En algunos post recientes he hablado de los NPC. Quienes tengan cultura gamer sabrán de sobra qué es un NPC, no obstante, el término ha sido adoptado por una cultura aún más grande y elevada en la esfera de conocimiento. Si alguna vez has oído del great awakening, pues de eso hablo. Los NPCs no existen solo en videojuegos.
El siguiente es un capítulo de Parasitismo Psíquico ©2025, Todos los derechos reservados.
Obedecer y repetir
Conocí a un niño de nombre Leonardo. Era un estudiante de octavo grado en un colegio de clase media-alta en donde laboré durante año y medio. Leonardo tenía un rendimiento escolar apenas por encima del promedio y era bastante calmado. Tenía, además, el hábito de pasar los descansos dialogando con uno de los profesores de carácter más tranquilo, también. Yo me ponía en los zapatos de ambos: Primero, en los del profesor, y me decía a mí mismo que tenía fortuna de que ningún estudiante se pegara tanto a mí, ya que cada minuto de soledad era como escaso y caro néctar que si apenas podía extraerle yo a la vida. Pero ponerme en los zapatos del chico fue más educativo aún. ¿Por qué pasaba los descansos con el profesor y no con sus compañeros? La respuesta fue demasiado fácil: Porque ese chico era como yo. Los jóvenes de su edad le parecían —y eso debió seguir durante toda su juventud— toscos, agresivos y vacíos. Yo tenía la ventaja de haber sobrevivido a la infancia y juventud, y siendo ya un hombre de mediana edad, no necesitaba más compañía que la de mí mismo. Pero a los doce años, como el caso de Leonardo, ser un humano dotado de la consciencia y sus características, en medio de una aplastante mayoría que no las tiene, es toda una ordalía. Estos seres humanos cuyo valor especial no es otro sino el tener su consciencia completa, han sido descritos durante toda la historia de diversas formas. En el esquema de cuatro personalidades de Hipócrates y Galeno, estas serían las personas nerviosas o melancólicas. Las otras tres serían las sanguíneas, flemáticas y coléricas. Para los nativos americanos, serían los chamanes y para los africanos, los médicos brujos. Para la psicología del siglo XX, a estas personas se les dio el nombre de Personas Altamente Sensibles o PAS. En el siglo XXI otra escuela de psicología los denominó INFJs (introverted, intuitive, feeling, and judging). Modos de conocimiento menos canónico, como el New Age, los han denominado desde Índigos hasta starseeds, a los que les atribuyen el origen que su propio nombre dice. Y de seguro seguirán apareciendo más y más acepciones, pero todas se refieren a lo mismo. Se refieren a Leonardo, cuya constitución psíquica corresponde a la evolución de un ser humano normal y saludable, no infectado por parásitos psíquicos y que tiene las consecuencias de la consciencia: Empatía, compasión, intuición y, además, otros rasgos evolutivos que la depredación energética les ha quitado a los infectados: Creatividad, iniciativa e inspiración. El modus vivendi del humano promedio le resulta, muchas veces a través de la pura intuición y trágicamente no de conocimiento consciente, un frenesí alimenticio (parasitario) por la atención y la energía que esta aporta. La persona con su consciencia intacta, no tiene necesidad alguna de los comportamientos que son comunes para todo el resto. Al contrario, su condición de empático lo vuelve una presa muy apetecida para individuos con acentuados rasgos psicópatas. El empático aprende desde niño a protegerse permanentemente del desangre energético perpetrado por parásitos y su elección favorita siempre es la soledad.
En cada colegio se cumple la ley estadística de la campana de Gauss. Para todo criterio medible en poblaciones, la mayor cantidad de individuos es la que presentará el valor medio. Para la magnitud que sea: Edad, estatura, peso, etc. Los valores extremos, tanto los altos como los bajos, se hallarán en partes muy pequeñas de población. Al graficarlo en dos ejes, se obtiene una forma de campana.
Leonardo era un individuo que, según su sensibilidad, estaba casi en el extremo de la campana de Gauss: Quienes tienen mayor sensibilidad y son muy pocos. A estos chicos, en el sistema educativo en general, les espera un dolor de cabeza recurrente, causado por el colegio que quiere arrastrarlos a fuerza hacia el centro de la campana. El sistema educativo, tan primitivo como es, sigue sin superar la creencia de que una persona apta para El Sistema —dicho sea sin dilación: apta para producir—, es una persona con habilidades sociales, comunicativa, pro-activa, que cumpla con el arraigado mito de una autoestima abrumadora, habladora por no decir parlanchina, con una rica vida exterior… en resumen, con el perfil de un eficaz vendedor, o sea, aquellos que elevan el centro de la campana de Gauss. Durante mi ejercicio docente vi al menos una decena de casos en que a estudiantes como Leonardo, el colegio les amargaba la vida obligándolos a tomar parte de actividades que ‘normalizarían’ su comportamiento. Tal parece que más vale tener perfil de vendedor que de pensador o artista, para adaptarse a un mundo que ciertamente es más como un centro comercial que otra cosa.
Por otra parte ¿Qué hay de quienes representan el otro extremo de la campana? Serían por definición personas prácticamente insensibles, y así como los de el otro extremo, muy pocos en cantidad. ¿Estará acaso ahí la gente trastornada y, el el puro extremo, la gente con co-morbilidad, que ha perdido el don de la consciencia? Por simple inspección, la respuesta es sí. Ahora: Si el sistema educativo, que es una institución del estado y como tal ha sido infectada por parásitos para que funcione a su beneficio ¿No debe haber una fuerza, amparada por el estado, que empuje a la población joven a ubicarse en el extremo de la campana de Gauss donde yace la co-morbilidad?
En publicaciones anteriores he puesto el siguiente perfil de persona idónea para adaptarse a El Sistema y que goza así mismo de sus beneficios, resumidos en una palabra: Seguridad. Se trata de alguien que siempre vota en elecciones, ve las noticias con juicio de ritual sagrado (compulsivo) y cree todo lo que diga la televisión, radio o redes sociales; trabaja cada día de la vida y puede durar cuarenta años haciendo lo mismo hasta que cumple con el ciclo (rueda de hámster) de pensionarse. Tiene hijos y los pone a repetir el ciclo. Nunca cuestiona nada. Jamás tiene episodios de existencialismo. No tiene aptitudes artísticas, inspiración ni creatividad, ni siquiera iniciativa. Hace cosas no por deseo sino por copiarlas o competir, como en el caso de los frentes de casas que casi se unen en el quinto piso. Es una máquina de obedecer y repetir. Sus reacciones a estímulos son actuadas, y rituales. Por ejemplo, ante una top story en medios, no solo reacciona como estos esperan—casi mandan a que el público reaccione; sino que este se congrega para hacerlo. Es el caso de los compañeros de trabajo que hablan cada mañana (enjuague y repita) de lo que hayan dicho las noticias el día anterior, se lamentan en grupo o toman partido si es el caso. Promueve y defiende a El Sistema y sus instituciones, con fervor religioso (las instituciones y sus principios son inalienables para él). Es la clase de individuo que profesa “La ley es la Ley y hay que obedecerla”. Asimila toda nueva tendencia y la olvida tan pronto como el sistema la manda olvidar. Juega a ‘Simón dice’ durante toda su vida, pero nunca es Simón. En su tiempo ‘libre’ hace actividades como pertenecer a un equipo y practicar algún deporte, y repite el ciclo semanal de practicarlo durante toda la vida. Sus aficiones son apenas lo que el sistema le dice que puede tener: Conoce sólo la música que la radio presenta de temporada y luego la olvida para siempre. Está al día en actualidad (lo que es una cortina de humo para la realidad), películas, series y videojuegos. Es, también, activo integrante de un partido político y además de alguna religión (o es fervoroso de no practicarla). Se aburre porque es lunes o se alegra porque es viernes, y repite el ciclo cada semana, desde que lo aprendió de joven y por el resto de la vida. Las matemáticas les asustan más que los fantasmas y de hecho, los fantasmas o cualquier manifestación fuera de lo que consideran el mundo normal, les asusta de muerte. Tienen tolerancia ilimitada a la repetición y las multitudes.
De estas personas, parece haber, hoy por hoy, unas cien por cada dos como Leonardo, mi antiguo estudiante. A quienes son como Leonardo, la vida resulta dura y su mejor versión es en soledad. Hombres y mujeres como Leonardo cuestionan la existencia, las autoridades, la ley, se preguntan por qué obedecer antes de obedecer. Pero se encuentran a estas máquinas de obedecer y repetir en centros educativos, sociales, vecindades, trabajos y hasta en su propia familia.
Yo mismo viví mi etapa de más álgida misantropía durante el fin de mi educación media y años siguientes. Estaba convencido de que los seres humanos eran por naturaleza, idiotas. Y el hecho que los medios masivos y el sistema educativo recalcara con vehemencia que todos eran iguales, solo confirmaba lo contrario. “Cuando algo es verdad, no necesita publicidad, ni repetición” decía mi intuición.
Ha sido solo hasta entrada la segunda década del siglo XXI que me topado con el alivio de que los seres humanos no son idiotas. De hecho, la definición ser humano se ha vuelto ambigua e inútil. Aquella bola de máquinas de obedecer normas, creer mentiras y repetirlas, no son seres humanos ¡son programas! Son proyecciones de El Sistema con algoritmos para cada situación de la vida en El Sistema. Son gente sin alma, como habría dicho la gente un par de generaciones atrás, o como dice esta obra: Gente sin consciencia. Sin consciencia ¿cómo aburrirse de hacer el mismo trabajo y repetir el mismo día durante cuarenta años? Un ser humano de verdad no aguanta seis meses haciendo una tarea repetitiva y menos si por el don de la consciencia, se da cuenta que dicha tarea no tiene sentido, sino que es parte de un mundo disfuncional. Estos programas han existido, según autores, durante unos ochenta años a la fecha y son responsables de la explosión demográfica mundial. Y ha sido solo hasta que se asentó como cultura la actividad de los video juegos, que surgió la mejor definición de estos seres. En los videojuegos, aquellos personajes que aporta El Sistema y siempre hacen lo mismo, no generan ningún cambio (no juegan) y el objetivo único de su existencia es sustentar el mundo del juego: Personajes que no Juegan, Non Player Characters, NPCs. ¿Cuántos conoce usted, respetado lector? Personajes cuyo único objetivo es sustentar el mundo en el que se desarrolla el juego. Nunca duda de El Sistema ni genera cambios. Siempre vota en elecciones…
¿Cómo no va a verse verdadera una mentira si es sustentada por cientos contra uno? ¿Cómo no va a funcionar la censura y el ostracismo, si se ve como si fueran miles y miles quienes ejercen el rechazo, como si pensaran y estuvieran de acuerdo en rechazar, pero estos miles y miles son solo NPCs siguiendo un script? ¿Cómo no va a parecer real el mundo si en él, miles y miles de habitantes se adaptan tan bien a El Sistema? ¿Cómo no van a lucir como inadaptados, conspiranóicos y delirantes quienes poseen consciencia y no siguen un programa? Más encima, los NPCs son presión constante y contraflujo a los que sea que haga y piense un ser humano real.
En el capítulo Enjuague y repita aduje a que una mínima, de veras mínima parte de la población estudiantil, posee el don de pensar críticamente. El resto son NPCs, y el sistema educativo es idóneo para ellos y una tortura para quienes piensan por sí mismos. Los NPCs siguen a plenitud los ciclos porpedeúticos, consiguen acreditación, empleos, favores de programas, apoyo financiero, patrocinio y voz, porque están haciendo aquello para lo que fueron programados: Repetir. Perpetuar El Sistema. Las personas más influyentes del mundo, archimillonarios, grandes artistas y líderes políticos, son NPCs. En el programa de un NPC dice: Ocupación: Conductor de camión para una compañía, y en el de otro, dice: Ocupación: Presidente de U.S.A. Pero ambos son NPCs, ambos tienen el mismo programa con el campo “ocupación” que responde al mismo sistema. Y lo más importante: El NPC conductor de camión votó por el NPC candidato y él y otros miles lo volvieron presidente. Es un programa de computador.
Los demás, los seres humanos de verdad, somos como un virus, y es nuestro deber seguir siéndolo. No podemos dejar que El Sistema siga empujando la población hacia el origen del plano donde se dibuja la campana de Gauss, donde el valor de la consciencia es igual a cero, pero la población que tiene esta característica sigue y sigue creciendo. La forma de campana ya no será más, y la mayoría totalidad de pobladores del planeta será disfuncional, individuos con co-morbilidad: psicópatas, narcisistas, limítrofes, obsesivo-compulsivos, histriónicos, neuróticos, mitómanos y esquizoides. Ellos manejan las instituciones, los gobiernos, el sistema monetario, el aparato militar, el sistema educativo, los medios de comunicación, etc.
Los NPCs son producto del sistema parasitario al que ha sido sometido la verdadera —y no tan abundante— raza humana. Desde el momento de su producción, carecen de consciencia. Sin embargo, en mi poco agraciada, tenaz e inverosímil carrera, he visto a decenas de seres humanos reales convertirse en NPCs. Imaginen a un hippie convertirse en CEO. Desde la perspectiva mainstream, esto sería un logro encomiable y digno de aplauso, un ejemplo de superación y emblema de éxito. Claro, porque el mainstream es el juego, y es mantenido y vigilado por NPCs. Imaginad a Jiddu Krishnamutri convertido en presidente de una corporación o a Ghandi en conductor de programas de Talk show. Sin ir más lejos, este es tal cual el caso de muchos artistas, en especial de la música, que inician inspirados en enfrentarse a El Sistema, pero terminan absorbidos por este y a su servicio. A quienes estando en la cima, todavía envían mensajes de rebelión, se les quita de en medio. Extenderse en dicho tema sobrepasa la intención de este libro. Mirad también a los periodistas que son acérrimos atacantes de la sociedades secretas o, como se conoce en Estados Unidos, el deep state; pero súbitamente caen en sus redes y se vuelven uno de ellos, sin que siquiera ellos mismos se den cuenta.
Entonces, las criaturas cuya consciencia se atrofia, inhibe o desaparece, son algo diferente a los NPCs, toda vez que en algún momento tuvieron consciencia. ¿Cómo pierde la energía de su psique un ser humano y así, su consciencia, y se vuelve un parásito? (…)
Vea también
Teoría de la estupidez de Bonhoeffer. Dietrich Bonhoeffer estaba claramente hablando de los NPCs, auque no usó ese término.
Aquí hay otro contenido sobre NPCs: Human NPCs and zombis.
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Corolario
Durante mi juventud tuve amigos, pero todos fueron absorvidos por El Sistema. Tengo la convicción de que un ser humano puede ser convertido en NPC, de eso va el capítulo siguiente. No sé cuántos seres humanos reales haya leyendo esto, pero la mayoría sí serán NPCs y cumplirán con su función de anular en manada.
Yo, nunca he sido usuario de smartphone. Cuando tengo qué usar uno, hago el ridículo por no ser experto en estos. Odio los smartphones, así como aborrezco las redes sociales y tampoco las uso, puesto que volvieron idiota la gente. ¿Alguien ha notado que lo que ve la gente en sus smartphone siempre es lo mismo? Bueno, no sé lo que ven, pero de acuerdo a lo que suena, siempre es lo mismo: Suenan chillidos, gritos, alaridos, voces de caricatura, carcajadas estrambóticas y/o de caricatura, y peleas. No suena otra cosa (a parte, es muy molesto, por eso me he esforzado en introducir lo que es la sensibilidad auditiva y la audiofilia, que es cosa de humanos reales). Si ves a alguien zombi, andando con su smartphone, está viendo algo que suena así. La gente en una cafetería, una familia sentada a la mesa, pero nadie habla con nadie sino que todos son zombis, y lo que ven, suena así. Los vendedores en los puestos callejeros, son zombis y lo que ven en la pantalla, suena así. En el transporte público, en el parque, en la fila (para lo que sea) la gente es zombi, y lo que ve en la pantalla suena así. ¿Qué es lo que suena así? No sé y NO QUIERO SABERLO. Desde la óptica de un ser humano libre de tal influjo idiotizador, el panorama es dantesco: Es una civilización entera bajo control mental.
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