Cuando nos sentamos a desayunar, Atotita aún sollozaba y tragaba con dolor los trozos del pan con mermelada que siempre pedía por las mañanas.
–Te compré un regalo, amorcito –dije, intentando aminorar la pesadez del ambiente.
–¿Me vas a quitar esto? –tomó con ambas manitas el collar que comenzaba a dejar una marca roja en su piel.
–Lo haré cuando hayas aprendido a ser una buena putita.
–Soy buena niña, pero no sé qué es una putita.
Me levanté de la silla y tomé a Atotita del cuello, la arrastré hasta mi habitación, había dejado listos un pequeño plug anal metálico y una bala vibradora a control remoto.
–Una putita –la arrojé sobre la cama–, es una dulce niña muy, muy obediente –la jale de su piecito izquierdo, arranqué su calzoncito con ira–. Una putita pide que la usen como un saco de semen, un retrete humano o una funda de verga –escupí en sus agujeros y sin aviso, le introduje ambos juguetes, gracias a que ya la había usado no me costó demasiado. Lloró un poco, pero una cachetada fue suficiente para silenciarla–. Una putita, disfruta todo lo que le hace su papi, ¿entendiste?
–Si, papi.. –gimoteaba y sus lágrimas no cesaron.
Lejos de incomodarme, mi erección nunca había sido tan firme como en ese momento. Su expresión al sentir la vibración en su coñito nunca será igualada. Algo quiso decirme, pero se guardó lo que asumo era una queja.
–Una putita dedicará sus pensamientos y su energía a la complacencia de su papi –liberé mi herramienta para satisfacer el naciente deseo de Atotita, quizá ella no lo sabía, pero su cuerpo deseaba ser penetrado, así fuera a la fuerza–. Acércate y di esto: “Atotita se convertirá en la mejor putita, tragará todo el semen que su papito lindo le diga y será feliz cuando violen sus agujeros”.
Asintió, mientras se acercaba intentaba recitar mis palabras, olvidando casi todas. –Atotita será putita de papi y… será feliz con lo que le van a hacer.
–Ahora abre la boca y chupa la verga que te dio la vida.
Cuando ya estaba introduciendo más allá de la cabeza, cambié el ritmo y la intensidad de la bala. Atotita clavó sus dientes por reacción, a lo que le dí una buena descarga con su collar.
–Debes tener más control con tu boca, me mordiste pequeña puta estúpida.
Se quedó quieta, llorando. Había perdido la poca voluntad floreciente. Ya habría otros momentos para seguirla entrenando, por ahora, sólo terminaría de satisfacer mi sexo abriendo su garganta y eyaculando directamente en su epiglotis.