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Charla de almohada

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Anal | Fetiche | Erotismo y amor 

Un hombre joven le explica a su novia su obsesión por el ano de ella.

©Stregoika 2022

—¿Por qué te gusta tanto mi culo? —me sorprendió Martina. 

Creí que estaba dormida, pero así, sin abrir los ojos, masculló la pregunta, con la voz engrosada por el gusto de la pereza. Sonreí porque me di cuenta que acababa de empezar una de esas deliciosas charlas de almohada. 

—No estoy seguro… no sé. Puedo darte indicios, pero la razón concreta y específica no la tengo —admití.

A Martina pareció encantarle mi respuesta, supongo porque, prometía largo rato de conversación. No era como preguntar «¿cuánto es dos más dos?», y «Rta: 4. Volvamos a dormir». Demostró su agrado encogiéndose y pegándose más a mí, encajando sus nalgas en mi abdomen. Estoy seguro que también sonrió.

—Pues dame esos indicios, entonces.

Habíamos pasado parte de la tarde y toda la noche en una mágica convivencia con otros compañeros de universidad en una finca en lo alto de una colina en Garagoa, Boyacá. Hubo asado, cerveza, rock en español y cantata, y luego un aguacero torrencial con falla en el suministro de luz eléctrica, que nos motivó a contarnos historias de terror, alumbrados con la escasa luz de los faros de mi camioneta entrando por una ventana. Hacia las 3:30 de la mañana el grupo se descompletó porque Anggie cayó dormida y Germán, su novio, la llevó a la cama. No pasó media hora y Lisbeth y Félix también cedieron a la borrachera y el cansancio. Para ninguno de ellos hubo sexo. Pero para Martina y yo, sería diferente, porque teníamos una reserva de energía de más, porque fuimos quienes hicimos las compras en el pueblo mientras los demás jartaban birra como albañiles. Tuvimos una faena de sexo descarado en la sala y luego en la habitación. Y, debido al alcohol, estuve muy desinhibido, y pasé largo, largo rato comiéndole el ojo del culo a Martina. Me entregué en cuerpo y alma a uno de mis más grandes fetiches: El culo. Por eso, cuando dormitábamos a la luz de una vela, surgió la pregunta de Martina.

—Los indicios son… a ver —la apreté más entre mis brazos—… lo primero y más importante es que tú me vuelves loco. Me gustas demasiado. 

Ella gimoteó como diciendo, en tono de consentida «correcto ¿qué más?». Pegué mis labios al borde de su oreja para seguir susurrando:

—El culo es lo más íntimo, privado, escondido y sucio. 

Ante esa declaración, Martina gimió como cuando da la primer probada a un helado de su sabor favorito y que estaba ansiosa por volver a probar. Incluso se pegó todavía más a mí y descendió un par de centímetros. Sentí como sus nalgas se separaban un poco sobre mi pubis.  Al aroma natural de mujer que me transmitía su cabello y el calor de su intimidad me evocaron la sensación de fortuna de estar con ella.

—¿Te gusta el culo de otras mujeres? —susurró. 

—Solo en el porno.

—Más te vale —rió—. Apuesto a que llevas una hora masturbándote viendo porno, hasta que una vieja se abre las nalgas y muestra el ojo del culo. Te vienes de una ¿cierto?

—No tan de una. Pero si se mete el dedo y se masturba el culo… uff… 

—Pero, ven… otra pregunta —aclaró la voz.

—Dime.

Dejó en claro la perentoriedad de la pregunta, alzando un ápice la cabeza:

—¿Qué tiene el culo de una mujer que no tenga el de un hombre? —Súbitamente se dio la vuelta y se puso frente a mí— Pues, además de lo obvio… no sé si me entiendas. 

—Y ¿qué es lo obvio?

—Pues… que la mujer tiene la cola bonita y pelada —acotó Martina. 

—Ahí está la diferencia —dije.

—No señor. Porque el culo, o sea, el ano; por sí mismo no es diferente. Es el marco lo que cambia, pero el cuadro no. 

—Me recuerdas a una compañera del colegio que decía que los hombres a quienes les gusta darles por el culo a las mujeres, son maricas reprimidos. ¿Me estás preguntando si soy marica?

—No… pero ¿eso decía tu compañera?

—Sí, con tu mismo argumento, que el culo es el culo, igual en hombres y mujeres —le expliqué.

—Y ¿tú qué piensas? —me preguntó, levantando más la cabeza y apoyándola en su mano. 

Vaya charla de almohada. Pensé por unos diez segundos.

—Ya lo tengo —celebré.

—A ver, dime —solicitó Martina. 

Pensé durante otros cuatro segundos, porque la idea era complicada. Luego dije:

—Contempla el ano como una terminación, como una cúspide. A ver —entonces quien subió la cabeza y se apoyó, fui yo—, si esta cúspide está en un pedestal al que deseas subirte y alcanzarle, pues te subes. Esa cúspide puede ser una pequeña esfera de metal, y estar también en otro monumento, pero cuyo pedestal no te apetece. Entonces a esa no te subes. Lo que te interesa es el pedestal y llegar a su cúspide. No la cúspide por sí sola.

—Woow. Por eso te amo —me regaló un beso—, con nadie se habla como contigo.

—Es más —agregué—: Para mi caso, específicamente: Hace unos años estuve a-dic-to a los videos de chicas transexuales. 

Martina abrió sus ojotes café claro al punto de hacerme provocar de tinto. 

—Incluso —seguí yo— cuando veía alguna, si estaba buena y hago énfasis en eso, si estaba buena; me quedaba viéndola con deseo.

No creí que Martina pudiera subir más las cejas de donde las tenía. 

—Acabas de cagarte toda tu carreta del pedestal —dijo, habiendo empezado muy seria pero terminó riéndose. 

—No, no-no. Al contrario, estoy sustentando mi explicación de los pedestales. 

Pero Martina no me prestó atención y se cubrió adorablemente su boca para reír. Me dijo:

—¡Estás dando demasiadas vueltas para admitir que también te gustan los hombres!

—¡No señora! Escúchame. 

—A ver, genio. Te escucho —dijo, y se quedó mirándome con los pómulos hinchados  a causa del esfuerzo por contener la risa.

—Por eso te dije: «Me quedo mirando a una transexual, si está buena». O sea, si parece mujer. En el mejor de los casos, si pasa por mujer. 

—O sea que, si estás en un bar y te levantas una creyendo que es un hembronón, te la llevas y al bajar te sacas un ojo… —se carcajeó.

—Si me la llevé, es porque me gustó. Y si bajo y me saco un ojo, pues… hay que probar ¿no? Pero vuelvo y te digo, si de verdad pasó por mujer. ¿Si me entiendes? Lo que gusta, agrada y excita es la evocación de la feminidad. 

Con esa última idea, Martina recuperó la seriedad de golpe. 

—Las trans, las lindas, digo yo, son un tributo a la feminidad. Pero las lindas, porque las que no, son, al contrario, insulto a la feminidad. 

Martina encogió los ojos. Trataba de procesar ideas tan nuevas para ella.

—Si a uno le gustara la masculinidad, pues busca manes, como busca manes una mujer heterosexual. Pero la feminidad, Martina mía, es lo que embruja. Y las trans logran al menos la apariencia física y con ella, proporcionan cantidades inmensas de placer. 

—O sea que no tendrías problema en voltear a una trans y comerle el ojo del culo —Apuntó Martina. 

—Solo si es la trans más linda que haya visto. 

—Con cabello largo —comentó ella—, carita delicada, buenas tetas, buenas piernas, nalgas de concurso y…

—Que actúe con feminidad —rematé—. Así, que tenga verga y bolas no importa. Es como una tremenda viejota que en vez de un rico chochito tiene una rica pija. 

—A ver si entendí —¡Martina se sentó en la cama!— Le chuparías la verga a una hermosa trans, sí y solo sí es hermosa, por su feminidad, aunque sea solo la evocación…

—Correcto…

—Pero a un tipo, musculoso, de barba, pecho y brazos peludos…

—¡Jamás en la puta vida!

Ambos nos carcajeamos. 

Hubo un rato de silencio durante el que contemplé a Martina viendo al techo. Besé una de sus manos e hice la pregunta estúpida que se hacen los novios:

—¿En qué piensas?

—Me has hecho pensar un montón, Diego. Nunca has estado con una trans, pero te gustaría probar ¿cierto?

—Mmm… Si estuviera solo, me moriría por probar. Eso que ni qué. Pero, y no es por decirte lo que quieres oír… estoy contigo y estoy muy bien. Y sí, tu culito me enloquece y te lo chuparía con sudor y peos.

Ella soltó la risa.

—A veces —continué—, que estás en falda corta o con el uniforme de tu trabajo, te miro ese jopo y ya quiero arrodillarme y meterte la cara entre tus nalgas. Desde ayer por ejemplo, con ese short delgadito que te trajiste y se te marcaba el cahchetero…

—¡Amor!

—…me tuviste jetiando toda la tarde. Por otra parte…

La sustraje de su posición y la abracé con fuerza.

—…no estoy contigo por tu culito. 

—¿Ah, no?

—No. Eso sería si, lo primero que hubiese visto de ti hubiera sido tu ano. Cuando te conocí, no hubiera visto tu cara, tus ojos y oído tu voz sino visto tu ano.

Martina soltó la mayor carcajada de toda la noche. Incluso la reprimió enseguida por temor a despertar a los demás en los otros cuartos. 

—Pero me enamoré fue de ti —concluí. 

Me tomó por la cabeza y me besó al tiempo de impulsar un gemido de gusto. Luego se recostó en mi pecho, pensó por un segundo y al final dijo:

—Creo que antes te habría dicho «Pero Diego, cualquier vieja tiene el mismo culo. Tienen tetas de diferente tamaño, nalgas de diferente forma, caras distintas… pero el ojo del culo es el mismo asterisco ennegrecido…

—El tuyo es rosadito —interrumpí.

—…o sea que sin importar la vieja —siguió Martina—, el man está buscando es el culo, igual que la vagina. Todos los anos y las vaginas son iguales, sin importar la vieja». Pero lo del pedestal está interesante, y aunque ahora sé que te gustaría chupar penes trans, sé también que tienes un buen concepto de mí. Y que me quieres. 

La energía volvió y el bombillo, cuyo interruptor naturalmente habíamos olvidado cambiar de posición,  se prendió intempestivamente, obligándonos a cerrar los ojos. Volvimos inadvertidamente a tener consciencia de los muebles, las paredes y el mundo exterior a través de las ventanas. Solo se veían los goterones cayendo del tejado y la luz que reflejaban como luciérnagas suicidas. La electricidad nos trajo de vuelta violentamente al mundo real, en donde no se habla tanta mierda si no es con alcohol, sexo y amor. La charla de almohada había terminado. 

A los ocho meses de ese paseo a Garagoa, mi relación con Martina terminó. Lo que a ella le fascinaba de mí terminó por ser lo que le aburriera: Que yo no fuese tan joven de mente como lo era de cuerpo. Casi me muero, ja ja. Fue la única novia que tuve, porque una parte de mi currículo de vida en esta particular experiencia siendo humano, es la soledad. Y la otra, pequeñita, era experimentar el dolor del rompimiento. Suena masoquista, lo sé, pero es una experiencia necesaria para aprender y el objetivo de dicho aprendizaje no cabe ni de fundas en este relato de una simple charla de almohada. 

Fin

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