Sexo con Maduros

El amigo de la familia

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En todas las familias hay ese amigo de confianza, ese tío a quien nuestras hijas adoran u otras personas a las que dejamos al cuidado de nuestros hijos, unas veces por necesidad y otras porque entre ellos buscan esos momentos para estar a solas.

Yo, como todas las madres, supongo, hemos visto en ocasiones como ese amigo de la familia o pariente, ponía la mano en nuestra hija, en algún lugar más íntimo de lo normal, con cualquier excusa, juego o por ser demasiado cariñoso con ella, pero no hemos querido darle mayor importancia, no hemos dicho nada, muchas veces para que no nos tachen de neurasténicas, obsesivas o demasiado desconfiadas y hemos dejado que esas cosas pasaran, aun sabiendo que eso mismo nos había pasado a nosotras mismas de pequeñas y que nuestras madres, quizás pensaran lo mismo y no intervinieran tampoco.

Puede que sea como una especie de cadena que se va repitiendo en el tiempo, unas actitudes consentidas y bien vistas, según en qué entornos, pero que yo puedo intentar explicar en mi caso como sucedió, buscando alguna complicidad con otras madres, hijas o mujeres en general que hayan pasado por lo mismo, sobre todo en esas edades en las que empezamos a atraer a los hombres o ser apetecibles para que ellos sacien sus instintos.

Mis padres eran amigos de otro matrimonio, algo mayores que ellos con los que tenían mucha intimidad desde hace años, por lo que solíamos ir a visitarlos muchas tardes a su casa o ellos venían a la nuestra. Se llamaban Julián y Mari y no habían tenido hijos, pero de él siempre decían que era muy “niñero” y al que desde siempre le hubiera gustado tener algún hijo, y sobre todo una niña, como solía recalcar cuando se hablaba del tema.

Así que cuando íbamos a su casa, él siempre se las arreglaba para jugar conmigo, entretenerme y ganarse mi confianza, lo que los demás veían perfectamente normal sin que vieran nada malo en ello.

En ocasiones me decía que bajáramos al piso de abajo donde estaba el garaje, con la excusa de enseñarme cualquier cosa, o para llevarme a ver unos perros pequeños que habían nacido para que jugara con ellos, poniéndome algún cachorro en mis manos para que le acariciara, pero a la vez, él de alguna forma se ponía a acariciarme a mí, el culo o las piernas, metiendo la mano por debajo de la falda o vestido, cuando lo llevaba.

Estas acciones, por parte de él, debían de estar pasando desde que yo era muy niña, pero cuando fui creciendo, empecé a ser más consciente de todo ello y lo veía casi normal, sin darme cuenta de cómo se excitaba él al hacérmelo.

Yo no le daba mayor importancia a eso, pero siempre solían repetirse estos actos cuándo estábamos juntos, incluso alguna vez, delante de mis padres y su mujer de forma más distraída, pero siendo más insistente cuando estábamos a solas.

A veces se me hacía un poco incómodo, porque metía su mano por debajo de mis bragas y yo intentaba que quitara la mano de ahí, pero sin mucha determinación por mi parte, por lo que normalmente acababa dejando que me estuviera sobando bien durante un buen rato, mientras a él se le aceleraba la respiración cuando conseguía bajar mis bragas y tocar directamente mi vagina, poniendo su cara muy cerca de la mía, llegando incluso alguna vez a darme algún beso.

Cuando estábamos todos juntos, no tenía reparos en llamarme para que me sentara encima de él y con sus manos acariciar mis muslos como si fuera lo más normal. No sé en esos momentos lo que pensarían mis padres al ver eso, pero el caso es que nunca dijeron nada, al menos delante de mí, por lo que yo estaba un poco confusa, porque por un lado, a mí me causaban cierto placer esas caricias, pero por otro, me hacía sentir incómoda porque a veces sus manos iban demasiado lejos y me arrancaban algún suspiro.

Como os digo, esta situación empezó a volverse habitual, y una vez estando solos en el garaje, me dijo que me iba a enseñar una cosa. Sacó su pene del pantalón y me lo enseñó. Yo estaba un poco asustada, pero no podía dejar de mirarlo, preguntándome él:

—¿Te gusta? ¡Anda, no seas tímida!, tócalo un poco.

Yo no sabía qué hacer, pero finalmente puse mi mano en él sintiendo su calor y dureza, que por un lado me resultó agradable, pero por otro, sentía muchos nervios que hacían que temblara mi mano, mientras su respiración volvía a agitarse murmurando palabras que no lograba entender.

Este tipo de cosas se fueron convirtiendo en una especie de secreto entre nosotros, que él se encargaba de recalcarme para que no contara nada a nadie.

Según él se iba sintiendo más confiado con esa situación, era más atrevido en sus actos, indicándome nuevas cosas para hacer, como chupársela o masturbarle, mientras él me metía el dedo en la vagina frotándomela y haciendo que yo me volviera loca de gusto.

Poco a poco, todo eso fue convirtiéndose en una especie de vicio para mí, que a la vez me causaba cierto desasosiego, porque sabía que eso no estaba bien tratando de disimular delante de los demás según iba tomando mayor conciencia de ello, aunque siendo más pequeña, si recuerdo mostrarme demasiado cariñosa con él o haber hecho algún comentario que puso en un aprieto a este amigo de la familia, que supongo saldría como podría de ello, ante la mirada un poco asombrada de los demás, pero quizás pensando que se trataba de cosas de niñas sin ningún fundamento para sospechar nada.

Lo cierto era que según iba siendo mayor, sentía más miedo de que nos descubrieran y en una ocasión que volvía tarde de una excursión del Cole, mis padres pidieron a sus amigos que fueran a recogerme para llevarme a casa, porque ellos no podían.

Lo que sucedió fue que allí sólo se presentó él, sin su mujer, diciéndome que ella no había podido venir. Todo iba normal hasta que vi que él se desviaba por un camino de la carretera y me llevaba a un lugar apartado, preguntándole yo:

—¿A dónde vamos?

—Vamos a parar aquí un momento para que me cuentes que tal te lo pasaste en la excursión. Pasa al asiento de atrás, que estaremos más tranquilos.

A mí me pareció un poco raro todo eso, pero accedí, haciéndome él cada vez preguntas más íntimas:

—¿Estuviste con algún chico en la excursión?

—No.

En realidad no había estado con ningún chico, pero noté que esa respuesta no había sido suficiente para él:

—Pues nosotros a tu edad siempre aprovechábamos en las excursiones para estar con las chicas. A ti seguro que algún chico que ya te ha tocado las tetitas. Ya te han crecido mucho. ¿Te gustaría tenerlas más grandes?

—Sí, tengo una amiga que las tiene muy grandes y andan todos los chicos detrás de ella.

—Claro. ¿Sabes? Hay una forma de hacer que crezcan más rápido.

—¿Cuál?

—Dándoles masajes, así se estimulan más y se ponen más grandes. Seguro que a tu amiga le han hecho eso y por eso las tiene así.

—No sé —respondí confundida.

—Vamos a probar, déjame darte un masaje en ellas.

Y sin esperar mi contestación, metió una mano por mi escote y me sacó las tetas fuera para tocarlas con las manos las dos a la vez.

—Las tienes muy duras, cariño, se te van a poner espléndidas y hermosas. Los chicos se van a volver locos con ellas.

A mi esos masajes que me estaba dando, me estaban excitando y no hice nada cuando se puso a chuparme los pezones y a darme besos por el cuello, la cara y la boca. Yo no podía hacer nada, me estaba sujetando y en mi inocencia, me dejaba hacer poniéndome cada vez más caliente, de lo que él lógicamente se dio cuenta, metiendo una mano entre mis piernas:

—¡Uuufff!, si ya estás chorreando, chiquilla, déjame que te baje las bragas, que las vas a poner todas mojadas.

Y allí estaba yo en el asiento de atrás de su coche con las piernas abiertas, teniendo miedo de que alguien nos viera, pero dejándome hacer de todo por ese hombre mayor, al que yo también notaba cada vez más excitado conmigo, no pudiéndome negar cuando me dijo:

—Móntate encima de mí, cariño, que te voy a hacer mujer, ya verás que rico.

Yo me puse encima de su polla erecta y el me hizo bajar sobre ella y al entrar dentro de mí vagina, solté un grito de dolor, pero él siguió con su polla dentro de mí, tranquilizándome:

—No pasa nada, ahora se te va a pasar el dolor, ya verás cómo te empieza a gustar.

—¡Estoy sangrando! —le dije asustada.

—No te preocupes. Eso es porque me has dado tu virginidad, ya eres una mujer, preciosa, tus amigas te van a tener envidia.

Efectivamente, el gusto empezó a venirme con el movimiento de su pene dentro de mí y mis gritos ahora eran de placer, cuando de pronto, él aceleró su ritmo y al poco rato sacó su polla de mi vagina, todo manchada de sangre y echando unos chorros de semen que me dejaron toda manchada, por lo que yo pensé enseguida.

—Me va a ver mi madre así, ¿qué la voy a decir?

—Te voy a llevar a una fuente que hay aquí cerca para que te laves. Las manchas de sangre de la ropa la dices a tu madre que te hiciste una herida en la excursión y que te manchaste la ropa, y no pasará nada.

Al llegar a casa, mi madre se asustó un poco al verme así, pero le di la excusa de que me había caído y me había hecho sangre:

—Venga, quítate toda esa ropa y vamos a lavarla.

Y al darle las bragas, me dice:

—Pero si las tienes todas mojadas también.

—Es que no pude aguantarme en el autobús y me meé un poco.

—Qué desastre eres, hija. Vaya como has venido.

Por suerte, parecía que mi madre no había sospechado nada de lo que había pasado y encima se preocupó por su amigo.

—No habrás manchado el coche de Julián también, ¿no?

—No, mamá, no manché nada.

Una vez pasados los nervios del interrogatorio de mi madre, empecé a sentirme muy bien y relajada recordando esos momentos de sexo pleno que había tenido, lo que hizo que me masturbara esa noche, antes de dormir.

Habían pasado dos días y al salir del Colegio, vi que Julián me estaba esperando con el coche:

—Vengo a buscarte. La dije a tu madre que te invitábamos a comer en nuestra casa.

—¡Ah!, vale.

Pero antes de dirigirse a su casa, volvió a hacer lo mismo, se desvió hacia un lugar apartado y volvió a decirme que pasara al asiento de atrás, preguntándole yo:

—¿Vas a follarme otra vez?

—¿Pero qué forma de hablar es esa? Vamos a hacer cosas ricas, sólo.

Una vez seguros de que no nos veía nadie, se puso a besarme, tocándome toda por debajo de la ropa. Se sacó su polla y me puso a chupársela, pero antes de correrse, hizo que me sentara encima y me la volvió a meter de un solo golpe, aunque esta vez me dolió menos, porque también estaba muy mojada y enseguida sentí toda su polla completamente dentro de mí, poniéndome a cabalgar sobre él, de una forma tan ansiosa, que él mismo se sorprendió de mi fogosidad, diciéndome:

—Qué rápido aprendes. Estás hecha ya toda una putita.

Poco después de haber tenido yo mi orgasmo, me la sacó rápidamente para correrse él, diciéndome:

—Qué pena que no puedo correrme dentro de ti, porque no quiero preñarte. Tendré que comprar condones para hacerlo contigo.

Después de esta nueva experiencia sexual, yo me sentía entusiasmada y le pedí que lo hiciéramos otra vez:

—Pero bueno, ¿tú quieres volverme loco, o qué? Es tarde ya y nos está esperando Mari para comer.

—¡Jo!, es que me gusta mucho.

—Ya lo veo, y tanto. Mira, para poder estar más tiempo juntos tienes que convencer a tus padres para que te dejen venir de vacaciones a la playa con nosotros.

—¿Sí? Que bien. No te preocupes, les convenceré.

Me costó convencerlos un poco, pero como había sacado buenas notas, al final me dejaron, después de insistirles también la mujer de Julián.

Ellos habían alquilado una casa al lado de la playa, así que podíamos ir en bañador directamente desde casa. Yo estaba todo el día queriendo estar en la playa, así que Mari le decía a Julián que me llevara, que ella iría luego cuando acabara de hacer las cosas.

Cuando estábamos solos en la playa, yo aprovechaba para ponerme encima de él, abrazarnos, darnos besos y me gustaba provocarle para que tuviera erecciones porque me hacía gracia verle así ya que se le notaban mucho en el bañador, pero él a veces se mostraba temeroso conmigo diciéndome que tuviera cuidado, no hiciera esto o aquello, que nos iba a pillar Mari, o nos podía ver la gente.

Pero finalmente conseguía llevarle al agua a bañarnos y allí aprovechaba para follarme sin que nadie se diera cuenta.

Efectivamente, al estar más tiempo juntos y por nuestras actitudes, alguna vez noté las miradas raras de ella, supongo que porque notaba demasiada confianza entre nosotros y sentiría una mezcla de celos y miedo por lo que pudiera pasar, pudiendo escuchar en casa esta conversación entre ellos:

—Oye, a ver si paras un poco a la niña, porque a veces la noto muy cariñosa contigo y si os ve alguien puede pensar mal.

—¿Qué estás diciendo? ¿Por qué van a pensar mal? Si la gente no sabe si es mi hija o no.

—Pues por eso, peor todavía, porque a veces parece como si te calentaras con ella.

—¿Cómo me voy a calentar con la niña? Si es una cría y la conozco desde que nació.

—Bueno, yo te aviso, ella está en una edad de calentarse también y tú tendrías que controlarla más para que no se eche encima de ti, se ponga cariñosa contigo y esas cosas, que ya te he visto cómo se te pone dura.

—No me digas que estás celosa de la niña.

—No sé. Al veros, pienso en que nosotros hace tiempo que no tenemos sexo y que a lo mejor tú buscas desahogarte con ella. Eres un hombre y como yo no puedo dártelo, soléis buscar a otra.

—Pues ya has visto que nunca me he ido con otra.

—¿Y qué hacías anoche en la habitación de la niña?

—Pero mujer, es que tenía una pesadilla y fui a consolarla.

—No sé yo….. No te estarás metiendo en la cama con la cría…..

—Que no, mujer. Tú tranquila.

—Mira, anda con cuidado con ella, a ver si tenemos un disgusto con sus padres.

Después de esa conversación, Julián estuvo dos noches sin venir a mi habitación, pero supongo que no podría aguantar más y a la tercera vino:

—No puedo aguantarme más. Tengo que follarte. No gimas muy alto mientras te la meto para que no nos oiga Mari.

—Es que no puedo evitar los gemidos.

—Bueno, no te preocupes, Mari toma unas pastillas para dormir y espero que no se despierte y te oiga.

En las siguientes noches, Julián seguía viniendo a mi cama para follarme, pero cada vez estaba más nervioso y temeroso de que Mari pudiera oírnos o ver cualquier cosa y acabara enterándose de todo, así que hablaba conmigo para que me controlara más, sin hacerse responsable de que él había sido el que me había metido el vicio en el cuerpo desde bien pequeña y ahora parecía que era yo la que le acosaba a él para que se metiera en la cama conmigo.

Pero una noche sí que nos oyó, y vaya si nos oyó. De repente vimos como Mari abría la puerta de mi habitación y vio a Julián encima de mí follándome y se puso a gritarnos:

—¿Qué estás haciendo con la niña? Si esto ya lo sabía yo. Quítate de encima de ella, ¡por Dios!, que la vas a embarazar. ¡Madre mía, que desgraciado eres! Ahora que les decimos a sus padres. —Y dirigiéndose a mí— Y tú, como puedes ser ya tan putón a tu edad. Bien que te gusta tenerla metida ¿eh? Si ya te veía yo como le calentabas, sinvergüenza. Ahora mismo nos vamos para casa, se acabaron las vacaciones.

—Pero Mari…… —le dijo su marido, resignado.

—Ni Mari ni nada, no me dirijas la palabra, ¿Cómo has podido hacer esto? ¿Cuánto tiempo llevas follándote a la niña? ¿Y ahora que voy a hacer yo?

Después de esta buena bronca se acabaron las vacaciones y volvimos a casa. Cuando mis padres les preguntaron cómo habían ido las vacaciones, ellos intentaron disimular diciendo que bien, pero estaban muy serios y más nerviosos se pusieron cuando mis padres se interesaron por mi comportamiento, y ellos tuvieron que decir que muy bien, mirándose entre ellos y diciendo que tenían prisa por llegar a casa porque estaban cansados.

Curiosamente, después de esas vacaciones, empezaron a distanciarse de mis padres, poniendo siempre excusas para no vernos, más por parte de ellos que por mis padres, que no entendieron muy bien lo que había pasado, porque mis padres se extrañaban de que parecía como si trataran de evitar que nos viéramos.

Yo lógicamente nunca dije nada, pero no volví a ver a Julián a solas, tan solo alguna vez que coincidimos por la calle y apenas nos saludábamos, comentando entre mis padres que no sabían que les pasaba, que estaban muy raros.

Han pasado los años, y ahora yo me veo en la situación de ser la madre, con una hija de 12 años y también tenemos ese “amigo de la familia” que viene mucho por casa, en el que confiamos plenamente para el cuidado de nuestra hija cuando lo necesitamos, se la lleva a su casa, va a buscarla al Colegio o lo que le pidamos, ofreciéndose él también muchas veces.

Me diréis que sabiendo mis antecedentes, como puedo evitar pensar que lo que me pasó a mí, no esté pasando ahora con mi hija también, pero la verdad es que no puede una pasarse la vida desconfiando de todo el mundo, y ser una obsesiva, más si no ha visto ninguna cosa rara que la haga sospechar, tan solo el cariño de un amigo de la familia con nuestra hija y la adoración que ella tiene por él.

Quizás algún día os tenga que contar que efectivamente, con mi hija volvió a pasar lo mismo y que las madres somos las últimas en enterarnos.

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