Nelson es un hombre botijón y tosco, de reducida inteligencia y consciencia. Esta última es tan reducida en él que apenas si puede contemplarse a sí mismo. Por eso se asea mediocremente una vez a la semana y no se cambia de ropa, o si se la cambia, es por otra sucia. Usa camisas de leñador que pesan de mugre y manteca emanada de su piel. Los colores ya no brillan en ninguna prenda. Sus jeans lucen como si estuviesen permanentemente mojados y sus botas guardan tanta tierra entre las costuras y adornos que las han borrado. Nelson vive de recoger material reciclable y vender toneladas de él por migajas. Pero no usa dichas migajas para comer, sino para alcohol y putas. Tiene una hija, Nereida, de 12 años. Ella asiste a un colegio estatal porque el distrito obligó a Nelson. Él aceptó cuando le dijeron que en el colegio había refrigerio. Así no tendría, creía, que ocuparse de alimentar a la nena.
Ambos viven en una pocilga en el centro de la ciudad, por la que deben pagar una suma pequeña a diario. Solo es un espacio donde se mezclan cocina y dormitorio, y un espacio aparte para hacer de baño, separado solo por una cortina. Nelson frecuenta prostitutas, de esas cuyos servicio completo cuestan lo mismo que un almuerzo en un restaurante promedio. Nereida estaba acostumbrada desde pequeña a ver a su padre a montar diferentes mujeres en la cama. Incluso al lado de ella. Hasta que una vez Nelson le echó mano a su hija. Fue cuando se le ocurrió que ahí había un ingreso extra para alcohol y drogas. Desde entonces, ya no son solo putas las que frecuentan la pieza, sino vecinos y con el tiempo, desconocidos. Llegan y se sirven de Nereida para complacer sus deseos más perversos. Frecuentemente, la prefieren en uniforme, por lo que un día una profesora encuentra un pegote de semen en la jardinera de la niña y hace un escándalo fenomenal que penetra las autoridades y los medios. Esto fue lo que pasó: La profesora fue amenazada de muerte y tuvo que irse de la ciudad. En dos días, dos hombres llegaron a la pieza de Nelson, clientes para Nereida. Pero no eran clientes habituales, sino bien vestidos, bien olientes y bien hablados. Se turnaron para montar a Nereida, y la pidieron en uniforme. Le dijeron a Nelson:
—No tiene qué preocuparse más de mantener limpio el uniforme, excepto para los clientes que lo pidan —El tipo encendió un cigarrillo y se acomodó en el sucio sofá para fumar—. Usted puede vivir mejor de lo que vive, hombre. Solo tiene que entregar a su hija para un programa del gobierno. La van a ayudar.
Dicho eso, el sujeto se puso de pie y le alargó un sobre a Nelson. Él nunca había visto tanto dinero en su vida.
—Tiene 20 minutos para ‘despedirse’ —dijo el otro.
Nelson dobló en cuatro partes el sobre, se lo metió entre la camiseta de esqueleto y montó a su hija. La agarró por el cuello y la dobló en la mesa. Sacó su ridículamente pequeño miembro de su pantalón y la penetró. Empujó durante unos minutos y gruñó como animal herido, hasta que terminó y sacó su pene sacudiéndolo. Luego se dirigió a la cama, debajo de la que sacó a rastras una canasta y de ella una cerveza. Pareció esforzarse montones para destaparla e ir a quedar tendido en la cama, dando ruidosos sorbos y respirando como cerdo asmático.
Nereida seguía doblada sobre la mesa, agarrándose los cucos con la mano y tratando de subírselos.
—Tú vienes con nosotros —dijo el primer hombre, poniéndole la palma de la mano entre las nalgas—. Todavía estás calientita.
Se la llevaron y no se volvió a saber nada de ella. Rumorean que se la llevaron a la diócesis y que allá es la nena favorita de Monseñor. De ser cierto, Nereida debe atender unos 10 sacerdotes cada día.
Nelson murió de una sobre-dosis. Estaba montado en una puta barata de esas que frecuentaba y empezó a ahogarse en su propia babaza. La golfa se desclavó, se subió los cucos y se bajó la falda, pero antes de salir corriendo revolcó todo en busca de algo para robar, quizá drogas, quizá efectivo. Encontró un poco de ambos y se marchó. Nelson trataba con sus últimas fuerzas de llamarla de vuelta, pero solo podía regurgitar sus pegajosos fluidos. Poco a poco se fue yendo, viendo doble, hasta no ver ni sentir nada.
Pero volvió en un cuerpo nuevo. Recién lo sacaron del útero de su madre y lo pusieron en un catre. Un perro lo olfateó. Estaba lleno de sangre. No entendía nada de lo que veía. Un tipo montaba a su madre recién parida, y otro se acercaba a él, masturbándose tan fuerte que le saltaban las bolas. Estaba por darle su primera amamantada. Y ese fue solo en inicio. Quien en su vida pasada fue Nelson, un padre ejemplar, habría de tener una merecida y nueva vida.
____________
Encontré este relato entre mis archivos, ni siquiera me acordaba de que existía. No me gusta, lo escribí con rabia. Pero el mensaje es tan importante que decido publicarlo. Este tipo de porquerías sí pasa, y no solo lo terrenal, sino la parte no mundana, eso también pasa. Es un ciclo infinito de reciclar desdicha y dolor del que debemos escapar.
mierda, qué relato tan feo.