Incesto J├│venes Sexo con Maduras Sexo con Maduros

Reuniones morbosas incestuosas

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En una ocasión coincidimos con unos amigos de mi marido, Ana y Fernando, un matrimonio joven con dos hijos, Carlos y Jorge, que tenían 14 y 11 años, yéndonos a tomar algo a un bar para charlar un poco entre nosotros.

El hijo pequeño se puso un poco mimoso, porque se cayó y se había hecho daño; sentándose encima de su madre que empezó a darle besos a su hijo para calmarle, pero me sorprendió que acabaron siendo en la boca llegando un momento en que se los daban con la lengua, dando la impresión de que eso era algo totalmente normal entre ellos, pero se notaba que los dos lo estaban disfrutándolo y casi podría decir que estaban poniéndose cachondos, porque aprecié una erección en el pantalón del chaval.

A mí eso me llamó la atención, porque aunque había visto darse esos “picos” a mamás con niños más pequeños, no les había visto a esa edad, lo que me causó cierto morbo y me imaginé como serían esos besos en su casa, si a la vista de todos se los daban así, sin que su marido tampoco dijera nada ante lo que estaba haciendo Ana, su mujer.

Una vez que salimos del bar, yendo por la calle charlando nosotras solas, le dije:

               —¡Oye! Vaya lote que te has dado con el nene comiéndole la boca.

Contestándome ella riéndose:

—Es un crío todavía y me gusta mucho hacerle eso.

               —Bueno, ya no tanto, porque también vi que a él le encanta ¿Con el mayor también lo haces?

—Sí, se lo hacía también, pero ahora me da más apuro, porque ya sabes, va  siendo mayor y se le acaba poniendo durita excitándose demasiado. No le basta ya con los besos porque quiere seguir tocándome los pechos y todo. En casa sí que le dejo alguna vez, porque se pone muy pesado y le entran celos de su hermano.

—Pues a Jorge ya le pasará igual también.

               —Sí, pero como la tiene más pequeña, todavía no se le nota tanto y le puedo controlar mejor.

Y así quedó la conversación, porque luego nos interrumpieron y no pudimos seguir hablando, pero me quedé muy sorprendida y excitada con lo que me había contado.

Unos días después me la encontré por la calle, saludándonos y como teníamos tiempo, nos fuimos a tomar un café para seguir charlando. Estuvimos hablando de cosas normales sin volver a mencionar lo que había pasado el otro día, aunque a mí me seguía picando la curiosidad, pero finalmente me dijo que la acompañara a su casa, que tenía que atender a sus hijos, que estaban solos y seguiríamos hablando allí.

Al llegar a su casa, mandó a su hijo pequeño a la ducha mientras ella les preparaba la cena. Al poco rato su hijo la llamó,  diciéndome ella:

—Ven conmigo al baño para seguir hablando, que este crío siempre me llama para ayudarle a terminar de lavarse.

Al entrar no pude evitar echar una miradita al nene. Es un crío sólo, claro, pero como no estoy acostumbrada a verlos, me dio curiosidad.

Ana se notaba que era una mujer desinhibida y mientras le acababa de lavar empezó a explicarme que ayudando al mayor en la ducha, se dio cuenta de que tenía el pequeño problema de que no se le descapullaba bien el glande, diciéndome:

—Ves, a este no le pasa eso —echando la piel de su pene hacia atrás para que viera como le salía el glande sin ningún problema.

Me quedé un poco sorprendida de que hiciera eso delante de mí, porque además, al niño ya se le había puesto dura con los toqueteos de su madre. Pero ella siguió contándome que llevó a su hijo mayor al médico, que le dijo que no era muy grave y que podía solucionarse, acostumbrando al chico a echarse la piel para atrás todos los días, por lo que le dio una crema para que la piel estuviera menos tirante y no le hiciera daño y que lo mejor sería que se la echara ella misma, para que viera los progresos que iba teniendo.

Yo me quedé más sorprendida todavía y la pregunté que si seguía haciéndoselo, contestándome:

—Sí, él me lo pide, ahora tiene que venir a ducharse y tendré que echarle la crema al terminar, aunque ya lo tiene solucionado, pero me lo pide por vicio, para que esté yo tocándole la polla, ya sabes cómo son estos críos.

La verdad es que yo no sabía muy bien cómo eran los críos a estas edades, porque no tenía hijos ni experiencia con ellos, por lo que no sabía si preguntarle si podía verlo también como le echaba la crema al mayor, pero al final me atreví, y Ana se rio diciéndome:

—Jaja, no seas tonta mujer, que te mueres de ganas por verlo. Supongo que a Carlos no le importará que estés aquí mirando, aunque como ya va siendo mayor no sé si le dará un poco de vergüenza, porque el otro día echándole la crema se me corrió en la mano.

—¡Uuufff! ¿No me digas?

—Ya ves, yo no quise darle importancia para que el crío no se avergonzara, pero tuvo su morbillo, no te lo voy a negar…..

La verdad es que yo estaba ya excitándome con esa conversación, pero como no conocía mucho a Ana, porque era mi marido el que más relación tenía con ellos, me estaba sorprendiendo por su forma de ver las cosas. Era una mujer muy agradable y daba gusto hablar con ella por la forma como estaba sincerándose conmigo, por lo que yo, más animada por ello,  le hablé con más picardía, diciéndole:

—¡Oye!, ¿y tú no te excitas haciéndoles esas cosas a los críos?

—Claro, sobre todo con el mayor, Incluso se la he chupado alguna vez, porque me apetecía un montón, diciéndole a él que eso era bueno para su problema también, y el pequeño como nos vio, me dijo que también quería que se lo hiciera a él.

Yo estaba cachonda total ya con lo que me estaba contando Ana, mientras el niño, que estaba con nosotras escuchando la conversación, le dijo a su madre:

—¡Mamá!, me la chupas un poquito…..

Ana se puso toda colorada por lo que le había dicho el crío, diciéndole:

—Ahora no, cariño, que está Karla con nosotros.

Jorge puso cara de fastidio, dándome pena de él, por lo que no sé cómo, me atreví a decirle:

—Si tú mamá no quiere, si me dejas te lo hago yo —perdiendo yo la cabeza, ya totalmente.

Ana y su hijo se quedaron muy sorprendidos por mi propuesta, pero es que estaba excitadísima con esa situación, y Jorge, dudando un poco, me dijo:

—Pues vale.

Yo miré a Ana buscando su aprobación, diciéndome con una risa nerviosa que hiciera lo que quisiera. Yo estaba nerviosísima y le agarré la pollita al crío metiéndomela en la boca, mirando la cara de satisfacción que ponía Jorge, pero a mí me parecía delicioso tenerla toda durita en la boca, chupándosela completamente en su totalidad con la lengua, mientras él me sujetaba la cabeza para que no parara de chupársela visiblemente excitado, hasta que Ana, al ver eso, debió de sentirse un poco incómoda con la situación, diciéndole a su hijo:

—Vale, Jorge, ya estuvo bien, ¡eh! No abuses de Karla.

               A mí me frustró bastante que Ana no me dejara seguir chupándole al crío, diciéndole:

               —No pasa nada. Estoy encantada con hacérselo.

De todas formas yo paré, aunque me hubiera gustado continuar, pero Ana prefirió terminar con eso, no sé si porque se sentía un poco celosa por el gusto que le estaba dando a su pequeño hijo, así que le dijo que saliera de la ducha y se secara, para que llamara a su hermano Jorge a la ducha.

Cuando llegó Carlos, le dijo su madre que tenía que echarle la crema, quedándose él  mirándome, como preguntando si iba a estar yo delante, diciéndole su madre que si le importaba, que yo salía del baño, pero él dijo que le daba igual, ante la insistencia de su madre porque me quedara, engañándole un poco, diciéndole que yo era médica y que iba a ver como lo tenía ya de solucionado el problema.

A mí me hizo gracia eso, pero comprobé que Ana estaba tan cachonda como yo por la situación, y cuando Carlos se desnudó para meterse en el baño, pude ver que la tenía más grandecita que su hermano y yo, haciendo el papel de Médica, le dije que para ver si estaba curado ya, tenía que ponérsela bien durita para ver si se le bajaba bien la piel.

Yo misma se la agarré y se la moví hasta que se la puse toda empalmada, comprobando que todavía le tiraba un poco la piel. Le pedí un poco de crema a su madre y se la puse, moviendo su polla como si le estuviera masturbando, por lo que Carlos empezó a gemir por lo que yo le hacía, mirándonos su madre muy interesada, hasta que al rato, su excitación hizo que se corriera en mi mano, diciéndome Ana:

—Ves, ya le pasó otra vez, como conmigo. Ya está empezando a tener mucho semen y necesitará echarlo.

En realidad era una mezcla de semen y agüilla pegajosa que hizo que su pene luciera hermoso y brillante y no pude evitar llevármelo a la boca para limpiarle bien todos los restos. No os imagináis lo rico que me supo eso, todo un manjar que saboreé hasta el final, mientras Ana me miraba haciéndole gracia las ganas con que se la devoraba a su hijo, diciéndole:

¡Oye!, a ver si te va a gustar más con Karla que conmigo.

Carlos sonrió, pero no dijo nada, aunque se notaba que estaba encantado con todo eso.

Luego, estando ya solas, Ana me dijo:

—El sábado es su cumpleaños y estoy pensando en hacerle un regalo especial, pero sin que lo sepa mi marido, porque me da un poco de pena por él. El caso es que siempre quiere tocarme las tetas y alguna vez le he dejado, pero ahora lo que quiere es verme el coño y eso no le dejo verlo, pero ese día podía hacerle el regalo de enseñárselo y a lo mejor, si me caliento demasiado, le meto en la cama conmigo  para que el regalo sea completo. ¿Qué te parece?

Escuchándola yo y mirándola con ojos de pura excitación, ni sabía que decirle:

—Pues no sé. Si te atreves sería genial eso. Ya me contarás como te ha ido, porque me muero por la curiosidad y me da mucho morbo todo lo que haces con tus hijos.

—Sí, es un poco loco todo…., pero ¿no crees que otras mamás harán lo mismo?

—Pues seguramente. Yo en tu lugar, creo que lo acabaría haciendo también.

—Jaja, pues me quedo tranquila, porque a veces pienso que soy una degenerada y una mala madre.

—Nunca pienses eso. Se nota que tus hijos están encantados contigo y recordarán esto toda su vida con mucho cariño hacia ti.

Yo no me podía creer que en un momento, hubiera cumplido en aquella casa uno de los sueños de mi vida, en una situación tan morbosa y todavía un poco alterada por todo ello, me despedí de ellos con un buen calentón, pero también satisfecha por lo que había podido hacer en aquella casa con los hijos de mi amiga.

Pasados unos días, tal como habíamos quedado, Ana me llamó para contarme lo que había pasado el sábado, en el cumpleaños de su hijo mayor, diciéndome ella:

—Pues mira, le pregunté a mi hijo Carlos que qué le gustaría como regalo de cumpleaños y él se quedó pensativo preguntándome si podía pedir cualquier cosa, a lo que yo le contesté que todo lo que estuviera en mi mano. Entonces, mi hijo, con sonrisa pícara me dijo que quería de regalo verme el coño. Y yo tal como me esperaba y como se lo había prometido, se lo concedí y le dije que le haría ese regalo.

—El crío estaría entusiasmado.

—Imagínate. Estaba todo nervioso, temblando. Le llevé a mi habitación, me desnudé y tumbándome en la cama abrí las piernas para que me lo viera bien todo. A mi hijo se le quedaron los ojos como platos mirándolo y hasta se atrevió a alargar la mano para tocarlo, y aunque en un principio yo le paré, luego le dejé tocar un poco hasta que empezó a sobármelo bien y a meterme los dedos, y claro, yo acabé excitándome mucho con sus toqueteos y le ayudé a masturbarme.

—¡Ay, Ana! Cuando se empieza con estas cosas ya no puedes pararlo. No puedes ponerles la miel en los labios y luego negársela.

—Sí, está claro, al final no pude evitarlo y dejé que me metiera la mano entera dentro del coño hasta que acabé corriéndome. A Carlos se le notaba bien en el pantalón el bulto de su erección y yo se lo bajé para poder chupárselo y no veas la cantidad de líquido preseminal que estuvo echando. Me supo riquísimo, porque me excitó muchísimo que me viera así, toda abierta para él.

Siguió contándome como luego se lo puso encima para ver si podía penetrarla, poniendo su pene en la entrada de su vagina empezando a moverse para meterlo dentro y que cuando empezó a sentirlo dentro le apretó hacia su cuerpo sintiendo como algo caliente le entraba en el coño porque su hijo acababa de correrse dentro de ella por primera vez.

Yo la miraba con cara de excitación y envidia, muy interesada escuchando todo lo que me contaba, teniéndome ya caliente perdida.

Luego me dijo que me lo contaba porque había visto que yo era muy abierta para estos temas y quería saber mi opinión de que hiciera esas cosas:

—Pues me parece muy bien, que te voy a decir….. Es genial que puedas disfrutar así de tus hijos, y ellos contigo, claro —confesándole por mi parte—, Mi hija Lore también tiene sexo con nosotros y supongo que como tantos otros. Lo disfrutamos en la intimidad de nuestra casa.

—¡Ah!, vaya, no sabía. Claro, por eso me decías que si tú tuvieras hijos, también lo harías con ellos. Te doy las gracias por sincerarte conmigo y contarme estas en confianza.

—Bueno, pienso que es lo que debía hacer, viendo cómo te has abierto tú conmigo y lo que me has dejado disfrutar de tus hijos.

 Y aquí fue cuando Ana siguió contándome cosas, como que ella también había tenido sexo con su padre de pequeña y que quizás por eso, tenía el deseo de hacerlo ahora con sus hijos. Me dio más detalles contándome que durante una época, su madre tenía que ir a dormir a casa de su abuela para cuidarla y que su padre la decía que durmiera con él y así fueron dándose las cosas hasta que su padre se puso encima de ella para joderla. Así es como lo llamaba su padre cuando se le ponía encima.

Ella tenía ya 14 años y sabía bien lo que era eso, diciéndome que lo había disfrutado muchísimo, acabándose por convertir en un vicio para ella, buscando a su padre para que se la metiera en cuanto tenían ocasión, sin que su madre se diera cuenta nunca de esa situación.

Seguimos hablando un rato más, contándonos diversos detalles de nuestras relaciones, pidiéndome permiso para contarle a su marido lo de Lore, diciéndome que se iba a volver loco de deseo, sabiendo que Lore estaba teniendo sexo con su padre, porque ya le había comentado a ella lo rica que estaba la hija de su amigo.

Al final quedamos en que nos iban a invitar a cenar en su casa el fin de semana, y que seguiríamos hablando.

Llegó el siguiente fin de semana en el que habíamos quedado a cenar en su casa y ya pudimos hablar todos con más libertad, aunque tampoco explícitamente del todo, ya que creo que sentíamos algo de pudor por esta nueva situación que se había creado y no nos atrevíamos a hablar claramente de ello, aunque el marido de Ana si se quejó de que ellos habían tenido dos niños y la que disfrutaba en casa era su mujer y en cambio en la mía, Robert era el afortunado, continuando con la broma, riéndonos y proponiendo un intercambio temporal de hijos, aunque yo dije que me conformaba con un intercambio entre Lore y Carlos, pero ellos se mostraron de acuerdo, muy decididos y ya un poco eufóricos, yo creo que por efecto del vino.

Y así estuvimos con estos temas de conversación hasta que terminamos de cenar y los niños le dijeron a Lore que fueran a su habitación a jugar. Algo normal, si no fuera, porque mientras los maridos seguían hablando entre ellos, ya con total libertad de nuestras intimidades, y después de recoger la mesa y ayudar a Ana a lavar los platos dejándolo todo limpio, ella me dijo:

—Ven, te voy a enseñar un vestido que me compré el otro día, pero no me atrevo a ponérmelo, porque me parece muy atrevido, a ver qué opinas. Lo tengo guardado en el armario de la habitación de los niños, porque en el mío ya no cabe un trapo más, ya sabes cómo somos las mujeres con la ropa.

Y al entrar, nos encontramos a Carlos encima de Lore, que se la estaba follando, mientras su hermano les estaba mirando. Ana dio un grito de sorpresa que asustó a los niños y les preguntó que qué estaban haciendo, aunque fuera obvio. Yo la dije a Ana que seguramente la culpa la tenía Lore, que estaba más experimentada, aunque Ana me dijo, que después de lo del otro día, no le extrañaba nada ya, pero yo creo que se puso un poco celosa, como madre, al ver a su hijo disfrutando con Lore, cuando apenas lo había iniciado ella, como si quisiera tenerlo para ella sola.

Por lo que al verla así, le dije:

—No te preocupes, no pasa nada. Tendrás que irse acostumbrando a esas cosas, ahora seguramente empezara a traer niñas a casa para joder con ellas también y tendrás que aceptarlo.

Preguntándole yo a Lore:

—¿Carlos te lo hace bien?

—Sí, mamá, —llenando de orgullo a su madre.

—Bueno, pues podéis seguir hasta que os corráis.

Y allí nos quedamos a mirar como lo hacían, cuando llegaron nuestros maridos, quedándose con la boca abierta por lo que veían, diciendo el marido de Ana:

—¿Pero esto que es? Mira Carlos que pronto ha aprendido, pero me parece que Lorena está acostumbrada a algo más grande, ¿no, Robert?

Robert asintió y nos echamos a reír, compadeciendo Ana a su hijo Carlos:

—Pobre, dejarlo crecer un poco y ya veréis…..

Fue una situación muy divertida y morbosa y cuando el padre de Carlos vio que se ya se había corrido sobre Lorena, apenas se apartó, nos dijo:

—Yo creo que vuestra hija se ha quedado con las ganas. Si me permitís…..

Se bajó el pantalón y poniéndose sobre Lorena, al ver su vagina, le dijo:

—¡Dios mío!, que rica estás.

El marido de Ana empezó a joderla pensando que se iba a encontrar con más resistencia para penetrarla, pero de un sólo golpe ya se la había metido entera, empezando a follarla enloquecido sobre ella, corriéndose en poco tiempo y burlándose un poco Ana de él diciéndole que como había durado tan poco, que con ella aguantaba más, contestándole su marido:

—Sí, pero tú no tienes su edad. No sabes cómo le quema el coño por dentro a esta cría y como me aprieta la polla.

Continuando  Robert, mi marido:

—Pues creo que Lorena sigue sin satisfacerse del todo, jaja. Ahora me toca a mí, que estoy más acostumbrado con ella.

Así que Lorena recibió su tercera verga en poco tiempo y esta vez sí que grito con su orgasmo, ya que Robert la conocía muy bien y sabía cómo hacérselo.

Así que Ana, un poco envidiosa por lo que había visto:

—Sí que os habéis aprovechado bien de la niña. Os habéis vaciado todos en ella.

Diciéndola yo:

—Sí, pero bien que lo ha disfrutado ella. ¿No Lorena?

—Sí, mamá. Nunca lo había hecho con tantos seguidos.

Para contentar a Ana, yo le dije:

—Deja que los hombres se desahoguen con la cría, que a ella le encanta. Ya disfrutaremos nosotras con los críos con más calma.

Y así acabamos esa reunión interfamiliar, quedando para una próxima vez para celebrar más fiestas así.

El inquilino y mi vecino.episodio #2
Reuniones morbosas incestuosas, 2ª parte

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