Incesto Tabú

Mi Papi

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Incesto | Padre-hija | 14 años | Amor | Tabú

©2018 Stregoika
Mi padre siempre ha sido un buen padre. Amoroso, presente y nunca me ha faltado nada. A los 14, me demostró deseo por primera vez. Sí, se aguantó bastante, creo que se hizo la paja pensando en mí durante años. Pero ese día, que al fin se animó, resultó estremecedor para mí. Estaba sentada frente a mi computador y lo llamé para mostrarle una foto sin importancia. Yo estaba haciendo un poco de tiempo mientras me iba a encontrar con un muchacho que me gustaba, pues llegar a tiempo sería demostrar el hambre. Entonces me metí a Facebook.
   —¡Papá, papi, mira esta foto tan chistosa de mi tía Soledad!
   Él llegó y se inclinó para ver la foto de cerca. Era una de esas pantallas que solo se ve bien lo que sale si uno está bien de frente, así que puso su cara junto a la mía. A mí, nada de lo que él hacía podría incomodarme. Había sido bastante tierno y caballeroso toda la vida. Vio la foto de mi tía montando caballo y rio unos segundos, pero otra cosa llamó más poderosamente su atención. Yo me había arreglado muy bien, pues quería sorprender a ese chico. Me había puesto una blusa re—escotada y me había perfumado bien. Para rematar, la mamá de una amiga, que era profesional en eso, me había maquillado. Creo que mi papá me encontró muy provocativa. Solo exhaló una enorme cantidad de su aliento, que siempre me había parecido tan varonil… y bajó la mirada hacia mis senos.

Tengo que hacer una pausa para explicar algo, que parte de lo que le debo a mi papá es la seguridad y autoestima que tengo, que, aunque no lo crean, no es fácil ni para una muchacha, todo mundo cree que por ser mujer y ser jovencita, se tiene el cielo a dos manos, pero no es así. Mi papá me explicó que las mujeres siempre estaban compitiendo entre ellas y que a las más bonitas siempre era a las que más odiaban y que yo tenía que ser fuerte, porque era muy hermosa e iba a tener muchas enemigas. Que, de hecho, buscara siempre mejor tener amigos hombres. Pero que si él me decía que era una niña asombrosamente hermosa, le creyera. Entonces, yo sabía que era hermosa, muchos me lo decían, todos querían conmigo, hasta mis profesores y mi papá.
Yo sabía de sobra cómo los hombres se pueden volver bobos por unas puchecas, unas nalgas bonitas, una falda cortita, unos pantalones que se le marquen a una adelante (aunque yo no hago eso, qué boleta) … y ver como mi propio padre caía presa del embrujo era una sensación muy rara. Cuando lo tenía ahí, con su cabeza al lado de mía, mirándome entre la blusa, se me juntaron mil cosas en la cabeza. Pero en la cabeza o sea, en la cabeza tenía confusión, pero mi cuerpo y mi corazón parecían no tener dudas y eso solo aumentaba la confusión en mi cabeza. Sentir su calor era rico y la sensación de proporcionarle ese ‘gusto’, de ser yo quien lo ponía así, era una cosa que no se comparaba con nada.

Yo no era virgen, hacía más o menos un año me había acostado con un compañero del colegio, uno de grado once que me gustaba mucho, muchísimo. Pero aun así no había comparación. Es bastante difícil de explicar. Ni por más cara bonita o mejor que se vista un muchacho o más marcados que tenga los abdominales, no se le comparaba a un hombre. Exactamente eso: a un HOMBRE. Ni siquiera mis amigas pueden entender lo que quiero decir. Obvio, a ellas no les hablé nunca de mi papá, pero a mí ya me tenían fichada dizque me gustaban los ‘viejos’. Con el tiempo me aburrí de intentar que entendieran y empecé a aparentar ser como ellas. Pero por dentro, siempre supe la diferencia entre un mocoso y un hombre y sí, el hombre más hombre que conocí en mi vida fue mi papá. Ya llevábamos como dos o tres segundos de estar ahí, congelados ambos, yo, quietecita para que él mirara y él, mirando. Parecía querer tener rayos X y ver a través. De verdad me hacía sentir bonita. Me dio un beso en la mejilla y entonces otro y entonces otro más. El primero, fue fuerte y sonoro. Un beso de padre. Desde el siguiente, pasando por el siguiente y luego por el siguiente, los besos en mi mejilla se volvieron más silenciosos, suaves y lentos. Sentí como si me hubieran puesto un cable pelado y pasando corriente justo en el centro de la espalda, donde empieza la cintura. Ni siquiera cuando ese chico con quien perdí la virginidad, me penetró por primera vez, sentí eso.
   La confusión en mi cabeza no servía para nada, porque el cuerpo y el corazón simplemente la ignoraban. Yo nunca había sentido algo tan rico. Sentía que las hormiguitas me habían llegado a los antebrazos y al espacio entre el dedo gordo del pie y los otros dedos. Sentía un tornillo girando allí. Si eso era con uno besitos… ¿cómo sería…? La mandíbula empezó a temblarme. Al fin me moví, porque el voltaje en la espalda era insoportable. Delicioso, pero insoportable, había algo que presentía y quería evitar a toda costa. Pero mi papá también se movió. El siguiente beso que me dio, fue con boca abierta. Pasó su mano detrás de mí y me agarró fuerte por la cintura. La sensación de que con su brazo alrededor nada malo podría pasarme nunca, era magnifica. Así que, mi papi, dejó ocultos sus dientes detrás de sus labios y me propinó una mordida en la parte de atrás de la mejilla, cerca al oído, que me electrizó. Aquello que quería evitar, aquello que temía, sucedió. Algo en mi bajo vientre se puso muy contento y sentí algo así como un escalofrío, un palpitar, me mojé y sentí unas enormes ganas de ser penetrada. ¿Quién puede encender eso sino un verdadero hombre? Al mismo tiempo se me escapó un gemido. Otra cosa que, las veces que había tenido sexo con muchachos, no había ocurrido. Los gemidos, los había oído y los había fingido cuando hablaba de sexo con mis amigas, pero nunca había imaginado que estos salieran por sí solos, sin permiso, en un estado tan rico como el que me tenía mi papá.
   —¡Yuri, Iván Andrés ¿qué están haciendo?! —Prácticamente gritó mi mamá.
Nunca supimos cuánto tiempo llevaba detrás de nosotros. Yo salí corriendo a mi habitación y nunca, créanme, nunca supe que pasó con ellos. Recuerdo que me senté frente al espejo y me pasé las manos por la cara y cuando moví los brazos, sentí algo que se me hizo conocido. Se me habían crispado los pezones. Abrí las ventanas y me abaniqué con una cartulina.
Mi mamá cambió del todo con ambos. Con el paso de los años entendí que lo que ella vio no fue un abuso, sino una infidelidad. Creo que me vio más contenta de lo que ella podía aceptar. Ambos la traicionamos al tiempo. Pocos días después de descubrir a mi papá besuqueándome y a mí responder con ese profuso gemido de excitación, sus maletas estaban en la puerta. Nos dejó solos prácticamente sin decir nada. A mí me afectó una décima de lo que hubiera imaginado y entendí que mi madre nunca fue tan especial para mí. Si por cualquier otra razón se hubieran separado y hubiera yo tenido que elegir con quien quedarme, hubiera elegido a mi papá de todas formas. La vida a solas con mi papá se convirtió en un idilio, tan gradualmente que no nos dimos cuenta. Desde el primer día sin mi mamá, él y yo ya nos mirábamos con coqueta complicidad. Al día siguiente nos tratábamos como el padre y su hija más amorosos que hubiera visto el mundo y reíamos muchísimo. Abrazos, mimos, carcajadas y besos en la mejilla, pero ya desprovistos de toda inocencia. No decíamos una palabra al respecto, pero ambos sabíamos que teníamos ganas de hacer el amor.
Y bien, la primera vez ocurrió al fin. Mi papá sabía que ese día iba yo a encontrarme con aquél chico otra vez y yo sé que se remordía de celos. A él le daba como pena admitirlo y hasta me daba permiso de ir… ¡era lindo! Pero no resistió más.
   —¡Yo llego temprano, te lo prometo…! ¿A las 12?
   —A las 10.
   —¡A las 12!
   —¡Yuri!
   —¡Papi! —me di cuenta de que estaba provocándolo.
   Me gustaba poner en evidencia sus celos.
   —A las 10 — dijo él.
   —¡A La 11! —pero vi su cara y me dio miedo— está bien, a las 10. Voy a bañarme.
Y así lo hice, aunque con una diferencia muy importante de cuando pasaba al baño normalmente. Creo que fue una de esas cosas que una hace por deseos inconscientes. Inconscientes, pero deseos, al fin y al cabo. Pasé frente a él desde mi habitación hacia el baño, en ropa interior. Después de 10 minutos en el baño, hasta se me habría olvidado, pero no, el efecto llegó retardado, pero llegó. Mi papá se me entró al baño. El corazón me dio un brinco cuando la puerta se abrió. Recordé instantáneamente las maripositas que habían invadido todo mi cuerpo el día del beso delante del computador. Era una emoción que solo él me podía proporcionar.
   Se quedó de pie mirándome a través del vidrio martillado y no dijo nada. Yo tampoco dije nada. Los segundos pasaron y como no hubo movimiento ni palabras, decidí hacer algo antes que él quizás se fuera. Abrí la puerta corrediza de la ducha. Estábamos ahí mirándonos a los ojos como dos enamorados. De todas las veces que me hubiera mirado un hombre, ninguna mirada se le comparaba. Una mirada de deseo se volvía ordinaria ante la suya, que expresaba más que todo, veneración. Al fin habló:
   —Yuri. Tú eres el ser más hermoso que haya visto y vaya a ver en la vida. Cuéntame todo de tu vida, siempre, cuenta conmigo, pídeme consejo sobre tus amores, que yo te lo daré, aunque muera de celos y dolor por dentro.
   Fueron todas las palabras que hubo. Así que eso era. Mi papá estaba enamorado de mí, mi mamá lo sabía y eso explicaba muchas cosas. Caminé hacia él y lo besé. En un segundo estábamos besándonos con los rostros agarrados a dos manos. Él me tomó de la mano y me llevó a la sala, así, desnuda y escurriendo agua y jabón. Me tendió gentilmente sobre el sofá y empezó a besarme todo el cuerpo. Mi corazón golpeteaba como una fiera enjaulada y la respiración se me aceleró. Al fin estaba sintiendo otra vez ese rico hormigueo, el endurecimiento de mis pezones y por supuesto, el pubis apretando y soltando, incendiado de ganas. Mi papá me envolvió con sus brazos para besarme los senos. Qué sensación celestial. Me chupaba los pezones con una agresividad inusitada y que me gustaba mucho, al mismo tiempo de esa sensación de que en sus enormes manos subiendo y bajando por mi espalda, nunca nada malo podría ocurrirme. Sujeté su cabeza con mis manos. Entonces me besó el cuello y la cara. Se quitó la camisa y yo, por algo que no razoné, algo que hicieron mis manos por sí solas, le desabroché el pantalón. Jamás olvidaré ese primer vistazo que di a su pene. Ese sí era un pene y me hizo tener una sensación de querer tenerlo adentro, muy diferente a lo que ocurría con los muchachos. Me di cuenta de inmediato de que yo sostenía relaciones con chicos de manera enteramente experimental, pero nunca había sabido lo que de verdad era desear a un hombre. Antes de cualquier cosa, mi papá puso su cara entre mis piernas y me lamió toda. Mientras lo hacía, frotaba mi vientre con su mano, abriendo y cerrando los dedos. Parecía querer llegar hasta mis entrañas con su lengua. Eso era ser deseada. No se detuvo, no paró, siguió y siguió lamiéndome y dando chupadas a mis labios y cavidad vaginal de manera exquisita. Yo no paraba de gemir ni de contonearme. El calor subía y subía, él comía más y más y yo sentía más y más rico. Agarré su cabeza y la empujé hacia mí.  
   Cuando hice eso, él se enfocó en el centro. Repentinamente olvidó mis vulvas y pareció ya no querer entrar hasta mis entrañas. Ahora solo agitaba mi clítoris con su lengua y grité de placer por primera vez en mi vida. Siguió haciéndolo, más y más y yo ya no era dueña de mi cuerpo, pues este por sí solo se retorcía, subía y bajaba y emitía gemidos. Inclusive, en un impulso incontenible, cerré las piernas con mucha fuerza. Mi pobre papi quedó como atrapado en una prensa, pero aun así seguía lamiéndome, lamiéndome y lamiéndome. Un estado completamente nuevo para mí estaba llegando. Jamás había si quiera imaginado algo así. Se sentía tan rico en todo el cuerpo que, uno; me volvería adicta a ello y dos; empezaba a sentir más y más amor por él, pues me llevaba al cielo. Hasta las mezclas de sensaciones opuestas resultaban maravillosas: El miedo de sentir que la respiración se detenía a causa del placer y que ese placer fuera nada menos que mi papá lamiéndome. Empecé a sentir una presión en el pecho bajo que competía con el placer. Ambas cosas ascendían como volcanes. No pude respirar más, ni siquiera para dar los gritos que sentía tantas ganas de dar. Temblaba como atacada por una descarga de alta tensión, la piel de todo el cuerpo se me crispó, sentía hormiguitas caminando dentro y fuera de mí y sentí que un chorro de líquido descendía hacia mi vagina para salir gloriosamente. Cuando me percaté, ya no apretaba la cabeza de mi papá contra mí, sino que trataba de apartarla. Después de unos segundos de gloria, dejé de temblar. Mi papi estaba abrazándome y dándome besos en el cuello y la cara.
   —Te amo mi Yuri —me susurró.
   Yo no tuve fuerzas para contestar nada. Él me envolvió en sus brazos y pecho y siguió dándome besos en la cabeza. Los sonidos que hacía mi garganta parecían llanto y me preocupaba que él creyera que lo fuera. Yo en verdad acababa de tener mi primer orgasmo y estaba teniendo un éxtasis sublime.
   —Nos vamos a congelar —rio él.
   Yo respondí con una risilla, lo que me indicó que ya estaba recobrando el control de mi cuerpo. Mi papi me cargó hasta la habitación, tomó una toalla del armario y me secó.
   —Me gustó muchísimo —le dije.
   Él apretó mis labios con el pulgar y el índice y me dijo:
   —Esperé esto por mucho tiempo.
   Y ha sido cien veces mejor de lo que siempre soñé.
   —Hazme el amor, papi.
   Sin más, me agarró por la cintura y me acomodó.
La cama brincaba como una gelatina. Ahí estaba al fin yo, con las piernas abiertas para mi papá. Me encantaba su pene. Si bien el grosor era normal, el largo era estupendo. Lo agarró con la mano y lo untó en mi abertura vaginal. Suspiré de emoción. Mis labios vaginales cubrían el glande de papi… él se acomodó sobre mí y empujó gentilmente. De nuevo gemí, bastante fuerte. Estaba entrando centímetro a centímetro, abriéndose paso entre mi estrechez, conquistándome, llenando mi vacío. Otra vez experimenté la incomprensible mezcla entre dolor y placer y la rica sensación de tener adentro a quien quieres tener adentro. Enterré mis dedos en su espalda. Pude oírlo gemir también, estaba dichoso. Desde aquel día viendo esa ridícula fotografía había soñado entre remordimiento, miedo y deseo con estar así con él. Con satisfacer su crudo deseo, su mordaz obsesión por mí.
   Me encantaba tanto tenerlo dentro como verlo disfrutar estar dentro de mí. Papi se separó un poco de mí para hacerme más fuerte. Y me hizo más y más fuerte. Estuvo a punto de provocarme otro orgasmo, pero no alcanzó. Jamás lo culparía por eso, después de tan rico que fue el primero. Lo vi fruncir el ceño y mirar fijamente mi cara mientras gruñía. Inesperadamente cayó sobre mí y entre resuellos dijo:
   —Discúlpame, mi vida, perdón, no pude resistirlo —y me apretó con sus manos.
   Siguió pidiéndome disculpas por habérseme venido por dentro, con la cara ahogada en mi cuello. Creo que seguía disculpándose y seguía eyaculando.
   —No importa, papi.
   —Te prometo que no lo volveré a hacer…
   —Pero sí me vas a seguir haciendo el amor ¿cierto?
   —Cada día, preciosa; cada día —y me besó en la boca.

Para mí fue perfecto. Por años vivimos como pareja, mi papi y yo y el hecho que la primera vez que lo hicimos, me hubiera dejado su semen dentro, fue algo muy lindo. Me permitió no obsesionarme con ello y ser muy creativos con sus venidas el resto de veces. Por su puesto, tuve algunas aventuras con chicos de mi edad, pero pasaron varios años hasta que encontrara uno que le hiciera competencia a mi papá. Todavía agradezco la juventud tan buena que pasé, como me ponía y lo rico que me hacía. Me fascinaba que me hurgara con su largo pene. Hace pocos días me encontré con sus cuentos en internet. Vaya que le gustaban las adolescentes y en especial las colegialas. Creo que si a los hombres no los reprimieran tanto, las mujeres en general la pasarían mejor. Por eso decidí contar mi historia, con el aval y el mismo seudónimo de mi padre: «Stregoika».

FIN

En las imágenes: Belén Poviña, actriz argentina. Es 99.9% idéntica a Yuri, colegiala de 13 años que inspiró este relato de un solo golpe al decirme «Profe: ¡Tú serías un padre ejemplar!»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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