Incesto

Mi hijo y su pene.

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Hola, me llamo Giovanna, como buena descendiente de italianos, mi sangre corre en mis venas a una velocidad inusitada y a una temperatura solo encontrada en el Etna de Sicilia, es decir, soy caliente genéticamente y quizás por eso mi marido falleció a temprana edad, le jalé, mamé, chulé, magreé, su pija por todos los años que estuvimos juntos, que al final el pobre corazón de mi difunto consorte explotó, se partió en dos, dijo su médico tratante.

 

La cosa es que me quedé viuda y la cosa se quedó sin su coso.     Mi hijo Daniel desde que se fue su padre ha sido mi sustento emocional, todo mi afecto lo he versado en él, mi amor y comprensión de madre están firmemente depositados en mi retoño.      Debo decir que después de tantos años de viudez, mi vida sexual se limitaba a las vibraciones de mi sensual consolador, con el cual me masturbaba casi a diario hasta quedar turnia y con mi lengua enroscada alrededor de mis duros pezones.

 

De citas ni hablar, mi principal preocupación era mi bebé, no podía dejarlo solo en casa, no tenía espacio para otro hombre que no fuera mi niño.     De pijas, solo en sueños cachondos que me ayudaban en mis masturbaciones, ya los recuerdos de la verga de mi marido eran como esas viejas fotos en blanco y negro que conservaban nuestras abuelas, descoloridas y deslucidas.

 

Sin embargo mi fiel consolador, después de unos vinitos y la pantalla de mi portátil sobre mi cama mostrándome todo tipo de pollas, tenía un encanto especial, era como una varita mágica con su magia toda para mi chocho, cerraba mis ojos y ese artilugio endemoniado se apoderaba de mí, literalmente me poseía, se transformaba en vergas negras, blancas, amarillas y últimamente hasta de un fido después de entrar por casualidad en un sitio de zoo, no hay instrumento sexual más versátil que mi dildo.

 

Todo iba bien hasta cuando mi bebé entró en su adolescencia, como de la noche a la mañana comencé a encontrar manchas blancas, humedad pegajosa, se me desaparecían mis bragas, hasta a un par de sujetadores les eché de menos.      No podía adivinar cosa sucedía, algún extraño demonio se apoderó de nuestra casa y habrá que exorcizarla, pensé.      Me acerqué a la iglesia del sector, un cura joven se quedo mirando mis tetas por todo el rato que estuvimos charlando, hasta me sugirió que él podía visitarme en mi casa y ayudarme con mi problema, cosa de locos, trate de subirme un poco mi escote y el se hizo para adelante para no perderse un centímetro de mi piel bajo mi vestido.      La única cosa positiva es que esa noche le dedique una de mis sesiones de autoerotismo al curita ese y me puse en todas las posiciones que me hubiese gustado que su pija bendecida me penetrara.

 

Aún así, jamás me imagine que mi vida iba a cambiar completamente, mi Amado hijo terminó su educación básica y el colegio organizó el viaje de fin de año, le di unos cuantos pesos e incluso le compre unos condones en caso de que las chicas y los chicos se pusieran a hacer cosas de grandes, que por lo demás son muy naturales que sucedan, sobre todo a esa edad temprana en que las hormonas están revolucionadas las veinticuatro horas del día.

 

Según cuentan los testimonios, varios chicos se dedicaron a tomar cerveza y después se les ocurrió subir al techo del bus y orinar desde ahí arriba, era un desafío muy importante para ellos, las muchachas se quedaban abajo a observar todas esas jóvenes pijas chorreantes como buenas chicas.     Mi Daniel se enredó en sus pantalones y se vino de bruces al suelo.      Resultado, fracturas múltiples en sus dos muñecas.     Me lo entregaron con sus brazos enyesados y con todas las explicaciones y disculpas humanamente posibles e increíbles.

 

Se acostumbró a usar el control remoto con su barbilla y la poca ayuda de sus brazos enyesados, yo le ayudaba a vestirse y le daba de comer como cuando era un bebé, bueno para mí todavía lo es, pero, había oportunidades en que le era imposible actuar en modo independiente.     Hacer pipi, por ejemplo:

—Mami … necesito orinar …

Bueno … ve al baño ¿no? …

—Pero mami … ¿Cómo lo hago? …

Ahí me percaté para donde iba el asunto, ¡Y qué asunto!

—Ve al baño y espérame …

Ahí estaba mi hijo frente al inodoro con sus brazos inútiles, me arrodillé y desabroche sus pantalones, hacía muchísimo tiempo que no hacía algo así, me pareció travieso y divertido, muchos recuerdos vinieron a mi cabeza.     Mi hijo se hacía el desentendido, le faltaba solo que se metiese a silbar, miraba para otro lado.     Me pareció que tuvo una pequeñísima reacción cuando tome su pene en mi mano.     Mi seno izquierdo parecía haber crecido con los golpes y fuertes latidos de mi corazón.

 

Sinceramente mis manos me temblaban con ese trozo de carne bastante desarrollado, tibio y suave que pendía insolente y gallardo, lo apunté al tazón del inodoro y en mis dedos pude sentir como el líquido caliente escurría en su interior y se versaba en el baño.      Me avergüenzo, pero debo admitir que en un cierto sentido me excité bastante.     Sí, sé que es mi hijo, sé que todavía es menor de edad, sé que al momento está desvalido.     Todo eso y más me giraba por la cabeza cuando me inserte mi consolador en mi panocha esa noche y me masturbe hasta quedar chata.    No sé si eso me convierta en una degenerada y terrible madre.

 

Bueno en ese momento inicial, su pija expulso varios milímetros de lluvia dorada, como la llaman en las revistas porno y cuando terminó tuvo hasta ese pequeño escalofrió y gruñido que lanzan los hombres al terminar de orinar, parece que tuvieran una carraspera, cayeron algunas gotas e hice lo que me imaginé normal, le di unas sacudiditas a su arnés.

—¿Pero qué haces? …

—¿Qué? … Te lo estoy sacudiendo … ¿No es así cómo hacen ustedes? …

—No me lo estás sacudiendo … me lo estás jalando …

    Me miró con una cara de asombro e impaciencia, yo aparte de sentirme todavía más excitada, me ruboricé como una quinceañera.

—Bueno … pero no me grites … y ahora tengo que lavártelo … no me mires que me da cosa …

—¿Y tú crees que a mi no? …

—Quédate callado un rato y no me respondas a todas las estupideces que yo digo …

—Está bien … pero no olvides de secarlo también …

Lo arrastré de su pene hasta el lavamanos, mi hijo se metió en punta de pies y yo le lave su miembro que se estaba poniendo duro, mis manos temblaban y no cesaba de apretar mis muslos calientes.

—¡Ya! … ¿Te parece bien así? …

—Sí … solo tienes que meterlo dentro ahora … y ten cuidado con el cierre …

Lo tomé casi de la base, cerca de sus hinchados cojones y se lo acomodé lo mejor que pude, le subí sus calzoncillos y con cuidado subí el cierre de su pantalón, me encontré a hacer lo contrario de lo que había hecho tantas veces cuando tiraba fuera la verga de mi marido.

Es suficiente, madre … gracias …

Terminé palpando su pija por sobre el pantalón y no pude evitar notar que definitivamente el señor cara de papa había crecido un poco, se delineaba su figura regordeta como un tubo por sobre su pantalón.

 

No me van a creer, pero desde ese día comencé a ofrecerle todo tipo de bebida a mi hijo, para así llenar su vejiga y esto lo obligaba a orinar muchas veces al día y yo me divertía con su herramienta en mi mano y sacudiéndoselo y lavándoselo en todas esas oportunidades, me volví hasta un poco descarada, mi temblor se prolongaba por más tempo y las sacudidas aún más.    Cada vez que devolvía su capullo a su ropa interior, este estaba más y más hinchado.     Ahora hasta me parecía sentirlo pulsar entre mis dedos, esto hacía que mis pezones me dolieran y mi panocha terminara inundada.

 

Irremediablemente esto me hacía masturbarme hasta inflamar y enrojecer mi vagina, ya ni siquiera me preocupaba su estado de salud, lo único que esperaba es qué a él le vinieran deseos de orinar.

—Hijo … es hora de que te bañes … hueles como un mofeta …

—¡Ay!, mami … no seas exagerada …

Pensé me iba a discutir y contradecir, pero mansueto como un cordero aceptó de que yo lo bañara.   Mi hijo a veces es un enigma, no sé que pasa por su cabeza, me refiero a la que tienes sobre sus hombros y no a la cabezota de abajo que siempre se hace notar y sin lugar a dudas se sabe a ciencia cierta lo que quiere esa cochina.

 

Lo lleve al baño y puse a llenar la vasca, no di toda el agua porque quería prolongar la actividad.  Mientras el agua corría y llenaba la bañera, comencé a desnudarlo, desabroche sus jeans, deshice el cinturón, baje su cierre y baje su pantalón hasta la rodilla, ahora venía la parte interesante, a tironcitos, un poco de frente, un poco de los lados, otro poquitico de atrás, le bajé sus boxers.    ¡Mi Dios!, tamaña verga, salto hacia arriba y casi reboto en su estómago.    Hice como si nada, pero mi respirar ya era irregular.   Le saqué su camisa, sus brazos afectados los metí en sendas bolsas plásticas y luego me agaché manteniendo una respetable distancia de ese monstruo que blandía el aire amenazante y terminé de quitarle sus pantalones, después de eso, le ayudé a meterse en la vasca.

 

Mi hijo estaba desconcertado cuando vio que me quitaba mi blusa.    Sin perder tiempo le dije que no tenía nada que mirar, era lo mismo que cuando íbamos a la piscina y yo vestía mi bikini, solo se encogió de hombros y no dijo una sola palabra.

 

Pero para ser sincera, debo confesar que me pase casi una hora eligiendo el sostén adecuado.    No quería que fuera demasiado obvio, pero si revelador y que mostrara al máximo mis pechos.  Debía parecer una madre encantadora, sutilmente puta y provocativa y no la madre incestuosa y caliente.    Definitivamente opté por algo con encaje y bastante revelador, metí mis tetas que apenas se mantenían dentro y esperé asombrar positivamente a mi hijo.

 

Con todo candor y castamente comencé a enjabonar sus pectorales y parte de sus brazos.   Su pene daba signos de vida asomando ocasionalmente su cabezota en la superficie, no estaba del todo duro, aún cuando mis senos le rozaban su barbilla.    Involuntariamente sus ojos se le iban a la juntura de mi senos exuberantes.

 

Puse una rodilla en la vasca y le informe.

—Ahora tengo que lavártelo … no te avergüences si tienes una erección …

Él me miraba con cierta perplejidad e inquietud, si hubiese podido, hubiese dado un salto y escapado a brincos del baño.    Con toda tranquilidad le dije.

—A tu padre le sucedía cuando me bañaba con él … además que con el agua tibia y el jabón, es imposible que no te venga duro … déjame hacer y no te preocupes …

Había un cierto morbo en su mirada, sus ojitos brillaban y se movían de un lado a otro.    Sumergí mi mano en el agua y toqué primero sus esponjosos cojones, los acaricie, los enjabone, me dedique amorosamente a uno y con el mismo afecto luego le lave su segundo testículo, después me eché harto jabón en mi mano y comencé a magrear su verga de arriba abajo y de abajo arriba, estiré todo su prepucio hacia abajo y con dos deditos lave cuidadosamente la corona de su glande, teniéndolo agarrado firme le metí mi dedo meñique en su hoyito en la parte superior y luego con la esponja hice correr todo el jabón meneando su pija arriba abajo.    No sé si todo esto era una pervertida y malvada tortura o una lavada de pene perfecta y digna de la más eficiente enfermera profesional.     Lo cierto es que su pene se había puesto brilloso, pulsaba una maravilla y parecía más grande y duro que nunca.

 

Mientras fingía estar dándole los últimos toques y enjuagadas, apoye ni seno izquierdo en su brazo, entonces su pene comenzó a temblar, tomé otro poco de jabón y la suave esponja la envolví en su glande y comencé un movimiento rotatorio y con la otra mano movía su prepucio arriba abajo, sus gemidos eran intensos.

—Dime si te estoy lastimando, ¿Ok? …

Mi pobre hijo se había abandonado con la cabeza hacia atrás, apenas respiraba, eran solo jadeos y gemidos.   Repentinamente gritó:

—¡Detente! … ¡Mi Dios! … ¡Detente! …

Pero su reacción fue tardía, enormes borbotones brotaban de su pene y quedaban flotando mezclados con la espuma de la vasca.    Estaba temblando y gimiendo como un niño desvalido.  Mi propia respiración era de afano, hice todo mi esfuerzo para no jadear.   Mi coño latía a mil y sentía un deseo demencial de tocarme.     Mi hijo me miraba atónito y en pánico total.

—¡Está bien! … ¡Está bien, mi bebé! … no te preocupes … mami limpiara todo … cálmate … relájate …

Un poco más distendido y tranquilo apoyó su espalda en la bañera y me miraba avergonzado, con una toallita y la esponja recogí todo el semen flotante.

—¡Relájate! … le daré solo unas apretaditas para que salgan las últimas gotitas …

Asintió con una mirada diferente, entre tierna y tímida.    Su pene estaba semi flácido, exprimí su polla sobre la toallita mientras trataba de que se calmara al máximo.

—¿Sabes? … también me sucedió a mí en el colegio … estábamos en clase de gimnasia y debíamos subir por una cuerda gruesa y áspera … mis piernas se deslizaban en medio a esta cuerda y yo sentí una fuerte sensación … me dio mucho miedo … subí muy rápido y luego me deje deslizar hacia abajo bastante rápido … fue peor … antes de tocar el suelo me golpeo un orgasmo … grite y el profesor vino a ayudarme y a ver que me sucedía … entonces se me ocurrió decirle que me había quemado las manos al descender tan rápido … hasta el día de hoy no sé si se la creyó o no …

Su pene había comenzado a endurecerse otra vez, me miró entretenido y me sonrió.

—¡Guau!, mami …

Mientras miraba los hoyuelos de sus mejillas al sonreír, note su pija totalmente erecta, me acerqué tanto que lograba oler el semen fresco que apenas había salido de su meato, él estaba otra vez tranquilo y confiado en mi tratamiento.    Salimos estilando agua y nos paramos en unas toallas que yo había preparado en precedencia.     Lo sequé por detrás y por delante, me llamaron la atención sus nalgas redondas y fornidas, un culito apolíneo total.

—¿Quieres ponerte pijama? …

—¡No!, mami … hace demasiado calor …

—Me parece bien … creo que yo también dormiré desnuda …

Le di las buenas noches y él se fue a su cuarto y yo me fui a mi dormitorio.

 

Esa noche me sentí terriblemente culpable.   ¿Qué había hecho? ¡Había masturbado a mi propio hijo! ¡Había coqueteado con él estando desnudo!   Le había confesado mi orgasmo!  ¿Hacia dónde iba todo esto?

Bueno una cierta idea de adonde íbamos ya la tenía, pero no quería admitirlo.    Mi educación moral había sido bastante estricta, pensar en un incesto no me cabía en la cabeza.   Eso estaba fuera de toda discusión.   Estaba confundida.    Estaba sola.    Estaba molesta conmigo misma.   Estaba tan molesta que ni siquiera me masturbe esa noche.   Me sentía angustiada y luego un golpe a la puerta, más que un golpe debe haber sido una patada ya que tenía ambos brazos afectados.

 

En el umbral de mi puerta la figura de mi hijo totalmente desnudo.

¿Estás bien, bebito? …

Él entró y se sentó al borde de la cama.

—¡Mami! … no puedo dormir … no después de lo que sucedió … lo siento, mami …

—No tienes nada de que disculparte … fui yo la que hice todo con demasiada acuciosidad e intensidad … no debería haber sido tan minuciosa …

Él no respondió nada, se quedó cabizbajo y silencioso mirando el suelo.

—Escucha, hijo … sé que los chicos de tu edad se tocan …

—¡Mami! …

Trato de levantarse como para irse, le agarré del brazo y cayó hacia atrás sobre la cama.   Mis pechos quedaron al descubierto cuando las sábanas se deslizaron por mi cuerpo desnudo.   No quise cubrirme, sus ojos se abrieron desmesuradamente, fingí no darme cuenta y seguí.

—Bueno … también las chicas de tu edad se tocan y si quieres saberlo … yo todavía me toco muchas veces por semana …

Lo dije y enseguida me arrepentí, estaba tratando de apagar un fogata echándole más leña al fuego.

—Perdona si no puedo expresarme todo lo bien que quisiera … pero es del todo normal … todos lo hacen … y hay necesidad de hacerlo … tú no puedes estar sin hacerlo hasta que te quiten el yeso … yo cuido de ti y te entiendo … lo necesitabas y te corriste mientras yo te lavaba … esto es todo …

—¡Pero mami! …

—¡Oye … es mucho más placentero que limpiarte y lavarte el culo! …

Se quedó pensativo y finalmente se sonrió.

—¿Recuerdas lo complicado que fue para ti y para mi la primera vez que orinaste? … pero ahora te acostumbraste y también yo … ahora es lo normal … ¿verdad? …

Asintió con la cabeza, pero estaba con su rostro serio y preocupado, sin entusiasmo.     No quería que se desanimara y se pusiera en un estado depresivo.    Si para ello era necesario hacerle unas cuantas pajas más, yo estaba más que dispuesta.

—Lo sé que es extraño … lo sé que es indebido … pero lo superaremos … esto es momentáneo, no es para siempre … ya mejorarás y podrás hacerlo tú mismo …

Me di cuenta de que yo quería hacerlo, pero no lo podía decir de buenas a primeras.    Necesitaba que él estuviera de acuerdo y me diera su beneplácito.

—¡Entonces está resuelto! …

Salté de la cama con mis tetas que se bamboleaban de lado a lado y con mi culo desnudo me fui al baño.

—Ponte cómodo, enseguida vuelvo …

Armada con un frasco de crema para manos, regresé a mi habitación contoneando mis caderas y permitiéndole a mis exuberantes senos de moverse libremente, nada oculté, quería que viera cada centímetro de mi piel.    El hijo de puta, (lo digo yo que soy su madre), estaba acostado cómodamente echadito para atrás como un gran Pachá, esperando a su concubina que lo complaciera, me dio un poco de risa.    Me metí en la cama a su lado, mi pezón presionado contra su pecho, me acerqué a su rostro y lo miré fijamente.    Cada vez que sientas deseos y quieras que mami lo haga por ti, no tienes más que pedírmelo.    Solo dímelo y seré feliz de tomarte a mis cuidados, ¿Está claro?     Asintió en silencio con su cabeza.    Me agaché y le di un pequeño beso en sus labios.

—Ahora solo relájate y disfruta …

Aferré sólidamente su pene en mi mano y lo jalé lentamente.     Rápidamente, apliqué la crema de manos a su verga en forma ligera y poco a poco.   No quería que se corriera tan rápido.  Quería divertirme.    Por cerca de un minuto lo masajeé lento pero continuo.

—¿Te gustaría si te beso las bolas mientras acaricio tu pija? …

Le pregunté fríamente, como si se tratara de una oferta más del menú y sin trascendencia.     Lo sé que ningún hombre diría que no y mi niño me lo confirmo asintiendo con un brillo de lujuria en sus ojos.    Alternadamente comencé a echarme sus huevos uno a la vez a mi boca, acariciándolo con mi lengua y humedeciéndolo con mi saliva.     Tener un par de juveniles bolas en mi boca era como el paraíso en tierra.     Repentinamente sus muslos se cerraron a los lados de mi cabeza, todo su cuerpo se tensó, sus piernas estaban rígidas y un voluminoso chorro de semen salió disparado de su polla, lo vi aterrizar en su barbilla.   Luego otros chorros se depositaron en sus pectorales y vientre.

 

Repté como una boa hacia su pecho, apoyé mis tetas en el tibio semen de sus pectorales, lo mire intensamente y me incline a recoger con mi lengua la esperma depositada en su barbilla, luego continué hasta encontrar sus labios y compartir su semen en un beso infinito.    Nuestras lenguas se arremolinaron y persiguieron toqueteándose una y mil veces.     Nunca un chorro de esperma fue mejor compartido y saboreado, escuché su susurro:

—Usa mi pierna como si fuera una cuerda …  

Mi entrepierna era una poza de fluidos que no cesaban de escurrir de mi panocha.     Monté su muslo a horcajadas y comencé a balancearme arriba y abajo, mis gruesos labios mayores restregaban su musculosa pierna, me contorsionaba y retorcía en su extremidad, besándolo apasionadamente, restregué mi boca en su boca y una poderosa explosión ocurrió en mi bajo vientre, tirité como si miles de voltios hubiesen electrocutado mi conchita, me apreté a su cuerpo y grite y chille y solloce y me reí y se me cayeron las lágrimas.    Las convulsiones de mi clítoris duraron más de un minuto.     Jamás en mi vida había tenido un orgasmo así de potente.    El agujero de mi ano ondulaba y se contraía en forma increíble.    Alucinantes ondas orgásmicas me atravesaban una y otra vez.     Cuando finalmente todo terminó, pude respirar normalmente de nuevo y como una gata que amasa su cama, me ahuequé en sus brazos y me quedé dormida.

 

La mañana siguiente comencé a asimilar todo lo que habíamos hecho ¡Froté mi coño en la pierna de mi hijo hasta correrme!     Lo vi adormecido a mi lado, parecía un niño todavía.    ¿Y ahora que hacer? ¿Qué decir?    Lo único cierto es que esto no podía continuar, teníamos que detenernos.

 

Cuando él se despertó, inicié una perorata al respecto sobre los inconvenientes, las razones morales, las razones cristianas, las razones legales y todo lo que se me vino a la cabeza se lo dije de una sola vez.    Increíblemente mi retoño estuvo de acuerdo en todo, me dijo que en realidad no era saludable ni respetable.     Acto seguido, me dijo:

¡Mami! … tengo que ir al baño …

Diez segundos después de mi noble y bien ponderado discurso, me encontraba otra vez arrodillada y con el pene de mi hijo en mano, para colmo con su erección mañanera, estaba tan duro que tuve que empujarlo para abajo y esperar que se emblandeciera un poco para que pudiese orinar.

 

Una vez que lo hizo, le di una rápida sacudida y limpie el extremo con mi dedo.    Entonces sentí una cosa dura en la parte posterior de mi cabeza, él me empujaba con su mano enyesada hacia su pelvis, miré con mis ojos turnios hacia arriba y abrí mis labios y le chupé su polla dura cual si fuese una puta frenética.      Con frenesí le mamé su miembro, ya sabía el sabor de su semen, pero está vez me regalo con un gran chorro directo a mi paladar y el resto desapareció por mi garganta.

 

Sin más remilgos, tanto yo como él aceptamos tácitamente el status-quo.     Pero esperé la tarde para entregarle a él mi coño, el último bastión.    Esa noche empujo su verga dentro mi concha, cuando estaba ensartada en lo más profundo de mí matriz, lo detuve y le dije:

—“Bienvenido hijo, has vuelto al lugar de donde saliste” …

Desde entonces que no hemos parado de follar.   Si no es a lo perrito, entonces a lo misionero o también me inclino afirmada a algún mueble de casa y el me folla desde atrás.     Ahora él quiere que lo hagamos con dos de sus amigos. Todavía lo estoy pensando.   Quiero decir. Una madre responsable tiene que trazar los limites … ¿verdad?

 

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