Incesto

Magdalena – Primera Parte.

0
Please log in or register to do it.

De siempre antes de irme a acostar, iba a ver a mis hijos para asegurarme de que estuvieran dormidos y arropados para pasar la noche, sobre todo en noches como esta que la temperatura refrescaba bastante.      Mi hijo menor, Julio, estaba dormido con los brazos afuera, me acerqué y lo arropé, arrebujando el edredón en modo que cubriera sus bracitos.     Él es el más pequeño, recién va en cuarto básico.    Luego me fui al cuarto de mi hija mayor, Magdalena, acaba de ingresar a sexto básico, es una pubescente, es una loca maniaca a veces y luego se transforma en la dulce niña de papá que siempre soñé.      Generalmente sacaba de quicio a mi esposa, un día me dijo:

—Yo cumplí con traerla al mundo … ahora es tú turno … tú te encargarás de ella …

Desde entonces tenía una relación bastante buena con ella, aunque debía estar muy atento a sus manipulaciones, ya que era maestra en tratar de conseguir lo que le interesaba.

 

La llevé al salón de belleza para que limpiaran su cutis cuando comenzaron a aflorar algunos granitos de grasa en su cara, le pagué clases de baile y gimnasia en el Mall cercano.      Ahora me acerque a su cuarto.      Abrí la puerta para dejar filtrar la luz del pasillo en su dormitorio, estaba acostada sobre las sábanas, su camisón estaba ligeramente subido a sus blancos y torneados muslos, tenía en su mano algo brillante, como un lápiz muy grueso, color plateado y una tapa gris oscura, pensé que era un estuche para lápices.      Su mano izquierda aferraba firmemente a esa cosa que no me resultaba del todo desconocida, pues se trataba de … ¡¡¡Un consolador!!!

 

Ella estaba dormida, así que no vio mi reacción de asombro.      Incrédulo miré el arnés por algunos segundos, luego retrocedí sin hacer ruido y cerré la puerta silenciosamente.      Nada pasaba por mi mente, pero la imagen de mi hija acostada con su camisón arremangado y un juguete sexual en su mano, se grabo a fuego en mi cabeza.      Deveras que no lo podía creer, estaba ahí pegado a su puerta sin poder moverme, con cautela volví a abrir la puerta para cerciorarme de que no había sido un juego de mi imaginación perversa, pero no, ella estaba ahí en todo su esplendor adolescente, sosteniendo el dildo plateado en su manita izquierda.      Mi hija pequeña ya no era tan pequeña.

 

Comencé a mirarla con otros ojos.      Ella medía cerca de 1,60 y pesaba poco menos de cincuenta kilos, lo sé porque fueron las cifras que arrojó en su presentación al gimnasio del Mall.     La miré de arriba abajo, estaba creciendo no hay duda.      A la altura de su pecho, dos suaves montículos se alzaban protuberantes, no pude ver más y temiendo que se despertara, hice abandono de su dormitorio sigilosamente.      La percepción que tenía de mi hija cambió radicalmente, en ese abrir y cerrar de puerta, me hija se transformó de niña a mujer.

 

Me acosté al lado de mi esposa, le dije que los niños estaban bien y dormidos, muy pronto el acompasado respirar de mi mujer me indicó que se había dormido.      Pero yo permanecía boca arriba en la oscuridad sin poder dormir, no necesitaba luz para pensar.      Me preguntaba ¿En qué momento creció tanto? Si solo ayer se veía tan niña revoloteando por la casa.      No sabía en realidad como afrontar esta situación ¿Qué hacer con mi descubrimiento? Cuanto más pensaba, más preguntas surgían espontaneas:

—¿Debería ignorar el todo?

—¿Debería investigar más a fondo?

—¿Debería decirle a su madre?

—¿Qué estaba haciendo con ese consolador?

—¿Sabía a cabalidad como usarlo?

—¿Habrá perdido su virginidad con ese artilugio?

—¿Será virgen todavía?

—¿Tendrá otros tipos de experiencia sexual?

—¿Qué pasa con los muchachos?

—¿Lo habrá ya hecho con algún chico?

Todas las alarmas se me encendieron en alerta máxima y sabía que tenía que hacer algo.      Me levanté después de varias horas y me escapé al dormitorio de Magdalena.      Ella estaba acurrucada bajo su edredón y abrazada a su almohada.      Me acerqué a su cama y ya no vi a mi niña, vi a una mujer cautivantemente bella, algo en mis bolas hormigueó, avergonzado me alejé de su cama y mi pie descalzo piso algo frio y metálico.      Miré hacia abajo y vi algo reluciente, lo recogí con cautela, era el consolador, me avergoncé aún más cuando me lo llevé a mi nariz buscando de percibir el aroma de mi hija, mis bolas volvieron a agitarse.      Escapé pudorosamente a mi dormitorio con el juguete sexual en mi mano, no sabía que hacer con él, así que lo escondí en uno de mis cajones del armario.

 

A la mañana siguiente después de haberme duchado, me encontraba sirviéndome mis cereales y café, cuando sentí algunos estridentes gritos en el pasillo:

—¡Pequeño asqueroso! … ¡Te metiste a mi cuarto mientras dormía! …

Era Magdalena que discutía con su hermano menor, éste en tono asustadizo respondió:

—¿Yo? … ¡Yo no! …

—¡No me mientas, enano mentiroso! … ¡Lo sé! … ¡Tienes que haber sido tú! …

—¡No! … ¡No sé de que me hablas! …

Mi esposa no se pudo contener, inmediatamente salto en defensa del pequeño.

—¡Magda! … ¿Qué pasa? … ¿Por qué estás gritando? …

—Mami … tiene que haberse colado en mi habitación mientras dormía …

—¿Por qué dices eso? … ¿Qué te ha sucedido? …

—¡Ah! … Bueno … nada … no importa …

Apenas mí esposa regresó a la cocina, escuché a Magdalena amenazar a su hermano.

—Enano maldito … tienes que devolverme lo que te llevaste … devuélvemelo o te la veras conmigo …

Inmediatamente supe lo que había perdido.

 

Toda la mañana Magdalena estuvo irritable y nerviosa, mi hijo anduvo escondiéndose de ella hasta que mamá le permitió de salir a jugar con sus amigos.      Entonces mi esposa la confrontó, preguntándole cual era su problema, pero ella le dio solo un gruñido como respuesta y mi esposa corrió a mí:

—¿Has visto a esa loca de atar? … No se puede tratar con ella … es imposible … no sé que diablos le sucede ahora … tienes que hablar con ella, querido … yo no la aguanto más …

Comencé a sonreírme y mi esposa frunció el ceño.

—¿Te ríes? … ¿Qué es lo que encuentras tan gracioso? …

—¿Recuerdas lo que decía tu padre cuando recordaba tú adolescencia? …

—¡No! … ¿Y qué? …

Respondió mi mujer sin siquiera reflexionar y bastante molesta:

—Bueno … él dijo que cuando tú eras como nuestra Magdalena … las discusiones entre tú y tú madre eran frecuentes y él en vez de marido o esposo … muchas veces tuvo que hacer de arbitro …

Mi señora esposa todavía molesta me dijo:

—Pues si crees que eso era gracioso … lo que es a mí no me hace ninguna gracia … tienes que controlar y hablar con esa loca de tu hija …

Durante algunos días, el nivel de animosidad entre Magdalena y mi hijo fue in crescendo, lo que complicó cualquier entendimiento de ella con mi esposa.      Yo era el único al que ella no respondía en forma antipática.      Yo sabía lo que la estaba molestando, pero no sabía como arreglar las cosas de nuevo.      Pensé en volver a colocar el juguete en su habitación y no decir nada, pero continuaría  molestando y odiando a nuestro pequeño hijo, cosa que enfurecía a mi mujer.      Todo llegó a su fin cuando mi señora me llamo:

—Saca a tu hija de aquí … no la soporto más … estoy lista a darle un par de bofetadas … llévatela y habla con ella …

Me fui al cuarto de ella y llamé a su puerta:

—¡Magda! … ¡Hija! … Necesito hablarte … ven, vayamos a dar un paseo en auto …

—Está bien, papi …

No era la primera vez que yo la sacaba de casa para conversar a solas de padre a hija, nos fuimos al Mall a servirnos una copa de helado.      Ella pidió un Sundae de Chocolate blanco y yo un café vienes, luego le pregunté como si no supiera:

—Cariño … ¿Qué te está pasando? … ¿Por qué estás tan nerviosa estos últimos días? …

—No lo sé, papá … Julio se metió a mi pieza y me sacó algo de mis cosas …

—Pero él es pequeño … quizás lo hizo sin querer … los niños son traviesos …

—Él es un maldito entrometido …

—¿Y tú madre? … ¿También ella es una metiche? …

—Papi … ella lo defiende … piensa que yo lo odio todo el tiempo …

—¿Y no es así? …

—Por supuesto que no … pero esta semana me ha hecho enojar … se metió a hurgar en mi dormitorio y eso me exasperó mucho … se me perdió algo … él debe haberlo tomado …

—¿Algo? … ¿Dices que él tomó algo tuyo? … ¿Qué cosa? …

—¡Ay!, papi … es algo personal …

Se sonrojó mucho y esquivaba mi mirada, entonces pensé que era hora de hacerle saber que yo estaba al tanto de su secreto, me metí la mano en el bolsillo y saqué una cajita y la puse sobre la mesa.

—Ten … quizás esto ayudará a calmarte …

—¡Oh!, papi … me has traído un regalo …

Se le iluminó su carita angelical, a ella le gustaba recibir regalos de sorpresa, agarró la cajita e inmediatamente su rostro cambió cuando se encontró con su consolador depositado sobre algodón, se quedó estática, casi no respiraba, luego levantó sus ojos hacia los míos y su mirada estaba cargada de algo que no era precisamente afecto.      Había rabia en sus ojos, dejó caer la caja sobre la mesita, se levantó y abandonó apresuradamente el local.      No me sorprendió para nada su reacción, conociendo lo temperamental que es, imaginaba una reacción de este tipo.

 

Dejé algo de propina sobre la mesa, me levanté y me fui al estacionamiento, ella no estaba ahí, subí al auto y comencé a girar por el centro comercial y luego salí a las calles a buscarla.      Di con ella a dos cuadras del recinto comercial, me detuve a su lado y la llamé:

—Magdalena … ven … sube al auto, hija …

—¡Vete! … nunca lo haré … jamás volveré a subirme al auto contigo …

Lo dijo cargada de ira y casi en sollozos.      Una mujer que iba pasando a su lado, me miró con aprensión y luego la vi que tomaba su celular para fotografiar mi placa patente, después comenzó a llamar a alguien, supuse que llamaba a Carabineros o Policía de Investigaciones.      Un viejo verde acosando a una chica joven.     Me alejé, giré en la esquina y me bajé, cuando ella se acercó la detuve.

—Tienes que venir conmigo antes que aparezca la policía …

Le dije con un dejo de preocupación, ella muy enojada me respondió.

Pues bien … esperémosles … quizás ellos te multen …  o te lleven detenido …

—Hija … no fue mi intención regañarte ni avergonzarte … ni menos hacerte sentir mal …

Volví a sacar de mi bolsillo la cajita y se la pasé.

—Ven … vuelve al auto …

Suspicazmente ella dio un amplio rodeo a mi alrededor y finalmente se subió al auto escondiendo la cajita en algún modo.      Vi que la mujer con su celular en mano nos había seguido y continuaba a conversar agitadamente con alguien.   Me subí apresuradamente al auto y arranqué del lugar, me fui al otro extremo de la ciudad, al Parque Bustamante, ahí podíamos estar tranquilos para conversar sobre este incomodo tema.      Nos bajamos del auto y caminamos.

 

Ella blandiendo delicadamente la cajita en el aire me espetó.

—¡Tomaste esto de mi habitación! …

—No fue tan así … entré para arroparte … como hago siempre … tropecé con él … estaba en el suelo junto a tu cama …

—¡Y se lo mostraste a mamá! …

—No, cariño … ella no sabe nada de esto … solo yo lo sé …

Su angustia se apaciguó y comenzó a mostrar una cara de alivio, un poco compungida me dijo:

—Gracias, por no decírselo …

Por varios minutos quedamos callados sin saber cómo continuar, luego le dije:

—No creo necesites una charla sobre educación sexual … ¿Verdad? …

—No … creo que no … mamá me ha hablado lo suficiente y luego yo he aprendido en otros lugares …

—¿Otros lugares? … ¿Con chicos tal vez? …

—No, papi … con amigas y videos … cosas así …

Me dijo sonriendo más relajada.      Sentí un alivio al saber que todavía no había incursionado más allá.      De todas maneras, tenía cientos de preguntas que hacerle, solo que debía ser cuidadoso y delicado con ella.

—¿Desde cuando que tienes eso? … ¿Cómo lo conseguiste? …

—Hace algunas semanas … Maritza y yo los compramos por internet … mintiendo sobre nuestras edades … pusimos el domicilio de ella … sus padres trabajan todo el día y solo ella se queda en casa … recibió la encomienda que llegó por Delivery …

—¿Por internet? … no veo de frecuente publicidad de estos objetos … ¿Lo encontraron en algún sitio pornográfico? …

Una vez más se ruborizo, me miró inquieta y bajó su mirada, no necesitaba responderme, me di cuenta de que miraba porno.      Inconscientemente, mi mirada se fue a sus piernas y el cosquilleo en mis genitales se volvió a manifestar.

—Magdalena … no debes preocuparte … no se lo diré a nadie … puedes quedártelo y hacer lo que desees con él …

Respiró profundamente como si le hubieran quitado un gran peso de encima y solo murmuró:

—Gracias, papá …

Luego me miro animosamente a los ojos.

—No he hecho nada con los chicos … pero siento una gran curiosidad … quisiera saber cómo piensan ellos … cosas piensan sobre las chicas … Si te hiciera alguna pregunta, ¿la responderías? …

—¿Ahora? …

—No … puede ser más tarde … volvamos a casa … quiero hacer las paces con mamá … ser más amable con ella …

—¿Y tu hermanito? …

—No … él todavía es un enano cretino y repugnante …

Me dijo sonriendo divertida.     Regresamos a casa charlando de diferentes cosas y cuando llegamos, frente a nuestro domicilio había una radiopatrulla de Carabineros, mi mujer estaba en el antejardín conversando con un oficial, nos acercamos yo y Magdalena y en unos minutos explicamos al policía toda la situación, él entendió y cerciorándose que no había ninguna situación de violencia intrafamiliar, subió al carro policial y se fueron.      Mi mujer un poco exasperada y con los brazos en jarra dijo:

—¿Qué demonios fue todo esto? …

Magdalena se acercó a su madre y la abrazó:

Mami … estaba peleando con papá en la calle y una mujer que nos vio debe haber llamado a la policía …

—¿Y siguen peleados ustedes dos? …

Preguntó mi esposa con cierta aprensión.

—No, mami … no quiero pelear con nadie … perdóname … entremos en casa …

Dijo Magdalena reforzando el abrazo a su madre.      Mi esposa me miró inquisitivamente, luego me miró con gratitud al tener a su hija querida y cariñosa de vuelta al redil y a la normalidad, era una vez más parte de nuestra familia.

 

Pasaron algunas semanas y Magdalena me trataba con mucho respeto y confianza.      Yo quería saber que hacía ella cuando las luces se apagaban, pero respetando su privacidad jamás mencioné nada al respecto.      Después, un sábado mientras regaba el jardín, Magdalena se me acercó:

—Papi … ¿Podemos hablar? …

—Sí … dime …

Ella titubeó por un instante y luego mirando al suelo comenzó.

—Bueno … tú sabes … sobre mi cosa …

—¿Qué cosa? …

Me miró un poco impaciente.

—¡Dildo! … te dice algo eso …

La miré un poco sorprendido, ella estaba siendo directa sin quitarle el bulto a la situación, inmediatamente adopté aires de complicidad.

—¿Qué? … ¿Qué pasa con eso? …

—Mamá … ¿Tiene uno de esos? …

—Pues sí … tiene tres …

—¡Tres! … ¡Oh! … y … 

Magdalena miró a su alrededor, respiró nerviosamente y luego me miró.

—Y tú … ¿La has visto cómo ella los usa? …

—¡Eh!, sí … a veces la ayudo con eso …

—¿La ayudas? …

No sabía a ciencia cierta donde iba esta conversación, posiblemente era parte de las curiosidades que ella tenía.

—A veces cuando hacemos el amor, suele ocurrir que nos divertimos un poco más usando los juguetes … ¿Entiendes? … y yo la ayudo con eso …

Ahora la curiosidad de saber lo que a ella le interesaba me había contagiado a mí y no iba a desaprovechar esta oportunidad que me estaba brindando ella misma para tocar el tema.      La vi que se sonrojaba al máximo y no me miraba a los ojos.

—Bueno … es que yo … ¡ehm! … he usado poco el mío y no me atrevo a llegar hasta el final …

Entendí perfectamente lo que me estaba diciendo, pero quería escuchar de su boca lo que eso significaba para ella.

—¿Hasta el final? … ¿Uhm? …

Ella se acercó más a mí, volvió a mirar hacia la casa, suspiró profundamente y dijo:

—Nunca lo he metido dentro … me da miedo … podría doler … tal vez sangrar … me asusta …

—¡Oh! … ya veo … entonces … ¿Qué quieres? … ¿Quieres aprenderlo a usar correctamente y necesitas ayuda para ello? …

Magdalena asintió moviendo su cabeza lentamente dándome una mirada afligida, agregando:

—Papi … si pudieras ayudarme así cómo ayudas a mamá … puedes mostrarme cómo se supone que debería usarse … ¿lo harías? …

Mis cojones se tensaron y mi verga comenzó a reaccionar entusiasmada ante su petición.      Decenas de respuestas cruzaron por mi cabeza.      Me la recordé sobre la cama con sus piernas al descubierto y plegadas.      Un escalofrío sicalíptico recorrió mi espalda.      Ella me miraba ansiosa y pensativa, entonces le retruqué:

—¿Estás segura de que es eso lo que quieres? …

Magdalena bajó la vista al césped, asintió levemente y luego salió corriendo a la casa.

 

Pasaron varios días después de la solicitud que me había hecho mi hija.      Cada vez que pensaba en ello mi erección se manifestaba sin poderlo evitar, a veces era una erección completa y si estaba cerca a mi mujer, pues la atraía hacia mí y la follaba dejándola placenteramente satisfecha, pero Magdalena no se había vuelto a pronunciar al respecto.

 

Pasaron más de dos semanas.     No me acerqué a ella, pero si eché un vistazo a su habitación cuando entraba a arroparla.      Jamás volví a ver su juguete, pero si la vi adormecida sobre su cama con su veste corta y tuve una vista de ella en ropa interior, con sus piernas desnudas y sus nacientes tetitas marcándose en la tela de su camisón, admiré sus longilíneas y sinuosas formas de su cuerpo adolescente mientras dormía plácidamente.      En esas noches reveladoras, me retiraba de su cuarto con una erección que apenas me recostaba al lado de mi esposa, la penetraba y ella entre dormida y despierta, se quejaba y gemía sintiendo en su coño mi exuberante, duro y abultado pene.

 

El viernes siguiente, mi esposa dijo que iba al cine con mi hijo a ver la última de “Toys Story”.    Magdalena había dado a entender que ella saldría con sus amigas.     Después de las 18:00 mi esposa se fue en un Uber, luego de un rato también mi hija se fue con unas chicas que vinieron por ella.    Me quedé solo en casa, esperé un rato y me fui al dormitorio de mi hija, no encontré el consolador por ninguna parte, entonces me centré en su portátil.      Me costó un poco dar con la “Password”, pero después de una decena de intentos, acerté usando “enano_maldito”.

 

Me dediqué a ver las diferentes carpetas, pero encontré solo cosas relacionadas con el colegio, había algunas selfis de ella y sus amigas, sin desnudos ni cosas relacionadas con el sexo.     Entonces se me ocurrió ver el historial del navegador.      El historial no había sido borrado en las últimas dos semanas.     Empecé a encontrar los sitios pornográficos que visitaba mi hija.      El que más visitaba era uno de chicas.      Había varios hombres con poca ropa o desnudos, con pollas flácidas o erectas, pequeñas y monstruosas.      También había chicas con bikinis, otras desnudas, algunas chicas chupando coños, otras jugando con juguetes.      En ninguno de esos sitios había coitos, quizás eso lo veía en otros sitios.      El tiempo paso volando, tuve que dejar todo pues de un momento a otro regresaría mi esposa con mi hijo.

 

Enseñarle a mi hija como usar su dildo, era una idea que me seducía.      Pero también luchaba con mis principios de ser un buen padre.      Magdalena no se pronunciaba sobre el tema y yo la miraba con ojos diferentes cada día que pasaba.      Sus falditas cortas, sus ajustados jeans que hacían resaltar su redondo trasero con esas firmes nalgas, todo en ella me atraía y ahora solo me bastaba esperar el momento en que ella estuviese lista para experimentar.

 

Una tarde mientras nos refocilábamos en un restaurant local toda la familia, Magdalena estaba sentada frente a mi, mi esposa estaba ocupada con mi hijo.      Miré la cara de mi hija, ella me devolvió la mirada y sentí una descarga eléctrica que me hizo estremecer, sentí un cosquilleo característico en mis bolas, a la vez que mi pene se endurecía, su mirada no me dejaba lugar a dudas, leí sus pensamientos, mi hija estaba lista.      Había fuego y deseos en esa mirada, una tacita invitación, me tocaba a mí el próximo movimiento.      Una sensación como de caída al vacío me hizo apretar mi estómago, como si estuviese descendiendo a una alocada velocidad en una montaña rusa.

 

Paso casi una semana y al final de esta, mi señora dijo que quería acompañar a julio a un baby-shower y que regresarían tarde.      Fui a ver a mi hija a su dormitorio, ella también se preparaba para salir.     Se había puesto un ligero maquillaje, vestía unos pantalones cortos y un top, buscaba una chaqueta corta en el armario, que hiciese juego con su falda.

—¿Qué haces hija? …

—Voy a casa de Maritza, papi …

—¿Tienes algo importante que hacer con ella? …

—Realmente no … pero estaba comprometida a visitarla …

—¡Ah! … bueno … tu madre salió con tu hermano y estaremos solos tu y yo …

Magdalena se detuvo de golpe, se volvió y me miró a los ojos, se ruborizo.      Hizo un profundo respiro y me dijo.

—¡Ah! … creo que llamaré a Maritza para decirle que no iré …

Rápidamente me di media vuelta y salí de su habitación para que no viera la tremenda erección que me provocó su respuesta.

 

Volví al cabo de un rato, teníamos por lo menos unas cuatro horas solos.      Mi Berga se había suavizado un poco, pero no quería entender que no había nada de sexual para ella.      Era solo una clase didáctica y educativa de padre a hija.      Encontré a Magdalena sentada en su escritorio sin hacer nada, era evidente que estaba nerviosa, quizás tanto como yo.      Me senté al borde de su cama y la invité a sentarse junto a mí.      Se sentó cohibida y se percibía un temblorcillo en sus piernas, parecía un corderito delante del lobo que estaba a punto de devorarla, quise calmarla.

—¿Estás bien? … Ye ves muy linda …

Mas que una sonrisa, hizo una mueca y murmuró.

—Gracias …

Consideré inútil de darle muchas vueltas al asunto, tanto ella como yo sabíamos lo que iba a suceder, así que fui directo y calmadamente le pregunté.

—¿Dónde está tu juguete? …

 

Continuara …

 

—– —– —– —– —– ooo —– —– —– —– —–

 

Los comentarios vuestros son un incentivo para seguir contando historias y relatos, vuestra opinión es siempre invaluable, negativa o positiva, es valiosa y relevante, todo nos ayuda a crecer como escritores y narradores de hechos vividos o imaginados, comenten y voten, por favor.

 

luisa_luisa4634@yahoo.com

 

 

Magdalena - Segunda Parte.
Charla de almohada

Nadie le ha dado "Me Gusta". ¡Sé el primero!