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El internado

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Había cumplido 11 años, cuando por circunstancias de la vida acabé en aquél internado. Estaba compuesto por dos edificios separados, uno para los niños y otro para las niñas, habiendo de todas las edades hasta la mayoría de edad, en la que al llegar a ella, había que abandonarlo.

               Era un internado administrado por una orden religiosa, como tantos otros, en el que los curas y las monjas intentaban imponer una férrea disciplina, supongo que como única o mejor forma de controlarnos a todos, pero durante el tiempo que estuve allí pude comprender que aquello era como un mundo en pequeño, en el que todo estaba regido por unos intereses y unos vicios también, encarnados en todas esas debilidades de la naturaleza humana.

En mi primera noche me llevaron a uno de los dormitorios en el que dormíamos más de 20 niñas. Al poco rato de que las cuidadoras apagaran la luz para dormir, me di cuenta de que algunas niñas se metían en la cama de otras y ahí empezaban una serie de risas ahogadas que acababan en gemidos y diversos sonidos que daban a entender lo que yo hasta ese momento, intuía como que estaban teniendo sexo entre ellas, lo que me causó una fuerte impresión, porque aunque yo tampoco era una mojigata, nunca había visto a dos niñas dándose placer una a la otra.

En la cama más cercana que tenía a mi lado, vi claramente como dos niñas de mi edad  estaban abrazadas besándose y al caerse las sábanas que las tapaban vi cómo se tocaban y ponían la cabeza entre las piernas de la otra para lamerse la vagina entre gemidos de placer.

El único sexo que yo había experimentado a esa edad, era el placer que sentía cuando me tocaba la rajita, como la llamaba mi madre, desde los 7 años en que empecé a hacerlo por indicación de una prima mayor que yo, habiendo tenido también la oportunidad de ver a mis padres en la cama uno encima del otro moviéndose y pasándoselo muy bien, haciendo lo que mi prima también me había explicado que se llamaba “joder” y  que era lo que hacían los mayores para darse gusto, pero la visión de esas dos niñas haciendo eso acabó por excitarme mucho lo que hizo que llevara una mano a mi coñito ya humedecido y me lo acariciara hasta llegar al orgasmo, lo que me vino muy bien para calmar los nervios de ese primer día allí, quedándome finalmente dormida.

El día siguiente pasó con normalidad hablando con unas y otras, dándome a conocer y haciendo mis primeras amigas.

La segunda noche en el dormitorio, al poco rato de apagarse la luz, me llevé un buen susto cuando una de las niñas mayores de la que me había hecho amiga, se metió en mi cama y me dijo que yo le gustaba mucho y que quería darse gusto conmigo. Yo todavía un poco asustada, sentí como empezó a acariciarme metiendo la mano debajo de mi pijama no tardando en ponérmela entre mis piernas, empezando a darme el gusto, quitándose ella también el pijama enseñándome las tetas que ya le había salido, para que se las tocara.

Yo nunca había tocado las tetas a otra chica y me gustó mucho acariciárselas, invitándome ella a chupárselas, lo que hice con mucho gusto a la vez que su dedo ya entraba y salía fácilmente de mi vagina completamente mojada haciendo que me corriera de una forma mucho más intensa de lo que había conseguido yo sola hasta ese momento y cuando ella notó mi flujo, se puso a chupármelo todo, pasando su lengua una y otra vez por mi rajita abierta.

Ella me dijo que le comiera el coño también y me lo puso en la cara, tocándoselo primero y buscando entre sus pelos la raja de su vagina, más grande y abierta que la mía y de lo excitada que estaba me puse a lamerla sin importarme que esa fuera mi primera vez en comerle el coño a otra chica.

Así estuvimos un buen rato hasta que acabamos cansadas y satisfechas y ella se volvió a su cama, mientras otras niñas seguían juntas en las suyas unas con otras.

Durante el descanso entre las clases, salíamos a un patio grande que había en el medio de los dos edificios, juntándonos las niñas y los niños, pero me di cuenta de que a la niñas mayores no las dejaban estar allí con los demás niños del otro edificio, por lo que una de las niñas que estaba conmigo, me dijo que cuando empezábamos a tener la menstruación, no dejaban que nos juntáramos con los niños porque nos preñaban, dicho así con esa naturalidad que me sorprendió. Pero enseguida supe por qué me lo había dicho, ya que aprovechando los descuidos de los cuidadores, solían juntarse los niños mayores con las niñas que estábamos allí para tener sexo con las que se dejaban, en algún rincón sin que los vieran.

A pesar de eso, me dijeron que alguna de ellas se quedaba embarazada, fijándome en alguna que cuando tenía la barriga bastante grande, luego ya no la veíamos más, algo que según me explicaron pasaba porque ya tenían un destino asignado y se las llevaban a un señor que sentía predilección por las niñas embarazadas y él se ocupaba de todo, cuidándolas cuando tenían al niño, si es que llegaban a tenerlo, porque muchas abortaban.

               Todas esas cosas me sorprendían bastante, porque en ese pequeño mundo en el que había empezado a vivir, las cosas eran muy diferentes a lo que yo había visto hasta ahora en mi corta vida.

Hablando con una de mis nuevas amigas, me preguntó si a mí me la habían metido ya, a lo que yo le contesté que no, sin entender muy bien por qué me lo preguntaba, pero viendo lo que pasaba en ese lugar, me di cuenta de que eso era normal allí y muy fácil que te pasara.

También le pregunté por qué por la noche a veces entraban las monjas y se llevaban a alguna de las niñas, y ella riéndose, me contestó que era para eso, porque se las pedían los curas que cuidaban a los chicos para llevárselas a su habitación para metérsela y tener sexo con ellas, y que ya me tocaría a mí también.

               Cada cosa que me contaban me sorprendía más, preguntándola si a ella se la habían llevado alguna vez a los curas, y ella riéndose me contestó que claro, que ella estaba en ese Internado desde los 4 años y que la habían llevado muchas veces a dormir con alguno de los curas cuando se la habían pedido a las monjas.

               Ante eso, yo continué preguntándole que si ya la habían jodido tan pequeña, pero ella me dijo que al principio no, que solo jugaban con ella y la enseñaban cosas de sexo, y que a joderla empezaron cuando ya era más mayor.

               Yo inocentemente le pregunté si eso le gustaba, por lo que ella seguía riéndose con cada pregunta que yo le hacía, diciéndome al oído que alguno de los curas la tenían muy pequeña, pero que otros la tenían muy grande y que le encantaba estar con ellos, y que por eso, las noches en las que no las llevaban con alguno, todas las niñas se desahogaban entre ellas para darse gusto.

Otra de las chicas mayores también me dijo lo mismo:

—Como a nosotras no nos dejan estar con los chicos en el patio, sólo podemos joder cuando nos llevan con alguien. Por eso, por las noches nos metemos en la cama con otras para disfrutar un poco. Además, los curas suelen preferir a las pequeñas que no tienen la regla todavía, porque así pueden correrse dentro de ellas sin problema.

Ante mi cara de estupefacción, continuó diciéndome:

—Pero también hay monjas muy viciosas, a las que les gustan las niñas y son ellas las que nos llevan a dormir en su cama. Por eso a nosotras nos gusta todo, porque son ellas las que nos enseñan a comernos el coño y a masturbarnos.

Diciendo otra de las que estaban allí:

—Sí, a mí me llevaron junto a otra niña y la monja nos mandaba hacer cosas entre nosotras mientras ella nos miraba y se masturbaba y luego ella se juntaba con nosotras,  haciéndonos de todo.

Toda esa conversación me había excitado, casi sin que me diera cuenta, y por la noche, al ir a dormir, tenía que masturbarme para calmarme, cuando ninguna niña venía a mi cama para hacerlo con ella.

A mí ya me estaban empezando a salir los pechos y debía estar a punto de tener mi primera menstruación, por lo que cuando ya llevaba unos días allí, una de mis amigas me dijo que era mejor que jodiera con uno de los chicos para que cuando me llevaran con los curas, no me doliera tanto cuando me la metieran y yo le dije que sí, como si eso fuera lo más normal del mundo y tuviera que hacerse así.

Alguno de los chicos me había mirado en el patio, porque a lo mejor les había llamado la atención por ser nueva, pero no me habían dicho nada, aparte de que a mí también me daba vergüenza hablar con ellos.

Después de lo que habíamos hablado y con mi acuerdo, esta amiga se fue a hablar con uno de los chicos, y mientras me miraban, debía de estar proponiéndole que me llevara a algún sitio para joderme, volviendo ella al poco rato para decirme que la acompañara a la parte de atrás del gimnasio, donde solían llevar los chicos a las niñas para estar solos.

Cuando llegamos, ya estaba esperándonos allí ese chico, del que mi amiga me dijo que tenía 15 años y al que yo veía muy guapo, por lo que casi no me atrevía ni a mirarlo, pero él me miraba de arriba a abajo, con esa seguridad de quien ya habría hecho eso muchas otras veces.

Al ver que yo me quedaba parada, mi amiga me dijo:

—¡Anda!, tonta, dale un morreo, mírale que bueno está….. —dándome un empujón hacia él.

El chico me agarró, dándome un beso y metiéndome la lengua hasta adentro, lo que me hizo estremecer, porque nunca me había besado con ningún chico, sintiendo como temblaban mis piernas por la corriente eléctrica que recorrió mi cuerpo al sentir su lengua con la mía, agarrándome el culo para sujetarme y levantándome la falda para palparlo bien con sus manos.

Mi amiga nos miraba visiblemente excitada, no pudiendo evitar dirigir la situación, diciéndome:

—Sácale la polla para comérsela…. —bajándole ella misma el pantalón al chico, dejando su polla completamente erecta ante mi cara.

Instintivamente me la metí en la boca y empecé e chupar una polla por primera vez en mi vida. Recordaba habérselo visto hacer a mi madre con mi padre, por lo que intenté imitar como lo hacía ella, pero torpemente, porque con mis dientes debí de morderle y él se apartó quejándose:

—¡Eeehh! Despacito, que hace daño eso….

Mi amiga se rio a carcajadas, diciéndole al chico:

—Jaja, perdónala, es la primera vez que lo hace….

Él volvió a ponérmela en la boca, intentando yo que no volviera a pasar eso, tomándomelo con más calma y empezando a disfrutar más de lo que hacía, dándole más gusto también al chico que me dejaba hacer, animándome mi amiga a seguir para que le hiciera correrse. Algo que acabó sucediendo, sorprendiéndome la descarga de su semen en mi boca, sacándome su polla de ella, sin saber si debía escupirlo o tragármelo todo, lo que terminé haciendo a medias.

En un rincón había un colchón viejo, en el que nos tumbamos, y quitándome él toda la ropa, se puso a chuparme los pezones y a masturbar mi vagina mientras lo hacía, bajando por mi cuerpo con su boca hasta ponerla entre mis piernas, empezando a pasar la lengua por mi rajita, ya más abierta con sus dedos, provocando mis gemidos, cada vez más fuertes a medida que la introducía más en su interior.

Ese chico, a pesar de su edad, parecía ya un experto en preparar a una mujer para penetrarla y a mí ya me tenía totalmente empapada y lista para recibir su polla, lo que hizo seguidamente, colocándose entre mis piernas y poniendo su polla en la abertura que había quedado en mi excitado coño que palpitaba ante el contacto de su glande lubricado todavía con restos de su corrida anterior, lo que facilitó su entrada en mi interior, con el máximo placer para mí, sin que sintiera prácticamente la rotura de mi himen, a pesar del hilo de sangre que caía entre mis muslos.

El chico, tumbado sobre mí, empezó a meter y sacar su polla, haciéndome esta vez gemir más fuerte y hasta gritar en el momento en el que se acercaba mi orgasmo, mientras él ahora aguantaba más tiempo sin correrse, después de su primera eyaculación.

Una vez que él vio que me corría, aceleró el ritmo hasta volver a correrse, esta vez en el interior de mi coño, mezclándose su semen con mi flujo, estando mi amiga a nuestro lado con las bragas bajadas y masturbándose mientras nos miraba.

Al terminar nos despedimos, sin saber casi ni cómo se llamaba ese chico, pero yo sintiéndome completamente satisfecha de haber sido desvirgada, estando preparada ya para que las pollas más  grandes de los curas me jodieran cuando a ellos les apeteciera.

Mi amiga también se lo había pasado bien mirándonos, contando al resto de las niñas lo que había pasado detrás del gimnasio, riéndose unas con picardía, y mirándome otras con envidia, supongo que las que no lo habían probado todavía eso.

Cuando ya llevaba un tiempo allí, con más experiencia pero todavía adaptándome a esas costumbres, cada día aprendía cosas nuevas que me sorprendían, así que una vez que estaba en una de las salas donde hacíamos las tareas que nos mandaban, como limpiar las habitaciones, yo estaba en un altillo desde el que podía ver el despacho del Director del Internado, un señor viejo y gordo con un collar lleno de cruces y medallas.

Me fijé en que estaba acompañado por uno de los niños, que tenía sentado sobre sus piernas, y mientras le hablaba, le metía una mano por dentro del pantalón y empezaba a moverla. Luego, le hizo bajarse el pantalón y se puso a masturbarle la polla hasta que se la metió en la boca e hizo correrse al chaval, diciéndole:

—¡Mmmmm! Que rico semen tenéis todos. Me encanta que me lo deis.

Les subió el pantalón y en ese momento, entró en el Despacho otro cura, que le dijo:

—La Sra. Marquesa ha venido a verle. Está esperando fuera.

—Bien, hazla pasar. Llévate a Dieguito —diciéndole al chaval— ¡Anda!, ya te llamaré otras veces, que tenemos que repasar alguna cosa.

Seguidamente entró una señora, muy elegante vestida, a la que hizo una reverencia, y con la que tuvo la siguiente conversación:

—Bienvenida de nuevo, Sra. Marquesa, es un honor su visita.

—Sí, bueno, ya sabe a lo que vengo. Me gustaría ver a alguno de los chicos, para llevármelo a casa.

—Claro, señora. A su servicio. ¿Los prefería entre 13 y 14 años, no?

—Así es. Pero ahora tampoco le desagradaría alguno menor. Cada vez se vuelve más perverso.

—¿Qué tal el último que se llevó?

—Muy bien, un chico divino, pero se lo pasé a mi hermana, que ya sabe que lleva viuda un tiempo y le vendrá muy bien.

—Desde luego. Vienen muchas señoras que están solas y les encantan nuestros chicos. Además ya sabe que de aquí salen muy bien preparados.

—Sí, lo sé, en nuestro caso, los disfrutamos entre mi marido y yo, y él confía en mi buen ojo para que le lleve otro de su gusto.

—Por supuesto, señora. Ahora mismo le traigo unos cuantos chicos para que elija. Pero su marido ya sabe que también tenemos a unas nenas preciosas que seguro serían de su gusto.

—Sí, lo sabe, pero ahora mi marido se ha vuelto un vicioso, que le gusta disfrutar más con estos críos, porque a estas edades son como niñitas para él, pero con pollita, que le encanta chupársela y sacarles el juguito.

—Jaja, sí que se ha vuelto perverso su marido. Él sabe lo que es bueno. Aquí estamos para lo que necesite, ya sabe que agradecemos mucho sus donaciones.

Al poco rato le llevaron a 5 chicos de esas edades y la señora estuvo mirándoles un rato, diciéndoles que se bajaran los pantalones, para palparles con la mano la polla y los testículos hasta que se les puso dura a los chicos.

Alguno la tenía ya bastante grande para esa edad, pero a la Sra. Marquesa le llamó la atención un niño rubito, de los que parecían de menor edad, porque apenas  tenía vello alrededor de la polla, y al ponérsela dura, se le veía como muy apetitosa. Así que finalmente acabó decidiéndose por él, entregando un sobre con dinero al Director y llevándose al chico con ella, mientras él le decía:

—Muy buena elección, Señora. A su marido le va a encantar este crío.

Muy sorprendida por lo que acababa de ver, les pregunté a mis amigas sobre ello y me dijeron que eso eran “las adopciones”, como lo llamaban ellas, que era cuando venía gente de fuera a llevarse a los niños o niñas, añadiendo:

—A veces nos llevan un fin de semana, unos días o más tiempo. A mí me llevó un señor una vez a su casa. Me metían en la cama, con su mujer también y jugaban conmigo los dos. Me lo pasé muy bien con ellos. Ojala me lleve alguien para más tiempo. A una amiga mía se la llevaron y no volvió todavía.

               Después de unos días, una noche que estaba durmiendo, me despertó una de las monjas diciéndome que me fuera con ella, que me había pedido D. Pascual, uno de los curas que cuidaban a los chicos.

               Mientras íbamos por el pasillo que separaba los dos edificios, ella iba diciéndome:

               —Has tenido mucha suerte, D. Pascual es muy bueno y cariñoso con las niñas. Te va tratar muy bien.

Yo no le conocía o no me había fijado en él, pero al llevarme la monja a su habitación vi que era un cura viejo, gordo y calvo, aunque con cara de bonachón, que se quedó mirándome  embelesado, como a quien le ponen un apetitoso trozo de tarta que se va a comer. Cuando nos quedamos solos, D. Pascual me dijo:

—Me he fijado en ti en el patio, eres muy guapa y además he visto que no sueles andar con los chicos.

Preguntándome luego:

—¿A ti no te la metido ningún chico todavía, no?

               Yo le mentí, pensando que se me iba a enfadar si le decía la verdad.

—No, sigo siendo virgen.

—Muy bien, me encanta eso, ¿sabes?, aquí es muy difícil encontrar a una como tú. No te preocupes, voy a tener mucho cuidado contigo y no te va doler nada.

Empezó a desnudarme lentamente, besándome y acariciándome con mucha dulzura hasta que me tuvo completamente desnuda frente a él, abriéndome las piernas para ver mi vulva abultada, sin pelos y cerrada en ese momento, hasta que con sus dedos fue pasándolos poco a poco abriéndomela cada vez más, tocándome por la zona del clítoris, hasta hacer salir mis jugos por sus toqueteos, mientras veía en su cara como ese viejo cura lascivo estaba disfrutando de ese momento, en el que yo también me sentía muy cómoda, aunque algo intranquila por si descubría mi mentira.

Después metió la cabeza entre mis piernas y me lo empezó a lamer haciéndome estremecer a cada paso de su lengua por mi coño, que él pensaba que estaba sin estrenar, provocándome pequeños orgasmos que me hacían gemir haciendo que saliera mi flujo sin parar, que él absorbía entusiasmado, exclamando:

—¡Qué cachonda eres…! Si en el fondo todas sois unas pequeñas putitas a las que les encanta esto de la jodienda.

Él se había desnudado también y yo ya tenía ganas de agarrarle ese pene que me tenía hipnotizada por su tamaño y dureza, ya que hasta ahora no había visto ninguno así, tan sólo el del chico del patio que me había jodido y el de algún otro niño que me lo había enseñado a escondidas, pero este no tenía nada que ver y cuando por fin pude tenerlo en mi mano, lo apreté pasando mi mano por todo él, moviendo su piel arriba y abajo dejando su hinchado glande al descubierto, al que cada vez me atraía más pasarle mi lengua y saber a qué sabía la polla de un señor mayor, que tan rica me decían que era, mis amigas.

Finalmente, él mismo me lo puso en la boca y pude chuparlo hasta el fondo que permitía mi garganta, agarrándome la cabeza y moviéndola para hacerle una paja con mi boca hasta que se corrió dentro de ella y empezó a salirme el semen entre los labios, porque era demasiada cantidad y no podía tragármelo todo.

D. Pascual estaba muy excitado conmigo y sus movimientos eran cada vez más bruscos, colocándome sobre la cama con las piernas abiertas para ponerme su polla en la entrada de mi vagina y sin mucho cuidado intentó introducirla toda de repente, provocando mi quejido, lo que le hizo recordar mi supuesta virginidad, pasando después a hacérmelo más suave frotando su glande con mi vulva primero, antes de meterla, hasta que se iba abriendo lo suficiente como para que pudiera introducirlo cada vez más, arrancándome ahora pequeños gritos de placer cada vez que entraba un poco más en mi interior.

De tanto frotarlo con mi vagina, llegó un momento en que ya estaba casi completamente dentro de mí, pero sus movimientos me hacían daño porque su polla era muy grande para mi pequeña vagina, por lo que muy despacio, a pesar de las ganas que tendría él de follarme como a una mujer adulta, se contuvo, pero su ritmo se iba acrecentando según aumentaba mi lubricación y permitía que su pene entrara y saliera de mi con toda facilidad hasta que llegó un momento en que no pudo aguantarse más y volvió a derramar su semen, esta vez dentro de mi enrojecido coño por la fricción, pero también muy abultado por la afluencia de sangre que provocaba mi placer.

Por primera vez oí ese grito de placer causado por mí en un hombre, como los que oía de mi padre cuando se corría dentro de mi madre, que tanto me llamaban la atención y me llenaban de morbo a la vez.

Al terminar, me limpió los restos de semen que tenía en mi cuerpo, descansando un poco y sintiéndome más relajada al comprobar que él no se había dado cuenta de que ya no era virgen, diciéndome:

—Me ha encantado el coñito tan estrecho que tienes, como todas las niñas de tu edad. Me gustaría repetir contigo más veces si a ti te ha gustado también.

Tímidamente, yo le contesté que sí, y él me dio un beso en los labios, saliendo después de la habitación con él para que las monjas me llevaran a mi dormitorio, cuando al pasar delante de una de las habitaciones, él abrió la puerta y pudimos ver a otro de los curas que estaba tumbado en la cama con un niño que le estaba chupando la polla  mientras él le pajeaba.

Al vernos, el cura nos mandó pasar, diciéndole a D. Pascual:

—Anda, déjame a la cría un poco y tú chúpale al polla al chaval, que no para de salirle leche.

               D. Pascual aceptó encantado su proposición, pero advirtiéndole antes:

—Sí, pero ten cuidado con ella, que lo tiene ya muy irritado, porque era virgen y la he dado una buena follada.

—Que cabrón estás hecho. Siempre te pillas a las mejores, jaja. Es una ricura esta nena.

D. Pascual se puso a comerle la polla al chico mientras el otro cura me daba la suya para que se la chupara también, a la vez que me hacía girar para poder comerme el coño mientras yo se lo hacía.

Después de un rato me hizo sentarme encima de él y me introdujo su polla sin muchos miramientos, pero como era menos gruesa que la de D. Pascual, no me dolió tanto y volví a sentir ese gusto infinito de tener una polla dentro de mí, dejándome llevar por sus indicaciones para cabalgar sobre él.

D. Pascual ya había conseguido sacarle la leche otra vez al chaval y ahora le tenía colocado para metérsela por el culo, que ya lo tenía bastante abierto de todas las veces que se la habrían metido por allí, mientras yo volví a correrme cuando sentí el semen caliente otra vez dentro de mi vagina.

Al terminar me devolvieron a mi dormitorio cuando ya era bastante tarde por lo que pude dormir poco esa noche, pero a la mañana siguiente, todas las niñas se pusieron a preguntarme lo que había hecho y con quien había estado.

Al decirles que con D. Pascual, ellas abrían la boca sorprendidas, diciéndome:

—¡Ala!, es el que tiene la polla más grande. A mí me dolió un montón cuando me la metió.

               Durante muchas de las noches siguientes, se fue repitiendo ese ritual. Iban a buscarme a mí o a otras, para llevarnos con alguno de los curas, aunque también, en una ocasión, la monja que me había sacado de la habitación, me dijo que esa vez era para que durmiera con ella, preguntándome que si me parecía bien, que ya estaba bien de que me dieran tanta polla.

               Era un monja mayor, algo gruesa también, con unas tetas muy grandes, pero muy guapa y a mí ya no me importaba, porque también habían empezado a gustarme las otras niñas y nunca había estado con una mujer mayor.

               Cuando ella se desnudó, yo me quedé mirándola hipnotizada, por la firmeza de sus carnes y esas tetas tan grandes con unas aureolas y pezones enormes sobre su abultada barriga, diciéndome cuando yo me quedé sin la ropa también:

               —Que delgadita te has quedado, pero a mí me gustáis así. Aunque ya me encargaré de que te den de comer mejor, porque estás en una edad que estás creciendo y tienes que desarrollarte bien.

               Estando en la cama las dos, ella me arropó entre sus pechos, dándome a chupar sus pezones, sintiendo como salía leche de ellos al succionarlos, diciéndome ella:

               —¿Te gusta la leche, cariño? El Padre Prior me ha preñado, de tanto venir a mi habitación. Mira ya la barriga que tengo.

               Eso explicaba que a mí me pareciera que estaba muy gorda la monja, cuando en realidad estaba embarazada, pero eso todavía no había entrado en mi cabeza, que una monja se pudiera quedar preñada, de otro cura, además.

               Ella también tenía el coño muy hinchado y al comérselo, no paraba de salirle flujo tampoco, pero a mí me encantaba eso y disfruté mucho esa noche que me quedé a dormir con ella.

               Después de eso, ella me tenía como su protegida, diciéndome que tenía que cuidarme, que ya me había venido la menstruación y que ahora no podían dejarme estar con los chicos, solo con los curas que me pedían, porque se ponían condón, pero la mayoría de las veces, era ella la que quería quedarse conmigo.

               Me dijo que me iba a buscar una familia muy buena para cuando tuviera que marcharme de allí, pero que seguramente serían también una familia muy viciosa que me tendrían en la cama con ellos, aunque eso ya no me importaba, porque  yo estaba disfrutando mucho de mi estancia en ese Internado.         

Me acabé convirtiendo en una veterana mientras iba descubriendo los secretos de ese lugar, al que seguían llegando niñas y niños nuevos poniendo la misma cara de asombro que tenía yo al llegar allí, y los que irían dando los mismos pasos que di yo, y tan solo era cuestión de ellos, que supieran adaptarse a ese lugar para acabar haciendo lo que más nos gusta a todos, que es disfrutar del sexo.

El viejo Hedonista
Katia, la ni├▒a rusa adoptada 1┬║

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