J贸venes Tab煤

La mansi贸n cobo de palma

0
Please log in or register to do it.

©2020 Stregoika
 De cómo hice realidad mi más anhelada fantasía

1 – De Soldados e Ingenieros

Esta es la historia de como terminé haciendo realidad mi más entrañada fantasía: hacerlo con una preadolescente. Espero tengan mente abierta para digerirla. Pero, si más que gente con mente abierta son unos inadaptados como yo, van a disfrutar esta historia jaja. Acomódense y lean porque les escribí lo mejor que pude para que conozcan a los personajes y sepan mejor lo que ellos sintieron, o sea, que ustedes se unan a la fantasía.
Tengo un primo llamado Hildebrando, al que odiaba. A él había ido bien en todo, en cambio a mí en la vida todo me había resultado de la patada, cuando yo de sobra era más juicioso y más inteligente que él. Estudió lo que quiso, donde quiso, tuvo las mejores hembras siempre porque era no solo apuesto sino gracioso y cada vez más adinerado. Ahorró para su carrera de la forma más envidiable que, al menos yo, puedo imaginar: Viajando por buena parte del mundo a bordo de cruceros. Al examen para postularse como cleaner en cruceros, asistimos los dos. Yo pasé el de idiomas y él no. Pero no tuve plata para pagar el curso de la OMI y él sí. Creí que ninguno iba a poder cumplir el sueño, pero él enamoró a una de las entrevistadoras y logró colarse. El muy puto no sabía hablar otro idioma más que el chicano mediocre, pero se las arregló para trabajar inicialmente como cleaner y después de dos años volvió con buena plata, experiencias como para escribir un libro y hablando idiomas. Además, metió la cara y el falo entre las nalgas de viejas de diversas nacionalidades, no sobra decirlo. Yo, andaba a gatas para reunir lo de las fotocopias en la universidad y tener para pagar los transportes. Solo comía por la mañana muy temprano y un poco menos en la pura noche, puesto que gastar un peso en alimentos fuera de la casa era un derroche. Cuando se nace con fortuna, se nace con fortuna, y cuando no, pues no ¿qué se le va a hacer?
Hildebrando estudio ingeniería eléctrica en una costosa universidad privada. Y eso va a cuento, aunque no lo crean. Yo, estudié para técnico en una estatal. Como a él le iba cada vez mejor y mejor, nos fuimos separando. Sobre todo cuando terminó su carrera y empezó a viajar incluso más que cuando era cleaner. Pero ya no viajaba a paraísos tropicales. Pasó de ser remedo de turista a reportero de guerra. Los lugares a los que iba a realizar proyectos de tendido eléctrico eran, con poco decir, infiernos en la Tierra. Empezando por ahí, eran lugares que ni siquiera tenían luz eléctrica. De ahí para abajo, no tenían casi ninguna otra cosa. Estuvo en la Amazonía entre Colombia y Brasil, en Panamá, en la Costa pacífica Colombiana, en las partes menos afortunadas del Caribe (que sí existen), en fin. Si durante un tiempo creí que Hildebrando cargaba robada mi fortuna, después creí que llevaba cargadas las fortunas de quién sabe cuántos más. Se convirtió en una persona de esas que antes de los 30 tiene el cielo a dos manos y ya no sabe qué hacer. Yo, lo odiaba.
Pero, el destino tiene cosas marcadas, lo juro.
Mientras Hildebrando ascendía como cohete, yo vivía como podía todavía en la ciudad donde crecimos, y sin haber nunca salido de ella. En esos más o menos 10 años, reuní varios fracasos y vergüenzas, relaciones desastrosas, proyectos abandonados, deudas y… adicciones. La principal de todas, probablemente debida a la represión sexual: me gustaban las niñas. Todo empezó cuando buscaba fotos de pantyhose en internet para masturbarme. En ese tiempo, todavía Internet no tenía restricciones, y un buscador me envió a una página de niñas. Había una en pantyhose blancos posando de forma muy provocativa. En contra de mi propia voluntad, me masturbé. Fue alucinante. Tuve un círculo vicioso de deseo-satisfacción-culpa por mucho tiempo. Meses después, lo rompí gracias al consejo de alguien en cebolla-chan, que afirmaba ser psicólogo y que también le gustaban las niñas. Me dijo “tienes este círculo vicioso, pero simplemente debes eliminar una de las estaciones. Elimina el deseo, la satisfacción o la culpa”. Y adivinen qué eliminé. Acertaron: eliminé la culpa.

Ni siquiera me acordaba del perro de Hildebrando. Hacía unos 8 años que no hablábamos y, ni me interesaba volver a saber de él, como les dije, la envidia me carcomía. Pasaba mi vida como podía y entre fracaso y fracaso, entre paja y paja, leí un comentario de alguien en un video de YouTube. El largo comentario en el video básicamente decía que los soldados y los ingenieros eran los que más llegaban a conocer el mundo. Que, la gente en las ciudades, trabajando en edificios de oficinas y viendo T.V. todos los días, tenían muy bien programada en la cabeza una realidad impuesta, pero que la realidad ‘real’ era muy diferente. Que en el mundo de afuera, abundaban los lugares donde Dios no volteaba ni a escupir y allí, el discursito de las noticias y de la ‘Rosa de Guadalupe’ no valían una mierda. Lugares donde los seres humanos se portan según sus instintos y deseos. Tal será la hipocresía de la T.V. que la gente de las ciudades ignora la existencia de dichos lugares, porque esta jamás los nombra. Y, a esos lugares, es a donde llegan primero, siempre primero, antes que tales sitios se contaminen de civilización, los soldados y los ingenieros. Los soldados y los ingenieros tienen las historias vividas en carne propia más impresionantes qué contar, de violencia, paranormales, de la realidad de la vida más allá del colador de la televisión… y eso incluye lugares como la mansión Cobo de Palma. ¿Tienes un amigo que sea soldado o ingeniero? Haz la prueba.
Me encontré con Hildebrando por Facebook. Con dolor de tripa y todo, le respondí. Dijo que iba a volver a la ciudad por una grave tragedia que había ocurrido en la familia de una ex novia e iba a brindarles apoyo. De mala gana acepté encontrarme con él, porque no quería pasar por la aburrida etapa de comparar las vidas y tener que explicar, a lo mejor, porqué no era yo adinerado, exitoso, casado, con hijos empezando la universidad y por qué no conocía medio mundo. Pero las consecuencias de nuestro reencuentro irían mucho más allá de lo imaginable.
   —¡Jorgito! —abrió los brazos— compadre ¿cuántos putos años han pasado?
   —Hildracho, como ¿más de diez? —correspondí a su abrazo hipócritamente.
Rato después estábamos tomando vino en la terraza de mi casa, como en los tiempos en que todavía éramos de la misma calaña. La mala gana se me fue quitando de a pocos, tanto por la ingesta de alcohol como por el hecho que él no era ningún fantoche. Era tan sencillo como siempre. Detecté su sinceridad cuando, a kilómetros de alardear, me contaba las cosas ridículas que le pasaban durante sus viajes en crucero, para reírnos.
   —…una vez un man se me acercó y se puso a hablarme paja en inglés y yo solo respondía “yes, yes…”
   —Güey ¿usted como hacía?
   —No sé güevón, no sé. Es como cuando, uno se baña, se afeita y se perfuma, y las viejas como que le huyen a uno. Pero vaya y no se bañe. Todas le caen encima.
   —Ay que ser específicamente usted para atreverse a decir eso —renegué
   —Tengo que encontrarme con mi esposa, présteme el computador, Jorgito.
En aquella época todavía no había smartphones. Le dejé mi computador un rato para que se conectara con su esposa en México, donde vivían entonces. Me quedé en la terraza dando chupadas ansiosas al cigarrillo, vicio que creía ya haber dejado. Soñaba con una vida como la de él, con plata, orgullo, esposa ex-reina de belleza e hijas adolescentes preciosas. “Momento —me detuve a pensar— yo en los zapatos de Hildebrando, ya me habría echado a mis hijas” porque, la verdad, estaban como para chuparse los dedos.
Rato después, cuando la garganta me sabía como si me hubiera tragado un volcán, él regresó y se sentó ruidosamente a mi lado. Estaba asombrado, como si hubiera visto un fantasma.  
—Jorge, Jorge… ¡Jorgito güevón!
  —¿Qué pasó?
   Pero en vez de hablar, sacudía su rostro escondido entre sus manos.
   —Usted si es la hijueputa cagada —al fin se animó a hablar.
   Entonces rió.
   —¿Qué pedo?
   —no estoy seguro, tengo una sospecha, así que para estar seguro, se lo voy a preguntar así a calzón quita’o: ¿A usted le gustan las niñas?
   “¡Hijueputa, el computador!” pensé. El mierda video de Valeska Bokova estaba en el escritorio ¡qué maldita manía de descomprimir todo en el escritorio para después hacerle una carpeta bien clasificada!


   —Déjeme decirle —añadió— que, tremendo su historial ¡y sus archivos! —sacudió la mano como si tuviera fuego.
   Yo no podía hablar. Sentía una sierra encendida dentro del estómago. Solo podía castañear los dientes. A continuación, Hildebrando palmoteó mi espalda y acentuó su risa.
   —Fresco, Jorgito. No se alarme. Usted es humano ¿no?
   “¿Y esa vaina?” me pregunté para mis adentros y arrugué la cara como si hubiera ingerido zumo de limón.
   —Carnalito Jorge ¡ahora sí acabo de confirmar que usted es el mejor amigo que he tenido en la vida! —levantó de nuevo su copa, sirvió vino y la esgrimió para brindar.
   —¿Por qué?
   —Con usted no hay que aparentar ni madres, y brindo pro eso.
   —explíquese, Hildracho.
   —que me alegra mucho, lo que acabo de descubrir —explicó.
   Subí un pómulo hasta el punto de descubrir un colmillo.
   —Es un alivio tener —siguió él— con quien compartir algo así, güevón y que sea precisamente usted ¡que alegría!
   —O  sea que…
   —SÍ… pero no… no piense mal. Yo a mis hijas no puedo, simplemente no puedo verlas así… pero dicho eso: Jorgito, yo… ¡he comido niña! ¡Toda la que usted se imagine!
   “Dios, aparte de todo ¿también eso? ¿Hasta en eso me va a humillar?” puse cara de vinagre.
   —Ese es un vicio —comentó él— el más cabrón, peor que la cocaína, peor que lo que usted se quiera imaginar. Usted prueba y simplemente, no lo puede dejar. Yo, estaba mudo.
   —Usted debe saberlo —inquirió.
   —Pues… coleccionar videos y fotos  hacerse la paja… sí, supongo que sí.
Él se incorporó y me vio de frente.
   —No me diga que usted nunca… pero claro, en esta puta ciudad…
   Fue cuando recordé aquél comentario en el video de YT. A Hildebrando, algo se le movió por dentro. Estoy seguro que, su alegría por encontrar alguien con quien compartir su oscuro secreto estaba riñendo con la compasión por una vida tan negada como la mía. Se sentía como se debe sentir alguien compasivo cuando ve que alguien de la calle que chorrea la baba al ver a otra persona comer un helado o una chimichanga.
El resto de la noche departimos sobre otros temas y nos embriagamos como en los mejores tiempos de la adolescencia. Durante el desayuno, al fin soltó lo que le pesaba tanto:
   —Jorgito ¿usted me aceptaría una invitación?

2 – La mansión Cobo de Palma  

Por su puesto que acepté la invitación. Aunque no fue fácil, porque el miedo no es cosa que se quite o se enfrente así no más. Pero el miedo palideció ante la mezcla de la curiosidad y las ganas. Viajamos a Colombia.   Durante el viaje, Hildebrando me estuvo sumergiendo teóricamente en el asunto lo más que pudo. Se le notaba la vastedad de su experiencia y el interés por que, para mí, fuera lo más relajado posible. Lo primero que llamó mi atención fue que, más que el avión para llegar a ese país, no usamos ninguna ruta de transporte convencional. Después de bajar del avión, un carro nos recogió y nos llevó a una pensión en un pueblo, a una hora de camino. Allí descansamos media miserable hora y alguien más llegó con otro carro, un Land Cruiser destartalado que nos llevaría a otro mojón del periplo.
   —A donde vamos es un sitio de categoría media alta —anunció Hildebrando mientras conducía.
   Íbamos sobre un camino bastante accidentado y desolado, aunque en medio de paisajes de hermosura fantástica. El carro se mecía con bastante brusquedad, a veces tanto que había que impedir que la cabeza golpeara contra las ventanas.
   —Categoría media alta ¿como así? —Pregunté.
    —A ver le explico, Jorge: Sitios donde haya pizza, no hay en todas partes. La categoría va en, uno: lo que le ofrecen a usted; y, dos: como tratan a las niñas. Por ejemplo, allá cerquita a su casa, usted encuentra pizza, se lo juro. Pero vaya usted y busque, hay 50% de riesgo de que sea una trampa de la policía. Ni bien asoma las narices y ya le ponen las esposas. Esa es la baja categoría.
   ”La categoría media baja es en ciudades turísticas. Como los extranjeros pagan más, les ofrecen mejor servicio, pero todavía hay riesgo porque hay mucha vigilancia de organizaciones. Además esas niñas todavía son esclavas. La categoría media, pero sobre todo la media alta, que es a donde vamos: Allá nadie jode. Nadie sabe que existe el lugar. Es carísimo y lujoso. Antes de que se imagine cosas: Yo no puedo pagar un sitio así. Vamos a ir porque hice contactos allá y podemos darnos el lujo de no ser forasteros.
   —¿Cuál contacto?
   —No importa tanto cuál, sino qué hice por él. Emití un concepto a la gobernación a nombre de la junta de ingenieros para favorecerlo en la licitación de la construcción de la planta de energía de ese pueblo, él ganó y se llenó de plata.
   —Válgame
   —En la mansión Cobo de Palma, a las niñas las tratan como a reinas. Las cuidan bastante bien. Si una nena da una queja de usted —me miró, para de una vez advertirme—, usted sale de allá en dos bolsas de basura.
Pasé saliva ruidosamente.
   —Los sitios de categoría alta, son básicamente lo mismo, solo que están en lugares menos ‘exóticos’ por decirlo así. Por ejemplo, a donde vamos, solo se llega en lancha. Pero eso es sinónimo de seguridad, los clientes lo saben y lo entienden. Pero en sitios de alta categoría, hay pista para aviones privados y helipuerto. A Cobo de Palma van altos empresarios. A lugares de categoría alta, ubicados en islas privadas, van los magnates dueños del mundo. ¡Ah, de una vez le digo! Ahorita llegamos a una casa donde parquean estos carros y está el puerto. Desde ese punto, no hable ni mierda de nada, o hable de otras cosas, como si fuéramos a un centro comercial cualquiera. Que no se le note lo novato. Y lo otro, si allá en la mansión ve a alguien conocido, no se le quede mirando ni de chiste ¿oyó?
   —wow, claro.
Una hora y media después de trajinar sobre camino destapado, llegamos a la orilla de un impresionante río. Al otro lado se veían los árboles pequeñitos y bandadas de aves blancas que volaban sobre ellos. El agua era turbulenta en algunas partes y calma en otras, como si los inmensos piedrones hicieran barreras en algunas partes contra las furiosas corrientes.
   —Llegamos —anunció Hildebrando.
   Nos recibió un hombre viejo, que tenía las arrugas de la piel pegadas al hueso, no colgadas, como uno estaba acostumbrado a ver en los viejos de lugares fríos. Además el color de su piel era tanto como el del piloncillo, por la misma causa: estaba tostada por toda una vida de intenso calor. Llevaba un sombrero típico de ese país, pero no nuevo como un souvenir sino gastado en los bordes hasta parecer que se desharía al siguiente instante. Empezó a caminar hacia el carro incluso antes que este frenara, saludó con la mano y dijo con su desdentada voz:
   —Bienvenidos, dejen el carro ahí —señaló un lugar entre los coches— y súbanse de una vez a la piragua.
   Me sentía como en una película de aventuras.
   —¿Vamos solos? —le preguntó Hildebrando mientras le hacía un pago con un pequeño rollo de billetes.
   —¡Sí! Por esta época hay poquitos visitantes.
   La casa de ese hombre era hermosa, no por lujo alguno, pues no tenía, sino por la magia que irradiaba. Solo eran cuatro paredes y un techo en V a la sombra del árbol más grande que haya visto en mi vida. A pesar que la casa tenía el tamaño de un salón de clases, a pocos minutos a pie, había una bodega del tamaño de una cancha de fútbol. Tres hombres estaban cargando una carretilla con cajas de licor, que, según me daría cuenta en instantes, compartía nuestra lancha y destino: La mansión Cobo de Palma.
   —A bordo ¡a bordo! —ordenó uno de ellos.
   La parte ruda del río estaba superada. Por eso el muelle estaba instalado precisamente allí. Pero el río seguía dando miedo, o a mí me lo producía, pues era una barbaridad de grande. El agua se movía de manera uniforme, como si algún ser de descomunal tamaño halara una manta con suavidad. Sobre tal maravilla estuvimos un par de horas y cuarenta minutos más, hundiéndonos en la selva como yo nunca soñé, a bordo de aquella lancha de motor que ya estaba empezando a volver gelatina mis glúteos. Estar inmóvil por tanto tiempo hace que uno se grabe cada detalle del lugar. Hasta me harté de los parches cosidos que tenía el toldo del vehículo. Vimos babillas, serpientes y uno que otro mamífero cuando pasábamos cerca a una orilla. Y después: al fin tocamos puerto.
Lo siguiente que llamó mi atención fue la cantidad de lanchas amarradas. Parecía que estaban surtiendo la mansión constantemente con agua en botellas, alimentos, licor y hasta ropa: juro que vi varias cajas de las que sobresalía alguna seda. Hildebrando y yo nos trepamos en el muelle.
   —Bienvenidos sean, síganme por aquí —nos recibió una mujer joven.
   Llevaba blusa blanca y chaleco y shorts negros. Su aspecto y carisma no se diferenciaban en nada de alguien que lo recibiera a uno, según imaginaba yo, en un complejo turístico del mundo normal. Llevaba una tableta y en ella buscó nuestros nombres.
   —¿Señor Salamanca Peñuela?
   —Sí, señorita —respondió Hildebrando.
Pero esos no eran sus apellidos, sino un nombre asignado a su visita. Yo era un tal Valverde García. Le dimos nuestros pases y la bella mujer, que nunca dejó de sonreír, nos acompañó durante todo el camino hacia la entrada de la mansión. Duramos unos diez minutos andando sobre un camino de piedra enmarcado por plantas floridas de muchos colores. Se oía además un espléndido griterío de aves. Ella seguía dándonos una información sobre el lugar, el clima, nos preguntó si estábamos vacunados contra la malaria, nos dijo los números de las habitaciones y nos dio las llaves. Me sentía como si hubiera ganado la lotería y estuviera gastando el dinero en un especie de plan turístico. Casi olvidaba qué lugar era ese realmente y a qué íbamos.
Al fin llegamos a la mansión y se me aflojó la quijada. No esperaba que fuera algo tan grande ni tan lujoso. La arquitectura no era precisamente nueva era, que dijéramos, más bien parecía colonial. Pero los muros eran de diáfano blanco y había luz eléctrica usada en decenas de faroles en serie al rededor de una plaza en cuyo centro lucía un estanque poco profundo con peces de colores. A la casa se entraba después de ascender diez escalones. Lo recibía a uno una enorme estancia bajo un domo semitransparente donde sonaba música popular a un volumen decente. Allí había varios visitantes, aunque según Hildebrando, esos no eran ‘muchos’. Fue justo el momento en que dejé de fijarme en la arquitectura y la opulencia, pues aquello que más me apasionaba en la vida y que era el motivo de nuestro viaje, se presentó ante mis no preparados ojos: Caminaban por ahí, como si fueran también visitantes, muchachitas de entre 10 y 14 años, en sensuales, brillantes y pintorescos trajes de fantasía. Pero obviamente no eran hijas de los visitantes. Ese no era un ressort, era un burdel.   —Ellas deben pasearse por ahí para el deleite visual de los clientes —me explicó Hildebrando.
   Por ser seguro que iba a tener relaciones con una de ellas, empecé a temblar y exhalé sonoramente.
   —Tranquilo ¡relájese! Tiene que desinhibirse, sobre todo cuando esté en el cuarto, sino, no va a disfrutar y se va a perder todo el tiempo, el viaje y la plata.
   Como volví a exhalar, él me tomó por los hombros y me sacudió:
   —Escúcheme: aquí no existe lo inmoral, lo ilegal ni lo incorrecto. Aquí es el paraíso. Solo mire al rededor güey.
   Tenía razón: era el paraíso. En alguna parte del mundo de la ‘superficie’, estaría viendo esas provocativas nenas pero de seguro tendría que esperar a volver a casa para masturbarme. En cambio, allí, debería escoger una. Por más que intenté relajarme, no conseguía aún que el corazón dejara de andar como en una maratón.
Había una nena en lencería negra con colita peluda de gata, guantes de terciopelo, orejas de gata y bigotes pintados. Estaba jugando con otra que llevaba disfraz de enfermera, con falda absurdamente corta, mallas blancas y cofia. Otras más jugaban en otra parte del inmenso salón. Se trataba de un grupo en el que había una colegiala, una azafata, una con enterizo de malla, otra en traje de baño rojo estilo rescatista y la última, con traje de caperucita.

Al traspasar el salón, un gran arco daba paso a una piscina. Fuimos allá.
   —Hay poquitas niñas —notó Hildebrando.
   —¿¡Poquitas!? —casi grito.
   En torno a la piscina había más grupos de niñas, todas con disfraces sensuales.
   —¿No nota algo? —me preguntó él.
   —¿Qué? No me diga que esto es un sueño…
   —¡Ja! Claro que no, es hermoso pero es real. Pero mire las nenas, el pelo
   —¿Qué? —me rasqué la cabeza.
   —Todas tienen el pelo larguísimo.
   —uhy, sí.
   —Aquí saben lo que le gusta a los visitantes, hasta más que los mismos visitantes.
   —Se ve que sí —comenté.
   —Además todas tienen maquillaje muy decente ¿si ve?
   —Sí, están re-lindas ¡parecen ángeles!
   —¿Qué otra cosa?
   Yo, que ya estaba detectando por donde iba el agua al molino, lo noté y contesté:
   —¡Todas son blancas!
   —Exacto.
   —Wey ¿y de dónde las sacan? —quise saber
   —Todas viven en los pueblos cercanos y son las que mantienen a su familias. Y no solo las mantienen, sino que las tienen viviendo bien. Estas mocosas ganan buena lana. Se quedan aquí en la mansión por una semana o poco más y después vuelven y descansan otra semana. Y qué ¿nos tomamos algo?

3 – El pecado más rico

   —¿Cómo se sostiene un sitio así? —quise saber.
   —Pregunta boba.
   —No señor, no es boba. Yo sé que aquí se recoge más plata que en una farmacéutica. ¡ja! Pero pregunto es cómo se mantienen operando ¿nadie los denuncia?
   Conversábamos en la barra bajo el domo, donde un gentil jovencito nos atendió y sirvió whisky. Quepa decir que fue el mejor trago que tomé en la vida, dicho sin ser conocedor. El barman tenía también el uniforme de la chica que nos había recibido e igual, la calidez de su trato era encomiable.
   —Ah, ya le entiendo —reconoció Hildebrando—. En primer lugar, si no se dio cuenta por el viaje, este lugar está más escondido que el infierno. Y en segundo: claro, de vez en cuando sale gente que quiere destapar esto, pero no coma cuento, Jorge. No es por la dignidad ni por protección a la gente o a la juventud, siempre es sí y sólo sí por propaganda. En época electoral y eso es un hecho, la clientela aquí baja mucho. ¿sabe por qué?
   —Me imagino que los candidatos quieren verse limpios.
   —Casi, pero no. En época electoral, siempre hay un candidato de alguna organización o partido nuevo que quiere destapar sitios como este para ver si hace campaña. Por lo general, afortunadamente, los que vienen aquí son más poderosos y a punta de política y prensa le hacen la guerra a esos metiches
   —Pero, y ¿si alguno de esos metiches algún día es lo suficientemente poderoso? —pregunté.
   —Pues hace su campaña. Suponga que rebelan al público la existencia de este sitio. Hay un escándalo que dura tres meses en televisión, máximo, el que destapó la olla logra posicionarse, este lugar se va al diablo pero… adivine.
   —¿Qué?
   —Abren uno nuevo en otra parte, y por ser nuevo atrae a más clientes dispuestos a pagar más, y al contrario de diezmarse, el negocio crece. Esto nunca jamás se va a erradicar, así ha sido, así es y…
   —Así será —dijimos al unísono.
   —Lo que usted oiga en medios sobre el tema, siempre es pura política. Ni las niñas, ni la gente en general le importa un cuerno al gobierno, ni a las instituciones. Eso es pura fantasía.
Dí un resoplido. La experiencia estaba resultando 100% excitante y 200% educativa.
   Di otro trago de whisky mientras torcí el cuello para suspirar por unas nenas que había sentadas cerca. La que más llamaba mi atención tenía una minifalda negra y se le veía la exquisitez de su panty como un adorable triángulo blanco entre sus piernas. Tenía tacones con correas amarradas a las pantorrillas y un top de velillo blanco muy revelador. Además tenía la cabeza cubierta con una pañoleta con los colores amarillo, azul y rojo que le hacían juego con sus adornos del cuello y muñecas. De la pañoleta salía su cabellera negra tan linda que ella podría aparecer en comerciales de champú. Pelo de color negro casi reflectivo, con unos bucles de impecable geometría que se volvían más cerrados conforme más se acercaban a la punta. Y lo más desternillante de todo: sus ojos eran azules y estaban refugiados bajo cejas bien pobladas. Me pregunté si esas magníficas pestañas serían reales. Acababa de hacer mi elección.

   —Bonita ¿no? —me preguntó Hildebrando cuando me vio suspirando— aquí ha habido casos en que un cliente se enamora perdidamente de una chica y la saca de esta vida. Esas son las familias más afortunadas. Pues, eso si, la chica no se olvida de la familia.
   Le conté a Hildebrando lo que leí una vez en un comentario de YouTube. Me dijo que tal cosa era muy cierta, pero que había que hacer una aclaración:
   —Los soldados son pobres. Ni en sueños entrarían a un sitio como este. Ellos pueden acceder a sitios de baja categoría, y allá, lamento decirlo, las niñas sí la pasan mal —exhaló con resignación—, es lo que hay —volvió a llenar el pecho—. ¿Va a entrar o qué?   Invertí la copa sobre mi boca y me puse de pie.
   —Me canso —dije.
Sacó de su bolsillo una tarjeta similar a esa con la que nos dieron entrada. Pero no era plateada sino rosa, qué conveniente. Cada tarjeta de servicio costaba en Bogotá al rededor de $USD1500, pero por el favor que le debían a Hildebrando, las compró cada una a $USD450. La barra era libre, así que después de usar las tarjetas rosadas, no solo queríamos sino que ‘teníamos’ que emborracharnos hasta los tuétanos.
   —Valla allá —me señaló otra empleada con uniforme— dele la tarjeta y señálele a la chica que quiere.
   Así lo hice. Tenía el corazón como si no aguantara más el encierro en el pecho y quisiera salirse. Traté de respirar y no parecer tonto.
   —Hola —saludé a la chica de uniforme.
   Ella respondió con una sonrisa en la que cabría una hamburguesa entera. En serio, me sentí en el puto paraíso. Alguna vez compré droga en mi ciudad y di el dinero y recibí el producto con las manos temblando. Definitivamente las leyes estaban hechas no para proteger sino para causar miedo y dominar. Allá, en la Mansión Cobo de Palma, la ley no existía, ni lo incorrecto o lo malo. Por otra parte, todo estaba tan bien configurado que no parecía un sitio subrepticio de manera alguna, ilegal u oscuro. Otra vez me sentí como en un hotel de cinco estrellas —al menos por lo que veía en películas—.
   —¡Me complace atenderlo! Dígame ¿va a usar su tarjeta rosada ahora?
   —Eh… sí —respondí con timidez.
   —Y ¿ya eligió una chica?
   Resoplé tontamente
   —Primera vez ¿cierto? —ladeó un poco la cara y me señaló— tran… quilo —agregó, despejando todo delante de sí con las palmas.
   —la chica de pañoleta con la bandera —me tembló la voz y carraspeé.
   —Excelente elección —me susurró ella al tiempo de guiñar el ojo.
    Entonces extendió su mano y puse en ella la tarjeta.
   —¡Jessi, Valeria al 203! —dijo al teléfono— aguarde aquí —me dijo, sin dejar de sonreír ni de ser una dulzura.
El tal Jessi apareció. Era un joven delgado, delgadísimo. Luego noté que trataba de esculpir su figura, pues era evidentemente gay. Andaba con las manos partidas casi a la altura de los hombros y tirando flores. No solo sus modales sino su apariencia eran tan femeninos que desconcertaba.
   —Buenas tardes, guapo —me saludó— ¡Valeria, ven mi amor!
   El corazón, contra todo pronóstico, me brincó aún más. La despampanante muchachita volteó la cabeza y en seguida se puso de pie. Anduvo hacia nosotros con la gracia de una reina.
   —Rápido, rápido querida Valery que el tiempo es oro puro —acotó Jess con los dedos unidos.
   Valeria puso sus celestiales ojos en mí.
   —Hola —sonreí.
   Ella respondió con naturalidad y agregó una sonrisa pequeñísima, tan poco como un apretón de labios. Pasó de largo —olía muy bien— y caminó detrás de Jessi, escaleras arriba. Él me gritó:
   —¡Ven, guapo, no te rezzzaguess…!
   Subí. Valeria se había adelantado y estaba casi en el segundo piso. Le abrí paso a mis ojos a un lado de Jessi para mirarla, y pude ver sus nalgas redondas como fruta pintona moviéndose bajo su escasa minifalda. Trataba de ser un poco perverso para favorecer mi erección. “Voy a comerme eso” me dije. Sentí un palpitar incontrolable detrás del miembro, encima de las bolas. Alguna vez lo había sentido, pero no así de loco. La fábrica de semen estaba por explotar.
En el segundo piso, un pasillo circular decorado con plantas de sombra encajaba perfectamente con la circunferencia del domo y una serie de ventanales con más matas colgadas separaban la vista de la inmensidad, donde se veían árboles sin fin y bandadas de aves blancas.
Jessi me condujo a una puerta. Valeria entró y atravesó una antesala para perderse momentáneamente en la habitación. En esa antesala había un sujeto que daba miedo. Estaba bien peinado y vestido, pero era tan grande y tosco como un guardia de prisión. No era grande como el sujeto típico del gimnasio, sino por genética. Grueso como un árbol y con brazos peludos y canosos que podrían romperme el cráneo de un solo puño, tan fácil como si fuera una calabaza madura. Fue lo que imaginé. Quizá, como con las niñas, los administradores enviaban mensajes subliminales permanentemente a los usuarios. El tipo me miró de arriba abajo. ¡Le faltó tomarme fotos!
   —Entre, entre guapote que el tiempo es oro —recitó Jessi.
   Así como Valeria, crucé la antesala y antes de cerrar la puerta, Jessi se me acercó y me susurró con firmeza:
   —Todo está permitido si ella quiere ¿está claro? Solo, si ella quiere.
   —Muy claro.
   El tipo grande seguía mirándome como si quisiera arrancarme la cabeza. Jessi recuperó su amable tono gay y agregó a voces:
   —¡Diviértete guapote!
Cerré la puerta. Al volver mis ojos adentro del recinto, vi una fabulosa cama doble y un balcón con vista a lo alto de la selva. Se oía la sinfonía de toda clase de criaturas pero especialmente aves.
   —¿Qué quieres que haga? —me preguntó la muchacha.
   Estaba sentada en el borde de la cama con las manos unidas sobre los muslos. Yo no supe ni pude hacer más que arrodillarme ante ella. Tomé sus manos unidas y las besé.
   —¿Qué edad tienes, preciosa?
   —13 —respondió secamente.
   —Yo tengo 30. ¿sabes? Eres lo más hermoso que he visto en mi vida, Valeria.
   Ella estiró la boca hacia un lado.
Sobradamente deduje que, eso, se lo debían decir todos los días.
Como esos mil quinientos dólares pagaban aproximadamente media hora de servicios, decidí no detenerme a hacer contemplaciones y seguir el consejo de Hildebrando: “Desinhíbase”. Metí mis manos bajo su falda y con las yemas de mis dedos acaricié los lados de sus piernas. Mierda, la verga se me iba a salir del pantalón. La chica olía a talco. La textura de su piel era una verdadera locura. Nunca imaginé llegar a tocar una nena de 13 bajo su falda. Estaba demasiado nervioso y temía arruinarlo. Dejé de tocarla solo con los dedos y le presioné los muslos con las palmas de mi mano. “Desinhíbase” me repetí mentalmente. Así que pasé de solo acariciarla a manosearla. Ella se recargó en la cama y la pequeñísima miniflada se le subió un poco más. Tenía su panty delante de mi cara, pero algo me decía que no sería bueno empezar por ahí. Entonces gateé sobre ella y le besé el vientre, subí a besos hasta su pecho que solo era un par de prometedoras protuberancias. Le besé los pezones por encima del velillo. Seguí subiendo y besé su cuello. La desinhibición estaba por llegar. Se me había ocurrido hacer realidad mi más recurrente fantasía, y decirle a Valeria lo que le decía por ejemplo a la imagen de Valeska Bokova en mi computador.
   —¿Estás lista para papi, bebé?
   —sí, papi.
   Su réplica tan natural y rápida me quitó los nervios y las dudas como si fuera la mano de dios en plena creación. En adelante todo fluyó como el big bang y se desencadenó la experiencia más extraordinaria de mi vida.
   —¿Te gusta como te trata papi?
   —Sí…
  

Me enderecé para quitarme la camiseta. La arrojé lejos. Volví a besarla, esta vez en la boca, y ella correspondió tiernamente. Esa, fue la siguiente cosa que nunca creí hacer en mi vida de insecto miserable. Recién le había metido las manos bajo la falda a una nena de 13 años que sin temor a exagerar era lo más bonito que había visto y que vería alguna vez, y ahora estábamos besándonos. Le chupaba la comisura de la boca y los dientes. No sabía ni habría podido predecir jamás que algo así existía, solo haciéndolo se descubre. Imaginen vivir toda su vida en un planeta donde no existe el dulce ni las frutas, pero, cuando ya eres adulto, llegan alienígenas y traen fruta. Das por primera vez una mordida a una rebanada de manzana roja y la lengua te reacciona como si le hubieses puesto electricidad. El impulso de placer recorre todo el cuerpo y llega al cerebro como un rayo fundidor. Te aterras que semejantes sensaciones sean posibles. El placer existe, solo que era desconocido para ti. Como lo confesó Hildebrando: provocaría adicción.
La suavidad de la piel, los labios y la cara interna de las mejillas y la ternura de la lengua de una preadolescente no se comparan con nada. Su tacto y gusto produce en uno, una serie se sensaciones imposibles de predecir o imaginar. Solo podría comparar la experiencia con el consumo de una droga exótica, y aún así la comparación se quedaría corta. Por otra parte, la erección que me produjo besarla fue algo sin antecedentes. Fuera de broma y de hipérbole literaria: deberían usar nenas de 13 años para curar la disfunción eréctil. El endurecimiento nacía desde atrás de los testículos y se manifestaba casi con dolor. Me sentía como una marioneta movida por un titiritero que gustaba de ver coger. Es decir, yo no tenía qué hacer nada conscientemente, no tenía que pensar en nada. Todo estaba siendo interpretado por el cuerpo sin necesidad de guía. Tanto fue así que ni siquiera recuerdo en qué instante me quité toda la ropa. A ella solo le quité el velillo de los hombros. De resto, me ponía a mil verla con todo lo que llevaba, incluso los tacones amarrados a las pantorrillas. Le acaricié y besé cada milímetro cuadrado de piel.
   —Mira lo que papi tiene para ti, lo que te gusta, mi amor —me erguí y empecé a masturbarme mirándola.
   Ella se volteó y gateó hasta poner su cara cerca a mi miembro.
   —Chupa a papi, bebé; chupa a tu papi.
   Ella abrió la boca se metió mi pene.
   —Eso es… —temblé.
   Presionó con los labios y la lengua y empezó a mamármelo. Lo hacía bien. Sabía cómo. Movía la cabeza para adelante y para atrás sin dejar de presionar. Le estaba llenando la boca de lubricante. Me retorcía como un pez fuera del agua, porque la sensación de la mamada era incontenible. Miré hacia su trasero y me impresioné de ver tal belleza. Su faldita negra estaba toda recogida y se le veía el cachetero blanco bien puesto en esa gloria que tenía entre sus nalgas. Agarré todo a dos manos. La froté en medio con los dedos una y otra vez
   —Todo esto es de tu papi, por derecho ¿sí sabías?
   El sonido que ella hizo correspondió a un “aja” dicho con la boca llena.
  —Qué rica panocha tienes, hija. Papi te quiere mucho.
   Le gustaba sostener mis testículos con una mano mientras me lo mamaba.
   —No pares, mi niña, chupa a papi, eso es… chupa a papi.
   “me le tengo qué comer esa raja” pensé.
   —Recárgate, hermosa —le dije.
   Ella obedeció. Yo, volví a arrodillarme y puse mi cara frente a su sublime tesoro, que aún estaba metido entre su panty.
   —pones a papi como un toro, linda.
   Puse mi cara en su entrepierna y aspiré como si tuviera cocaína.
   —Te huele muy a rico tu rajita, baby ¿papi te pone húmeda?
   —Sí
   —Dilo
   —Me pones húmeda, papi.
   —No le digas a mami lo que hacemos cuando estamos solos, baby.
   —No, no le digo.
Le lamí todo el panty por uno minuto. Después de eso, vino otra mordida, no a una manzana suave sino a una piña madura. El corrientazo puede matarte. Tomé con mis dedos su calzoncito y lo halé hacia una lado, lentamente, para infartarme a mí mismo con el primer vistazo a su paraíso vaginal. Un milímetro, otro y otro más. Solo piel tan suave que quisieras morir en ella. Un milímetro más y… su protuberante zanjita con aroma a nirvana. Me decidí a quitarle el panty. Yo quería comérsela a besos de amor, chupársela y masturbarla, pero ella misma se tocó primero. Se haló la raja hacia arriba con la mano y sus labios se abrieron un poco, dejando ver un ápice más adentro. Qué rosada era, y cuánta alegría me dio ver que estaba húmeda.
Con razón las mujeres que saben de cosmética y sexo, procuran mantenerse la vagina o la de sus clientas, como la de una niña. La belleza es sobrecogedora. Valeria tenía sus primeros vellitos, tres, máximo cuatro, muy lacios y delicados, descoloridos y apenas visibles en la parte baja su pubis. Se los besé como se besa la tierra si regresas a ella después de estar naufrago por meses.
La lamí. Comí vagina hasta saciarme. En un momento la tomé por la cadera y la elevé para besarle su pequeño ano. Cada beso tenía tanta reverencia como si un fiel se topara con su dios.
   “Me la voy a coger” pensé.
   —Date vuelta, muñeca.
   Ella se tiró al otro lado de la cama y agarró un condón. Me lo mostró de forma perentoria.
   —Claro, ni más faltaba ¡bebé! —le dije.
   Empaqueté mi miembro y ella ya estaba en posición. ¿Era posible más gloria que la había tenido? Pues al parecer sí. La penetré. Antes de meterlo todo, la sensación fue tal que mis manos se movieron solas a su cadera para apretarla fuerte, para sentirla, como si tuviera miedo que todo fuere un sueño y que repentinamente despertara frío y solitario. La recompensa natural por tanto bienestar provisto por la hembra al macho es la necesidad de preservación, las ansías de proteger. En los humanos se llama enamoramiento. Y así estaba yo. Una parte muy pequeña de mí, quizás una sola célula, sabía que eso no podía ser, pero bastaba con saberlo y dejar que el resto de mí disfrutara el momento. Me sentía enamorado, profundamente, como me había pasado quizá solo una vez cuando era muy niño. Algo en lo que no había vuelto a pensar jamás, solo teniendo penetrada a una niña de trece años.
   —Abre tus nalgas para tu papi, hermosa, déjame verte
   Ella clavó la cabeza en el colchón y se abrió las nalgas a dos manos. Fue suficiente. Empecé a gruñir y dejé que el final llegara.
   —Eso es bebé, ordeña a papi con tu cosita, ordeña a papi con tu cosita ¡ordeña a papi….!
El debate de si las mujeres tienen orgasmos o no o si los fingen o si los hombres no las complacen, me había parecido fastidioso y ofensivo por años. Hasta ese momento. El orgasmo que tuve fue de tal magnitud que lo entendí todo. Puede vivirse la vida entera creyendo que uno ha sentido pero no ha sido así, no ha sentido nada, y no puede saberlo porque obvio, no ha sentido nada. Desde entonces he estado convencido de que los hombres no tienen orgasmos, solo eyaculan, y que para tener un orgasmo de verdad hay que estar con una de 12 o máximo 15. Por otra parte, la dimensión existencial del asunto es que efectivamente las mejores cosas de este mundo están prohibidas, es como un infierno donde los placeres están reservados exclusivamente a los dioses. La expresión “placer de dioses” no se quedaba chica, para nada.
Para empezar, una eyaculada en una relación cualquiera que hubiera tenido, era determinada cantidad y a cuotas. Pero con Valeria, todo mi cuerpo empujó con fuerza y expulsé en una sola tanda toda la venida. Fueron los cinco o seis segundos más esplendorosos de mi existencia. Tanto que valía la pena toda la mierda comida y por comer. Eso no se siente con una mujer adulta. Lo siento pero no. La belleza de la pareja influye inmensamente en el placer del hombre. Inmensamente.
Estaba dando brinquitos involuntarios pero ricos, incontrolables espasmos que venían desde los muslos y desde el pecho y se encontraban violentamente en el sexo. Me peguntaba cuando iban a parar. La sensación de enamoramiento estaba en su máximo punto. No quería sacárselo, quería quedarme ahí pegado a ella de por vida. Me encorvé y olí su cabello y besé su cabeza. Metí su oreja en mi boca y la apreté suavemente con mis dientes. Me temblaba todo el puto cuerpo como una hoja en un árbol. La vagina de Valeria todavía palpitaba y se sentía tan bien que yo, simplemente no lo quería sacar y no lo iba a sacar. Seguí dándole besos de amor en la nuca, luego en el cuello y por último en las mejillas. Tocaron a la puerta.
Lo saqué y la cantidad de semen en el condón me hizo pensar “puta madre ¿es una broma?” era el equivalente a cinco pajazos. Pesaba, en serio ¡pesaba!
   —Bótalo ahí —señaló la caneca.
   Al terminar de vestirme, la miré ahí en la cama. No se había movido. Era adorable como la primera mañana del mundo. Volví a arrodillarme como un peregrino y tomé sus manos.
   —Gracias, Valeria. Gracias.
   —Ya debe irse —me dijo.
   —Sí, claro…
  
Pero antes de irme, metí las manos bajo sus muslos y la tumbé para darle un último beso a esa portentosa vagina de belleza impensable. Más que un beso fue casi una chupada. Traté de sentir bien su textura, sabor y olor porque sabía que jamás en la vida siquiera me acercaría a una vagina de trece añitos otra vez. Me puse de pie y suspiré. Ella se acomodó la falda y dijo:
   —¿Por qué todos siempre hacen eso?
Abrí la puerta tras decidir que no podía esperar a que pasara el éxtasis. Y tuve razón, porque el hormigueo en los antebrazos y los dedos duró horas. Y ni se diga de la ‘traba’ de mis propias hormonas. Duré días disfrutando de una felicidad sin par, aunque con cara de estúpido.
Jessi entró como una bala. Me quedé en la antesala con aquél gorila, que se interpuso entre mí y la puerta que conducía la pasillo. Me miraba como si quisiera abrirme la mandíbula hasta sacar mi cabeza en dos partes. Dentro de la habitación sonó la voz de Jessi, aunque no sé lo que dijo. Luego sonó el agua de la ducha corriendo. Otros diez segundos más y Jessi volvió afuera con su alaraco:
   —¿La pasaste súper? Eso espero
   El tipo grande quitó su expresión de amenaza y se quitó de la puerta.
   —Vuelve pronto, guapo —terminó Jessi.
   Obviamente estaba evaluando si Valeria tenía un rasguño o una lágrima para mandarme hacer picadillo.

4 – epílogo

Al volver abajo, la chica que me había recibido la tarjeta rosada me vio tan ido del mundo que me ofreció un trago. Lo acepté con gusto.
   —Da gusto ver como salen tan dichosos —me dijo mientas volvía a su puesto del teléfono y las tarjetas—. Este sitio es de los mejores que hay. ¿El señor ha visitado La Hacienda Monclova? Allá también es muy bueno.
   —Mon… ¿qué?
   —En Nicaragua —apareció Hildebrando
   —Un club de muy alta categoría. Altísima —agregó ella e intercambió una sonrisa con Hildebrando.
   —Mírese, Jorgito, la dicha es la droga más potente ¿no?
Camino a la habitación donde iba a tomar un baño, vi nada menos que a un presentador de noticieros, muy famoso en mi país. Estaba rodeado de varias asistentes uniformadas y quien yo presumía, era su esposa. Seguí la recomendación de no quedarme mirando, pero pensé en lo que decía Hildebrando y como decía aquél sabio comentario en un video de YouTube, el mundo aparentaba con esfuerzo ser una cosa pero era otra, la opuesta. Los seres humanos se habían inventado todo un universo con el único propósito de creerse mejores de lo que eran. Y la mayoría vivía en una pequeña burbuja de enormes mentiras.
Yo agradezco el haber sido elegido por el destino o qué se yo, para salir de esa burbuja y ver el mundo real. Y lo vi no en sus caras más duras sino en una particularmente afortunada. Gracias a Hildebrando, que quiso compartir su fortuna con un viejo amigo. A Valeria, no la olvidaré nunca. Quizá la recuerde aún cuando yo muera y reencarne. Tan así fue su impacto sobre mí. Lo mejor que me ha pasado por margen incalculable.
A veces fantaseo con sacarme una lotería o algo así, volverme inmensa pero inmensamente rico, con que voy por ella y la saco de allá y formamos una familia. Pero más vale aceptar la vida como es que soñar tonteras. Al menos tengo aquí al pie del teclado, para añorar y escribir mejor, su pañoleta con los colores de su bandera.

–Stregoika

FIN

 

 

Marianita
Las tres condicones para al fin violar una colegiala

Nadie le ha dado "Me Gusta". 隆S茅 el primero!