Incesto Tabú

De paseo con mi hija Carla

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©Stregoika 2021
Les contaré cómo un viaje de padre-hija terminó convertido en un viaje de ardientes amantes.

Supongo que ustedes han leído cientos de cuentos por el estilo, razón por la que trataré de que este les guste, siendo lo más honesto posible.
A mí, desde mi propia niñez, siempre me gustaron las niñas y mujeres caucásicas. Siempre que conocía a una niña de cabello negro y piel blanca, me embobaba como caricatura. Claro que con el paso de las décadas todo eso se me olvidó, hasta que, a mis 33 años, cuando Carla tenía al rededor de 8, empecé a verla tan bonita que recordé toda mi niñez y de paso, me asusté. Me asusté porque ¿Qué iba a hacer yo cuando ella siguiera creciendo y poniéndose más y más bonita? Ni Diana —su madre— ni yo esperábamos que Carla se pareciera más a su padre y a mi madre que a nosotros mismos. Pero mi esposa ya no estaba para cuando la belleza de Carla empezó a ser un problema para mí. Ella murió cuando Carla tenía 4.
Pasar tiempo juntos era el sentido de nuestras vidas, después del trauma de la desaparición de Diana. Yo compartía la cama frecuentemente con Carla, pero hacía ya unos meses que había cambiado mi rutina matutina, de levantarme a orinar, a levantarme específicamente a pajearme. Pasar la noche pegado a semejante Diosa no era fácil. A veces hasta le daba la espalda toda la noche para que no sintiera mi pene encañonado. A veces me pegaba un par de pajazos en la tarde y antes de dormir para que no se me pusiera duro durante la noche y poder dormir abrazándola. No sé si se lo imaginen. Todo en una nena de diez años es suave. Su piel, su cabello, su voz, su forma de ser y su aroma. Su suavidad esclaviza tu mente.
Se nos había vuelto costumbre despertar y quedarnos ahí contemplándonos un rato, sonriendo. Después, sin saber cómo, no solo fueron cosquillas y juegos, sino que aparecieron las caricias y después los besos. En mi región se conocen como «picos», o sea: A boca cerrada. Primero se los daba en la cara, pero bastó con que ocurriera el primero en la boca, con tal adorable aprobación de ella, que luego siguieron y siguieron.
Como medida cautelar, le compré ropa de cama holgada, pero de nada me sirvió porque ella se la quitaba a media noche. Ya estaba acostumbrada a dormir solo en camisetita de esqueleto y pantaloneta, muy corta, si me preguntan; y algunas tenían aberturas muy amplias a los lados. Recuerdo el momento exacto en que las masturbadas que me pegaba por la tarde-noche dejaron de surtir efecto. Desperté a media noche y Carla estaba sentada en la cabecera jugando con su teléfono celular. Usaba sus rodillas como soporte. Su pantaloneta estaba completamente subida, por lo que podía yo ver su pierna hasta su nacimiento y su glúteo atlético. Por su puesto, su entrepierna debería estarse tragando entera la prenda. Pero no era solo su posición y lo linda que se veía, sino su aroma. Cuando abrí los ojos, su cadera estaba a centímetros de mi cara, y antes que ella notara que me desperté, aspiré las deliciosas emanaciones naturales de su piel como para embriagarme. Se me puso «como para partir panela».

Al poco tiempo hicimos un viaje. Al fin se había presentado la oportunidad de tomar vacaciones. Dejar la maldita rutina, mi trabajo y su colegio, darle vacaciones a Ruth —la señora de servicio— e irnos a atravesar en carro medio país, descansando de pueblo en pueblo hasta llegar a la costa. Supongo, ya le había dado a Carla el lugar de Diana. Solo faltaba consumarlo.
En las quedadas en los pueblos, los juegos de cosquillas y sesiones de besitos ‘inocentes’ se volvieron más largas e intensas. Pero seguía sin ser capaz de tocarla más que en el rostro, las manos o el dorso para hacerla reír. Sabía que el momento llegaría, no obstante, toda vez que había dejado de hacerme la paja. Era como una declaración formal, no verbal sino instintiva. Como el momento llegaría inevitablemente, suponía que le ‘guardaría’ todas las ganas, la potencia y hasta los fluidos a mi Carla.
El tercer día de viaje, acercándonos a la costa, tuve una visión reveladora de mi hija. Yo conducía a gran velocidad por una carretera recta y de cuando en cuando me quedaba viéndola a ella. Iba en el asiento del copiloto, cantando y riendo, con los talones pegados a la cola. Pero ¡qué piernas! El fuerte viento que entraba por la ventana le empujaba la faldita de tenista hasta pegarla al espaldar del asiento. Pero a ella no el importaba, pues iba con papi. Cantaba con una sonrisa en su boca, usando un cepillo como micrófono. Usaba gafas oscuras que le quedaban tremendas y una pañoleta amarrada en la cabeza. El viento le empujaba la melena de pelo tanto o más de lo que hacía con la falda. Su cabello negro y largo era tan sano y nutrido que parecía estar permanentemente húmedo. Lo concluí sin darle más rodeos: Estaba enamorado de mi hija.
El primer día en la costa, lo pasamos de maravilla. Carla estuvo más contenta y juguetona que durante toda la travesía anterior. Jugamos mucho. Incluso me puso a correr detrás de ella, retándome a alcanzarla. El jueguito tenía connotación sexual, ambos lo sabíamos, aunque yo lo sabía de manera consciente. De cualquier forma, un hombre de 35 años persiguiendo a una nena de 10, es como un perro viejo tratando de alcanzar un gato joven. Ella se movía como si no tuviera peso. Bien pude verme ridículo.
A las diez de la noche estábamos exhaustos y acordamos volver al hotel. Teníamos suficiente energía y ganas de recorrer el distrito turístico, pero los pies no daban más. Yo, supe que había llegado el momento. Mi Carla cerró la puerta y se lanzó sobre la cama con las extremidades oponiéndose unas a otras. Gimió de alivio.
—¡Uff, qué día! —exclamó.
Yo me sentí de forma extraordinaria. 1% se lo repartían la duda y el miedo, por el hecho de que era mi hija; y 99% era ansiedad, como cuando eres un mocoso de 14 y estás a punto de perder la virginidad. Entré al baño a orinar y cuando me lo agarré se me salió de los dedos. ¡Así de lubricado venía! Me duché. Cuando volví a la habitación, la topé ya empezando a dormirse, pero ni siquiera se había quitado las sandalias. Estaba de costado, clavando media cara en el colchón y con la cola parada. Su faldita azul claro tenía el ruedo a la altura de la mitad de sus nalgas. Carla estaba ‘mirándome’ con su culo redondito, prolijo y blanco. En medio de sus piernas estaba apretada su concha, bien empacada en el parchecito de algodón de sus tanga blanca. Mi sexo me habló muy claro. Me dijo:
—Hágale.
Me miré la pita parada y luego su culito esplendoroso. Mi pita con el cabezón brillante. Su culo suave. Mi pita palpitando. Su culo dispuesto. Mi pita. Su culo. El culito sin igual de mi hija, suave y virgen. También cabía la posibilidad de no tocarla, jalármela en silencio ahí parado, donde estaba, llenar de semen el piso, lavarme e ir a dormir con ella. Pero no iba a ser así. No otra vez. No más paja. Era hora de liberar el amor, de sacarlo de prisión. Dí un paso y oí una voz:
—¿La va a violar? Ella no está así para que usted se la eche. ¡No sea degenerado! Si la ama, hágale bien rico, enamórela, súbala al cielo en cuerpo y alma. Pero no la viole, puto.
Mi consciencia había hablado. Me hice una paja, quisiera decir ‘celestial’ pero más bien fue ‘frenética y desesperada’. Me imaginé a mí mismo arrodillándome casi pegado a ella, así como estaba, metiéndole los dedos en los calzones para hacerlos a un lado y penetrándola. Que ella me decía «Uhy, sí papi, hasta que al fin te decidiste ¡dale! No pares que !se siente rico! ¡Oh si papi!». Que me enloquecía de placer sintiendo su carne suave, tibia y apretadita, frotando mi frenillo contra el rico interior de la vagina de mi hija hasta gruñir como animal, tener un orgasmo delirante y venirme dentro de ella como caballo. Al menos, la parte del orgasmo se transmitió a la realidad. Me tomé un minuto para reponerme. Me lo lavé y me lo guardé. Luego caminé hacia la cama. Gateé al lado de ella.
—Papi —masculló.
El corazón me palpitaba, pero no por la exasperada paja que me acababa de hacer, sino de amor. Le besé la comisura de la boca y le dije:
—Qué día ¿no?
Ella contestó asintiendo a boca y ojos cerrados. Le acaricié el costado del rostro con el dorso de mis dedos.
—Carla.
—Dime, Papi —respondió apenas abriendo la boca.
—El día no ha terminado, ni siquiera. Falta lo mejor.
Ella abrió sus ojos un poco, apenas para que le entrara un fastidioso rayo de luz.
—¿En serio? ¿qué es? —Al fin habló bien.
Yo no respondí. Solo seguí acariciándola con veneración. Ella disfrutaba mis caricias igual que siempre, y no se opuso ni aún con lo cansada que estaba. Se puso boca arriba, con media sonrisa dibujada en su perfecta cara. Suspiró, volvió a cerrar los ojos y así se quedó. Prácticamente me dijo: «Haz lo que quieras, papi». Metí mi mano detrás de su cabeza y la besé con ternura, pero no intencional sino automática y espontánea. Mis labios aprisionaban los suyos como si recogieran vital néctar derramado. Ella correspondía de manera tan lenta que apenas se podía percibir. Su sabor a perfume mezclado con el sudor del día y el aroma viviente de su aliento eran exquisitos. Me cosquilleaba el cuerpo entero, como si un ejército de hormigas marchara por mis antebrazos, centro de la espalda y dedos de los pies. Hice los besos más intensos y sonoros. Metí mi lengua en su boca y le lamí los dientes. No me dí cuenta del momento en que empecé a gemir, pero sí habría de darme cuenta del momento en que ella empezó a hacerlo: Fue cuando pasé de besarla en la boca a besarla en el cuello. La besé desde detrás del lóbulo de la oreja hasta el inicio de la clavícula. Puedo apostar a que las hormigas imaginarias estaban empezando a pasarse a marchar sobre su piel. Mientras tanto pasaba las yemas de mis manos bajo su camisetita. Esas ya no eran cosquillas sino caricias desinhibidamente eróticas. En su pecho había apenas la promesa de unos senos turgentes. Al tocárselas, salió su primer delicioso gemido. Apenas audible. Usé mi otra mano para levantarla.

Ahí estábamos, mi hija y yo. Yo de rodillas sobre la cama y ella acaballada en mí. Nos besábamos con locura. Ella estaba colgada de mí y yo revolvía su larga cabellera, de tal frondosidad, suavidad y aroma que me ponía siempre como loco. Le quité la camiseta de esqueleto y volví a ponerla con la espalda sobre la cama, con la intención de besarle el dorso. La devoré. No sé si imaginen la satisfacción de haberla hecho evolucionar de la percepción de cosquillas a la de placer. Mi hija estaba siendo más que mimada, esta siendo amada. La forma en que acercaba y alejaba sus rodillas en torno a mí, me indicó, como una noticia fantástica, que estaba excitada, a lo mejor lubricando. Quería —aunque probablemente no de forma consciente— a su papi dentro de ella. También levantaba y volvía y bajaba la cadera, de forma armónica con sus débiles gemidos. Es más, como si fuera yo un perro, aspiré una enorme bocanada de aire para comprobarlo. Y, en efecto, olía a mujer. Mi Carla estaba mojando como loca. Era hora de, como me había sugerido mi consciencia, ‘subirla al cielo’. Dejé de besarla y gateé en reversa. Me saboreé, no para lubricar mis labios sino para lo contrario: Para remover exceso de saliva, pues se me hacía agua la boca. Pues… ¿como no? Estaba a segundos de chuparle la vagina a mi hija.
Llegué. Volteé su falda de tenista sobre su vientre y al fin mi cara estaba en frente a su pelvis. En el nombre de Dios ¿cómo podía ser tan bella? Y oler tan delicioso… Besé su tanga milímetro a milímetro. Me encargué de que el beso en su panocha fuera especialmente intenso y sonoro. Tan pronto hubo el contacto, sonó el primer gemido fuerte de Carla. Se me paró la pita otra vez. Le quité la tanga.
—Papi —masculló otra vez.
Me detuve impertérrito y le contesté:
—Dime, mi amor.
Pero no contestó nada.
—¿Quieres que pare?
Después de cuatro interminables segundos, ella repuso:
—No, papi. No pares.
Y no paré. Eché un vistazo a esa gloria que tenía a centímetros de mi cara y que solo había imaginado, incluso en esa ultima paja de hacía diez minutos: Su vagina. La cuca de mi hija. La panocha de mi Carla. Corrección: ¡Panochota! Era más linda de lo que había imaginado. Nunca le había visto el chocho a una menor, y la impresión fue como una descarga eléctrica. Como un rayo: La hermosura de aquello es desternillante: Ausencia total de vello. Las vulvas eran como si se inyectara colágeno. El color claro de la piel y la hendidura prolija, como recién esculpida por Dios pasando una hoja filosa sobre el barro húmedo. Y me daría cuenta de lo mejor al poco: Una suavidad sobre la que quisieras no solo dormir sino morir. Su aroma cálido y espeso terminó de hipnotizarme. Primero se la besé en la parte alta, con mis ojos cerrados. Apenas si sentí su raja en mi labio de abajo. Después le besé una vulva, con adoración, y después la otra. Entonces la besé lo más abajo que pude. Allí estaba más húmeda y tibia aún. Y por último, claro, lo mejor: La lamí en medio. Uff. La lamí otra vez. Carla aspiraba fuerte entre los dientes. Estaba enloqueciendo. Lamí más fuerte, como si mi lengua fuera la llave, su pucha fuera la cerradura, y el tesoro, no mi placer, sino el suyo. Sacarle gemidos de locura sería mi adicción desde ese momento.
—Mi amor, ábretela para papi.
Ella puso sus manos y yo le ayudé a acomodarlas para que me diera paso a su paraíso. Dentro se le veía el brillo móvil de su fluido. Estaba muy feliz. Entonces pasé de lamer a chupar. Qué rico sabor tenía mi hija. Chupé con los ojos cerrados, como crío amamantándose. Chupaba y le acariciaba el vientre y los muslos. Ella tiraba a cerrar las piernas, supongo que así era de fuerte la sensación. Pensé «es hora de subir la potencia al máximo» —El ‘máximo’, al menos por aquél día—. Dejé de mamarle los ricos fluidos de amor a mi hija y me puse a toquetearle el clítoris con la punta de la lengua. Ella presionó su cadera contra el colchón, como si quisiera huir, pero sentía tan rico, supongo; que resistió. Abrí mis ojos y solo podía ver su dorso encorvado hacia arriba y sus costillas marcadas. En mis labios sentía sus uñas y el olor de sus dedos. Carla presionó con los pies y aspiró más aire entre los dientes, como cuando uno se pega un pequeño quemón con la cara líquida de una vela.
El tiempo pasaba y yo seguía haciendo de mediocre vibrador con mi lengua. Me dolía el gañote y el cuello, terriblemente, pero ver a mi hija Carla subiendo al paraíso, bien valía la pena, y más. Carla empezó a temblar como gelatina. Quitó una de sus manos de su pucha y la usó para presionar mi cabeza contra ella. Subí la frecuencia del movimiento de mi lengua masturbadora. Mi hija produjo un sonido como si quisiera llorar. Yo, debí haber aumentado más la intensidad pero ya no había más para dónde. Pinche lengua de perdedor. Un minuto más. Qué felicidad me daba la felicidad de mi hija. Y qué rico sabía su vagina ¡Mmmm! Otro minuto. El espasmo en los músculos de mi cuello y lengua, sería inevitable. Tendría un calambre muy doloroso cuando parara. Pero no iba a parar aunque me diera un infarto. Mi hija tenía que tener su primer venida por la lengua de papi y por ninguna otra cosa. Sentía que las venas del cuello me iban a reventar y que la espalda se me partía. Habían pasado casi quince minutos.
Al fin, su aparente sollozo explotó. Quitó la mano que todavía ocupaba abriéndose la cuca para mí y se tapó la boca. Ahogó los gemidos de su primer orgasmo. Con la otra mano, dejó de empujarme hacia sí desde atrás para apartarme empujándome la frente. También cerró las piernas. Un par de segundos después se incorporó de golpe y corrió al baño.
Como lo predije, me dio un calambre. Los músculos del gañote se me juntaron todos en una bola. Fue muy doloroso, pero el amor por y la satisfacción de mi hija eclipsaban cualquier dolor físico. Lección para la próxima —quizá mañana mismo—: Poner a Carla sobre la cómoda. Como es mucho más alta que la cama, yo, al chupetearle la cuca, quedaría con la espalda vertical y me ahorraría la incomodidad.
Con cara de quien ha recibido un garrotazo, anduve hacia el baño. Allí estaba mi preciosa hija, sosteniéndose la falda arriba y poniéndole la cola al excusado. Iba explicarle que lo que sentía no eran ganas de orinar, sino que se había ‘venido’. Pero no iba a poder hablar durante media hora.
La tomé de la mano y la conduje de vuelta a la cama. Dormimos. Creo que nunca en la vida había dormido tan bien.
Al otro día tuve el rico aroma y esencia vaginal de mi hija en la cara durante todo el día. Por el recuerdo de mi propia primera vez, sabía que esa fragancia impregna mucho y es muy rico llevarla todo el día en la cara. Si al principio creía que estaba enamorado, como cuando la vi cantando en el carro, pues eso no era nada en comparación. Ahora, por el efecto de haberle proporcionado su primer orgasmo y que la nariz, la boca y la barbilla olieran a la cuca de mi Carla, me sentía embrujado. Y no solo eso. El hecho que mi hija fuera exactamente la clase de pequeña diosa que solía enamorarme desde que yo era niño, me hizo experimentar una sensación fuera de este mundo. Hasta temí enloquecer. Ni siquiera creo poder describirlo. Imaginen andar por la calle de la mano de su hija hermosa y saber que ya no solo son padre e hija sino ardientes amantes, que caminan por sobre el mito de lo correcto y lo incorrecto, mientras los demás viven engañados, con cadenas invisibles y creyendo estúpidamente que son libres y felices, por haber permitido que otros les dijeran lo que es correcto y lo que no. Pero esa definición de lo que sentía al otro día, es poca cosa. Es el formalismo. Para hablarles del sentimiento entre mi nena y yo, debería ser poeta, y hasta allá no llego.

Creo que todo el amor que sentí por mocosas lindas durante toda la vida, el universo acababa de regresármelo, tanto tiempo después que ni me acordaba de que lo hubiera deseado.

Sé que Diana sonríe allá donde esté cuando nos ve a Carla y a mí en unión.
Con el tiempo habría de expandir el repertorio de nuestros juegos, pero muy lento y siempre mi hija tendría la potestad exclusiva de detenerme. Mi consciencia me había hablado justo a tiempo. El hecho que yo disfrutara, venía por añadidura. Pero siempre, lo primordial era el placer de ella. Que se retorciera, que aspirara con fuerza entre los dientes haciendo sonido de gotas de agua evaporándose, que temblara como gelatina y que corriera al baño creyendo que se iba a orinar. Yo, no importaba. Me hacía la paja y ya. Semen aquí y semen allá, excepto sobre ella. Si ella sentía algún día curiosidad y metía la mano en mi calzoncillo ¡Bienvenida! Si no, paja y más paja. Claro que la curiosidad de mi hija era algo que yo podía estimular, pero pensaba hacerlo con total lentitud y premura. Primero Carla y último Carla. Yo daría la vida por ella.

Fin

𝙴𝚗 𝚕𝚊 𝚒𝚖𝚊𝚐𝚎𝚗: 𝙼𝚊𝚒𝚜𝚒𝚎

 

Manoseada a través de una cerca de colegio
Sexo

Nadie le ha dado "Me Gusta". ¡Sé el primero!