó de la boca y se me vino en la frente. Temblaba como una hoja. Fue mi primer contanco con el semen, caliente, espeso y su sabor tan fuerte, salado, casi.
—¿Lo probaste?
—Me escurrió hasta la comisura de la boca. Luego mi papá me limpió con… ¿qué carajos estás haciendo?
Me sorprendió frotándome la verga.
—Perdóname, pero tengo qué cogerte.
Cogimos, e imaginé siendo su padre. Qué culiada tan brutal, y debo decir, que nunca la había visto disfrutar así. Supongo que uno de los factores es que mi verga se me puso como pocas veces —solo se me ponía así por una sobrina que tenía—. El otro factor saldría a flote al terminar la charla de almohada.
Brenda cayó en mi pecho muy agitada y tratando de que al aire le alcanzara. Jugaba a tratar de enrollar los vellos de mi pecho en uno de sus dedos.
—Por favor —me dijo, aún sin aire—, no vayas a pensar que me excita acordarme de lo que me hacía mi papá.
—Pero ¿y si es así, qué putas? ¿No ves cómo gozas? Amor, me encantas así… y si se lo debo a tu padre, pues ¡alma bendita!
—Mi papá no está muerto, está en la cárcel.
—¡AH! ¡Ah! Ah… claro.
—Pero fue mi mamá quien lo mandó a la cárcel, no yo. Además puede que ya haya salido, no volvimos a saber de él.
—¿Amor? —pregunté.
—Dime.
—¿Entonces? ¿Te gustaba o no, lo que te hacía tu papá? ¡Sólo admítelo! Sí, yo sé que me calienta, pero no lo hagas por mí ¡hazlo por ti!
Hubo un silencio que temí romper debido a que mi insistencia podría parecer más pervertida de lo que en verdad era. Esa Brenda desinhibida y arrecha me encantaba, así, gozona y depravona. ¡Qué libre y feliz era!

Después de unos minutos, ya habiendo recuperado el pulso, ella siguió contando:
—Después de que mi papá se me corrió en toda la cara y me limpió con pañitos húmedos, me tiró despalda sobre la cama y me lamió toda. Como yo había visto tantas mamadas a vaginas en los videos y que a ellas les gustaba, pues empecé actuando, fingiendo apenas. Pero de verdad  —me miró para percatarse de que viera su cara mientras lo decía—, no me fije en qué momento ya no estaba fingiendo sino que… ¡Uff! Mi papá ¡sí la sabía chupar! Cómo se sentía su barba en forma de candado en mi vagina era… Y esa lengua ¡esa lengua!
Se pasó las manos por la cara.
—Y ¿cogieron?
—No, como te dije. No ese día. Pero al poco me quitó la virginidad, con lentitud y gentileza. Hubo una vez que… —otra vez se cercioró de que yo al mirara con atención— …yo ya estaba hecha una pequeña puta. Creo que debí tener 9, ya; pero mi papá me estaba cogiendo de perrito y no sé, me dio miedo… o sea, eso lo supe mucho después, ya de adulta, pero me dio miedo sentir tan rico y dije «¡Papi!» y él me acarició el pelo y me preguntó «Dime, mi vida». Pero yo no supe qué decir, y él me preguntó: «¿Quieres que pare?» y otra vez no supe qué decir, entonces él paró y yo le dije ¡Jueputa! ¿Sabes qué le dije, Eduardo, a mi papá violándome? Le dije «No pares, papi». Y al rato seguí diciendo «Papi, papi» y él todo hecho un toro me seguía bombeando y decía «Dime, mi amor, dime», y yo decía: «Se siente rico». Él se volvía loco y me apretaba entre los brazos y me bananeaba como loco y me decía «Nadie nunca te lo va a hacer como papi».

»Éramos como una pareja de novios ¡pichonsísimos! Mi papá me compraba arta ropa, vestidos y faldas cortitas, cosas que le arrecharan. Pantymedias blancos o negros, panties de malla o tangas, hasta una tanga de mujer adulta, de esas que pueden ajustarse con hilos que se deslizan ¿sabes de cuáles? Pues, para que pudieran quedarme ajustadas. Cuando mi mamá las vio empezó a sospechar y me preguntó pero yo no le dije nada. Pues, no iba a preguntarme «¿Tú y tu papá se lo están comiendo? ¿Tu papá te está echando huevitos?» sino que trataba de hacerme caer. Como supondrás, a los 9 años no era tan buena mentirosa, y al fin caí. Me puso una trampa con un condón y me pregunto lo que era y como yo sabía bien lo que era, le dije «pues un condón» y se puso muy furiosa. Me puso a mí super nerviosa y no pude mentir más. Me hizo caer.

»Duré años en el psicólogo mientras mi papá se pudría en la cárcel. Y los psicólogos de mierda siempre trataron de convencerme de que yo era una víctima y mi papá un monstruo y bla… bla.. bla… Por eso, Eduardo ¡soy así! Me hicieron suponer por años que el sexo es… que ser comida es un crimen.

»¡Uff! ¡Qué bien me sentí!

—Te hicieron creer que tu papá hizo algo horrible contigo, y que tú, al gustarle tanto, tenías parte de la culpa.
—¡EXACTO! Y que sentir rico es como… un horrible pecado.
Me arrodillé sobre la cama y la insté a erguirse.
—Pues dilo. Di «Mi papá me hacía rico y a la mierda los psicólogos».
Ella se incorporó de golpe y repitió la oración.
«¡Mi papá me hacía rico y a la mierda los psicólogos! ¡Mi papá me hacía rico y a la mierda los psicólogos!»
—Y por último, no vuelvas a usar la palabra “violación” ni ninguna de sus variantes para referirte a tu experiencia con tu papá. Él no te violó. Te enseñó, te sedujo y te amó.
—Y me hizo rico.
—Eso, te complació.

Brenda fue otra desde ese momento, todo por una terapia inesperada en una simple charla de almohada. Por su puesto, jugamos mucho de ahí en adelante a que ella tenía ocho o nueve y yo era su padre. Ya no solo «vaca muerta» y nada de existencialismo. Pero ¡qué orgasmos delirantes que tenía mi Brenda! Temblaba y perdía el aliento mientras empapaba mis bolas de sus jugos. De verdad que el papá debió hacerle bien rico.

Lo mejor es que al año, aproximadamente, Brenda y yo nos casamos y ahora tenemos un hijo. Han pasado siete años. Si tuviéramos una hija, no hay ni qué preguntarse qué cosas estarían por suceder, pero con un hijo varón, no sé… Mi Brenda todavía está como para chuparse los dedos, quién quita y vaya el suertudo de mi hijo aprenda algunas cosas de la vida con ella. Habrá que esperar y ver.

Fin

mi vida de lesbiana con mamá
Magdalena - Segunda Parte.

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