Incesto Tabú

Dayanna, mi hija ¡salvó mi matrimonio!

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Título alternativo: «Así recuperé a mi hombre, arrechándolo con nuestra hija»

©2020 Stregoika
 
Una vez encontré fotos de mi hija en falda y mal sentada, en el teléfono de mi esposo. Mi Dayanna tenía 10 años. Supuse que, como se estaba poniendo tan bonita, él no se aguantó y estaba viéndola como mujer. Al principio me dio mucha ira, sobre todo porque mi esposo lleva buen tiempo sin tocarme. Ya me imaginaba que tendría otra, pero nunca imaginé que esa otra fuera nuestra hija. Por otra parte yo no sabía, si además de las fotos, él habría hecho otra cosa, si acaso le había puesto un dedo encima.
   Se lo pregunté a ella y me dijo que no, que solo le pedía que se pusiera determinada ropa y se pusiera de cierta forma para tomarle las fotos, pero nunca le había hecho nada.
   Esa noche traté de seducir a Miguel para que me cogiera pero no quiso hacerme nada y, a la madrugada, desperté y él no estaba al lado mío. Quise agarrar su celular para buscar más cosas pero no lo encontré, entonces lo deduje y fui a comprobarlo de inmediato: Estaba masturbándose en el baño, con el celular en la otra mano. Me lancé como fiera sobre él y le rapé el teléfono.  Efectivamente, estaba viendo una serie de fotos de Dayanna en su uniforme de colegio, subiéndose la falda y sacando la cola o sentada con las piernas bien abiertas, mostrando todo. Incluso había una foto tomada desde abajo de las escaleras, simulando un upskirt no consentido.
   Miguel Andrés se paró del bizcocho del inodoro y trató de recuperar el aparato. Pero lo que vi me hizo cambiar las ideas de dirección: Él tenía el pene paradísimo. Fue tanto como si él se hubiese puesto de pie con un pepino cohombro en la mano. De inmediato tuve una sensación vaginal correspondiente al deseo de ser penetrada, ya saben, esa palpitación involuntaria, como que la vagina hace los movimientos de la boca de alguien que está muerto de hambre y en frente a un humeante estofado: cuando se hace agua la boca. Una pequeña picadita me indicó que iba  mojarme en los instantes siguientes. ¿Pero qué otra cosa iba  pasar, si llevaba meses y meses deseando volver a sentir esa verga hurgándome como loca? Su cabezoncito se veía brillante y potente. Tenía ganas de saborearme o de agacharme y mamárselo, pero subsistía el hecho de que él no lo merecía y de que estaba pajeándose por nuestra pequeña Dayanna.
   Una voz en mi interior trataba de decirme “¿Y eso qué tiene de malo? Dayanna es casi un ángel, es la más hermosa de su colegio. De seguro sus profesores y los papás de sus amigas también se pajean por ella. ¿Por qué no iba hacerlo también Miguel, su padre?”

La situación no pasó a mayores esa noche porque temí consecuencias nefastas e innecesarias, como la justicia, la vergüenza y que Dayanna pasara por eso. Al fin y al cabo, él no la había tocado y lo de las fotos, a ella parecía no afectarle sino divertirle. Y él tampoco pensaba compartir las fotos.  Es más, todo lo que yo pensaba sobre el asunto, de ahí en adelante, tenía impresa la imagen de la espectacular verga de Miguel, encañonada como para izar una bandera. Yo quería darle una oportunidad a él, antes de conseguirme otro, que no me faltaban hombres, pero yo siempre todo lo hacía por Dayanna. Quería que ella tuviera un hogar.

Pasó un par de semanas. Miguel seguía sin tocarme y al parecer, se mantenía muy alejado de nuestra hija y también estaba más que raro conmigo. Mi hogar estaba desmoronándose y estaba yo por caer en depresión. Pero la salvación llegó un día que fui al parque un domingo con Dayanna. Como ya no me podía sacar de la cabeza que ella inspiraba sexo a raudales en los hombres, me fijaba en cómo la veían los hombres adultos y hasta los viejos. ¡Babeaban! Entonces para el siguiente día, que era lunes feriado, hice que Dayanna vistiera una sensual falda de cuando era más chiquita, por lo que le quedaba muy alta. Tuve también la idea de que se fuera a patinar.
   Como lo predije, los señores estaban babeando, más que los muchachos. Incluso vi a una joven mujer, bonita ella, quedarse viendo sin la menor premura a mi hija cuando patinaba. Se mordía y humedecía los labios continuamente. Parecía querer lanzársele encima para devorarla como a un pastel de panadería. Me puse nerviosa.
   —¡Dayanna, ven aquí mi amor! —le grité.
   Eso fue suficiente. Un caballero estaba por ahí y también estaba embobado con el espectáculo del traserito de Dayanna envuelto en su sensual pantaleta blanca, que le quedaba como pintada y se asomaba bajo la corta falda. Se acercó y me habló.
   —Yo sí sabía que esa niña tan linda tenía qué tener una madre igual de hermosa.
   Lo único que hice fue dar un silbido de asombro. Apenas fui amable con aquél extraño y me deshice de él rápidamente. En conclusión, Dayanna era un poderoso imán de vergas. Habiendo comprobado lo que quería, decidí darle una última oportunidad a mi marido, y si la desaprovechaba, yo me llevaría a Dayanna y me abastecería de hombres sin esfuerzo.
   —¿Y esto para qué es? —me preguntó mi hija, elevando su preciosa carita de fresa con inmensos ojos cafés, brillantes como dulces.
   Se refería al disfraz que le había comprado, uno de gata. No era Halloween, ni nada.
   —¿No lo quieres? —le pregunté.
   Ella lo escondió detrás de sí, como si yo hubiese amenazado con confiscárselo.
   —Sí, si lo quiero —admitió, categóricamente.
   —Es para jugar con tu papá. Todos vamos a hacernos fotos hoy.
   —Y tú ¿de qué te vas a disfrazar? —me preguntó.
   —De dominatriz.
   —Y ¿mi papá?
   —Vamos a buscar una capcuha.
Y así lo hicimos.
Le puse el disfraz a Dayanna y quedó tan bella… si los sujetos del parque pudieran verla se sacarían sus pijas y se masturbarían ahí mismo, viéndola. Y esa mujer que se saboreaba… se metería la mano entre el leggins para dedearse. Cuando lo pensé, pintándole yo los bigotes a Dayanna, admití que lo que tenía por mi hija eran celos. Nadie, pero nadie, iba ponerle un dedo encima a ella, si no lo hacía primero yo, y de hecho, Miguel. Si éramos padres de la niña más mamasita del vecindario y de su colegio ¿por qué no disfrutar de ella? ¿Qué mejor que nosotros, sus papás, para enseñarle los manjares de la vida? ¿Por qué esperar a que un maldito aparecido se encargue de educarla en el sexo, a lo mejor sin amor? ¡Nunca! Le terminé de pintar la cara a Dayanna. Ya entendía a Miguel y estaba de su lado.
   El disfraz de mi Dayanna consistía en una malla de cuerpo entero que le quedaba tremenda, y era electrizante al tacto. De ella colgaba una colita peluda. Se suponía que tenía falda pero yo la modifiqué, dejando solo el velillo. Tampoco le puse top ni panties. Llevaba zapatos negros brillantes y altos y diadema con orejitas peludas. Ella, se miraba al espejo y le encantaba cómo había quedado. Se daba vuelta y se inspeccionaba por todas partes. Estaba deliciosa y lo sabía.

   —¡Se me ve el trasero! —exclamó contenta, viéndose las nalgas al espejo, a través del velillo y la malla.
   Yo misma tenía ganas de tumbarla en la cama y lamerla por todas partes.
   —Eres un bombomcito irresistible, mi niña hermosa —le dije.
   Ella respondió con un contoneo de consentida y una sonrisa adorable. Luego volvió a mirarse y casi se saboreó por ella misma. Sentí mojarme. Pero no hice nada porque el regalo era para Miguel, no para mí. Aunque para mí sí tenían que ser las “gracias” por el regalo. Al pensarlo, recordé algo que había planeado y aún no había hecho.
   —Ven mi vida, que no se olvide esto —le dije—. Levántate la falda.
   —Ay mamá ¡me haces cosquillas! —gritó y rió cuando se lo puse.
   —Aguanta bebé, que esto va a poner a tu papá a mil. Eso espero —expliqué.
   Quería ponerle la verga a Miguel como pepino cohombro verde otra vez, y que me la hundiera por donde quisiera.

Llegó la hora. Miguel entró a la habitación, como lo había hecho por tantos días, como perro regañado, ya ni siquiera me veía a la cara.
   —Hola amor —lo saludé de beso y se sorprendió—, hoy vamos a arreglar las cosas.
   Frunció el ceño sin entender.
   —Amor, yo tengo mucha pena por… —me quiso decir, pero puse mi dedo en su boca.
   —Sshh, métete al baño y te pones lo que hay allá.
   Él se asomó y de una vez reprobó lo que encontró.
   —El palo no está para cucharas, Mayerly. No me hagas esto…
   —Confía en mí. Te vas a poner como un toro. Te lo juro por mi vida.
  Esa promesa lo animó. Se metió al baño y volvió a salir al rato, vistiendo el atuendo de cuero que le había comprado. Solo era un calzón de cuerina brillante con tirantes y la cabeza envuelta en una capucha de cuero con cremallera. Parecía luchador mexicano.
   —Si no te portas sumiso hoy, hasta aquí fue todo —le advertí.
   Él rió al principio, pero se dio cuenta que era en serio y se puso sumiso, dio un paso atrás y unió las manos por delante.
   —Ahora es mi turno —le dije y entré al baño, con la bolsa de la tienda de disfraces para adultos.
   Cuando salí con mi faldita de cuerina y botas hasta medio muslo, corsé y collar de perro, él se asombró de muerte. Abrió la bocota e iba a decir algo, pero:
   —Cállate y ponte en cuatro —le ordené, amenazándolo con la fusta.
   Él obedeció de mala gana. Subí el dimmer de las luces al máximo.
   —¿Te gusta lo que ves? —me paré frente a él con las piernas bien abiertas.
   Él hizo el amague de mirarme bajo la minifalda pero lo golpeé con el fuste, arrancándole un “¡auch!”.
   —Hoy te vas a poner como un cañón para mí.
   Él gimoteó. No confiaba en que se iba a poner como poste de luz. Me puse detrás de él y le empecé a masajear el bulto. Al principio sentí que se le ponía duro, pero no lo suficiente.
   —¿No vas a ponerte más erecto? —le pregunté.
   No respondió y repetí la pregunta. Pareció que la magia se acababa de desvanecer y quiso ponerse de pie.
   —Esto no va a funcionar, amor —se lamentó.
   Lo detuve con la fusta, y luego necesité también el pie para someterlo y que se quedara allí, en cuatro.
   —¿Qué haces? —se quejó.
   —Te dije que te ibas a poner como un toro y así va a ser.
   —¿Qué haces, a quién le escribes? —me preguntó al voltear y verme texteando.
   —Pues a la que va hacer que se te pare la pinga. “¡Enviar!”
   —¿Qué? —tronó él.
La puerta del cuarto se abrió y apareció nuestra hija divina. Miguel tuvo el impulso de ponerse de pie y huir o ponerse a salvo, pero lo golpeé con la fusta.
   —¡Te quedas ahí! —ordené. Luego me dirigí a mi hija—: Ven mi amor, aquí está tu papi.
   Dayanna se paró en frente a él, como lo habíamos planeado. Le pasé la fusta a ella y le indiqué:
   —Si desobedece ¡dale!
   —¿Pero qué cara…? —empezó a exclamar él, pero Dayanna lo azotó.
   “¡Aufff!” gritó Miguel.
   —¿Se volvieron lo…?
   Otra fustigada.
   —¡Silencio papi! —ordenó mi Dayanna <3.— Sólo vas a responder mis preguntas. ¿Yo te gusto?
   —¡Yo te quiero mu… AUFF!
   —¡Respuesta equivocada! —castigó ella—. No fué lo que pregunté.
   Miguel intentó levantar la cabeza pero fue azotado otra vez.
   —¡No me mires! (Todavía no, papi) —ordenó mi hija. ¡Responde!
   —Responde —me metí yo.
   —Sí, sí, Dayanna ¡me gustas mucho! Eres muy bonita
   —¿Qué tanto? ¿Te excito? —le preguntó ella y yo miraba todo sonriendo, hecha miel, tanto en el alma como en mi vagina.
   —¡Mucho, me pones a mil, me saco pajas por ti a diario, hija!
   —A ver… —lo tanteé de nuevo en el bulto— no parece. Deja que te vea, muñeca, a ver si se le para.
   —Siéntate en al cama, papi.
   Él obedeció y se sentó a mi lado. Le seguí masajeando el pene por encima del calzón de cuerina. Al ver a Dayanna, él exclamó, como si fuera un niñito que ve por primera vez una mujer en lencería delante de sus ojos inexpertos:
   —¡Dios mío, Santa MAMAS… …SITA, qué rico, mi Daya! —Abrió los ojos y arrojó las palabras como un huracán.
   Dayanna se movía igual que cuando se veía al espejo, casi queriendo comerse a sí misma. Se pasaba las manos por los muslos, el vientre y el pecho y volvía y bajaba. En cuanto a Miguel, ahí estaba el pepino cohombro verde que yo quería recuperar. Me doblé y empecé a mamárselo. ¡Qué dicha! Al fin estaba otra vez dando arcadas con ese glande hundido hasta mi garganta, como tratando de aniquilarme. Cuánto extrañaba el exquisito sabor de sus fluidos. Me llevó al instante a los momentos en que éramos novios.
   Miguel empezó a perrear en mi boca. Estoy seguro que veía a nuestra hija. A ella, que apenas iba a empezar en el sexo, le oí una risilla de verme chupársela a él, sobe todo con tanta hambre. Mi niña sacudió la mano y quiso irse, pero la detuve. Desocupé mi boca en un grosero sonido y dije:
   —Quédate mi amor, quédate. Acuérdate que tienes un regalo para tu papá.
   Ella, sabiendo de qué hablaba yo, se acercó tímidamente.
   —Mira bajo su falda —lo invité.
   Él, ni corto ni perezoso se dobló y vio. Yo, había recortado el parche de algodón que cubriría la vagina de Dayanna, así que una partecita de su adorable concha se veía. Tenía sus vulvitas como infladas. Eran de piel increíblemente suave. Qué vagina tan bonita, qué envidia, del mismo color blanco que todo el resto del cuerpo. Hasta yo quería darle una probada. Y, lo que le había puesto yo en el pubis a mi pequeña, lo que le causó cosquillas, fue un moñito rojo con una tarjetica que decía: “Para mi papi”. Le vi la cara a él, y sé que nunca había deseado algo con tanta pasión en la vida. Tenía la boca abierta y la cerró solo por un segundo para pasar saliva. Volví a bajar la mirada hacia su verga. Se la cogí y la bajé y la apreté un poco. Salió una gruesa gota de lubricante, tan tibia que su aroma ascendió directo a mi olfato. “Mmmm” dije.
   Miguel, que ya lo había entendido todo, se limitó a decirme:
   —Si tú lo aceptas así, mi amor ¡no vuelvo a desatenderte nunca!
Tras seguir mis instrucciones, nuestra preciosa hija arrastró una silla y la puso al lado de la cama. Se sentó y se puso a tocarse y a mirarnos, mientras él me perforaba el coño como una máquina de romper pavimento. Mis gritos, me pareció al principio, asustaron a mi hija, por lo que tuve qué aclarar:
   —Estoy de maravilla, mi niña ¡esto es estupendo! —y seguí gritando sin control, disfrutando de esa sesión de rica verga endurecida por la presencia de Dayanna.
   Miguel me bombeaba como animal sin dejar de mirar a nuestra hija. Qué rico sentir, después de tanto, su frenillo frotando el interior de mi vagina. La sensación, sobre todo a causa de lo grande que se la había puesto, era riquísima. Hasta parecía que forzaba mi carne a expandirse un poco, y que a él le había salido más verga de alguna parte. Lo sentía tan hundido en mí que me lo imaginaba con el forro a la mitad y todavía queriendo salir más.
   Estaba encima de mí, y gotas de sudor caían de su frente a mi cara. Los gestos de su boca rebelaban que se moría de ganas por chuparle la vagina a nuestra hija. Me daba banana sin parar pero la miraba a ella, con la lengua pegada al labio de arriba y jadeando como enorme perro. Todo aquello me gustaba tanto que sentí esa grandiosa presión dentro de la conchita, como cuando el cuerpo te avisa que tienes que ir a orinar. Pero no es eso, es que te vas a venir. Mis gritos ascendieron en volumen y no resistí la tentación, de tanto verlo a él, de ponerme en su pellejo. También me quedé viendo a Dayanna y no pude negármelo más. Así como la mujer joven y bonita del parque, yo también estaba mordiéndome los labios por nuestra linda hija. ¡Mamasita rica y deliciosa! Tan pronto mi hombre acabara, tenía que ir a follármela también. Estaba ahí sentadita con una pierna largada y la otra subida, pasándose el dedo índice una y otra vez, muy lento, sobre su preciosa hendidura. Sonreía al ver cómo mi hombre me cogía con tanta fuerza.
Qué venida. De vuelta al paraíso, gracias a mi hija. Envolví a Miguel con mis piernas como si quisiera partirlo en dos y grité sin aire. Le arañé la espalda y lo hice gruñir. Mi fuerza fue tanta que cumplió con el objetivo de detenerlo a él. Quedé ahí temblando debajo suyo por un rato, tratando de volver a respirar. Él me besó. Le limpié su cara con las palmas de mis manos. Parecía que acabábamos de salir de una piscina.
   —Ven aquí mi amor, ven bebé —extendí mi mano hacia Dayanna.
   Ella acudió y uní su manita a la de Miguel.
   —Tu papi te va a enseñar varias cosas desde hoy. Sé buena con él —le pedí, todavía agitada.
   —Pero sigue usando el fuete —pidió él.
   Los tres reímos sin parar por un rato. Al parar de reír, él aclaró:
   —Es en serio.

Al día siguiente, con Dayanna sentada en mi regazo, le expliqué que, lo que yo había tenido fue un orgasmo. Y que, se lo debía en parte a su cooperación y a lo bonita que era, por cómo ponía a su padre.
   —…Y tú, mi niña, te mereces los orgasmos más alucinantes del mundo —agregué—. Tu papi te va a dar, al menos, los primeros.
   Ella sonrió y ocultó la sonrisa con ambas manos, pues todavía tenía un tilín de pena. Me abrazó riendo nerviosamente.
   —No debes preocuparte, mi amor, ni darte pena ni nada. Para eso somos tus papás y te amamos —la besé.
   Primero la besé en la frente, pero me pareció algo muy distante. Entonces la besé en la mejilla, pero no me aguanté las ganas y le chupeteé la boca. Fue un primer beso con mi hija que me hizo mojar más que la verga dura de Miguel. Qué rico sabía su lengüita tibia y tierna.
   Mientras le acariciaba un glúteo bajo la falda de colegial con mi mano en forma de pinza, le dije:
   —Voy a comprarte ropita muy sexy para que te pasees por ahí cuando esté tu papá y lo hagas permanecer como un tigre ¿si?
   —Sí mami.
   —Quiero que te sientes en los sofás mostrando todas las piernas y las calzas, eso le encanta a tu papá. Siéntate a comer a la mesa, encima de él…
   —Sí señora.
   —…Y nunca cierres con seguro la puerta de tu habitación o del baño.
   —Bueno.
   Nos besamos otra vez.

Y así fue que la adoración de mi vida y de Miguel, salvó nuestro hogar con su extraordinaria belleza y sensualidad: Nuestra hija <3 Dayanna <3 ¡Ah, el amor!

Espero les haya gustado esta confesión y que haya mucho amor en sus familias, si saben a lo que me refiero.
FIN

Así se conquista una de 13
Relato especial: Tina

Nadie le ha dado "Me Gusta". ¡Sé el primero!