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Marianita

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©2020 Stregoika
Marianita, de grado séptimo, y yo su profe.

Voy a seguirles contando cosillas de cuando fui profesor. En general, para uno, que le gustan las pre-adolescentes, es muy, muy duro. Es como poner a un lobo a cuidar las ovejas, cuando el lobo está convencido de que ser lobo es malo y que mejor tiene que ser perro. En el primer colegio que estuve había una que se llamaba Mariana, de once años, pero ¡qué semejante pedazo de pan caliente —tan caliente que si lo tocas, gritas— con salpicaduras de dulce derritiéndose encima! Y uno con hambre y sin poder comprar. Mariana usaba la falda ilegalmente corta, a propósito, para lucir un par de patas que ay dios mío. Con ese color y textura que tienen a esa edad, tan blanca y lisa que parece porcelana viviente. Además del contorno tipo deportista: Piernas de fútbol femenino. También tenía las… iba a decir las mejores tetas de grado séptimo, pero en realidad eran las ¡únicas tetas de grado séptimo!. Bueno, y su cabello era liso y largo, hasta la cola. ¡Si casi le tapaba la falda por detrás! Usaba el peinado típico de una chica de oficina, con una capa atada con hebilla de mariposa pero la otra capa, la de abajo, suelta; y un capulito hacia un lado. Le hacía buen juego con su carita de pómulos fuertes y ojos de sospecha con pestañas largas y paradas. Algo que nunca olvidaré de ella es lo bien que olía. Solo cuando me arrimo a gente de mucha plata percibo fragancias así, definitivamente de perfumes muy finos. Tampoco olvidaré que, era una de esas chicas que no ha aprendido bien o no le han enseñado o no sé qué, a usar la falda con cuidado. O sea, andaba mostrando todo, al sentarse en el pupitre, en el puesto, se la pasaba bailando o jugando bruscamente sin importar que se le levantara, etc. Era tanto el exhibicionismo que una vez le vi unas calzas azules y dije automáticamente «ah, trae las azules». Mi día promedio era trabajar, verla a ella (y a otras, pero esos son otros cuentos), pasar saliva, aguantar hasta llegar a casa y allí matarme a pajas hasta quedar como una piedra asoleada. Solía imaginar que me la llevaba de la mano a la biblioteca (que permanecía vacía) y allá me animaba y la acariciaba y que, ella, lejos de oponerse o enfadarse, accedía y yo terminaba con mi cabeza metida bajo su falda, chupándole la vagina.

A veces el lobo puede más que el perro. Las ganas obnubilan el juicio y el comportamiento ya no es potestad consciente sino instintiva. O sea que te arrechas al punto de no controlarte, pues. Yo sé que les ha pasado, cabrones. El punto es que a veces pegaba carreras cuando la veía en otro piso para llegar a tiempo a las escaleras y verla por debajo. Incluso una vez la toqué: ella y otra se me acercaron para preguntarme algo y cuando terminé de hablar y se dieron vuelta, le puse mi mano en la cola a Mariana. Fueron microsegundos de éxtasis, sentir en tu palma la redondez y el calor de la colita de una colegiala de once años, hermosa como el sol… ella se dio vuelta de inmediato y me miró pero yo, experto, hice como si nada y eso mismo le hice entender con mi actitud: ‘no pasó nada, fue que te pareció nada más’. Después de eso ella andaba más alejada de mí y peor, cuando veía que yo estaba por ahí, sí se arreglaba la falda, no fuera y estuviera mostrando algo.
Recuerdo mucho una vez que estaba distraída con sus amigas viendo algo en una mesa, así que estaban empinadas. El espectáculo de piernas atléticas y de piel prolija era infartante. Luego una última niña se unió al grupo y antes de ver hacia la mesa, me vio a mí babeando por Mariana. Pero su reacción no fue de miedo ni reprobación, pues lo que hizo fue mirarme, después ver lo que yo estaba viendo (a Mariana por detrás, empinada) y sin más ni más, levantarle todo el faldón. La otra respondió apenas poniéndose la mano para restituir su falda escocesa azul oscuro y siguieron mirando lo que estaban mirando. Ahora, si se lo están imaginando y si acaso ya tienen ganas de sacarse una… bien. Pero si no se lo imaginan, me esforzaré en contárselos. Ese culo parado, de nalgas firmes y redondas como frutas, me paralizó. De su calzón, que ya había visto antes seguramente pero por delante, solo vi un pequeño triángulo que sus nalgas se estaban tragando y solo quedaba la parte de arriba. ¿El color? Blanco, compadres. Esa noche tuve de las sesiones de masturbación más largas y enérgicas de mi vida. El piso de mi pieza estaba hecho un mar de bolitas de papel higiénico con semen. Creo que en una noche envejecí un par de años y al día siguiente me preguntaron si estaba enfermo. ¿Saben? No fue solo el culito de Mariana lo que me puso en éxtasis, sino las excitantes circunstancias por las que lo vi. La otra niña levantándole la falda para que yo viera… eso no tiene precio. Por eso la incluí en mi fantasía.

Lo mejor vendría cuando Mariana perdió mi materia —era brutísima— y, temiendo yo por el fin del año y que me fuera de allí sin siquiera un mínimo trofeo, me las arreglé para que ella asistiera sola a la recuperación. Estábamos solos en un salón y ella estaba temblando, literalmente, de nervios. Ojo, dije nervios, no miedo. Si fuera miedo, yo habría sentido vergüenza y no escribiría esto. Ella estaba como si al fin estuviera a solas con alguien que le gustara, o con alguien que ella sabe que a él le gusta montones. Cogía un esfero y volvía y lo tiraba, no podía escribir y respiraba como si el corazón le galopara. Pero ¡al tiempo sonreía! Estaba apenada de estar tan nerviosa. Yo, estaba hecho miel con ella ahí cerquita y solitos, oliendo como perro su perfume de alta ejecutiva. Creo que si viera mi cara, correspondería a un permanente e inmaduro suspiro, con la cabeza apoyada en la mano y todo. Amor, amor, amor. No sé si les haya pasado que tengan qué usar todas sus fuerzas para no tirársele encima a una niña, taparle la cara con besos, acariciarle todo el cuerpo mientras la desvistes y hacerle sexo con tanto amor que hasta Dios sonreiría. Iba a decir que el lobo y el perro estaban desatados en una feroz pelea, el bien contra el mal, el animal contra el hombre… pero no. En realidad estaban lado a lado babeando por Mariana.
Con toda saña, le pedí que me alcanzara un libro de un estante. Ya lo había puesto yo allí intencionalmente, claro. Como no alcanzaba, Mariana arrastró una silla y se subió. El corazón se me aceleró al punto que empecé a temblar también. Se paró en la butaca y se estiró, poniéndose apenas la manita para que la falda no cogiera vuelo. La quijada me temblaba. Abracé a Mariana y puse mi mejilla en su trasero (sobre la jardinera, obvio). Ella exclamó «¡profe!» y lo que hice, para que me viera más paternal que lujurioso, fue decir «¡Marianita lindaaa!» pero por dentro estaba diciendo «¡Mamasita rica, déjame te meto mi lengua entre el ojo de tu culito y te hago círculos, el alfabeto y los números… y los números romanos, la tabla periódica y la miscelánea de los diez casos de factorización! Y te paso con diez la materia…» ella se bajó de la silla con el libro en la mano. Durante la bajada, le agarré el ruedo de la falda así que llegó al piso con la falda subida. La solté rápidamente. Su carita me decía que entendía lo que yo le estaba pidiendo. Mi pantalón parecía la carpa del circo de los hermanos Gasca y se sentía tan mojado que resbalaba. Entonces entró algún hijo de puta al salón, ella ahí sí sintió miedo, agarró sus cosas y se fue. Efectivamente le puse un diez. No es broma ni exageración, se lo puse.
Si cuando la otra niña le subió la falda me puse como animal, el día de su recuperación me sentí enamorado. Con el corazón tonto y todo, imagino que lo saben, acuérdense por allá de sus años de colegiales. Los siguientes días, los últimos, la vi de lejos un par de veces y suspiré en silencio. Ya van a ser diez años y todavía suspiro. Debe estar hecha una mamasita ¿no?

–Stregoika

FIN

 

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La mansi├│n cobo de palma

Nadie le ha dado "Me Gusta". ┬íS├ę el primero!