Fetichismo Sexo en Grupo

Sado criminal

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(…)

Los ojos de Jacqueline comenzaron a lanzar destellos verdes. Pero, sin decir
palabra, se levantó, dio media vuelta y se subió el vestido de gasa blanca para que
Michael le viera la pálida espalda desnuda.
Michael sabía qué iba a ver —ya lo había visto en un trance hipnótico—, pero
aquellos dos remaches de oro en la parte baja de la espalda volvieron a horrorizarlo.
Significaban que ella se había entregado al «señor Hillary» deliberada y
voluntariamente, con pleno conocimiento de que le haría daño y la torturaría, y de
que probablemente la mataría al final. La había visto con gatitos que le arañaban los
pechos desnudos. Dios sabe qué otros sufrimientos le tendrían preparados.
—Ya puedes bajarte el vestido, Jacqueline —le dijo el «señor Hillary». Pero no
antes de haberle dado un golpe rápido, de los que escuecen, en el desnudo trasero.
El «señor Hillary» alzó la mirada hacia Michael y esbozó una sonrisa lobuna.
—Tu primera reacción cuando averiguaste lo que le había sucedido a Elaine
Parker y a Cecilia O’Brien fue pensar que ellas habían sido torturadas contra su
voluntad. ¡Naturalmente! ¿Quién querría ser torturado de ese modo? Pero tu primera
reacción fue errónea. Elaine Parker nos suplicó que la mantuviéramos viva durante
más tiempo para poder sufrir más dolor y darnos más adrenalina. Incluso sugería las
torturas ella misma, como que le quemáramos los párpados con cigarrillos, que le
chamuscásemos el vello púbico, o que le atravesáramos los pezones con agujas. Era
una persona que se entregaba por completo, Michael, quería dar mucho. Exactamente
igual que Cecilia O’Brien.
»No fui yo quien ideó la tortura que finalmente mató a Cecilia. Yo habría querido
mantenerla con vida mucho más tiempo… al menos tanto como a Elaine. Pero ella
nos suplicó que lo hiciéramos, nos imploró, lloró. No podía ocurrírsele nada que le
resultase más doloroso. —Delicadamente, el “señor Hillary” se lamió el dedo corazón
y se humedeció las cejas—. Estaba preciosa en los dolores de la agonía.
Absolutamente preciosa. Y sabía a… bueno, eso tú nunca lo sabrás. No debo hacer
que te dé envidia.
Michael dijo llanamente:
—Tiene que dejarnos en libertad.
—¡Y así será! —exclamó el «señor Hillary»—. Pero no antes de que tu bella
esposa y tú sintáis el mismo anhelo que siente Jacqueline… y que sintió Elaine, y que
sintió también Cecilia. Oh, bueno, y tantos otros.
—¡No toques a mi esposa, cabrón de mierda! —le dijo Michael en un grito.
Pero el «señor Hillary» se levantó del sillón, se irguió por completo y se puso el
largo abrigo de lana gris al tiempo que se encogía despreciativamente de hombros;
miró furioso a Michael con aquellos espantosos ojos rojos. Y éste, con una terrible
sensación de acuosa impotencia, comprendió que no tenía nada que hacer.
—Ven conmigo —le ordenó el «señor Hillary»; lo cogió por el brazo, clavándole
los dedos como si fueran garras, y tiró de él hasta la cama.
Michael se sentía rabioso, avergonzado y profundamente humillado. Allí, en la
cama, estaba Patsy desnuda, para que todos los que se hallaban presentes en la
habitación pudieran ver sus turgentes pechos, los pezones de color rosa pálido y el
terciopelo rubio claro que era su vello púbico. La desnudez de Patsy era algo íntimo,
era algo que los dos compartían en la cama, cuando Jason ya dormía, la luna estaba
prendida en la ventana de la habitación y el mar los arrullaba susurrándoles una nana.
—Patsy —dijo esforzándose por explicar lo que sentía, que nunca hubiera
deseado que aquello sucediera. Dios, ¿a quién le importaba que el mundo estuviera
gobernado por muchachos blancos como azucenas, y que mataran a presidentes, y
que existieran las guerras, y que se destrozaran barrios enteros? ¿A quién le importa
cuando la mujer que uno ama está siendo mancillada?
—Vas a disfrutar con esto, Michael —le indicó el «señor Hillary»—. No sé hasta
qué punto asocias el dolor con el placer, pero de hoy en adelante vas a hacerlo. —Les
hizo una indicación a Joseph y a Bryan, y ambos se adelantaron llevando entre los
dos una manta de color carmesí—. Enseñádselo —dijo; y ellos levantaron la manta y
le enseñaron una gran guirnalda circular de rosas de color rojo sangre a las que se
había despojado de las hojas, pero no de las espinas.
Michael se quedó mirando fijamente al «señor Hillary».
—¿Qué demonios va a hacer?
—Voy a mirar cómo haces el amor con tu bella esposa, eso es lo que voy a hacer.
Y voy a saborearte a ti, Michael, para que sepas lo que es expiar los pecados de los
demás, para que sepas lo que es sufrir. Tú ya tienes sangre seirim… ahora vas a unirte
a nosotros en cuerpo y alma.
Agitó la fusta en el aire y, sin previo aviso, Joseph y Bryan sujetaron a Michael
por los brazos. Éste se puso a gritar:
—¡Soltadme! ¡Soltadme, mierda!
Pero entonces, el «señor Hillary» se adelantó y le cruzó la mejilla de un golpe de
fusta, un golpe punzante y feroz que hizo que a Michael le ardiera el lado de la cara;
luego volvió a azotarlo en la frente, y a punto estuvo de sacarle un ojo.
—Tú eres uno de nosotros, Michael. No lo olvides.
Michael se estremeció de dolor y de miedo. Sentía que las rodillas le flaqueaban,
pero los dos muchachos blancos como azucenas lo mantuvieron en pie. Otro
muchacho dio la vuelta y le bajó los calzoncillos; a continuación le levantó un talón y
luego el otro para sacárselos por los pies.
Con gran ceremonia, Joseph depositó la corona de rosas en el vientre desnudo de
Patsy. Luego miró a Michael y sonrió maliciosamente.
—Tu segunda luna de miel —dijo con aquel acento de Marblehead zumbón y
lento—. Que la disfrutes.
El «señor Hillary» se adelantó.
—Tu papel consiste únicamente en hacer el amor con ella. Tú la amas, ¿no? Pues
demuéstraselo.
Acarició con los dedos el cabello de Michael como hubiera podido hacerlo una
mujer; y a pesar del miedo, Michael sintió la emoción de la atracción erótica. El
«señor Hillary» le acarició el cráneo y le alborotó el pelo, y luego se inclinó y besó a
Michael en la boca.
A éste le supo a saliva, a flores y a muerte. Pero notó que el pene empezaba a
ponérsele erecto y no pudo hacer nada por impedirlo. A tan sólo cinco centímetros de
distancia, los ojos de color rojo sangre del «señor Hillary» —hipnóticos, poderosos,
eróticos, exigentes— se habían clavado en los suyos, y Michael estuvo tentado de
devolverle el beso.
El «señor Hillary» se apartó ligeramente. Miró el pene de Michael, que iba
poniéndose rígido, y sonrió. Le acarició la punta con la fusta y luego se lo recorrió
con la misma en toda su longitud hasta abajo, le hizo cosquillas y la hundió en el
escroto cada vez más duro de Michael.
—Ahora ya estás listo para ella, ¿verdad? —le susurró en voz baja; y la voz sonó
como seis o siete voces grabadas una encima de otra. Cogió el pene erecto de
Michael con la mano izquierda y tiró de él hacia adelante. Luego metió la mano entre
las piernas de Patsy y le separó los labios de la vulva con la mano derecha—. Venga.
Ahora. ¡Enséñame cuánto la amas! ¡Enséñame cuánto te excita!
Michael se plantó e intentó echarse hacia atrás.
—¡No! ¡No la toque!
Pero Joseph se arrodilló al lado de la cabecera de la cama, sacó un largo y afilado
cuchillo de deshuesar y lo colocó junto a la mejilla de Patsy. Ésta temblaba y
sollozaba, y los ojos se le habían inundado de lágrimas.
—Hazlo, Michael, hazlo, haz lo que quieran.
Michael cerró los ojos unos instantes, lo cual era algo que los muchachos blancos
como azucenas nunca podrían hacer. No rezó ninguna oración, pues no conseguía
acordarse de ninguna, pero le pidió a Dios que mantuviese a salvo a Patsy, y a Jason,
y que no permitiera que el «señor Hillary» les hiciese demasiado daño. Luego subió a
la cama y miró a Patsy a los ojos, y le pidió a Dios que lo matara en aquel preciso
momento. Un ataque al corazón, una apoplejía, que le cayera encima un rayo. Daba
igual. «Mátame, Dios mío. No permitas que Patsy sufra».
Pero el «señor Hillary» le metió la mano a Michael entre las piernas, le arañó el
escroto con aquellas largas y afiladas uñas suyas, y luego le cogió el pene y lo metió
en la vagina de Patsy. Incluso metió dentro de la vagina de Patsy dos o tres de sus
propios dedos junto con el pene de Michael para poder acariciarlos a los dos a la vez.
Michael notó que Patsy estaba rígida como una piedra a causa de la revulsión que
aquello le causaba, y que tenía los músculos de la pelvis cerrados; pero entonces, el
«señor Hillary» comenzó a azotarle los muslos a Patsy con la fusta de montar, y ella
se encogió y se relajó.
—Se supone que disfrutáis con esto —dijo en voz baja el «señor Hillary»—. De
todo el dolor y de todo el placer.
Puso el extremo de la fusta entre las nalgas de Michael y se la metió por el ano.
—De todo el dolor, Michael, y de todo el placer. Ahora… échate hacia adelante.
El estómago y los pechos de Patsy estaban completamente tapados por la
guirnalda de rosas rojas. Si se echaba hacia adelante, Michael se la apretaría contra la
carne y le clavaría las espinas.
—No puedo —dijo en un susurro.
—¿Qué? —le preguntó el «señor Hillary».
—No puedo. No puedo hacerle daño.
El «señor Hillary» retrocedió y miró fijamente a Michael con fingida
incredulidad.
—¿Que no puedes? ¡Entonces tendremos que ayudarte! ¡Joseph! ¡Bryan!
¡Ayudadle!
Riéndose, Joseph y Bryan se acercaron a la cama y obligaron a Michael a echarse
sobre los pechos de Patsy. Los pinchazos de las espinas de las rosas eran una agonía.
Se les desgarró la piel, se les laceraron los nervios. Pero ahí no acabó todo. Joseph y
Bryan obligaron a Michael a cabalgar adelante y atrás sobre Patsy, empujándolo hacia
abajo a cada embestida, cada vez con más fuerza. Patsy chillaba de dolor y Michael
se mordía las mejillas por dentro con tanta fuerza que la sangre le salía por las
comisuras de los labios.
—¡Dentro! ¡Fuera! ¡Dentro! ¡Fuera! —cantaban a dúo Joseph y Bryan; y
empujaban a Michael cada vez más abajo, hasta que su pene estuvo arremetiendo
bien dentro de Patsy y las espinas de las rosas hicieron trizas ensangrentadas el pecho
de ambos—. ¡Dentro! ¡Fuera! ¡Dentro! ¡Fuera!
Ahora, el «señor Hillary» volvió a avanzar y extendió la mano como si esperase
que Jacqueline supiera exactamente lo que él deseaba. Y así era: ella le pasó dos
largos tubos de metal.
—¡Dentro! ¡Fuera! ¡Dentro! ¡Fuera! —seguían entonando Joseph y Bryan.
Y a pesar de las lágrimas, a pesar de la sangre, a pesar de la angustia que sentía
por Patsy, Michael empezó a sentir que iba a alcanzar el clímax.
—¡Más aprisa! —les urgió el «señor Hillary»—. ¡Más fuerte!
Le azotó las nalgas desnudas a Michael con la fusta, y le azotó el escroto hasta
que Michael no pudo distinguir qué era dolor y qué era éxtasis sexual.
Michael sintió una sensación de agarrotamiento entre las piernas. Se le arqueó la
espina dorsal, y luego eyaculó de un modo como nunca lo había hecho antes. Sintió
como si estuvieran sacándole la espina dorsal de la espalda, vértebra a vértebra, y
estuviera saliéndole por el pene.
Se dejó caer pesadamente sobre Patsy, y ésta lanzó un grito de dolor. Se debatió,
se retorció e intentó quitárselo de encima a empujones, pero los muchachos blancos
como azucenas lo mantenían echado sobre ella. Lo mantenían echado con fuerza y no
lo dejaban moverse.
Permanecieron tumbados sobre la cama, sangrando, temblando y llorando, y los
muchachos blancos como azucenas continuaban apretándolos uno contra el otro cada
vez con más fuerza. El «señor Hillary» dio la vuelta a la cama y se detuvo sobre
ellos; golpeaba suavemente un tubo contra el otro, de modo que producían un
tintineante y agudo ritmo.
—Y ahora, ¿qué me decís? —les preguntó, aunque Michael apenas lo oía—. ¿Es
dolor o es placer? ¿Quién me lo sabe decir?
Metió la mano entre las piernas de Michael y sacó de la vagina de Patsy el pene,
que iba ablandándose, con un dedo doblado en forma de gancho. Luego metió los
dedos en la vagina de Patsy con curiosidad obscena y obstétrica, estirándola, mirando
cómo salía de ella el semen con una lascivia remota, roja como la sangre.
—Sois hermosos los dos —murmuró, y pasó los dedos arriba y abajo por los
muslos de Patsy; y también por los muslos de Michael; y fue entonces probablemente
cuando éste comprendió realmente lo que era el «señor Hillary». Un ser perfecto,
perfectamente corrupto. Un entendido en todas las cosas hermosas, de las cuales una
era hacer el amor, cuyos gustos se habían vuelto totalmente depravados.
El «señor Hillary» era un ángel. O, por lo menos, el verdadero reverso de un
ángel.
Patsy estaba mordiéndose los labios de dolor, y sollozaba. Michael, sangrando,
dijo:—
Dejad que me levante. En el nombre de Dios, ¿quieren dejar que me levante,
por favor?
El «señor Hillary» le pasó a Michael la palma de la mano por la espalda y por las
nalgas.
—Primero, Michael, tengo que saborearte. Primero tengo que contaminarte.
Michael forcejeó e intentó liberarse, pero los muchachos blancos como azucenas
eran mucho más fuertes que él. Sintió la punta del tubo de metal del «señor Hillary»
hundiéndosele en la parte inferior de la espalda, y apretó los músculos.
—Esto va a gustarte —le dijo el «señor Hillary» con voz extraña. Luego siguió
hundiendo el tubo en la espalda de Michael, y éste sintió un dolor como no lo había
experimentado nunca, tan fuerte que se encogió y se retorció encima de Patsy, y las
espinas le desgarraron a ésta los pechos aún más salvajemente, y le cruzaron el pecho
de arañazos sangrientos.
—¡No! —gritó Michael, que estaba llorando como un niño—. ¡No! ¡No! ¡No!
¡No! Pero el tubo del «señor Hillary», frío como el hielo, se hundió aún más a través de
músculos, membranas y extremos de nervios, hasta que tocó en el riñón izquierdo; y
luego buscó más arriba, hasta que localizó la glándula suprarrenal. Michael sintió el
agudo tubo en lo más profundo de la espalda. Ahora ni siquiera deseaba morir,
porque ya no comprendía qué significaba morirse. Yacía encima de Patsy como un
peso muerto, mientras el «señor Hillary» sorbía y sorbía, y luego se incorporaba con
la cara transformada y el pecho henchido de satisfacción.
Jacqueline estaba de pie muy cerca de él; le acariciaba el brazo, y de vez en
cuando levantaba la rodilla y se la frotaba contra el muslo, tocándolo, apretándose
contra él. «Hazme daño a mí también. Tómame a mí también». Pero el «señor
Hillary» sacó los tubos de la espalda de Michael, luego cruzó la habitación, se estiró,
se pasó la punta de los dedos por el pecho y por el estómago, y sonrió. Parecía
satisfecho.
Los muchachos blancos como azucenas levantaron cuidadosamente a Michael,
que seguía encima de Patsy, y lo trasladaron hasta uno de los sillones. Apartaron la
guirnalda de rosas y la dejaron caer en el suelo. Luego le soltaron las ataduras a Patsy
y la ayudaron a levantarse, tan solícitos y suaves como si ella hubiese sufrido un
accidente de automóvil en lugar de un deliberado acto de perversión sádica.
Patsy no dijo nada, excepto:
—La ropa, por favor, denme mi ropa.
Sin volverse, el «señor Hillary» sonrió y dijo:
—Una auténtica hija de Eva. «Luego los ojos de ambos se abrieron, y se dieron
cuenta de que iban desnudos» —citó.
Patsy, histérica, le gritó:
—¡No! ¡No! ¿Qué clase de monstruo es usted?
El «señor Hillary» se volvió con mirada flamígera. Pero luego vio a Patsy,
desnuda, arañada y sangrante, y volvió la cara hacia otra parte.
—No soy un monstruo, Patsy, los monstruos no existen.
Ella se puso los tejanos; temblaba y lloraba.
—¡Es usted malvado!
El «señor Hillary», con infinita tranquilidad, dijo:
—«Los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas; y
tomaron esposas, las que ellos quisieron. Y engendraron hijos en ellas. Y éstos fueron
los poderosos hombres que existieron antaño, hombres de renombre. Luego el Señor
vio que la maldad del hombre era grande sobre la tierra, y que cada propósito, cada
pensamiento de su corazón no era más que mal, continuamente. Y Dios dijo: “El final
de toda la carne ha llegado ante Mí; porque la tierra está llena de violencia por causa
de los hombres”». —El «señor Hillary» guardó silencio durante unos instantes y
luego añadió—: Génesis, capítulo seis, tres mil años antes del nacimiento de Cristo.
Y aun así, parece que fue ayer.
Y fue entonces cuando se oyó un sonido distante, agudo y ululante.
—¿Qué es eso? —le preguntó el «señor Hillary» a Bryan.
Éste se acercó a la ventana de la biblioteca y miró hacia el exterior.
—No es nada —dijo—. No veo nada en absoluto. —Pero luego añadió—: Un
momento, es la policía. Cuatro coches de la policía. Cinco. Vienen hacia aquí.
—¿La policía? —dijo el «señor Hillary» incrédulo.

 

tomado de

La Pesadilla – Graham Masterton (1993)

 

Nota de Stregoika:

Este post es un tributo nostálgico a la verdadera literatura, que por ser literatura de verdad, no es solo erótica sino que una obra puede contener todo lo que el autor quiera, incluyendo lo erótico. La Pesadilla es una novela que me influenció mucho en mi pasión por escribir. Prácticamente muestra lo que autor escribe. Pone las imágenes vívidas y nítidas en la mente de quien lee. Y lo logra no solo en lo erótico o —o porno, si quieren—, sino en lo sádico y en las escenas de acción. Fue la novela que me enseñó que leer y escribir es mucho, mucho meor que ver TV y películas.

La leí a mediados de la década de los 90, cuando era un cagón enamoradizo¹.

Luego leí mucho más, y sigo haciéndolo. Pero rindo homenaje a La Pesadilla porque lo que más he escrito son relatos eróticos y porno y según me han dicho, son vívidos y nítidos. O sea que no puedo negar esta influencia.

Y califico este homenaje de nostálgico, porque sé de sobra que el mundo ya es otro, Es una paupérrima copia de lo que debería ser. Vivimos los peores tiempos quizá desde la segunda guerra, pero empeorado todo por la cantidad de estupidez que reina a la población, misma por la que, la gente ni se da cuenta que vivimos en tan malos tiempos. Todos tienen la nariz clavada en su celular y han permitido que se les expropie la inteligencia. Ya nadie lee. Quiero decir, leer de verdad. Pasar, sagrado, una buena tajada de cada día a solas con un libro impreso en las manos. No. Los libros ya no valen nada. Fueron desplazados por las redes sociales y con ellos el cerebro de la gente.

Yo me niego a vivir estos tiempos de engaño e idiotez, por eso vivo en el pasado o en la fantasía. Aunque el mundo ataque ferozmente a quienes no se adormecen, para romperles el corazón y volverlos como él y como al resto de la gente, no podrá con algunos como yo porque nos refugiamos donde no puede atacarnos: En nuestra fantasía. Esa es la razón por la que aclamo y seguiré apaludiendo la imagianción, mientras, aparentemente todos los demás, idiotas, han caído en la trampa y han renunciado a ella.

¹Léanse:

Jenny 1995

 

La carne no tiene edad: Lección de la Marquesa
Me folle a mi sobrina de 17 años 8 parte

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