Fantasías Eróticas Tabú

Rodaje de video prohibido (fragmento)

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(…)

Vi un escritorio y en este había un porta-comidas con ensalada y un cubierto clavado en ella. Repetí «buenas» pero la única respuesta que obtuve fue un gemido desde dentro. Retracté la cara y fruncí el ceño. ¿Acaso fue eso un gemido de sexo? Claramente, había un hombre disfrutando allí dentro. Mi siguiente reacción fue de irme de allí, pero al volver a ver escalera abajo vi que alguien abría la puerta lateral de la van y metía cosas rápidamente. Uno le dijo a otro: «Listo, gracias, vaya y acabe de comer». ¡Hijueputa! Iban para donde yo estaba. Me asomé de nuevo adentro y vi que podría esconderme en lo que con seguridad era un baño. Corrí a hurtadillas hasta aquella puerta, pero no se abrió. Sentí los pasos de quien subía rápidamente y entonces me colé hacia el pasillo. La música encantadora, el aroma relajante y el sonido de los gemidos de hombre aumentaron en intensidad, para mis sentidos, por lo menos. Vi que además de todo, en aquel salón donde todo ocurría, había luces fuertes que seguramente rebotaban en objetos coloridos. Pero tenía una última opción de no ser atrapada. Al final de ese pasillo, estaban tanto ese umbral por el que emergía el aroma y la música, y una puerta más, abierta esta, por la que se colaba luz de día. Debía corresponder al balcón que había visto desde fuera. No había nadie allí, así que solo sería lanzarme y estaría a salvo. Troté hasta allá, pero no iba a poder evitar ver a través de los abalorios del umbral donde ocurría todo aquello. Allí dentro parecía otro mundo, como si los abalorios fueran un portal interdimensional, y justo allí fuera ese bello paraíso tropical que había imaginado recién. Había muebles de lujo, luces de colores, aquella magnífica música y aroma… y un hombre teniendo relaciones sexuales con una niña de, le puse yo, no más de 11 años. El impacto fue tanto en mí que olvidé que tenía que huir. Me acordé de inmediato de cómo peri mi virginidad cuando estaba así de chiquita, porque un inquilino que había en la casa, como de 40 años, me enamoró y me convenció de tener sexo. Me pareció verme a mí misma ahí, después de que había aprendido a fornicar, cabalgándome a ese tipo. Quien gemía de gusto en aquella surrealista instalación, era un hombre de unos treinta y cinco, le pongo yo. El típico hombre —por su físico— que nunca se ha metido a un gimnasio ni hecho mucho deporte. Tenía panza mediana y casi senos. Estaba acariciándole una pierna a la niña mientras la subía rítmicamente con su pelvis. Con la otra mano se tapaba la cara como si aguantara el dolor de una tortura con hojas filosas. Pero solo estaba en otra galaxia. Lo sé porque el tipo con el que perdí la virginidad a los 11, lloraba y se reía cuando se venía. Nunca creí volver a ver a un hombre tan dichoso. Este man empujaba con los talones como si quisiera huir, meterse más en ella. La niña, tenía un atuendo muy sexy: Faldita tableada tan corta como si se hubiese puesto una bufanda, medias enterizas de red de pescar, de color naranja brillante y brazaletes de igual forma y color. Tenía el dorso desnudo y su cabello rojo y muy largo estaba amarrado en dos coletas encintadas con color verde y blanco. Y se movía muy bien. Se sostenía de la panza del sujeto. Así, congelada, como estaba, pasaron quizá un par de minutos y el sujeto llegó a un monumental orgasmo. Se estiró todo agarró a la nena por la cadera, clavándola más, ya sin perrear. Puso cara de, como si le estuvieran retorciendo los pezones con alicantes calientes. Estaba rojo como tomate. Gruñó y casi lloró. Al fin, soltó toda esa tensión que hacía de su cuerpo una tabla y se entregó al sendo sofá donde su culo reposaba. Volvió a gemir, no sé si sollozando o riendo, o ambas cosas. «Hijueputa, está en el cielo» pensé. Me puse la mano en la boca y pensé si llamar a la policía o qué. Como fuera, primero tenía que salir de ahí. Pero antes de seguir pensando, una luz más ahí dentro y a través de los abalorios, llamó mi atención. Alguien se aproximó con una cámara de video a grabar casi con la lente pegada el coito. La nena se separó lentamente y hubo un aplauso. ¡Mierda! ¿Cuánta gente había ahí dentro? Seguro querían grabar cómo la vagina de la nena devolvía la venida del man. Este, estaba como narcoléptico, si no es que simplemente dormido.
Los abalorios se abrieron repentinamente y otra niña emergió de entre estos. Ambas nos quedamos petrificadas por a sorpresa de mi presencia. Ella era otra niña de unos once años, también. Tenía maquillaje de mujer adulta y pestañas postizas. Su cabello castaño estaba amarado en una coleta que le caía sobre el hombro. Estaba vestida de porrista, con pompones y todo, no con un uniforme real sino con una prenda erótica, o con un uniforme real pero de una nena de cinco años. Se le veía la vagina. Se la miré y tuve añoranzas de mi propio iniciar sexual, a esa edad. A una, la vagina se le pone oscura y escurrida por el uso y así sea un hijo, y por las afeitadas frecuentes. Pero esa cuquita de once años… Ah, tiempos aquellos.
Prácticamente me agaché, mostrándole las palmas de mis manos y luego poniendo mi índice sobre mi boca, suplicándole que no me delatara. Alguien la llamó: «¡Verónica, no se asome, venga para acá!» Y ella anduvo en reversa sin dejar de verme a los ojos. «Mierda, estoy perdida» me dije. Corrí como un gato a esa puerta que había concluido, conducía al balcón. La luz de día me sorprendió gratamente y me lancé a la calle cual gatúvela. La caída fue más fuerte de lo que esperaba. Mis plantas de los pies se resintieron bastante, pero aún así, pude incorporarme rápido y correr. Ni siquiera volteé a ver si en la van había alguien. Un indigente, al verme aterrizar, se levantó en un solo movimiento, asustado, pero lo único que hizo fue verme pasar corriendo a su lado. Cuando llegué a una avenida y me subí  a un bus urbano, me sentí completamente a salvo. Pero ¡¿Qué mierdas acababa de pasar?!
(…)

Ahora soy la mujer de mi papá...
Mi madre como la puerta a la perversión

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