Confesiones Erotismo y Amor Primera Vez Tabú

Mi niña yudy, inolvidable!

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“Ilegal” relación amorosa entre un hombre y una nena de 12, contada 40 años después

 

©Stregoika 2022

Dentro de poco cumpliré 70 años. Cada vez más me vale verga la vida. He decidido contar algo que hice cuando tenía 30. Mantuve esto secreto por 40 años, sobre todo porque es un asunto cada vez más delicado. Pero me parece que el padre tiempo está por ocuparse de mí, así que narraré lo ocurrido.

 

Mariquita, Tolima, Colombia. España 82 acababa de terminar y la mayoría de la gente regresaba con resignación a su aburrida vida cotidiana. El teniente Garrido ya estaba regresando su televisor a la sala, porque lo había llevado al parqueadero para convertirlo en un improvisado teatro y ver los partidos con sus allegados del pueblo. Solo gente madura y serena, nada de coca-colos ni desconocidos de ninguna clase. Como era un Phillips de 27” con cajón de madera y pantalla de vidrio, tuvo que pedir ayuda a Don Sixto, viejo camionero conocido por todos y amigo del General. 

Su casa era la mejor de Mariquita. Diseñada por arquitecto y levantada por albañiles calificados. Tenía no solo parqueadero, sino piscina con asoleadoras y un pequeño bosque propio con mangos, guamos y naranjos. Podrá no sonar a mucho, pero lo es cuando pasas el resto de la vida (estos 40 años) escondido en una favela en la capital. 

El General y su esposa solo fueron a habitar la casa recién construida con motivo del mundial, y terminado este, regresarían a Bogotá. La casa en Mariquita solo era un veraneadero1. La familia de uno de los albañiles, era la cuidadora de la casa. Se suponía que él y su esposa se encargarían de la estupenda casa, pero el señor era un hijo de puta y no cumplía con su parte. Se regresaba a Bogotá a pasarla con sus amigos y familia a emborracharse y dejaba a Rosaura, su esposa, prácticamente abandonada en Tolima con Yudy, la hija de 12 años de ambos. 

 

______

1En Mariquita, todo el año es verano.

¯¯¯¯¯¯

 

El nombre de este trabajador irresponsable era Jaime, y yo, Leoncio, era su sobrino. Todos me decían Leo. Entré en la historia cuando mi tío Jaime me encargó viajar a Mariquita para recoger un recado (un obsequio) de la esposa del General, quien suponía que el cuidador estaba allá. O sea, aparte de que no estaba, no hacía presencia por el recado y ni siquiera se lo dejaba a su esposa abandonada: ¡Enviaba por este! Yo, recién había cancelado mi matrimonio y estaba de malas, por lo que aproveché lo del recado de mi tío Jaime como pretexto para airearme. Y así empezó todo.

 

Llegué al portal de la casa del General, distinguido en la cerca de postes de cemento angulados y alambre de púas, por dos columnas de ladrillo prensado y un caballete español que las unía. Un perro gozque corrió a ladrarme a través de la reja. Al entrar, iniciaba un camino de piedra enmarcado por materas con flores y también por faroles en forma de hongo, custodiados por enanitos de cerámica. «Jueputa, qué lugar tan chévere» pensé. Así como algunas mujeres, libros o sinfonías, hay lugares que pueden enamorarlo a uno así de fácil. Y ese era uno. El camino de piedra estaba medio cubierto por la sombra de árboles plantados en línea, y terminaba en la entrada de la casa, un amplio pórtico elevado tres escalones del suelo. De allí emergió Rosaura, avisada por los ladridos del perro. La señora era bonita, de rostro delicado y curvilíneo y un poco más joven que yo. Llevaba vestido de una pieza, estampado con aros de varios tonos de beige entrelazados. Tenía cinturón ancho de hebilla gruesa y doble pin. Las hileras de huecos enchapados de la correa le hacían brillar la delgada cintura a la señora. Cualquiera diría que era la dueña de la casa y no la cuidadora. El perro asimiló la amabilidad de su ama cuando ella me recibió. 

—¡Callado, Ponciano! —le dijo al animal—. Siga, Leo, siga.

Rosaura era mucho más amable de lo que yo esperaba, incluso más de lo que yo podía manejar. Antes de siquiera hablarme del recado, me hizo entrar, sentarme, me preguntó cómo estaba todo en mi vida y me sirvió agua-panela fría con limón. Dialogamos por unos quince minutos en aquella antesala con paneles de celosía de vidrio martillado entreverado con cristal traslúcido. Se veía prado y árboles en todas direcciones. En contra de mi propio sentir, y motivado quizá por mi reciente ruptura, pensé que mi tío Jaime era un idiota. Él prefería estar en Bogotá, llena de polución y ruido (¡y eso que estoy hablando de 1982!), jartando cerveza y comiendo morcilla con su ralea, en vez de estar en ese paraíso cálido, en semejante casa, con su bella y adorable esposa. 

La señora al fin habló del recado y fue a por este. Mientras yo esperaba, dejó sonando un disco de Paul Mauriat, en un torna-mesa muy caro. Yo estaba embrujado por el lujo, por la belleza del lugar y debo admitirlo, por la belleza y la amabilidad de Rosaura. Pero eso no era nada. Nada. El verdadero embrujo empezó cuando Rosaura volvió arrastrando sobre el piso de mármol un costal de lona y al lado venía su hija, Yudy, de 12 años. Si hasta entonces creía que estaba en el paraíso, pues apenas se estaban asomando los ángeles. ¡Ay dios! 

Yudy vendría a ser una ‘prima segunda’ mía, ya que Jaime no era tío de sangre sino político. Yudy y yo éramos con poco, extraños. Pero me sentí brutalmente atraído al instante. Para mí, no podía haber nada más hermoso que una morra de esa edad.

Yudy era blanca, igual que su madre (eran santandereanas), y con abundante pelo negro al natural. Es decir, no peinado, cortado ni alisado. Lo llevaba sujeto en una coleta que le caía por delante del hombro. Sus orejas descubiertas lucían topitos brillantes que se opacaban con su sonrisa. El rostro más dulce que he visto, con naricita de esas que terminan en una apenas perceptible bolita. Además, tenía el mentón partido y cejas bien pobladas. Tenía un enterizo de falda corta y blusa. La falda era de rayas horizontales, azules y blancas, y la blusa blanca, excepto por las mangas cortas, que hacían juego con la falda. Tenía sandalias amarradas en las pantorrillas y ¡que me lleve el putas! Las piernas más exquisitas que haya visto. A partir de mediados de los 90’s, este tipo de niñas serían un poco más comunes y para el siglo XXI, mucho más comunes. Es decir, nenas que desde los 12 tienen ese cuerpecito como de deportista. Ahora pónganse en mis zapatos, y no en mis zapatos ahora sino en 1982. ¡Qué niña! Me enamoré al instante. 

 

 

—¿Será que pesa mucho? —me preguntó Rosaura. 

Yo no respondí, pues tenía el corazón a medio romper. Estábamos viendo al interior de la lona con el dichoso recado, y era nada menos que mercado. Tarros de Leche Klim, latas de atún, cajas de galletas , de chocolates y harinas, incluso donuts, todo con etiquetas en inglés. ¿Cómo iba yo a llevarle eso a mi tío, sabiendo que Rosaura y Yudy podían estar pasando necesidades? Sí, la casa era un lujo y estaba a disposición de ellas, pero ellas necesitaban comer, y Rosaura no debería trabajar en ninguna otra cosa además de estar en la casa. Y ella, todavía preocupada por mí: «¿Será que pesa mucho?». «Señora Rosaura ¿Por qué no mejor se casa conmigo?» pensé. 

—Yo me llevo solo esto —dije.

Agarré una lata de leche, una bolsa de harina y una lata de sardinas. 

—Los señores de la casa creen que mi tío Jaime está aquí ¿no? Pues engañemos al que engaña. 

—¡Leoncio!

—¡No, que se joda! Yo le llevo esto y que se contente. Quédese usted con lo demás. Yo respondo. 

Y para rematar, iba a demorarme. Para darle una lección a mi tacaño tío, para disfrutar un poco más de ese paraíso (en Bogotá, en cambio, el frío estaba insoportable) y porque… adivinaron. Quería quedarme por Yudy. Me ofrecí a ayudarle a Rosaura en algunas labores de la casa, como la limpieza de la piscina, bajar fruta, que ya estaba vendida, y limpiar los desagües de los tejados. Incluso pretendía ayudarle a Yudy en sus tareas, a lo que Rosaura accedió sin pensar debido a mi reputación de juicioso e inteligente. Lo que no sabía ella era que su hija Yudy me traía suspirando como caricatura. 

 

En un par de días ya tenía más confianza, sobre todo porque en aquella maravillosa época no reinaba el miedo, como a principios del nuevo milenio. En los 80’s, dejar a una niña sola con alguien apenas conocido no era nada del otro mundo. 

Empecé a llevar a y a traer del colegio a Yudy. Me siento obligado a explicar que, en esa época los uniformes no eran como los de ahora, que parece que fueran diseñados intencionalmente como una trampa atrapa-arrechos. Tanto es así que mi pasatiempo favorito —y lo único que me queda en mi vida que le da un sentido— es irme en mi coche y parquear en algún colegio a la hora de salida, verles los cacheteros de lycra a tantas, pero tantas ¡es que es tan tan fácil! El más leve viento, que una morra dé un saltito de 10cm, o que se suba a un escalón ¡Y ya! muestra por debajo. Y a hacerme la paja mirándolas. Es delicioso. Pero en los 80, el uniforme de las niñas todavía era para vestir, no para provocar hipócritamente («Me pongo falda a ras de nalga pero si me miras, eres un pervertido»). No, en esa época, la falda era más abajo de la rodilla. 

 

Pasada una semana, lo único que había hecho con Yudy era hablar, reír un poco y estudiar matemáticas. Por las noches suspiraba y fantaseaba con besarla y hacerle el amor. Me pajeaba como maniático. Su aroma ya había impregnado mis manos y los puños de mis camisas, típicas de de tierra fría, y me elevaba al cielo por las noches usando su fragancia. Me venía diciendo su nombre con temblor y tensión de mandíbula: «¡Yuuudy, Yuuudy!». Me dormía y soñaba con ella. 

Por el clima, las faldas cortas y shorts ultra-shorts eran pan de cada día. Ella tenía unos shorts rosados con corte doblado, tan pequeños que parecía andar por ahí en calzas. Esas piernas no terminaban. Ya había pasado yo de masturbarme exclusivamente en mi cuarto de noche y a tratar de rozarle el cuerpo con mis nudillos, lograrlo apenas e ir al baño a ordeñarme frenéticamente. Más días pasaban, estudiaba y jugaba con ella, la veía en su ceñido traje de baño de lunares negros, sentándose en la orilla de la piscina y metiendo los pies al agua. La próstata iba a explotarme. Me imaginaba, tratando de burlarme de mí mismo, que me explotaba el entrepierna y me encontraban muerto, con una explosión de sangre y semen en la pared. Y que Doña Rosaura le decía a su bella hija: «¿Sí ves mi amor? Ya mataste a otro. Te dije que no te pusieras ese chingue* de lunares, que ya te queda chiquito». Pero no, ya en serio ¿cómo iba a hacerle para calmar esas ganas tan intensas? 

______

*Amigos de México: Chingue era como le decían a un traje de baño de una pieza en los 80 aquí en Colombia. No se rían. 

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Mi tío Jaime aportó los elementos que faltaban para que yo me quedara solo con Yudy:

—Rosaura ¿por qué no van usted y Jaime el viernes y asamos carne? Hace rato que no hablamos —la invitó Ligia, una vecina gorda que vestía interminables vestidos de flores coloridas. Era la esposa de Don Sixto. Íbamos por las calles de Mariquita y hubo un encuentro inesperado. 

—¡Pero si Jaime está en Bogotá! —Replicó Rosaura.

—¿Cómo así? ¿Tan rápido se devolvió para Bogotá?

Rosaura arrugó su linda cara como uva pasa, pues no entendía nada. 

—Ayer hablé con Jaime —explicó la gorda—. Estaba en Honda. ¿Cómo así, no vino para acá?

Rosaura y la vecina ataron cabos y prefirieron callarse, ambas. 

Mi tía segunda, la adorable señora Rosaura, apretó los puños y contuvo el llanto. Su desvergonzado esposo llevaba al menos dos días por ahí cerca y ni se había reportado. 

Esa noche, Rosaura tocó la puerta de mi habitación en la quinta del General Garrido y, con los ojos rojos me suplicó que cuidara a Yudy mientras iba a buscar a Jaime a Honda, para sorprenderlo en lo que fuera que estaba haciendo. Dijo inclusive que yo era un ángel que le había enviado Dios para cuidar a Yudy mientras ella investigaba. Accedí, encantado, aunque preocupado porque, si bien podía pasarla de maravilla a solas con Yudy, Rosaura tenía mi gratitud y aprecio a raudales. «¿Y si no me aguanto y agarro a Yudy y me la hecho?» me pregunté. Pero dije:

—Claro, señora Rosaura, cuente conmigo. 

Y Rosaura partió hacia el poblado cercano de Honda. 

 

No celulares, no redes sociales. Casa linda, clima cálido, árboles frutales, piscina, a solas con una pequeña diosa de 12 años. «¿Así, o quiere más?». 

Rosaura llevaba unas dos horas ausente, un poco lejos y con casi total probabilidad de demorarse un par de días. Parte de mí tenía compasión por ella, porque no la estaba pasando nada bien, pero la otra parte de mí estaba muy excitada por la inmensa oportunidad de disfrutarme a Yudy. ¿Cuántas veces en la vida puede esperar un hombre que se le presente una oportunidad así? Para muchos, quizá nunca. 

—Mi mamá dijo que comiéramos en la casa, para ahorrar. ¿Sabes cocinar? —me preguntó Yudy. 

—Claro que sé, y vamos a hacer algo delicioso. 

La cocina era integral, algo que hoy en día podría calificarse de ‘monumental’. En espacios así viven familias enteras ahora. Si recogías el mesón plegable y lo hacías encajar en la ventana, podrías jugar balón en la cocina. 

—Te propongo algo, no solo cocinemos, juguemos —le dije. 

—¡Listo! —aceptó ella, dando un brinquito con los brazos en alto—. ¿A qué jugamos? 

—¿Tienes novio, Yudy?

Ella soltó la risa y carcajéandose, doblada hacia adelante y apretando una mano contra la otra en su regazo porque la pregunta le apenaba, dijo:

—¡Yo estoy muy chiquita para tener novio!

—¿Qué te parece si jugamos a que éramos marido y mujer y hacíamos el… almuerzo?

—¡Vale! —dijo, carcajeándose más y pasándose las manos por la cara como si le caminaran hormigas encima. 

—¿Qué quieres que preparemos, amor mío? —le pregunté. 

—Hagamos carne frita con papas a la francesa y ensalada… ¡mi amor!

Se esforzó bastante en decir eso último. 

Yudy llevaba un vestido de cuadrículas rojas sobre blancas, hasta la rodilla, donde remataba con un fleco. Este último hacía juego con los flecos de sus medias cortas. La parte alta del vestido conservaba la cuadrícula solo en unos tirantes falsos. Tenía además, hombreras apompadas también con fleco y un enorme moño rojo hacia un lado de la cabeza. Si alguno de vosotros, apreciados lectores, ha sentido el AMOR alguna vez, pues eso sentía yo ahí en la cocina, al lado de ella. 

El primer paso estaba dado. Ya jugábamos a «Papá y Mamá». Pasamos los platos por la ventanilla de servicio y comimos, no en la cocina, sino en ¡la mesa del General! Los modales y la elegancia de Yudy me asombran más ahora en el recuerdo que cuando era testigo de ellos hace 40 años. Los menores ahora son mimados, narcisistas y megalómanos. En fin. Como hombre adulto y pedestre, terminé mi comida en unos 10 minutos, y tuve que esperar veinte más para que ella terminara. Los pasé contemplándola, viéndola ensartar los fosforitos de papa con el cubierto y mordiendo solo una parte. Su espalda estaba recta como pared y jamás puso los codos en la mesa. Ah, y mantenía erguido el meñique cuando levantaba y bebía del vaso. Sólo ahora puedo verme a mí mismo y reconocer que debí parecer un imbécil mirándola con mi cabeza sujetada por la carraca a dos manos y los codos clavados en la mesa, suspirando cada cinco segundos. 

—Yo lavo los platos hoy, mi vida — le dije. 

—Un fino detalle de tu parte, querido —contestó. 

Puso sus cubiertos debidamente, marcando las 4 en el plato y con la parte convexa del tenedor hacia arriba. Usó la punta de una servilleta para limpiarse el piquito y explicó, señalando unas sobras de carne:

—Esto es para Horacio. 

—¿Quién es Horacio, el perro?

—¡No¡ —replicó Yudy, abandonando temporalmente su papel de dedicada esposa—. El perro se llama Ponciano. Horacio es el gato. Es un vagabundo. 

 

Observé a través de la ventana a Yudy alimentando a Horacio. Era un enorme gato pardo. La miraba, lavaba los platos y pensaba como acercarme más a ella. Si, «quién quita», acaso fuera posible enamorar a e intimar con una menor. A las malas o con engaños ¡jamás! ¡Que me pase un tren por encima! A continuación ella regresó adentro y se paró a mi lado a lavarse las manos. Su solo calor me electrizaba. 

Al rato estuvimos viendo televisión. Estaban en “Mi Bella Genio”. Válgame, cómo me gustaba Barbara Eden. Pero la mitad de mi cabeza estaba ocupada en aquello mismo de cuando lavaba platos. ¿Cómo acercarme más Yudy? Quería ser su novio. Fue cuando Gennie me hechó una mano. Estaba celosa porque al Mayor Nelson le gustaba otra mujer, no una milenaria genio de lámpara, sino una moderna. Así que se vio al espejo y trató de volverse a sí misma «moderna» mediante un encantamiento. Ese espejo, era como ese inmenso que había en la habitación del General Garrido. ¡Lotería!

—Yudy ¿nos metemos a la piscina?

—Mi mamá me prohíbe meterme cuando estoy sola…

—Pero es que no estás sola.

—Pues no ¿no?

Una hora después nos encontramos en la piscina. Mi espalda recibía los rayos de sol de la tarde y mis ojos veían la diminuta revista Selecciones a través de unos lentes oscuros, propiedad de la esposa del General. La joven ninfa hizo su aparición en su único traje de baño, ese muy ceñido chingue que la ahorcaba sus partecitas. «Dios mío ¡Mamassita!» grité en mi pensamiento. La había espiado un par de veces sin imaginar que podría llegar a estar con ella en la piscina. Contuve el aliento en un intento por controlarme y hablé:

—Te queda muy lindo tu chingue.

Lo dije con caballerosidad, pero me saboreaba en mi pensamiento. Ella dijo:

—¡Me queda chiquito y mi mamá nada que me compra otro!

Se jaló el entrepierna del traje, primero por detrás y luego por delante. Casi me le voy encima a devorarla cual tiranosaurio. Pero me contuve cual señor. 

—¿Nos metemos? —preguntó sonriendo.

Arrojé la revista como si estuviera envuelta en llamas. 

—Listo. 

Los deditos de Yudy volvieron a halar la prenda debido a que estaban maltratándola allá en el tesoro más grande del universo. 

—Se te va a poner rojo. 

La nena se quejó y renegó. 

—Me va a tocar irme a poner otra cosa —se lamentó. 

Imaginé yendo con ella a su pieza y ayudándole a buscar qué ponerse, mientras ella estaba desnuda. ¿Sería ya acaso hora de la acción? Rta: No. Hay que ir lento y con inteligencia. Y con amor, sobre todo. 

—No, más fácil mi Yudy. Métete sin nada. 

—¡¿QUÉ?! ¿Empelota?

—No se dice “empelota” se dice “desnuda”. Y sí, métete desnuda. No tiene nada de malo. 

—¡No! Voy a buscar una pantaloneta —dijo y entró corriendo. 

Fui tras ella. Me parece estar viendo su trasero. Qué nalgas redondas y perfectas. Sus glúteos, orgullosos y parados. Grandes, si quieren saber. Niña culona, pero no al estilo gorda, no, qué tal; sino al estilo “nena de desarrollo precoz”. Además, la tela estirada de su chingue se le metía con fuerza por allá en sus delicias. Andando tras ella, hundí mis labios y me los lamí dentro de la boca. Pasé saliva, como había tenido que hacer tantas veces, como cuando ella andaba por ahí en faldita corta o shorts. 

Tuve que esperarla delante de la puerta cerrada de su habitación un rato. ¡Dios, cómo quería entrar! Al rato salió con una camiseta y su short rosa. 

—Listo, vamos —dijo.

Durante el lento camino de regreso a la piscina, le hablé:

—Yudy ¿yo te caigo bien?

—¡Claro que sí, Leoncio!

—¿Confías en mí?

—Claro que sí, y mi mamá también.

—¡Estupendo! Ya que confías en mí, déjame enseñarte cosas. Pero no cosas del colegio, como matemáticas o español, sino cosas para la vida. 

—¿Como qué?

—Vamos un momentico a la habitación del General. 

 

—¿Qué quieres aquí? —me pregunto tan solo al asomarnos, antes de entrar. 

—Venimos por ese espejote.

—¿Para qué?

—Para jugar. 

Yudy era traviesa, para fortuna mía. Convencerla de sacar el espejo de la pieza del General y llevarlo al lado de la piscina no fue difícil. Fue más difícil cargarlo, de hecho. 

Ya en la piscina:

—¿Y ahora qué? —me preguntó.

—Esperar que no haga viento y tumbe el espejo.

—¡Ay no, cállate!

Reí para tranquilizarla. 

—Ven —la tomé de la mano—, mírate. 

Ella se plantó como árbol delante del espejo. En aquella época, estábamos a salvo de la devastación mental que causa la televisión. Una nena de este tiempo, no habría necesitado invitación para reflejarse y no se habría puesto como soldado en formación sino que habría hecho cien poses y cien ángulos. 

—¿Crees que eres bonita? —le pregunté. 

—mmm… ahí —dijo, alzando un hombro.

La honesta humildad de una generación en la que no se alababa al ego. En el tiempo de quienes hubiesen sido mis nietos, ya era hipócritamente obligatorio sentirse absolutamente hermoso. Por eso, quienes no lo sean, sino que estén gordos, con acné o papada, se deprimen. Esa palabra “depresión”, y otras como “estrés” y “autoestima” o la nefasta combinación “Políticamente Correcto” (perdón, pausa para que el autor vaya a vomitar) no se oían en los 80s. Todavía no se habían inventado esa carreta. 

—Pues déjame decirte que eres absolutamente hermosa.

Ella rió ¿ven?

—Te voy a explicar por qué trajimos el espejo afuera —seguí yo—. Vas a mirarte a ti misma y no como siempre te miras a un espejo, encerrada, sino bajo la luz del cielo. 

Yudy frunció su entrecejo y me miró.

—Te voy a quitar un tabú, Yudy. Te voy a guiar a quitarte un prejuicio. 

—¿Qué, qué-qué? En español, por favor.

Reímos. 

—Mi Yudy, hermosa. Hay cosas que uno aprende pero son cosas erróneas y uno no las corrige y las deja para toda la vida. Esos son prejuicios. O sea hacer un juicio sin saber, o adoptar el de otro como propio. Decir si algo es bueno o malo sin saber si de verdad lo es, solo porque eso es lo que ya crees.

—No entiendo.

—¿Por qué no te desnudaste?

—Uhy no. Una no debe andar empelota —recitó.

—Eso es lo que crees saber, pero no sabes por qué. 

Entonces, aparte de fruncir el ceño, encogió los ojos como si mirara hacia el sol. 

—Tienes un prejuicio en cuanto a estar desnuda. Mi amor, con los prejuicios manejan a la gente como títeres. Si aprendes a darte cuenta de que los tienes y los eliminas, serás una mujer libre. 

—¿Libre?

—Libre. Harás lo que a ti te parezca correcto, no lo que le parezca a los demás, y no te manipularán. Dime algo ¿Qué te hacen en una previa en el colegio si te pillan viendo la hoja de un compañero?

—Uhy, la profe le da a uno un reglazo en la mano ¡durísimo!

—¿Te parece justo? Es decir, si tú fueras la profesora, te parecería que mirar la hoja de un compañero ¿es como para dar un reglazo?

—¡Uhy no! —respondió, decidida.

—¿Ves? Tú tienes tu propio parecer, pero nunca piensas en él y te adaptas al parecer de otros. 

—Uich.

—Todo en la vida es así. Te invito a que te quites un prejuicio. O sea, que te han dicho que uno no debe empelotarse. Como si el cuerpo de uno fuera algo malo. Como si debieras sentir vergüenza de él o miedo a los demás. Dime ¿tú que crees?

—No sé. Qué pena, que la vean a una empelota. 

—¿Pena de qué? La pena se siente cuando ves algo muy doloroso que le pasa a alguien o cuando tu misma haces algo imperdonable o irreparable y lo admites. Como robarle algo a alguien. Eso sí debe dar pena. Pero, tu cuerpo ¿es algo para dar pena?

—Uhy, no, claro que no. 

—Ni si quiera yo, que soy feito como pato recién nacido.

Yudy se carcajeó. 

—Pero tú, mi Yudy, eres perfecta. PER-FEC-TA. Bella como una obra de un artista feliz y enamorado.

—¡Upa!

—Si quieres, libérate de ese prejuicio ahora y mírate en el espejo aquí afuera, y desnuda. 

¿Creen que debería yo ir al infierno? Pues llevo 40 años en él. Yudy se quedó pensando durante un eterno minuto, mientras yo la observaba con el corazón que ya me saltaba fuera del pecho y con una erección en ascenso. Ella a veces se tocaba el borde inferior del short con las yemas de los dedos y yo gritaba mentalmente: «Se los va a quitar ¡Se los va a quitar!» pero no.

—No soy capaz, me da pena —dijo, agachando la mirada y reprimiendo una sonrisa. 

Caminó hacia dentro de la casa. Yo, caí de rodillas y casi me clavé la frente en el pecho. Me la había jugado, el dar ese importante paso y lograr que se desnudara y verla completica; o quedar de una vez como un abusivo degenerado. Perdí. Me tocó lo segundo y aparte, ir a matarme a pajas en mi pieza. E incluso había algo peor: Sentía el corazón partido, como cuando mi última novia me dijo que mejor no nos casábamos. Era como si Yudy y yo hubiésemos sido también novios y acabáramos de romper. La acababa de perder. La sensación en el interior del estómago es insoportable, todos vosotros la debéis conocer. 

 

Un par de horas más tarde, ya para ocultarse el sol, el canto de los pájaros y las chicharras cesaba para dejar lugar a los grillos. Toda una experiencia para quien llevaba años sin salir de la capital. Los faroles en forma de hongo que bordeaban toda la propiedad se encendieron. Las lagartijas también se alborotaron y como era costumbre, los murciélagos empezaban a provechar el cobijo de la noche para volar con sigilo. En la penumbra de los arbustos intermitían las luciérnagas. Vaya escenario para un hombre de mediana edad despechado. Claro que, el hecho que los faroles alumbraran era buena señal, ya que no eran automáticos. Yudy debió prenderlos. Eso significaba que no estaba mal de ánimo.

Ponciano ladró. Alguien se asomaba al portal. Cuando me paré de lejos para ver, Yudy llego allá trotando. Di unos pasos más para mejorar mi visión y descubrí que la visitante era la señora Ligia. Dialogó por un minuto con Yudy, le entregó algo y se fue. Yudy ingresó de nuevo a la casa portando un canasto y avanzando de a brinquitos, cual caperucita. Otra excelente señal de que el ánimo de la niña estaba intacto. Me volvió el alma al cuerpo. Cuando llegó a la sala, gritó mi nombre: «Leon…cioo!». «¡Vida mía, mi amor!» pensé en respuesta. Acudí a su tierno llamado y la sorprendí comiendo pan. 

—¡Mira lo que me mandó mi mamá…a! ¿Quieres?

Tuve que reprimir el impulso de lanzarme de cara al piso, arrastrarme hacia ella y besar sus pies. 

—Mira, hay roscones, mogicones, chicharronas y lenguas —alardeó, haciendo saltar sus cejas—. ¿Dónde estabas?

—Yudy ¿Tú estás bien? 

—Sí —dijo, alzando los hombros. 

Yo estaba pasándome la mano por la cara, preparándome para pedirle perdón por lo de la empelotada, pero ella habló:

—Mi mami está en Honda. Allá hace más calor que acá. ¿Has ido a Honda?

—Yo…

—Yo sí. Varias veces. Allá sí dan ganas de empelotarse. 

Esa noche no dormí. Ni siquiera cerré los ojos ni moví las pupilas. Estaba ya no enamorado, sino tragado. Pasé la noche boca arriba al lado de mogicones y croasanes, oyendo la gritería de los bichos calentanos y la de un duro enfrentamiento entre Horacio y una zarigüeya. 

 

Ya por la mañana, apenas un poco más tranquilo, fui a la piscina con la intención de regresar el espejo. No iba a atreverme a pedirle ayuda a la niña, pero ella se presentó por sí sola. 

—Te ayudo porque solo va y lo rompes.

—Gracias, am… iga. 

Lo que iba a decir era “Gracias, amor”. 

Ella agarró un lado y yo el otro. Me sentía tan apenado que no quería ni mirarla. A duras penas reparé en su ropa de dormir. Una camiseta de esqueleto muy escasa y una pantalonetita que, aunque larga, tenía insinuantes aberturas laterales. No tuve que esforzarme más para resistir la vergüenza que sentía, porque Horacio detectó a Yudy desde lejos y seguramente le pareció que era hora de comer. Corrió hacia nosotros y pasó delante del espejo, por lo que cuando vio su reflejo, se erizó de lomo y de cola, gruñó y lanzó un ataque. Pero le pareció demasiado intimidante el ataque de su reflejo y brincó como un resorte. Luego salió corriendo. Yudy y yo tuvimos que devolver el espejo a tierra con mucho cuidado para poder partirnos de risa. Nos tiramos al pasto a carcajearnos hasta que nos dolió la tripa. 

Recomendación: Cuando quieran alivianar una tensión, lleven un gato. 

Durante el desayuno, Yudy me comentó que el gato debía estar muy nervioso porque había pasado la noche peleando con “el jara”. Tomábamos jugo de naranja y comíamos pan integral, pero no ya en la mesa del General sino en la cocina, en la mesa plegadiza. El jueguito de «Papá y Mamá» ya había terminado, y así todo lo demás. De milagro Yudy y yo todavía éramos amigos, gracias a Horacio. 

—Esta mañana había una iguana en el patio —le dije.

—¿Si? Yo también vi una cerquita a la puerta trasera. Eso significa que hoy va a hacer calor del bueno. ¿Me llevas a la escuela?

—Pero por su puesto que sí, mi vi… cicleta está ahí lista.

Lo que iba a decir era «Pero por su puesto que sí, mi vida». 

Llevar al amor de tu vida de parrillera en una bicicleta ochentera es una experiencia romántica como ninguna otra. Yudy se sujetaba de mis hombros mientras yo daba pedal y sorteaba pepas que caían de los árboles, algunas cagadas de vaca y hasta un toro manso. 

Paseé por le pueblo y el monte durante parte de la mañana, buscando despejar mi mente, y tuve éxito. En la casa adelanté quehaceres y preparé el almuerzo, algo muy especial para Yudy: Ensalada de papas frías con atún y perejil, y jugo de Lima con mucho hielo. Hacía un calor infernal en Mariquita. Entonces fui por ella. 

Agarrada de mis hombros mientras yo pedaleaba, me comentaba muy jocosa:

—Hoy había que hacer un mapa del pueblo y un niño se equivocó porque confundió dos calles que se unían y las dibujó como si no se unieran. Y ¿sabes qué le pasó?

—¿Qué le pasó? 

—¡La profesora le rayoneó el mapa re-feo! Ese niño se puso casi a llorar, porque le había puesto mucho ahínco al mapa, le quedó muy bien dibujado y ¡hasta le hizo una rosa de los vientos re-linda!

—¡Qué rabia!

—¡Sí, qué rabia! La señora lo rayó con lápiz rojo, lo llenó de círculos y letreros. Y le puso 1. 

«Profesora Mal-parida» pensé. 

—Y ¿sabes qué hice yo? —siguió ella.

Capturó así mi atención al doble. 

—¿QUÉ HICISTE? —pregunté abriendo los ojos como platos y queriendo voltear a verla, por lo que casi caemos. 

—¡Cuidado! —gritó ella.

—¡Perdón! ¡Cuenta ¿qué hiciste?!

—Cuando la profesora me llamó para pedirme mi mapa, me pregunté ¿qué haría yo? Y me di cuenta que yo no rayonearía así el mapa. 

Frené en seco y nos bajamos de la cicla. Tenía que verle la cara mientras me contaba eso.

—Le llevé el mapa y le dije: “Aquí está el mapa, profesora, pero le pido por favor que si hay algo mal, no me lo raye, solo que me diga”. 

El manubrio se me salió de la mano y la bicicleta cayó de lado. 

—Y ¿qué dijo la vieja? Digo ¿…la profesora? —pregunté.

—Se puso bravísima, me dijo que ella era la profesora y que ella no necesitaba que una alumna le dijera qué hacer. Y yo le dije: “Profe, y qué tal si usted dice eso porque es lo que ha creído toda la vida pero no es así?”.

—¡Un prejuicio! —brinqué—. Y ¿qué te dijo?

—Me mandó a la Dirección. Mi mamá tiene una citación para la otra semana —me contó, sonriendo y ladeando el rostro cómicamente. 

¿Qué hice yo? La alcé en mis brazos y giré con ella. Mi corazón volvió a sentir ese dulce dolor de amar. 

—Tu almuerzo ya está listo —le dije, y volvimos a casa del General a pie, al lado del camino que nos proporcionaba la sombra de los guayabos y nos protegía del incendiario sol del medio día. Anduvimos jalando la bicicleta, oyendo los pájaros, oliendo la tierra y rajando de aquella profesora. 

 

No obstante lo ocurrido, yo seguía sin saber si la confianza se había recuperado del todo. No me atrevía a invitar a Yudy a ver Mi Bella Genio después de almorzar. Merodeé como ratón en cocina para ver si ella había prendido el televisor. Pero ahí estaba el aparato sin vida. Con un descuelgue de hombros me lamenté y, como era lógico, recién decidía no seguirla acosando. Mejor fantasear con Barbara Eden y su trajecito medio transparente que con Yudy. ¿De qué color era el traje de genio de Gennie? Yo lo imaginaba azul. Y como el General todavía tenía TV a blanco y negro, seguí imaginándolo azul hasta 1984, cuando descubrí que era rosa. 

Escuché un chapoteo. Luego oí otro y con el tercero, mi atención logró ser abstraída de la sensual Eden. ¡Había alguien en la piscina! Yudy, por supuesto. Una parte de mí deseo ir a verla, a ver si al fin explotaba mi próstata o no. Verla quizá sacándose el chingue de su puchita y de entre sus nalgas con los dedos. ¡Ay qué calor! O si se había puesto cualquier otra cosa, harta del chingue apretado… empapada se debía ver de ataque, con el agua suministrando transparencia. Pero no. Ya sentía vergüenza de hacer de pervertido. «Me quedo con Gennie» me dije. «¡Momento! ¿Cómo va a dejar a Yudy nadar sola? Doña Rosaura le prohíbe meterse sola a la piscina por una buena razón!» reflexioné. Apagué el TV y fui a la nevera por un vaso de jugo de Lima. Le apliqué hielo del dispensador y salí a la piscina. Vi la cabecita de Yudy avanzar en medio de las olas que formaba su natación. 

—Hola mi ni… campeona de natación —le dije.

Iba a decir «Hola mi niña hermosa». Ella se detuvo y en medio de ruidosos chapaleos me dijo:

—“¿Mini campeona?” ¡No señor! Una gran campeona. 

—¡Una gran campeona! Pero no nades sola, avísame y te acompaño desde aquí. 

Me senté, casi acosté en una de las asoleadoras. 

—¡Hecho! Si te quieres meter me avisas —me pidió. 

—Bueno. Y ¿por qué te aviso?

—Por que me da pena.

—Pena ¿por qué? —dije, y distraídamente di un sorbo más de jugo. 

—Es que estoy empelota —rió.

El jugo de lima se me fue “por el camino viejo” y una peligrosa cantidad terminó en mis pulmones. Expulsé como bazuca una bocanada. Tosí como anciano asmático y que ha fumado por treinta años. Yudy, inocentemente no conectó su noticia con el impacto que sufrí, y solo se empezó a reír. Rió tanto a causa de mi miseria que tuvo que nadar con cautela hacia la orilla para sostenerse. Yo ya estaba doblado, tratando de reponerme. En ese instante, dejó de gustarme el jugo de lima. 

—A mí una vez me pasó así y mi mamá me hizo enjuagarme las narices con agua. Ve y te lavas —me dijo. 

Me limpié el exceso de saliva y mocos de la cara con la mano. Amigos lectores ¿qué es lo más vergonzoso que les ha pasado en frente a su ser amado? A mí, fue esto. Anduve como muerto viviente, más por la pena que por la potencial asfixia. Llegué al enlosado de la casa y me recargué bajo el arco. Quería un poco más de aire. «Valiente ayuda. Valiente compañía» me dije. «Soy un idiota épico». Pero Yudy hizo cambiar mi amargura por felicidad, pues sin haber hecho un ruidito, salió de la piscina y pasó, así viringa, a mi lado. Con un brazo se cubría el pecho y con otro el dorso hasta la entrepierna. Antes de seguir derecho se descubrió el dorso para agarrar una toalla que estaba colgada. Como se le vio todo, dijo:

—¡Ay, qué pena! ¡Adió-os!

E ingresó a la casa a un ligero pasitrote. Yo, recién casi me asfixiaba y ahora estaba por infartarme. Felicidad, estupefacción por la inconmensurable belleza, excitación sexual y una cantidad de amor que no me cabía en el alma. La suma de todo eso es ansiedad y esta se convierte al poco en estado existencial. Con una carga emocional menor, habría podido matarme a pajas tranquilo. Pero no pude, lo cual es signo de absoluto y total enamoramiento. La conexión era tal que ya no la veía con simple y vano deseo. Nunca en la vida, antes ni después, algo tan majestuosamente bello pasó delante y cerca de mis ojos. Se movió escurriendo agua por toda su piel, con gotitas que se le quedaban ingrávidas y otras que caían, y el pelo aplastado por el peso del agua. Cuando se quitó la mano del dorso y dejó la del pecho… al fin vi dónde terminaban esas piernas. Había sido un misterio y una obsesión para mí, la longitud onírica de sus extremidades. Pero al fin, el secreto salió a la luz, literalmente. Pude ver donde se conectaban esos maravillosos muslos al resto del cuerpo. Se encajaban verticalmente a un triangulo divino que formaba su pelvis y ascendía hacia su pecho. Su dorso apenas dejaba de ser rectilíneo. Es la máxima belleza concebible. Ah, y aquella flor en el centro de su pubis, era mucho más que una hendidura. No esperaba que su raja fuera tan larga. Formaba una línea visible con la división de su rostro y su mentón partido. Dios es el más grande artista. 

 

Esa noche llegó otro recado de la señora Rosaura desde Honda, a través de Sixto, el camionero y luego de su mujer, la gorda Ligia. Consistió en dos botellas de kumis. Yudy las cargó haciendo un esfuerzo gracioso, debido al peso que añadían los envases de vidrio y los paquetes de cucas en la canasta de madera. Corrí a auxiliarla. Y con las distantes atenciones de la adorable señora Rosaura, el no declarado idilio entre Yudy y yo siguió su derrotero, toda vez que, roto tanto hielo, la niña y yo la pasábamos riendo y deleitándonos el paladar. 

A mi tormentosa fila de pensamientos se formaba algo nuevo: Orgullo. Le había enseñado a Yudy lo que era un prejuicio, a identificarlo y eliminarlo. Y en cuanto a la desnudez, ella logró superarlo, y mucho mejor de lo que yo esperaba. Conquistó el área de estar desnuda sin necesidad de mi estorbosa presencia. Era un asunto de ella sola. Que yo quisiera mirarla, era asunto mío, y durante un segundo muy corto pero valioso, lo había hecho. Con lentitud geológica, regresaban a mi mente los sensuales desvíos de querer poseerla. 

 

Fue hasta la tarde siguiente, después de otra ida a y vuelta de el Colegio de Mariquita, que ocurrió otro evento hermoso con Yudy. Me dijo que estaba aburrida de pasársela en la casa y que quería salir. 

—Y ¿a dónde vamos? —le pregunté.

—Pues al pueblo ¿a dónde más?

—Paseemos por el pueblo, entonces.

En casi todas partes tenían radio-estaciones donde sonaba música de Miramar. Como era viernes, había más gente de lo habitual. Jugamos baloncesto con desconocidos, escuchamos un culebrero y compramos helados2 de coco. En el parque, Yudy se subió a los elefantes y a las jirafas de hormigón. Cuando quiso subir al cuello de la jirafa más alta, me mantuve debajo de ella por miedo a que se cayera. Pero mi temor era auto-infundado. Lo mejor fue cuando descendió otra vez, ya que no bajó a través del cuello de la jirafa sino que se lanzó a mis brazos. Simulé desequilibrio para caer al suelo con ella. El corazón me palpitaba como a cualquier sardino que tenía su primer momento retozón. Yudy y yo éramos una pareja inusual, una bizarra mixtura entre novios y padre e hija. Imaginaros enfrentar un rinoceronte y dominarlo sin usar más que vuestra mirada y vuestro índice erguido. Imaginen todo ese poder. Pues fue esa magnitud de poder la que invertí, ahí en el pasto sentado con ella encima de mí, para no besarla. Solo para no besarla. 

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2Una versión casera de paleta fría.

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Ponciano nos recibió en el portal de la casa del General Garrido, haciendo fiestas y ladrando emocionado. La tarde estaba por terminar. 

—¡A prender los faroles! —exclamó Yudy y corrió en busca del interruptor.

Yo la seguí a paso lento, jalando la bicicleta. Yudy se perdió de vista y en poco más de un par de segundos, oí sus gritos cargados de horror, tanto que este me fue transmitido como por vía de un cable. Corrí hacia la caseta de servicio, donde estaban los interruptores, rogando porque no estuviera algún malandro allí con ella. Por el camino alcé una piedra con la intención de usarla como arma. Al fin llegué, blandiendo mi brazo con el arcaico instrumento de defensa. Pero la caseta no contenía a nadie más que a Yudy, que seguía gritando horrorizada, cubriéndose la cara con los antebrazos temblorosos como gelatina y subiendo una rodilla. Parecía ser atacada por un demonio invisible. Al verme, corrió hacia mí y me abrazó. De inmediato, su propio chillido delató al intruso tormentoso. Miré hacia arriba y descubrí un enorme murciélago cambiándose de una cercha a otra. «Hijo de puta» pensé. También me asustó, porque de veras era grande y feo.

—Salgamos de aquí y ya. Él se va solito ahorita —le dije y la halé gentilmente hacia afuera. 

Yudy estaba llorando. Al rato, con el fresco de un jugo de naranja en la mesa plegable de la cocina y habiéndose tranquilizado, me contó que de muy pequeña se le metió un murciélago a la pieza y que gritó por horas —o eso debió parecerle— y nadie la oyó. Así que mi niña tenía una fobia. 

—Perdón —pidió.

—Pero, perdón ¿de qué? No te preocupes —tomé su mano—. Cuando yo era chiquito todos los perros me perseguían y aparte todos mis conocidos se burlaban de mí. Una vez uno me agarró y me desgarró el pantalón y tuve que correr varias cuadras, hasta llegar a la casa, con el trasero de fuera. 

Sus sollozos se convirtieron instantáneamente en una risilla. Besé su mano. 

—Ya me quiero ir a mi pieza —pidió, secándose las lágrimas—. ¿Me acompañas un rato?

—Por su puesto que sí, mi vi… da. Mi vida. 

 

En su habitación, ella señaló la claraboya donde aquél murciélago de su infancia se quedó colgado y revoloteando un rato. Se metió en la cama y me repitió la historia agregando lujo de detalles. Antes de terminar, le cogió el sueño y se volteó para dormir.

—Todavía tienes la ropa puesta —le susurré. 

Su respuesta fue solo subir un hombro de forma desobligante. Lo debatí por un segundo con mi fuero interno, y no me costó nada darme permiso de acotejarme junto a ella. La contemplé con el corazón hecho miel durante horas, hasta que al fin también me dormí. 

 

—¡No, qué aburrimiento, sábado sin mi mamá! —se quejó Yudy. 

—¿Qué hacen normalmente un sábado? —repliqué.

—Ir al pueblo, y el aseo es de los Domingos. Pero ya nos adelantamos, osea que ¡hagamos oficio!

Ese sería el último día que doña Ligia nos visitara con mecato de parte de doña Rosaura. Para ese día fue fritanga: Rellena, longaniza, hígado y papa criolla. Pero también venían aguacates y limones. La merienda cayó como anillo al dedo, justo cuando Yudy y yo terminábamos de brillar el piso de la antesala, ese lugar donde vi por primera vez a doña Rosaura y a Yudy. En el torna-mesa giraba un disco de Geroge Jones. Yo apenas lo conocía, gracias a la enorme colección de música del General Garrido. De ahí en adelante, fui un ápice más culto que antes, y me gustaban Paul Mauriat, Richard Clayderman y la música Country. 

He de decir que la forma en que ves a una nena cambia mucho, después de que la ves desnuda. Y no en la dirección que creo que se imaginan. Lo sé, soy un depravado, pero en esto seré honroso. Yudy hizo su parte de oficios de aseo en la casa, apenas vestida con una calzoneta azul oscuro muy ceñida y pequeñita, y un top de igual color. Habría sido algo tan provocativo como ese short rosa o su chingue que le atajaba la circulación, si la hubiese visto antes. Pero ya la había visto sin nada más encima que una película de agua. Ya no había nada que alborotara mi imaginación y mi morbo. De ese modo, Yudy ya era mucho más cercana a mí, como una esposa o una hija ¿Ven? Soy un depravado. Entiéndase, entonces, que la rutina de aseo fue muy tranquila, en términos de mi lívido. En cambio, trabajar con ella fortalecía el lazo que nos unía. A la hora de comer, nos sentamos en las escaleras de entrar a la casa y extendimos las viandas para merendar al sol, e incluso Horacio y Ponciano nos brindaron compañía y también comieron.

—No quiero hacer tareas —declaró ella, cuando estábamos ya casi quedándonos dormidos ahí afuera. 

—No hagas, no eres una máquina.

—No voy a hacer tareas. Pero sí hay algo del colegio que quiero hacer. 

Se refería a ensayar un baile. 

Y ahí estábamos a poco de que la tarde llegara a su fin, en la antesala del General, a una hora en la que ya no se veía tanto para afuera y los vidrios de las claraboyas pasaban a reflejar lo que había dentro. 

—¡Este es! —celebró Yudy cuando encontró un LP de Danzas Colombianas. Ubicó la aguja al inicio de, lo que tiempo después supe que era “El baile del garabato” y corrió al centro de la antesala.

—Me dices si te gusta —solicitó, poniéndose en posición. 

La petición de Yudy era carente de sentido, porque por un lado, yo no sabía un carajo de Baile y por el otro, ni siquiera había empezado y ya me estaba gustando. Me senté en el piso a mirar. Su atuendo era una sensual falda folclórica, negra con ruedo tricolor nacional y ombliguera con mangas de flecos de igual mención patria. Tenía el pelo amarrado en una trenza. La música comenzó y con esta Yudy empezó a bailar dándome miedo de que se fuera a desbaratar. La mayor parte del baile era a piernas bien separadas. Una avalancha de sensualidad prohibida. Cuando estaba por pensar que la falda, afortunadamente no era tan corta y que así yo podía estar más tranquilo, ella me gritó con arrebato:

—¡Tírate al piso, al piso! —señaló las baldosas cerca de ella. 

—¿Qué? —pregunté, quedándome quieto como un idiota. 

Yudy desesperó momentáneamente y se dirigió al torna-mesa, donde levantó la aguja y regresó la pista unos segundos. Hecha la operación corrió hacia mí y me haló, segura ya de que mi inteligencia no daba para seguir instrucciones habladas. Volvió a señalar el piso y agregó:

—¡Boca arriba!

Aún sin entender, obedecí. Aquella parte de la música volvió a sonar y Yudy hizo algo que me partió en dos. Separó sus pies a los lados de mi cuerpo y pasó sobre mí desde mis rodillas hasta sobrepasar mi cabeza. Luego se regresó. 

—¡Cabeza abajo! —me ordenó— ¡Otra vez!

Repitió el paso pero más agachada. Al volver a mis pies, ya no volvió y siguió dando pasos por sí sola.

—Ya puedes pararte —me informó, casi sin aire. 

Me puse de pie sin dejar de mirarla. No creo haber parpadeado. Di pasos lentos hacia ella y Yudy respondió a mi proximidad bailando en torno a mí. 

—¡Baila-baila! —me dijo.

Pero yo no me moví, al menos no para bailar. Solo la devoraba con mi ojos, y la detallaba como nunca antes. Su cabello tan natural, la esquina suave de su mandíbula, su mentón partido, su nariz lobulada, sus cejas adorables, piel de bebé y labios vírgenes. Por último, recuerdo haber reparado en los adorables pelillos que se le veían ensortijados donde se separaban su pelo cogido y la piel de su cara. Eran tan pequeños que no podían ser peinados ni amarrados. Hacían cachumbitos hermosos. 

—¿No sabes bailar? —me preguntó, sin dejar de moverse. 

No resistí más. No pude. Me ganó el rinoceronte, me dio una corneada brutal y después que caí al piso ensangrentado, pasó sobre mí aplastándome el cráneo. Agarré la cabeza de Yudy a dos manos y la besé en la boca, por un par de segundos, cuando mucho tres. De inmediato volví a soltarla y ella solo me veía y… seguía bailando. Entonces la tomé por la cintura y la envolví con mi brazo y volvía besarla. Después me metí en la boca varios de sus mechoncitos. Ella rió con poco aire. Seguía intentando bailar dentro de la presión de mi brazo. La pista del LP terminó y el brazo del torna-mesa regresó a su posición básica. El silencio sería de ahí en más el guardián de nuestra pasión. Me doblé para besar su cuello. Qué suavidad tan demencial. Solo pude degustarlo por un segundo porque ella se encogió dando un respingo. Pegó el oído al hombro y tembló. El saborcito vivo y ligeramente salado de su piel, propiciado por el clima caliente, fue algo que quedó en mi mente por décadas. Doblé mis piernas e hice que ella descendiera conmigo. Estábamos de rodillas. Metí mis dedos entre su ombliguera y la halé, quitándosela de un solo movimiento. Me tomé un momento de pausa para mirarla, y comprobé con agrado que estaba relajada. Me veía, solo me veía, ahí con la blusa envolviéndole todavía solo una mano. En el nombre de Dios ¡Qué forma maravillosa le de su tronco! La forma de cruz que hacían su cuello, clavículas y la separación natural de su pecho. Sus pezones estaban montados en elevaciones más pequeñas que sí mismos. Quizá llevaban solo días de haber salido. La lujuria no podía existir por sí misma, ya que un sentido de veneración me agobiaba. Me sentía como delante de un ángel u otro ente sobre-natural. Volví a besarla en la boca. Un solo beso, un segundo. Regresé a su cuello y aspiré su aroma celestial. Ella se esforzó para permanecer extendida. Seguí inhalando y mordiendo con delicadeza hacia abajo. Le chupé un pezón. Yudy emitió un gemido que al principio pareció risa. Quizá lo fue. No puedo informaros en qué momento de nuestro encuentro sus exclamaciones pasaron de ser risa a ser entonaciones de gozo carnal. No lo noté. Pasé al otro lado. Su piel ya estaba arrozuda. Debí durar varios minutos descendiendo con mi boca por la estupenda línea que dividía su dorso verticalmente en dos. Llegué al cinto de su falda folclórica. ¡Cómo se había visto todo eso desde abajo! Y no solo la visión, sino el viento que me proveía su falda en la cara, el aroma de su intimidad y además, la intención. El caso fue que logró encenderme como a barril de pólvora. 

 

No le quité la falda, solo se la volteé sobre el vientre. Ella daba silbiditos involuntarios de nerviosismo, pero estaba dispuesta. Recuerdo que su ombligo temblaba y que supe cuál debía ser la sensación. Como si tuviera un cable pelado allí haciéndole pasar un inofensivo pero perceptible voltaje. Consecuentemente, debería estar muy mojada. Tenía diminutos panties blancos. Por aquella época, el recelo de que las bailarinas y en especial las menores, mostraran “los cucos” al presentarse, no existía. Eso surgió a mediados de los noventas (lean “Artículo: El upskirt y la ley trasero”). Ante mi afortunada cara tenía la pelvis de Yudy, con la falda arriba y vistiendo ropa interior de franjas blancas, unas brillantes y otras opacas, y un moñito en el centro del cinto. Le acaricié los muslos con las yemas de los dedos y la miré a la cara otra vez. Ella solo estaba ahí, sentada en el piso con sus piernas sobre las mías y usando sus brazos como espaldar, con su pecho desnudo y mirándome. Sólo mirándome. Me tomé unos segundos para acariciarla sobre el panty y después no aguanté más. Metí mis dedos por debajo de ese moño y jalé hacia abajo. Le quité los cucos. 

Desde mi llegada a Mariquita había probado agua-panela fría, exquisito pan caliente, cucas y kumis locales, la mejor carne de cerdo e incluso jugo de lima asesino. Pero todos se volvieron mero entremés cuando agarré a mi Yudy y le chupé toda la vagina. De hecho, en el tiempo corto que quedaba de estar en el paraíso, ese sería mi mayor éxtasis. Mamarale su pucha a Yudy. 

 

Fueron tres días más de faena. Aunque hablábamos tanto y tan bien como siempre, no tocábamos el tema de nuestros encuentros románticos y sexuales. Eso solo ocurría. Le pedí a Yudy que no asistiera al colegio y ella aceptó levantando las cejas, mostrando los párpados y alzando los hombros3. Tan pronto hizo ese gesto adorable, me arrodillé delante de ella y la bajé el short y los cucos, y la chupé toda. Cuando la veía cargar los trastes a la cocina para lavar, le ayudaba, lavábamos, halábamos y reíamos y después: La sentaba en la mesa plegable, la tiraba de espaldas con las rodillas levantadas y le chupaba la vagina. Entrando a la piscina, la chupaba. En el agua, la chupaba. En la ducha, la chupaba. Cuando ella entraba a hacer chichí, la chupaba. A partir de cierto punto, solo bastaba con que yo la mirara allí abajo y ella se bajaba los cucos al instante. Me gusta imaginar que ella pensaba, mientras se bajaba todo, moviendo la cadera hacia lado y lado: “Hora de alimentar a mi niño”. Al siguiente instante estaba ella ahí parada, con las piernas separadas y sacando la pelvis para adelante, halándose el pubis hacia arriba y viendo hacia abajo cómo yo extraía sus jugos. 

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3Como ya expliqué, en esa época el miedo no era la base de la vida, como ahora. Así que si un estudiante faltaba, no corrían los profesores a informar a sus superiores para que buscaran al menor.

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Por su puesto, cada sesión de cunilingüis terminaba y dejaba paso a relaciones sexuales con penetración, incluyendo la primera vez, con su faldita de Garabato. Y, si te dan entrada al paraíso, pues debes mostrar modales: Nunca eyaculé dentro de ella. Aquella primera vez, la impresión de Yudy de haber perdido la virginidad no le permitió darse cuenta, pero a partir del siguiente día, ella mostró un interés inesperado y excitante en mis orgasmos. Siempre, yo me salía de ella y me quedaba de rodillas tirando la esperma en el piso. ¿Recuerdan cuando ella y yo jugamos a “Papá y mamá” y cómo la veía yo a ella? Pues así veía ella mis acabadas. Ponía rodillas y codos en el piso y con la cabeza apoyada en sus manos, veía de cerca mis copiosas venidas. Le encantaba, le daba inmensa curiosidad y gozo el verme así. Pensando en ello y antes que pasara más tiempo, me decidí a dar un paso más. Le chupé la vagina por media hora, luego hicimos el amor riquísimo por otra media hora y al final, me arrodillé para venirme en el piso. Ella adoptó su posición para mirar, pero intencionalmente le apunté a la cara y la eyaculé. Su reacción inicial fue de sorpresa, simple y sana sorpresa. Se irguió con las manos suspendidas y una expresión de total asombro, torciendo los ojos para ver el chorro de semen que le había caído en la cara y que cruzaba en diagonal desde el centro de su frente hasta la comisura de la boca. Quería echarle más pero no pude, cayó todo al piso. Yudy se puso de pie riéndose, tratando de que mi proteína no la embarrara más todavía. Caminó al baño. La seguí y mientras ella se limpiaba con papel higiénico, la abracé por detrás y ella dijo:

—¡Eso es caliente!

No creo que sea necesario explicar que ella usó el término “caliente” no en su connotación sexual, sino llanamente literal. 

Esa bromita sirvió de base para que nuestros amores no consistieran más en solo yo chupándole la vagina a cada rato, sino que ella también me chupara a mí. Ahora ya no era ella la que me amamantaba sino que recíprocamente nos aportábamos fluidos de amor. Por toda la casa nos la pasábamos haciendo el 69. 

 

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Imaginen que están volando con sus propias alas entre las nubes blancas y que desde allí se ve La Tierra fabulosa, fértil y bondadosa. Pero tus alas se deshacen y se desprenden de ti, con un dolor que te desgarra como si te atravesaran con una espada dentada. Caes y en pocos minutos, los árboles que antes podías tapar con un dedo, están tan cerca que puedes ver sus hojas y distinguir una de otra. Tocas tierra y la atraviesas. Entonces estás cayendo al infierno. Ves los ríos de fuego líquido con cauces de piedra roja que corren abajo y el calor aumenta conforme te caes a velocidad estrepitosa. Tocas suelo otra vez, pero esta vez no atraviesas sino que todos tus huesos se rompen y quedas ahí, incendiándote y tratando de reptar a ninguna parte, para toda la eternidad. Fue más o menos lo que me pasó:

Para el martes por la tarde, Yudy y yo éramos Adán y Eva recién habiendo comido de la fruta prohibida. Nos la pasábamos empelotos y haciendo cochinadas a lo largo y ancho de la casa, con y sin ropa, mojados o secos. Y para rematar, comíamos pura fruta. Bueno, el recado del General nos servía de despensa todavía. ¿Por qué no había vuelto la señora Ligia a traer cosas que Doña Rosaura le pedía que nos llevara?

Yudy dormía encima de mí en el sillón de ver TV. Me sentía en el tope de la existencia. Después de eso no se quiere nada más. Ni siquiera todo el dinero del mundo. La respiración de Yudy hacía vibrar los vellos de mi pecho y la mía le pegaba en la coronilla. 

—¿Qué hora es? —me preguntó ella, todavía medio dormida y con los ojos achicharrados.

Besé su boca y respondí:

—¡Hola! Van a ser las cuatro de la tarde. 

—¿No vino nadie? ¿Ni la señora Ligia?

—No, mi amor, ni la Señora Ligia. 

—¡Agh! ¿Y mi mamá, qué?

«Tendrá que aparecer tarde o temprano» pensé, pero no dije nada. Después de un rato de silencio, pensé y solté algo que hacía unos días quería decirle:

—Yudy, mi niña:

—Dime.

—Lo que hacemos tú y yo no lo puede saber nadie. NADIE.

Ella presintió la perentoriedad de mi mensaje y se arrodilló en el sillón a mi lado, para escucharme. Tenía en la cara un signo de preocupación ascendente por su madre.

—Hay tabúes contra los que es mejor no luchar. A ver… Que un hombre de mi edad y una nena de la tuya sean novios y hagan el amor es un tabú monumental. ¿Conoces acaso alguna pareja de novios como nosotros?

—No, ninguna.

—Exacto. Hay un “estándar”, que más bien es un tabú, y la gente lo sigue como algo sagrado. 

—¿Por qué la gente es tan boba? —Me preguntó, con un agregado de desepero.

Pensé por un segundo y respondí:

—La gente es como Horacio.

—¿Qué? —se asombró.

—¿Te acuerdas que se asustó con su propio reflejo y lo atacó?

Yudy dejó escapar el síntoma inicial de una risa y dijo:

—Sí. 

—Pues mira que —entonces me enderecé yo—, la gente es como un espejo para la demás gente, y no saben. Ven a otros, ven su propio reflejo, ven lo que son y lo que no son y si no les gusta lo que ven, atacan. Le tiran al espejo puños, patadas y le escupen, incluso le tiran mierda. 

—Sin saber que es a ellos mismos… —agregó Yudy— como el gato.

—Exacto —acaricié su rostro—. Si la gente ve a alguien haciendo algo que ellos no harían, atacan al espejo. Por eso es mejor no hacer de Espejo, vida mía. Dejemos esto para tú y yo, o nos van a llover patadas, puños y mierda. 

Yudy torció la boca y asintió. Entonces volvió a acomodarse sobre mi pecho. 

 

Y entonces, fue cuando mis alas de desgarraron y empecé a caer. Los ladridos de Ponciano corrieron desde el fondo de la casa hasta la entrada. Su oídos superiores le dieron ventaja para percatarse de una visita. 

—¡Ponte ropa, PONTE ROPA! —Alarmé a Yudy. 

Ella se puso de pie y yo corrí a echar un vistazo. Creía, ingenuamente, que el largo camino desde el portal hasta la entrada de la casa me daría algo de tiempo. Pero lo que vi fue a Ponciano saltando de alegría saludando a doña Ligia, que había entrado y abría el portal por completo. A continuación, sentí que se me iba a salir el tren: Un carro ingresó a la propiedad, a un lado del camino de piedra, sobre el prado y aproximándose a gran velocidad a la casa. El miedo me paralizó. En un par de segundos, el fabuloso Toyota Land Cruser último modelo llegó a la puerta de la casa. Era azul cielo con toldo blanco y una visera sobre el parabrisas. El carro nuevo del General Garrido. Él mismo, por supuesto, venía manejando. Volví la mirada dentro, donde descubrí a Yudy, desnuda, claro; con los brazos al revés, preguntándome silenciosamente «Y ahora ¿qué?». La puerta del lado del piloto del todo-terreno se abrió y reflejó todo cuanto había en el frente de la casa. Apareció el General. Del otro lado emergió su esposa. La señora Ligia se veía todavía pequeñita, acercándose a pie con Ponciano haciéndole fiestas al lado. 

—¡Niña Yudy! —gritó la señora.

Alguien más venía en el campero: Salió de la puerta de atrás, que llevaba una llanta de repuesto colgada, tan nuevecita que el caucho se veía recién cortado. Era Don Sixto. 

No había razón para explicar mi presencia allí, con ropa o no, y mucho menos sin Rosaura. ¿Donde estaba ella? Y Yudy seguía ahí plantada y empelota. Y yo también. El general le hizo señas a doña Ligia para que se apresurase y luego caminó hacia los escalones de entrar a la casa. 

—¡Ve a ponerte ropa! —grité en silencio, si es que eso tiene algún sentido. 

Corrí tras ella, solo para detenerla, arrodillarme ante ella, abrazarla y decirle:

—Te amo, Yudy ¡TE AMO!

La besé en la boca y el rostro y le di un último beso en la vagina. 

—Hasta nunca, Diosa mía —y salí corriendo hacia la puerta trasera, iniciando una huida que ya lleva 40 años. 

Mi despedida, supongo, la dejó anonadada y rota, y el general y los demás entraron y la vieron ahí, empezando a llorar y empelota. Yo ya iba llegando a la cerca de la parte trasera, que daba a un río. Escuché gritos. Corrí como nunca, así con el pene y las bolas ondeándose como lazo de vaquero. Qué dolor. Corrí como alma que lleva el diablo, a máxima potencia y velocidad, sin mirar atrás y sin importar qué había por delante. De un solo salto superé la cerca. Bueno, quizá puse un pie en el ángulo superior del poste. Caí del otro lado y seguí corriendo como ratón que escapa de un gato. Como gacela que huye de un guepardo. Quizá más rápido. Oí tres disparos seguidos y después otro y después otro más. Sin duda, me dispararon con nerviosismo tres tiros y después, quizá otra persona, se tomó el tiempo para apuntarme con calma. Ninguna de las cinco balas me impactó. 

 

①①

 

El sonido de los disparos fue suficiente para que yo reuniera el valor de lanzarme al río. La corriente me salvaría la vida (?). Fui rescatado en un caserío a varios Kilómetros de Mariquita. Inventé que había sido asaltado y despojado de todo, e inventé un nombre: Nelson. Sí, adivinaron, por el Mayor de Mi Bella Genio. Me proporcionaron ayuda médica y económica. 

Quienes me había apuntado y disparado no eran hacendados cualesquiera. El general Garrido averiguaría de mí a través de mi tío Jaime y me cazaría hasta el fin del mundo. Entonces, no tuve más remedio que seguir siendo Nelson y no volver jamás a mi casa ni a ver a mis allegados. Solo una vez me acerqué a mi barrio, vencido por la necesidad, y me enteré de dos cosas: Una, que me estaban buscando para matarme. Y la otra: 

Doña Rosaura encontró a su marido en Honda, efectivamente. Mi tío se hizo negar y se escondió de ella por dos días, pero para el tercero, se dejó pescar con una moza. No sé hasta qué punto será chisme y hasta cuál realidad, sobre todo porque me enteré cuando había pasado casi un año. Pero me contaron que mi tío, Doña Rosaura y la moza riñeron fuerte y que la mamá de Yudy terminó muerta de un disparo y mi tío, en la cárcel. 

 

Quiero concluir esta historia contándoles que no sentí nunca culpa alguna por mi experiencia de amor y lujuria con Yudy. A ella no le hice daño alguno, aunque bien puede que hayan intentado convencerla de que sí lo hice. Pueden haberle dicho que aunque no haya parecido, había sido victima de un crimen atroz. Aunque Yudy y yo hicimos el amor durante tres días y medio y sin parar, casi; puede que le hayan intentado trastornar su propia experiencia de acuerdo a la visión de ellos: Que no estuvo de idilio sino secuestrada, violada y a lo mejor, encadenada y golpeada. Y así ¡Eureka! Habrán defendido el mundo que ellos conocen, en el que se sienten seguros, de otra amenaza más. Así que, si yo no le dejé trauma, sus protectores sí lo harían. Puede que eso haya sucedido, pero lo creo poco probable porque Yudy ya había aprendido lo que era un prejuicio. 

Ahora: Si bien no sentí culpa por mi amorío con una nena de 12 años, sí sentí una vergüenza insoportable ante la memoria de Rosaura. Intenté quitarme la vida en 1984 y luego otra vez en 1987. Pero Dios, o lo que sea, debió decidir que mi castigo era permanecer aquí por 40 años más. 

También, me parece obvio que de Yudy se hizo cargo El General y su esposa. Si no, muchos cabrones. Todos en esta historia, excepto Yudy y por poco, yo; ya han muerto. Ya no queda nada. 

Hace como siete años, con la —no sana— magia de las redes sociales, volví a ver a Yudy. Una señora de más de cuarenta años con tres hijos adultos. El tiempo diluye todo al punto como si no hubiese sucedido nunca. De los hechos, por macabros o sabrosos que sean, el tiempo hace trizas, de las trizas polvo y del polvo, nada. Nada. Todo lo que queda es información. Letras. Estas letras. Por ejemplo, el sabor saladito de la piel de la joven Yudy, fue algo que recordé por décadas, sí, pero no para siempre. Después ya no lo recordaba, sino que “recordaba que lo recordaba”. ¿Ven? Todo lo que queda es información estéril. Pero todavía considero valioso lo que viví, y el inmenso amor que viví con mi Yudy. Un romance inusual, corto e intenso, muy intenso, y sobre todo, hermoso; que me niego a dejar morir como si no hubiese sido nada. Por eso exactamente escribí este relato, ya que estoy a pocos pasos de terminar mi paso por este mundo y, si algo tengo para agradecer, es mi historia de amor y lujuria con Yudy.

 

FIN

 

Advertencia: Si usted le da like a este relato o hace un comentario donde insinúe que le ha gustado, en pocos segundos un equipo de fuerzas especiales romperá su puerta con un ariete, le gritarán a voz en trueno que se tire al piso con las manos en la nuca, uno de ellos se arrodillará en su espalda y lo esposará. Le pegarán varias veces con las culatas de sus armas mientras lo arrastran como a un jabalí empalado a la patrulla. Su cara se volverá famosa en redes con el rótulo de “enfermo y peligroso” y su vida habrá acabado. Por el amor de Dios, no de like ni comente, ni siquiera abra una cuenta en este sitio. 

Gracias. 

 

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