Heterosexual Incesto Tabú

Todo por las tetas de mi hermana

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©2021 stregoika
Anécdota fresca (muy fresca) de un pequeño pervertido de diez años.

Nuestra casa era pobre, la mitad estaba construida pero la otra mitad era de palo reciclado de casas ya tiradas. Pero esa es una ventaja cuando eres un mirón. Me gustaba espiar a mi hermana, de diecisiete años, que tenía unos jugosos melones muy bien puestos.
   No teníamos habitaciones privadas, de hecho, yo dormía con mi madre, tenía 10 años. Cuando mi hermana Constanza salía de ducharse, yo solía correr como gacela hacia el dormitorio común, desde donde se podía espiar. Ya tenía bastante práctica y estaba dispuesto a tocarme un poco (ya había comprobado que se sentía muy bien) mientras miraba. Qué morbazo tan rico ver esas tetas de areola grande y pezón oscuro. Ojalá pudiera chupárselas algún día.
   Ella entró y empezó a vestirse. Soltó el toallón y sus senos se liberaron en un juguetón movimiento de vals. Se me empezó a endurecer. ¡Ah…! Mi hermanota bella estaba alistando un sostén en sus manos, con otra toalla todavía envolviendo su cabeza. Si supiera que yo estaba ahí gozando de verle sus prohibidas tetas, tetazas de hermana. Estaba en panties, nunca salía del baño sin ellos ya puestos. Su panocha seguía siendo un mito para mí. Peluche de hermana. ¿Algún día lo vería?
   Constanza se quedó congelada con la prenda en la mano, como si hubiere recordado algo repentinamente que le preocupó. Me quedé viendo y me paralicé de miedo, pues su siguiente movimiento fue clavar sus ojos directo en los míos, a través de los palos y los cartones. Salí corriendo a mi cama (de mi madre) a hacerme el dormido. Se me enfrío la sangre. Ya estaba imaginándome el escándalo y el escarnio, la vergüenza, la cantaleta, el señalamiento, la burla, etc, etc. Todo por esas irresistibles tetas.
Al hacerme el dormido, con la cara metida entre las cobijas, mas por pena que por frío, tuve un Dèja vú. Y el principal detonador fue que todavía tenía la pita medio-parada. Rocé con mi pequeño pene erectito las cobijas y eso me llevó de inmediato a un recuerdo muy sabroso:
Yo estaba espiando a mi hermana, igual que siempre. Qué tetas turgentes (¿no le pesarán?) y qué panocha velluda, como para mamársela y que queden unos pelillos curvos que no me pueda sacar de entre los dientes en todo el día.
   Ella me descubrió. Me vio a través de los palos, pero no se puso brava ni nada. Solo sonrío como cuando un niño recupera las esperanzas, como cuando cree que ha perdido su más querido juguete pero de pronto lo halla en el fondo de un cajón. Así sonrió ella al sorprender mis ojos arrechos entre las ranuras. Cuando abrió bien los ojos y estiró la boca para mostrar los dientes de tal manera, me pregunté por qué nunca me había dado cuenta que mi hermana era tan bella. Era hermosa, ojona, ojiclara, mechuda y con sonrisa de presentadora de televisión. Además, me amaba, y esperaba que yo la espiara, por lo que la complació que en efecto lo hiciera.
   Corrí hacia mi cama y me hice el dormido, temiendo la vergüenza y todo lo demás. Pero ella se presentó en la pieza y me llamó por mi nombre:
   —Pedro ¡Pedro! No se haga. Venga ¿está arrechito?
   Su voz era más dulce de lo que yo recordaba. Levanté mi cara y la miré. Ya se había puesto la falda y un top. Qué piernazas.
   —Venga, déjeme ver —me dijo, y me puso boca arriba después de tirar las cobijas.
   Mi pinga estaba dura. Pequeña pero dura, mirando orgullosamente al techo rústico.
   —¿Siempre que me ves te pones así? —Me dijo, y me la agarró con la punta de todos los dedos.
   Se saboreó. “Ay, Constanza me la va a chupar, qué rico” pensé. Y no me equivoqué. Ella bajó su cabeza y lo primero que sentí fueron las puntas de sus cabellos haciéndome cosquillas en la panza y las piernas. El efecto del tacto y el aroma de su cabello recién bañado, fue enamorador. Después ella terminó de bajar y sentí toda su melena desparramada en mí, el calor de su cara y por último… ¡Trágame tierra! Su boca mojada y calientita mamándome la pijita. El cuerpo se me empezó a mover solo. Empujaba con mis pies como si quisiera deslizarme hacia la cabecera, pero lo que quería era meterme más en su boca. Ella presionaba y succionaba. La sensación era… celestial.
   No obstante, yo no podía ver nada. Su melena lo cubría todo. Solo veía su cabello negro, aún húmedo, haciendo brillantes bucles encima de mí. Los retiré y la sorprendí a ella haciéndome esa rica mamada con los ojos cerrados. Chupaba como si fuera una golosina. Qué bien se veía la base de mi verguita envuelta en sus labios y la contracción que hacían su mejillas. Estaba chupando bastante fuerte. Se le hacía un vacío en el cachete. Yo seguía empujando con lo pies y ahora con las manos. Sentí que algo iba a salirme del pene. Pero ella se irguió de golpe, hizo ese típico gesto de haber bebido algo muy refrescante después de aguantar la sed:
   —¡Aghhh!
   Se limpió la boca y se lamió los labios. Se dio la vuelta. Volvió a agarrar mi pitín blanco y delgado (pero bien tieso) y lo siguió masturbando mientras, incómodamente, se metía la mano en la falda y se hacía los cucos a un lado. Eran unas calzas… Años después sabría que se llaman ‘cacheteros’. Tenían franjas azules y blancas, la tela era delgadita y muy elástica. No dio ninguna resistencia para destapar sus glorias vaginales y darle paso mi pequeña y suertuda pija de niño de diez. Ella se sentó encima mío dando un gemido. Cabalgó por largo rato. La sensación para mí fue todavía más rica, pues la carne se le sentía sumamente esponjosa y suave: Como la mejillas, pero sin los dientes que molesten. Y la calidez, ni se diga. Me tensioné y me agarré de los bordes de mi angosta cama mientras ella seguía dando sentones y dándome placer con ese glorioso culo de hermana bonita. Yo no paraba de ver su falda recogida sobre su cadera, su panty bonito y sexy y su nalgas aplastándose sobre mí. Sentí subir al cielo.
   Algo salió de mi, como si orinara, pero no tan fácil, sino más espeso. Se sintió indescriptiblemente rico.
   Como dejé de empujar y empecé a retorcerme y a hacer gestos de aguante, ella dejó de cabalgar, me miró, me acarició el pecho y me preguntó con su idílica sonrisa:
   —¿Acabaste? ¡Estabas muy arrecho!
   Se levantó y se acomodó su lindo panty en su lugar. Me sentí enamorado de ella, como lo estaba de esa niña rubia del colegio (o más). Constanza terminó de cuadrarse la pantaleta y se sacudió a la altura de las caderas para que la falda cayera y se ajustara por sí sola. La tetas se le menearon inevitablemente y también la melena. Por el amor de Dios, qué deliciosa y hermosa hermana tenía. Volteó a verme una última vez, me lanzó un beso con la mano y se fue. Me quedé viéndole el culo y las piernas a cada paso que dio para irse.
   La felicidad no me cabía en el cuerpo. Nunca había hecho nada tan rico y tan agradable. Ya quería ir a hacerlo otra vez. Y la fortuna que tenía: Pues era mi hermana, vivía en casa y ¡la tenía cuando quisiera! Wow…
Me di la vuelta y sentí un charco en la sábana. Le puse tan bien la mano encima que me la mojé toda. Se me hizo conocida la sensación. Alguna vez amanecí así. Inspeccioné y en efecto, era de eso que le salía a uno cuando sentía esas maravillas, como lo que que acababa de hacer con mi hermana Constanza. Pero no tenía sentido. El líquido que yo acababa de echar estaba todo dentro de mi hermana, allá en su hermoso coño.
¡Un momento! Había más cosas que no andaban bien. Primero, nunca le había visto la pucha a mi hermana, eso que ni qué. Segundo: Ella era tetona y apetecible, pero digamos las cosas como son: No era una reina de belleza. Sí, estaba buena, y no era fea, pero esa nueva versión de Constanza era como de telenovela turca. Y tercero ¡yo no tenía cama para mí solo!
Desperté, y lo único real era ese charco de esperma, en la cama de mi madre.
Fue eso lo que recordé al meterme bajo las cobijas, huyendo de lo inevitable, cuando mi pita paradita rozó una cobija. Seguro mi hermana (no la de ensueño, sino la apenas tetona y buenona) ya venía camino a la habitación a pegarme con una chancla. Repito: Todo por sus tetas grandes y rozagantes.
   El tiempo pasó y ella no se presentó. Yo me quedé dormido.
Todavía no despertaba y una luz golpeó mis ojos a través de mis párpados cerrados. Alguien estaba alumbrándome con una linterna. ¿O no?
   Abrí mis ojos y descubrí que ese lugar no era el dormitorio común de mi vieja casa semi-tugurio, sino mi habitación en mi apartamento. Y que yo no tenía 10 años sino 40. Esa luz no era de ninguna linterna en la mano de alguien, sino del sol, a través de una ventana que, durante el lúcido y desconcertante sueño incesto-erótico, se me olvidó que estaba allí.
   Sí, acababa de recordar un sueño que sí tuve (el de la hermana hermosísima y cachonda), dentro de otro (el de mi hermana real a los 17).
Esta historia es absolutamente real, lo soñé todo esta mañana.
Sí tengo una hermana apenas mayor, pero nos llevamos de la mierda. Y la última vez que me inspiró algo fue hace treinta años, antes que se engordara y se amargara. A los siete y nueve años de edad, intercambiábamos flasheos de mis vergüenzas y su rajita rosadita, que todavía la recuerdo muy bien, toda estirada por la fuerza que hacía ella con la mano para jalarse el short y poder mostrármela.
Y durante muchos años he tenido sueños mojados con esa hermana imaginaria de espectacular belleza y carisma. Si algún psicólogo o chamán se cuela por ahí, no dude en darme su opinión.
Amor para todos, en especial para las morras (y no duden que sus hermanos alguna vez las han visto bajo su falda y se han pajeado luego en su nombre).

FIN

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