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Atotita, la pequeña de papi. Parte 5

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Antes de regresar a casa, me detuve en la Sex-shop donde había adquirido los juguetes de Atotita. La chica que atendía, era casi una adolescente con al menos la mitad de su cuerpo lleno de tatuajes obscenos y múltiples perforaciones en su cara y orejas.

–¿Tan pronto regresas? Espero que no vengas a decirme que no le gustaron a tu amante.

–¿Amante? No, ella es mi pequeña… novia.

–Si tanto te cuesta decir lo que son, entonces no le pongas título y disfruta el momento –dijo lamiéndose el labio superior.

–Gracias, Deméter –ignoré su comentario y me dediqué a ver las estanterías. Desde el primer encuentro se había presentado con ese apelativo, era curioso que la diosa de fertilidad atendiera un pequeño local de herramientas para aumentar el placer.

Atotita aún era pequeña para la mayoría de los trajecitos y los juguetes. Tomé una tanguita rosa de holanes y cinco blancas, sencillas, para el uso diario. Una pareja jóven entró cuando iba a preguntarle a Deméter sobre las cadenas anales, vi mi reloj de pulsera y suspiré. Antes de pagar, le pedí un par de pezoneras ajustables con cascabeles rojos. Deméter puso todo en una bolsa negra que ya tenía sobre la mesa de cristal, salió de atrás del mostrador acercándose con un vaivén en sus caderas acentuado por sus tacones de aguja. Me entregó la bolsa y se acercó a mi oído.

–Te dejé un regalito, disfrútalo.

No estoy seguro qué me excitó más, si su tono elegante, su cálida respiración, su dulce perfume o su lengua adentrándose en mi oreja.

Apresuré el viaje para desgarrar a mi Atotita, quise decir, descargar mis deseos en mi dulce princesita. La encontré coloreando, su lindo cuello adornado con el collar le daba un exquisito toque. Reprimía mi impulso por utilizar el máximo nivel hasta dejarla noqueada. Atotita había dejado de verme con odio encarnado, pero yo deseaba que la lujuria consumiera sus ojos al mirarme.

–Haré algo de comer, no entres a la cocina.

–¡Si, papi! –sus rosados piecitos descalzos se agitaron en el aire cuando respondió.

Acomodé los víveres y dejé calentando agua para un caldo de pollo que Atotita me había pedido antes. El recuerdo de Deméter me provocó una palpitación en mi sexo. Tomé la bolsa y coloqué su contenido sobre la mesa. Una bolsita de _Sensual Tea_ destacaba de entre las tanguitas, las instrucciones eran las de cualquier otro té, con la promesa de generar un aumento en la sensibilidad en menos de una hora.

Y en efecto… Atotita ni siquiera había terminado de comer su pollito cuando su respiración estaba agitada, sus mejillas rojas como tomates, sus manitas temblando y sus ojitos transitaban entre estar muy abiertos y casi cerrados.

–Atotita.

–¿Si, papi?

–¿Qué eres de mí?

–Soy tu bebé, tu princesa, tu hija y, y, y tu puta.

Deseaba perpetuar ese momento, así que sin pensar en las consecuencias tomé el celular y comencé a grabar en 1080p.

–Repítelo, ¿qué eres de mí?

–Ya dije… soy tu bebé, tu princesa, tu hija y… –miro directo al lente de la cámara, mi corazón se hundió pensando que se iría corriendo a su habitación–, y soy tu puta.

–¿Qué es lo que más te gusta de ser mi puta?

–Me gusta, lo que más me gusta. No sé.

–¿Por qué te gusta ser mi puta?

–Porque… papi sonríe. Me gusta hacer feliz a papi.

–Vamos a la sala y enséñale a papi lo que sabes hacer como una buena putita.

Cayó al suelo al momento de levantarse, sus piernitas temblaban en demasía. Un par de veces se intentó reincorporar, consiguiendo el mismo resultado. Se giró para mirarme, la cámara aún grababa.

–Papito, ¿puedo jugar a qué soy una gatita? Es que no me puedo parar.

Asentí. Sus maullidos eran dulces, pequeños y tiernos. En aquel entonces era un acérrimo vidente de dibujos orientales y en aquellos programas, al igual que ahora, el sonido emitido por los gatitos era un _“nya, nya”_. Atotita lo aprendió de esa manera, pero jamás había imaginado que verla actuando así, me haría hervir la sangre.

Llegó a la sala y se hincó frente al sofá de una plaza, “el sillón de papi”, así lo bautizó y siempre debía de sentarme ahí o se molestaba.

–Atotita le va a enseñar a su papi como lo hace feliz, pero papi tiene que estar sentado.

Tratando de no agitar demasiado la toma, tomé asiento frente a mi pequeña gatita. Tenía poco tiempo que había dejado de usar cinturón, por lo que no le costó quitarme el pantalón de mezclilla y los mocasines italianos. La truza negra me la quitó con cierta dificultad y en cuanto mi verga estuvo a su alcance, se lanzó a devorarla con suma devoción. Sus pulmones se llenaban del aire aromatizado del sudor de mi entrepierna y su nariz expiraba un abrasador bochorno con cada arremetida contra su garganta.

Sin pedirle nada, ni incitarla, se quitó las bragas y se encaramó a mi pecho. Se movía con brinquitos infantiles, como si se tratara de algún juego en el parque. Con mi mano libre la ayudé a, encontrar, el punto justo donde su cuerpo se vería mancillado por un pedazo de carne palpitante, con venas acariciando su interior. No lloró, su puchita estaba rebosante de juguitos de Atotita, se deslizó sin dificultad hasta sentir que no cabía ni un centímetro más. Estaba asombrado, casi había desaparecido por completo en ese dulce huequito. Atotita continuó con su movimiento, ahora más lento, la tome de la nuca, acerqué su cara a la mía y dediqué un cuarto de hora en explorar su boca y su cara con mi lengua. Tras acostumbrarse a mi tamaño y sin poder aguantar más, rápidos movimientos de mi cadera la hicieron gritar y gemir, sacaba su lengua y mantenía el juego enredándola con la mía.

–Ahí es donde pierdes la conciencia y te desmayas un rato –dije, pausando el vídeo de su entrega voluntaria.

–No es cierto, no me acuerdo de nada –su llanto no había cesado desde que “despertó” siendo clavada por detrás.

–La ropa que compré la deberás usar todos los días, incluso los días que vas a la primaria. Sólo tienes permitido usar tus calzoncitos con dibujos cuando sea día de deportes.

Reproduje el vídeo desde el inicio y la dejé sola. Después de tres horas de juego continuo con una putita de seis años y múltiples descargas en cada uno de sus agujeros, se necesita un buen descanso.

El Secreto de la Familia Tetona
Atotita, la pequeña de papi. Parte 4

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