La colegiala solitaria
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Necesitaba elevarme, pero no podía hacerlo en casa. Empaqué mi vicio en mi vieja maleta de colegial y salí a pesar del menudo rocío. Me arriesgué a enfermar de tos, todo por las ansias de darle al vicio y salir de la ominosa realidad. Caminé cuesta abajo por calles empapadas hasta el centro comunitario, donde ya me conocían y me dejaban entrar a entregarme a mi adicción sin reparo. Anduve más hasta mi punto predilecto, me senté bajo el techito que apenas cubría el asiento doble y tendí mi morral, debilitado por los años, sobre mi regazo. Dentro estaba mi pase. Ni bien lo tomé entre mis manos y el rocío arreció a un punto muy tenue para llamarse lluvia y muy fuerte para llamarse todavía rocío. El aliento empezó a revelarse en forma de vapor. Pero no importaba. Por esa misma llovizna, todo alrededor de mí estaba tan desolado y silencioso que bien valía la pena aguantar frío para pegarse la elevada. Cuánta quietud. Se necesita una llovizna moderada para obtenerla. Hora de consumir. Agarré mi vicio y lo abrí donde la cintilla estaba interpuesta: en la página 132. Subí los pies al escaño y me sumergí en los sueños y fantasías que Lovecraft tuvo la gentileza de heredarnos.
No sé cuánto llevaba metiendo y zambulléndome en otros mundos. Pero debió ser lo suficiente para que se formaran pequeños cursos de agua en torno al asiento bajo techo y, que de este cayera un delgado chorro de agua. «Bendita seas, lluvia, por regalarme esta deliciosa soledad y que pueda meter mi vicio en paz». Estaba tan cómodo que me atreví a leer en voz alta. No había nadie que me viera como bicho raro ni me juzgara por mi irregular adicción.
Terminé un capítulo y estiré las piernas. Elevé los ojos y vi que la precipitación ahora sí podía llamarse lluvia. Los eucaliptos altos del parque ensombrecían la atmósfera lo suficiente para que el agua pudiera verse. Meter vicio a lo loco, amparado por un techito que apenas cubre dos asientos, sin un alma a doscientos metros y con el rumor de la lluvia dando fé de la entera soledad. Y con Lovecraft de jíbaro. ¿Qué más se puede pedir? Pues, que «aquella otra cosa que más amas en el mundo, se presente a tí». Y así sucedió. Volví a subir los pies al asiento y a halar de la cintilla para prender el porro, pero una aparición se apoderó de toda mi atención. Estaba allí, en el primer segundo de haber culminado toda la escalera y en el momento pleno de darse cuenta de que su lugar favorito estaba ocupado por un despreciable vicioso.
Una colegiala, solitaria y mojada. De dónde venía, estaba lloviendo a cántaros, porque estaba empapada. La joven me vio, y en un movimiento muy discreto, dejó saber de su amargura por ver su sitio ocupado. Creo que taconeó. En vez de regresar, se arrinconó de forma que no le servía para protegerse del agua de manera alguna. Descargó su bolso y apretó la espalda contra una caseta en desuso y siguió taconeando con ambas piernas. Me dio mucho pesar, pero no iba a hacer nada, ya que en mi mente no había otra opción sino que en cualquier momento aparecerían sus acompañantes. Las colegialas solitarias no existen, punto. Seguí metiendo. Tuve la visión de cómo un par de sujetos descendían al hueco que habían excavado recién, en medio de un viejo cementerio, y abrieron una pesada losa. Quién sabe qué aventuras tendrían una vez adentro. Pero… algo de este mundo me abstrajo de mi trance. Una carrerilla graciosa y el chapoteo de agua salpicando a cada paso. Sí, eso había sido. La chica acababa de trotar hacia el asiento doble y se había parado frente a este, esperando que mis neuronas estuvieran lo suficientemente despejadas y que tuviera ocasión de reaccionar. Lo hice. Le abrí espacio. Ella se sentó.
—Gracias —dijo, apenas moviendo la mandíbula.
Yo, vago, vicioso y asocial, no pude hacer más sino quedar congelado. No sabía qué decir, ni qué hacer. Menos por ser ella una colegiala, y menos porque, como apenas me percataba, era hermosa. Si exactamente esa situación hubiera acaecido con, digamos, un albañil en su hora de almuerzo, yo solo diría «Qué lluvia tan mamona ¿no?», y sólo para buscar su empatía, puesto que la lluvia me encantaba. Pero era una joven colegiala hermosa y me tenía bloqueado.
—Tranquilo, siga leyendo —dijo, otra vez ahorrándose la mayor energía posible.
Entonces sí existe una colegiala solitaria, pero «¿Ve, Juan?» me dije «Ya se lo está quitando de encima». Resoplé mentalmente y volví a meter. Solo uno de los tipos ingresó al pasadizo subterráneo, aquél que tenía más pericia. No obstante, se comunicaba con el otro a través de un rudimentario teléfono alámbrico. Después de un rato de descenso y angustiosa espera del otro, el explorador aventurero se dejó oír en una mezcla de asombro y terror totales. Le indicaba a su compañero que volviera a poner la losa y se largara, que se salvara él y a toda la humanidad de lo que había allí abajo. Hubo una prolongada discusión entre ambos, pues el segundo hombre quería información de qué había encontrado su compañero o incluso, bajar allí. Se necesitó que una voz misteriosa anunciara la muerte del primero para que el otro desistiera.
—Usted tiene una voz muy bonita —me sorprendió la colegiala.
¡Mierda! Había seguido leyendo en voz alta. Pero la vergüenza de ser un vicioso perdedor y sin una vida, iba a ser poco, pues ella me dijo:
—Siga. ¿Qué pasó después?
Yo le había estado echando mi humo en la cara y la había enviciado también.

Continuará… ?