Incesto Sexo con Maduras Sexo con Maduros

El viejo Hedonista

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Relato dedicado a un “viejo” amigo, gran seguidor y admirador de mis relatos.

               Él mismo se define como un hedonista, alguien que basa su vida en la búsqueda del placer, por encima de todas las cosas.

               Está claro que los hechos que nos suceden en nuestra niñez, pueden marcar nuestra vida futura, como en este caso, en el que este hombre se convirtió en un sibarita del sexo, un Hedonista, ya que quizás sea en la edad madura cuando más se disfrute y se sea más consciente de lo que significa esa filosofía de vida, porque es cuando te das cuenta del verdadero valor que tiene cada momento de placer que has tenido en tu vida, ya sea de un modo físico o emocional, quizás porque se van volviendo más escasos y difíciles de conseguir, aunque en este caso, las circunstancias de su vida le seguían permitiendo disfrutarlos de un modo u otro, explotando esa perversidad en la que todo hedonista acaba inmerso.

               Como buen prólogo a lo que después sería su vida, ya desde la niñez descubrió ese camino que ya jamás abandonaría, cuando se quedó al cuidado de su tía Concha, que se había quedado viuda hace menos de un año, y rebuscando con curiosidad en los armarios de la habitación donde dormía, encontró unas viejas novelas con historias eróticas que se publicaban en unas pequeñas revistas llamadas   “La-Perla”  y   La-Nueva-Perla  ,  que fueron reeditadas 100 años después de su aparición, en una España que recobraba sus libertades, entre ellas la libertad sexual, siempre tan amenazada y que nunca se puede dar por conquistada, así como la libertad de expresión y de pensamiento, tan amenazadas al día de hoy.

A nuestro protagonista le llamaron la atención esas novelas por unas ilustraciones que nunca había visto, dibujadas con un estilo de siglos pasados que reflejaban como se veía el erotismo en esas épocas.

               A esas ilustraciones le acompañaban unos textos incendiarios para un niño de esa edad en la que apenas asomaba su adolescencia, que al leerlos le provocaban unas fuertes erecciones que llegaban casi a ser dolorosas por su intensidad. Demasiadas emociones para un niño que no sabía nada de una sexualidad que estaba descubriendo de la forma más transgresora, con unas lecturas que ya en su época causaron un gran escándalo, como se indica en su inicio:

“LA PERLA apareció sorprendentemente, causando un gran escándalo, en

julio de 1879 en Londres, proclamándose a sí misma como la única revista

erótica para todos los gustos. Floreció en el mercado Underground hasta

diciembre de 1880, cuando desapareció tan misteriosamente como había

aparecido. Los dieciocho números incluyeron, además de muchas anécdotas,

cuentos, chistes y chascarrillos, seis novelas completas, en forma señalizada, que

pronto pasaron a formar parte de las obras maestras de la literatura erótica. A

pesar de la persecución a que se vio sometida, nunca la justicia victoriana y

mojigata pudo averiguar ni el editor, ni los autores, ni la imprenta que le daba el ser”

Estas pequeñas obras maestras, también para mí fueron un gran descubrimiento y alguna de ellas ha servido de inspiración para muchos de mis relatos.

Pero en este caso, nuestro pequeño hedonista se masturbaba compulsivamente con su lectura, a escondidas, en su habitación o encerrado en el baño durante largo tiempo, lo que llamaba la atención de su tía que no sabía lo que estaría haciendo su sobrino allí encerrado, aunque se lo imaginaba, cuando empezó a darse cuenta de las miradas impúdicas que él le dedicaba cuando mostraba alguna parte de su cuerpo más de la cuenta.

Todo eso excitó el morbo de la señora, que ya pensaba que con la muerte de su marido, el sexo se había acabado para ella, como era lo normal en esos años cuando las mujeres enviudaban, ya que estaba mal visto que buscaran nuevas parejas, sobre todo si era para tener esos encuentros que se consideraban pecaminosos e impúdicos para los buenos modales, a pesar de lo cual, la calentura de alguna de esas mujeres no evitaba que eso sucediera.

Así fue como la tía Concha, un día descubrió a su sobrino masturbándose en la cama con una de estas novelas en la mano, lo que a él le asustó bastante, pero ella trató de tranquilizarle siendo consciente del vergonzoso momento que estaba pasando:

—¿Qué haces cariño….?  Ya veo, has encontrado estas novelas que guardaba mi marido. Yo no sabía ni donde estaban, pero él era un gran aficionado a ellas.

Mientras, su sobrino se tapaba la polla con sus manos, sin conseguir que se bajara su erección, quizás debido al escote de su tía, en el que asomaban sus grandes tetas que al inclinarse sobre él podía verlas en su plenitud, atreviéndose a preguntarle a su tía:

—¿Tú también las leías?

—Sí, alguna leí. Son bien calientes. No me extraña que estés así…, pero déjame ver la cosita tan linda que tienes.

—¡Oh! Pero tía…., es pequeña todavía. A las mujeres les gustan más grandes.

—¿Por qué piensas eso? Todas son hermosas, y da mucho gusto tocarlas. ¿A que a ti te gusta meneártela?

—Sí, claro. Mira cómo se me pone…. —atreviéndose por fin a enseñársela a su tía.

—Es preciosa —agarrándosela con la mano y acariciándosela ligeramente, lo que la hizo palpitar entre sus dedos, continuando después con una masturbación más seguida —¿te gusta?

—Sí, mucho. Ya me va a dar el gusto…..

—¿El gusto? ¿Qué te vas a correr, quieres decir?

—Síii, ¡Aaahhh!, ya me viene…..

Los manoseos de su tía empezaron a hacer su efecto y el crío empezó a destilar una agüilla pegajosa, ya que todavía no tenía edad para que le saliera semen, pero que mojó completamente la mano de su tía, que seguía pajeando a su sobrino viendo su placer, diciéndole:

—¡Que rico….! Déjame chuparte todo esto que te sale.

La Señora Concha se metió la pollita del crío en la boca, degustando una delicia que no había probado en su vida, ya que nunca había mamado la polla de un niño de esa edad, pero la llenó de vicio esa sensación de probar algo diferente al semen que su marido solía echarle en la boca cuando se corría.

Después de un rato mamando la polla de su sobrino con muchas ganas por el tiempo pasado sin tener sexo, al notar que finalmente perdía su dureza, se la sacó de la boca viendo su glande totalmente enrojecido del frotamiento al que había sido sometido, preguntándole a él:

–¿La tienes dolorida?

—Un poco al rozarla, pero me ha gustado muchísimo.

—A mí también me ha gustado. Si quieres, puedo hacértelo más veces, pero esto no puedes contárselo a nadie, ¿de acuerdo? —resistiéndose la tía a seguir privándose de ello.

—Te lo juro, tía.

Y así, nuestro pequeño hedonista, empezó a saber lo que era el placer sexual desde una edad muy temprana, algo que marcaría toda su vida futura, ya que cuando encuentras el camino del placer, es muy difícil apartarse de él.

Después de eso, su tía consideró que era un despilfarro la cantidad de semen que su sobrino eyaculaba y que podría ser aprovechado por una mujer necesitada como ella, así que le propuso compartir su cama todas las noches, convirtiéndole en su amante secreto y que tanto placer prometía darle.

De este modo, nada más acostarse cada noche, la tía Concha ya buscaba con su mano bajo el pijama de su sobrino, una polla que si todavía no tenía un buen tamaño, si mantenía una dureza que ella no dejaba aflojar entre sus manos, buscando su sobrino igualmente bajo su camisón, el carnoso coño de su madura tía que empapaba su mano, permitiéndole casi introducirla dentro de él.

Sus jadeos y gemidos se hacían más intensos y frecuentes hasta que se quedaban sobre la cama, desnudos y en interminables sesenta y nueves, el pequeño crío todavía, enterraba su cabeza entre los muslos de su tía, mientras ella ponía al alcance de su boca la pollita de su sobrino que empezaba a degustar como el más dulce caramelo, destilando ese jugo preseminal que tanto enloquecía a la viciosa señora, a la vez que su flujo empapaba la cara del crío embriagándole con su sabor.

Alcanzada de ese modo su máxima excitación, para ella no era suficiente y aunque su sobrino todavía no tuviera una polla para llegar al fondo de sus entrañas, se la ponía entre sus piernas para sentir su contacto con su clítoris en unos frotamientos que volvían a encenderla y llevarla a nuevas corridas, mientras el chico aprendía a como joder con una dama y como satisfacerla, mamándole sus grandes tetas mientras eyaculaba un semen cada vez más denso y blanquecino.

Así se pasaban las noches dándose placer mutuamente y enseñándole ella todos los secretos de un buen amante y todos los vicios que un niño de su edad no debería conocer tan pronto, pero esas experiencias le sirvieron para iniciarse en otro tipo de relaciones con las niñas de su edad, en un principio, a las que convencía para que se bajaran las bragas y le mostraran esas vulvas sin un solo pelo, tan diferentes al peludo coño de su tía.

Algo que a él le fascinaban igualmente, pasando con curiosidad sus dedos por las cerradas rajitas, culminando sus abultadas vulvas y que apenas permitían ver un pequeño orificio que se iba abriendo cuanto más las frotaba, provocando los gemidos de esas niñas, cuya curiosidad también las llevaba a buscar con su mano la empalmada polla de ese chico con el que se estaban iniciando en los goces del sexo.

Las más atrevidas, se metían su polla en la boca, practicando esas primeras mamadas de las que luego, seguramente presumirían con sus amigas, teniendo él también la oportunidad de probar esas vaginas, que una vez estimuladas, perdían ese olor a orina, por el flujo que destilaban.

Quizás en esa niñez, fuera envidiado por el resto de los niños que llegaron a conocer sus prácticas, en el caso de que ya estuvieran interesados por el sexo, lo que no era muy normal a esas edades, pero que al ir creciendo, sus intereses también iban cambiando, y los más afortunados o atrevidos empezaban a tener esas primeras experiencias con las chicas.

Su tía ya se había acostumbrado a la jodienda con su sobrino todas las noches, exprimiéndolo hasta quedar los dos rendidos y dormidos, pero quiso el destino que en unas vacaciones, una preciosa niña rubia de ojos azules viniera con su familia a pasar el verano en la casa de al lado. Ella era dos años menor que él, que con 12 años, su cuerpo ya empezaba a cambiar e iba dejando atrás esos rasgos infantiles, mientras se iban desarrollando otros que le hacían ser un chico guapo y atractivo para esta nueva vecina, que aunque todavía fuera una niña, buscaba su compañía en sus juegos delante de la casa.

A pesar de la experiencia sexual que ya acumulaba nuestro protagonista, se sorprendió de la calentura que tenía esa niña, que buscaba rozarse con él a la mínima oportunidad, proponiéndole unos juegos que les hacían encenderse a los dos, olvidándose de la realidad y del resto del mundo, envueltos en unas sensaciones de las que te hacen adictos al placer.

Nunca olvidará el calor que desprendía el cuerpo de esa niña bajo ese fino vestido de verano, cuando lo juntaba con el suyo para rozarse, y como le quemaba su aliento cuando jadeaba al empezar a excitarse. En ese momento, sus manos empezaban a acariciar su suave piel, recorriendo su cuerpo y subiendo entre sus piernas para llegar hasta una braguitas empapadas, algo que le causaba una extraña sensación, porque no entendía esa humedad a su edad, aunque no dejaba de causarle gracia cuando escuchaba al otro lado del patio decir su madre a la vecinita:

—¡Hija! Siempre tienes las bragas mojadas…. ¿Es que se te escapa el pis?

—No, no sé por qué se me mojan….

—Deja a la niña en paz. Las bragas se lavan y ya está —se escuchaba decir al padre.

—Pero es que no le duran ni un día. Va a tener que andar sin ellas. No tengo bragas limpias que darle —se lamentaba la madre.

—Pues mira, mejor así, más cómoda andará —decía con cinismo el padre, pensando en esa posibilidad.

Una conversación que en ese momento, a su edad le resultaba divertida, pero con los años acabó comprendiendo su transcendencia.

Pero en esas calurosas tardes de verano, los dos críos bajaban al encuentro, para pasárselas encima de un viejo colchón, en la parte trasera de la casa, explorando sus cuerpos con sus manos y dándose sus lenguas en la boca y por todo el cuerpo, entreteniéndose la niña con la polla, que chupaba con gran deleite y él pasando su lengua una y otra vez por la rajita de ella, lo que suponía un exquisito bocado que exacerbaba ya sus tendencias en el hedonismo más sutil.

Durante esos encuentros, él no era consciente de que esa niña que había venido a alborotar su rutina en la jodienda con su tía, como le gustaba llamarlo a ella, tenía estimulada su calentura dentro de su familia y por ello, se mostraba tan ardiente y decidida en esas artes amatorias tan inusuales a esas edades que tenían los dos.

Ni tampoco sabía que su morbosa tía, les observaba desde la ventana, excitándose con sus juegos y disfrutando de unas escenas, en cierta forma, provocadas por la perversión de su sobrino y la lectura de unas novelas antiguas que le habían cambiado para siempre.

La madura mujer pudo observar como un día, su sobrino se puso sobre su joven vecina medio desnuda, que con las piernas abiertas esperaba ser penetrada por él, como culminación de esos candentes juegos sexuales que habían iniciado sin saber muy bien donde les llevarían, tan solo guiados por su instinto, aunque ayudados por esos estímulos recibidos por los dos.

Viendo la decidida disposición de la niña, la tía llegó a dudar de que ella mantuviera su virginidad, a pesar de su edad, pero esas dudas fueron disipadas cuando su sobrino sacó la polla de la infantil vagina llena de sangre, prueba de su desvirgación, que si bien, asustó a los dos en un principio, no les impidió continuar follándose mutuamente hasta la consecución del orgasmo final entre gemidos de placer.

Una escena demasiado excitante para esa mujer que la observaba oculta tras la ventana, no pudiendo evitar masturbarse con su visión. Ella pensó que no debía intervenir, ya que serían juegos habituales entre niños, que ahora había tenido la oportunidad de contemplar, y tampoco quería dejarse llevar por unos celos absurdos, pretendiendo acaparar a su sobrino para ella sola.

Su sobrino había transformado su vida, había sacado en ella una perversión que no se había manifestado hasta ahora, y en esas ocasiones en las que follaba con él en esas noches interminables, lo hacía, si cabe, con mayor intensidad al recordar todo lo que había visto sin que él lo supiera y sin que llegara a confesárselo.

Pero lo que no sabía su tía, es que al igual que su joven vecina ya había sido estimulada en la intimidad de su hogar, su sobrino, como todo buen hedonista, estaba siendo adiestrado en la bisexualidad, en ese Colegio de curas al que le enviaba, y donde uno de ellos le había escogido como su favorito para tener esos encuentros íntimos de los que él se avergonzaba, a la vez que disfrutaba de los manoseos, pajas y mamadas de ese viejo cura que se aliviaba con él, eyaculando su semen en la mano o la boca de su sobrino que precozmente estaba entrando en una sexualidad que dejaba atrás su inocencia infantil.

Cuando alguien desde su niñez entra en el mundo de la corrupción y la perversión, podría pensarse que ese camino ya no se va a abandonar nunca, y que toda su vida se va a encaminar, a veces por azar o por destino, en buscar esos momentos en los que poder seguir realizando todo eso que se le enseñó, mostrándole que no existen límites para el placer, sobre todo, cuando vences a tu conciencia y al igual que otros disfrutaron con tu perversión, tú empiezas a disfrutar de la perversión de los demás.

Como todas las mujeres de su tiempo, su tía Concha no dejaba de ser una mujer católica y practicante, que compaginaba esos dos mundos de espiritualidad y perversión, como tantos otros a lo largo de la historia en la religión, y en este caso, su conciencia la llevaba a confesar sus “pecados” al cura de la Iglesia donde su sobrino había empezado a ejercer como monaguillo, derivado por su “protector” del Colegio, haciendo presagiar lo que iba a seguir sucediendo….

Quizás por eso, ese cura no se sorprendió demasiado cuando la atribulada señora, aunque no arrepentida a pesar de su confesión, le reconoció que en la soledad de su viudez, se había empezado a desahogar sexualmente con su sobrino, y si bien, el reverendo le hizo saber sus reconvenciones, se interesó por todos los detalles que la mujer le contara, mientras se sobaba su polla erecta bajo la sotana.

Sabiendo esto, el cura pronto aprovechó para intimar con su joven monaguillo, que nuevamente se veía inmerso en esas prácticas secretas que su conciencia cada vez iba aceptando más, aprendiendo que el sexo es solo placer, da igual cómo se consiga y en qué circunstancias, abriéndole la puerta a nuevas perversiones que en ese momento todavía no se imaginaba.

La confesión de Concha dio lugar a un mayor acercamiento con el cura y su sobrino, formando un extraño trío, tan contrario a toda norma social existente, pero que les sirvió para conocer ese “mundo oculto” que muchas veces imaginamos, pero pocas llegamos a comprobar, como en estas conversaciones que tenían después de entregarse a la lujuria y al desenfreno, que eran los pecados más perdonables y comprensibles del ser humano, según les decía el cura, entre otras cosas:

—En el Seminario, cuando nos hablaban de la castidad obligada por el sacerdocio y ante los eternos debates que se planteaban sobre si debería permitirse el matrimonio en el catolicismo, al igual que en otras religiones, siempre nos lanzaban la pregunta: (—¿Por qué conformarse con una sola mujer cuando se puede tener a todas?). Entonces, ahí comprendíamos que debíamos entregar nuestra vida a satisfacer las necesidades de los demás, fueran de la clase que fueran, y aunque eso sirviera para satisfacer las nuestras también, cumpliríamos la voluntad de Dios.

—O sea, que no le faltan mujeres…. —le decía Concha, curiosa.

—Ciertamente, nunca me faltaron. Hay muchas que no tienen una vida sexual satisfactoria, otras que se quedan viudas o el destino no les ha dado una pareja y que buscan consuelo en mí, de una forma discreta que no dé lugar a habladurías, y eso las pone en paz con su espíritu.

—Pero tampoco se conforma solo con las mujeres…. —insistía la morbosa señora.

—Los curas somos hombres, y por tanto vulnerables a los pecados de la carne, y esa debilidad nos humaniza. Eso nos hace probar los placeres más exquisitos, como disfrutar de su sobrino y de alguna nena que a veces se nos ofrecen y otras nos tomamos.

El sobrino, con vocación hedonista, escuchaba atentamente la conversación entre los dos adultos, aprendiendo de la lección de vida que le estaban dando, llena de sabiduría.

Así fue como un día, el cura les invitó a su casa, donde les presentó a Aurora, la mujer encargada de cuidar la casa y al cura en todas sus necesidades, así como del cuidado de una niña, que no se sabía de donde había salido, pero el cura decía que había sido abandonada por una familia que no podía hacerse cargo de ella y entre él y Aurora se encargaban de ella, pero pronto, la tía y el sobrino se dieron cuenta de las perversidades que se encerraban en aquella casa, al incluir a aquella niña en sus prácticas sexuales, a pesar de los ocho años que les había dicho que tenía, durante el encuentro entre esas dos extrañas “familias”, en la que los adultos ejercían de auténticos maestros y pervertidores de esos dos niños a su disposición, de una forma impensable para cualquier persona ajena a ellos.

Aurora era una mujer mayor, entrada en carnes, que hasta que entró al servicio del cura, había sido prostituta desde una edad que casi ni recordaba, algo que fue consentido por su humilde familia, que se veía obligada a entregar a su hija a los caprichos lascivos del Señor para el que trabajaban en su casa de campo, algo que también en esos tiempos era tan habitual como silenciado.

Esa mujer, como vieja experimentada de la vida, después de contarles esos escabrosos detalles de su pasado, les empezó a hablar de sus intimidades en aquella casa:

—Ya se imaginarán que mi trabajo en esta casa es a tiempo completo y al Sr. Cura le gusta joderme todas las noches.

—Ya veo que no le falta de nada —le contestó Concha, no muy sorprendida.

—Aurora es mi mejor compañía, pero cuando ella empezó a notar que me cansaba de su viejo cuerpo, me metió a la niña en la cama para que durmiera con nosotros y nos diéramos calor —confesó, sin rubor, el cura.

—Yo creo que algo más que calor le daría a la niña —comentó Concha, sin poder evitar el morbo.

—Jaja, ya veo que en la Iglesia le han enseñado lo que es la condición humana —le contestó riendo sarcásticamente la vieja prostituta.

—Eso se aprende con los años, cuando ya conocemos demasiado bien a los hombres —le contestó Concha.

—Es cierto, pero el coño de esta cría todavía no está preparado para recibir la gruesa verga del Sr. Cura. Su vagina es demasiado tierna, y si quiere desahogarse en un coño, para eso ya tiene el mío —le aclaró Aurora.

—Aun así, no dudo que tendrán unas agradables veladas los dos.

—Ya ves a la cría, es un auténtico diablillo y hará las delicias de todos nosotros. Sus jugos son exquisitos y su lengua ya es experta. Déjele probar la polla de su sobrino y se asombrará —dijo Aurora, dispuesta a empezar la fiesta.

—Éste ya tiene una vecinita que se la lame muy bien, pero estará encantado de dársela a la cría.

Efectivamente, esa niña empezó a devorar golosa la ya erguida polla del joven hedonista, excitando a todo el grupo con ello, diciéndole el Cura a su ama de llaves:

—¡Oh! Tan solo el Diablo es capaz de hacer tales mamadas. ¿Cuándo me vas a dejar joderla? Su raja se va abriendo cada vez más y palpita cuando tiene los dedos metidos.

—Cuando llegue el momento oportuno. Primero tendrá que joder su culo para que se pueda descargar en ella.

—Me martiriza tenerla todas las noches en la cama y no poder hacerlo, pero también me ofrece la gloria bendita ya que sabe bien como descargarme con su boca.

—De momento, dese por contento. A esta cría le encanta chupar pollas, es tremenda —decía Aurora—. Utiliza su boca como si fuera un coño, capaz de exprimir a cualquiera.

—¿Es que ya ha chupado más pollas?

—Sí, alguna más, jaja. No lo comenten por ahí, pero cuando el Obispo viene de visita, no se va sin una buena mamada de la niña. Y bueno, algún amigo del Cura también se pasa por aquí. —nos aclaraba la vieja exprotituta.

—¡Dios mío! Cuanta depravación…. —se sorprendía Concha, ignorante de esta realidad. Me imagino que a esta niña la van a joder más pronto que tarde…..

—Me temo que no podré evitarlo por mucho tiempo más —se resignaba la mujer encargada de su cuidado —aunque no estaría mal que el primero en hacerlo fuera su sobrino, para que fuera menos dolorosa su desvirgación y ella lo gozara más relajada.

—Mi sobrino estará encantado de hacerlo en cuanto nos avisen del día elegido.

Concha y su sobrino participaban en la conversación de los viejos lascivos, sabiendo que habían encontrado el lugar adecuado para que la viuda no echara de menos a su difunto marido y el crío continuara con las enseñanzas que le harían entregar su vida al hedonismo más refinado.

A causa de esta “educación”, contraria a toda normal moral, que estaba recibiendo nuestro joven hedonista, su vida a partir de la adolescencia, se convirtió en un carrusel de sensaciones y experiencias que le llevaron por todos los lugares donde se pudiera vivir el vicio y la perversión, desde las prácticas BDSM, hasta los intercambios familiares, primero como invitado a esas reuniones secretas y luego, con su propia familia, en múltiples visitas a playas y camping nudistas, donde tuvo la oportunidad de seguir conociendo a otros hedonistas como él, a viejas y morbosas señoras como su tía, con las que compartir exquisitos bocados como su vecina o la niña acogida en la casa del Cura, cuando era un niño, así como verse reflejado en otros que empezaban a seguir sus pasos desde esas edades.

En ocasiones, la vida de un hedonista tiene que desarrollarse en solitario, incomprendido o despreciado por los demás, incapaces de comprender que la búsqueda del placer es el primer paso para llegar a la felicidad, pero en este caso, tuvo la fortuna de encontrar a una mujer con la que compartir su forma de vida, convirtiéndola en plena, ya que su mujer Rebeca aumentó todavía más si cabe, sus perversiones, desde el primer día que la conoció y le contó su pasado, con unas experiencias con las que él mismo se identificó, a pesar de los miedos y reticencias de ella para compartirlas con él, debido a la incomprensión y rechazo que había encontrado en los demás hombres de los que se había enamorado.

Su vida incestuosa desde niña no era fácil de asimilar para alguien que quisiera compartir su vida, cerrado a poder aceptar algo diferente a lo socialmente convenido. Por ello se encontró con una joven tímida y temerosa de abrirse a él, que tuvo que sacarle esas confesiones con paciencia y cariño, debido a que empezaba a intuir de qué se trataba.

De este modo, cuando Rebeca le empezó a hablar de cómo fueron esos primeros acercamientos de su propio padre, de cómo esas primeras sensaciones de rechazo se fueron convirtiendo en estremecimientos placenteros y de cómo se fue abriendo a ser gozada por su padre a una edad en la que el sexo suele ser una ilusión más que una realidad, el hedonista experimentó una fuerte erección y una curiosidad morbosa que le hacía querer saber más de ese joven amor que empezaba a sentir más allá de un placer sexual.

En conversaciones sucesivas, le fue contando como se acabó convirtiendo en la putita de sus dos hermanos mayores, porque así era como la llamaba su madre desde su silla de ruedas, impotente para detener lo que estaba pasando con su hija; “la puta de la casa”, solía llamarla, aunque con cierto alivio inconfesable, al congratularse de que su marido estaba bien atendido y que no la abandonaría por otra mujer mientras se mantuviera la familia unida, aunque fuera dentro de la degeneración más absoluta.

Una vida demasiado intensa, con pasajes muy similares a los expuestos en esas antiguas novelas que leía en la casa de su tía y a muchos de mis relatos de esa temática, que ahora, siendo ya un anciano, solo eran agradables recuerdos, que solo revivía durante las fiestas que celebraban alguna nieta con sus amigas, en su casa, en las que bailaban y jugaban desnudas ante su cansada mirada, comprobando que la belleza nunca muere, solo se reinventa una y otra vez para el goce de los sentidos.

Él ya sabía perfectamente cuando alguna de esas criaturas iba a hacerle gozar de esos últimos momentos de placer prohibido degustando alguna de esas tiernas vaginas que se deshacían en su boca en pleno desarrollo puberal.

Aparte de todo eso, el viejo hedonista, notando la decadencia de su “rampante virilidad”, sigue alegrándose la vida con excitantes relatos que emergen en los suburbios de internet y con las ilustraciones de lolis-hentais que le trasladan a ese mundo soñado y esos tiempos pasados en los que disfrutó de placeres que pocos imaginarían, algunos contados aquí y otros que se guarda para él.

 

 

Papá de dos niñas 6.1
El internado

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