Tabú

Teen Sweet models 3/4 – Dayanna Y su amoroso padre

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©Stregoika 2021

𝑉𝑎𝑟𝑖𝑎𝑠 𝑛𝑒𝑛𝑖𝑡𝑎𝑠 𝑑𝑒 𝑚𝑖𝑠 𝑟𝑒𝑙𝑎𝑡𝑜𝑠 𝑠𝑒 𝑟𝑒𝑢𝑛𝑒𝑛 𝑓𝑖𝑛𝑎𝑙𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒, 𝑝𝑜𝑟 𝑜𝑏𝑟𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑑𝑒𝑠𝑡𝑖𝑛𝑜, 𝑒𝑛 𝑢𝑛𝑎 𝑎𝑔𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑚𝑜𝑑𝑒𝑙𝑜𝑠. 𝐶𝑜𝑠𝑎𝑠 𝑚𝑢𝑦 𝑟𝑖𝑐𝑎𝑠 ℎ𝑎𝑛 𝑑𝑒 𝑜𝑐𝑢𝑟𝑟𝑖𝑟…

La vida puede cambiar mucho en cosa de horas y totalmente en cosa de días. Imaginen estar dedicados a su negocio, concentrados en sus asuntos, tratando de hacer todo lo mejor posible. Y al siguiente día, no puedes sacarte de la cabeza la orgía que sostuviste con tres hermosas nenas de 11 y 12. Yo estoy en el negocio del transporte. Tengo algunos camiones que llevan mercancía. Mi vida solía ser el estar pendiente de los carros, de los viajes y de los clientes. Incluso me iba tan bien que iba a tener que contratar un contador. Y en lo familiar, era cogerme a mi esposa, estar pendiente de las necesidades de la casa y… creerme dueño del culito de mi hija Paula y creer que nadie podría verlo ni tocarlo jamás. Después de aquél día en la Hacienda La Polonesa y los extraordinarios acontecimientos que en ella acaecieron, yo miraba las planillas de los viajes de mis camiones y pensaba en esas vaginas a través de las mallas. Hablaba por teléfono con clientes y me parecía saborear las bocas de esas niñas. Entrevistaba a candidatos para el puesto de contador pero pensaba en la venida tan rápida y que me había provocado Bambina. Quería otra vez. Desayunaba y pensaba en el rico aroma de la niña policía y de la niña enfermera. Pero también pensaba otras cosas, como que mi Paula ahora era parte del equipo de modelos de la agencia y que posaría de forma tan explícita en sesiones y que alguien se la iba a ‘echar’ algún día cercano, igual que yo me eché a Bambina —me muerdo los labios de solo recordarlo—. Mi Paula, disfrazada sensualmente, de India, quizá, o de diabla ¡Ufff!
La primer sesión de fotos de mi Paula sería con ella sola, en un estudio en la Hacienda La Polonesa. Vistió una minifalda de dril con matices azules, como desteñida; top blanco, una pañoleta en la cabeza, pulseras de colores, pendientes brillantes y calzado deportivo. Estaría elegantemente maquillada, lo que acentuaba sus rasgos de mujer adulta, lo que me enloquecía de ella. Era una mujercita hecha y derecha, si tal término tiene algún sentido. Paro al hablar, Paula dejaba en claro que era la nena de papi y mami, con su aguda y consentida voz.
—Un set de fotografía profesional es algo muy distinto a la vida real —le decía Cristina Alejandra a Paula—. Verás, en un paseo, en la casa de una amigo, en el colegio, en la calle y en cualquier lugar, debes cumplir con cierta etiqueta y modales ¿cierto?
—Cierto —sonrió mi hija.
La manager le hablaba mientras Paula era maquillada frente a un espejo enmarcado con luces LED.
—Por ejemplo —siguió Cristina—: La falda que vas a llevar, es muy cortita.
—¡Está muy linda!
—Ya lo creo. Si la usaras en una cena o en un baile, deberías tener mucho cuidado con que se te suba más de la cuenta o al sentarte y cruzar las piernas, o al subir una escalera o cosas así. Puro e indiscutible decoro.
—Pues claro ¡qué pena! —Se sonrojó Paula.
—Pero esta es una sesión de fotografía profesional. Aquí (y en las pasarelas), no es un paseo, ni una cena social, ni el colegio. Aquí vas a mostrar todas las prendas, y eso incluye la ropa interior.
Paula abrió la boca, impresionada.
—Tienes que olvidarte del pudor y dejar que se te vea ‘todo’.
Paula rió, sacudió los pies y después de un segundo respondió:
—¡Listo, listo, yo lo hago!
Cristina le lanzó una mirada a Amanda, mediante la que compartieron un mudo mensaje: “fácil ¿no?”.
—¿Estudiaste los videos y las revistas? —preguntó Cristina.
—Uhy, sí. Y me gustaron mucho —sonrió Paula.
—¿Viste las poses?
—Claro, todas.
—¿Tienes algún problema con alguna? ¿Alguna duda?
—¡No! Yo quiero hacer todo eso.
Cristina dio una palma y se puso de pie.
—Qué niña tan profesional. 0K. Va primero Dayanna y luego vas tú.
Cristina Alejandra se retiró a hablar con otras modelos.

Amanda suspiraba viendo a nuestra hija, pero no era la única: Una mujer emergió de la nada y se paró a su lado, apretando la sonrisa en los labios, al punto de marcarse los hoyuelos.
—Perdone mi señora, permítame decirle que su hija está espectacular.
Cuando dijo «espectacular», frunció el ceño y cerró los ojos. Amanda sintió una repentina endulzada en el corazón. Ya saben, que le digan a una madre algo bueno de un hijo es incluso mejor que si se lo dijeran a ella misma.
—Qué ojos tan bellos, parecen el mar —remató la extraña.
—¡Gracias! Y está tan contenta, le ilusionaba mucho ser modelo. Está que no cabe en los chiros.
—Mi hija es ella, se llama Dayanna.
Acababa de señalar a una chica al fondo den la hilera de sillas del camerino.
—¡¿En serio?! ¡Yo la conozco! Es decir, en sets de fotos. ¡No! Usted y yo somos mamás de ¡un par de reinas de belleza…!
Amanda había devuelto la amabilidad, pero no por cortesía, sino porque era cierto: Dayanna estaba buenísima. Tenía esa clase de corte de cara que siempre usan en Hollywood para el personaje de la niña inadaptada de secundaria, que no se maquilla, se peina ni se viste con estilo, es buena en química e invariablemente enamora a los espectadores varones.
—¿Cuántos años tiene?
—Mi Dayanna tiene 12, recién-recién cumpliditos.
—Mi niña se llama Paula, y también tiene 12. Mucho gusto, Amanda.
—Soy Mónica, qué bueno conocerla.
Estrecharon la punta de sus manos.

Rato después:
—Mi esposo, Ismael, es fanático del nylon. Se enloquecería si viera a su hija Dayanna así como está.
Y era cierto. Luego vi las fotos. La nena tenía una blusa de colegial amarrada por delante, pantymedias negros y una faldita con diseño tartan —o sea, de colegiala— rojo. Pero no era falda tableada y hasta un palmo sobre la rodilla, sino ceñida y corta hasta perder la razón de ser. No alcanzaba a cubrirle el provocativo parchecito rectangular oscuro que llevaba la media en la entrepierna. Se me ocurrió, inclusive, vestir así a Paula algún día.
—Ay, qué pena, me disculpo —dijo mi esposa—, pero ¿qué cosas estoy diciendo?
—¡No! Señora Amanda, no tiene de qué disculparse —dijo Mónica, descartando con la mano la vergüenza de mi esposa con tanta sobrades que le quitó la pena como con magia—. Mi esposo Miguel ¡es el primero que se arrecha con nuestra hija!
Mi esposa retractó la cara y subió las cejas.
—Así como lo oye. Si supiera usted la bendición que es tener una hijita hermosa —acotó Mónica.
Mientras Paula se estrenaba en el sinfín, posando de todas las formas que había visto en videos y revistas —y siempre mostrando los calzones—, Mónica le contó a mi esposa, la historia de Dayanna.
—Mi hija Dayanna, salvó mi matrimonio2 —agregó Mónica.
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2Relato: Dayanna, mi hija, salvó mi matrimonio.
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—Después, viendo las fotos que él mismo le tomaba, cuán bonita se nos veía la niña, y que a ella le divertía muchísimo, se nos ocurrió preguntarle si quería ser modelo.
—Y me imagino que ella… ¡encantada! —repuso mi mujer.
—¡ja! Señora Amanda, las niñas ADORAN modelar.
—Cierto es. Uff, Señora Mónica, estoy abrumada con su historia. Tal parece que a un hombre le guste su hija, es más común de lo que parece.
—Cierto es. Pero los medios se comportan como psicópatas.
—¿Cómo así? —preguntó Amanda.
—Pues, que construyen una realidad, viven en ella y llevan a los demás a vivir en ella. Y quienes no vayan, son clasificados como criminales.
—Wow.
—Señora Amanda ¿Aceptaría ir a mi casa, con Paula? De paso, las niñas podrían hacerse amigas.
Mi esposa aceptó, con la condición de que yo fuera. Trato hecho.

La casa de Don Miguel era bonita, más que la mía. Tenían platita. Y no culpo a Don Miguel, yo también me habría obsesionado con Dayanna —pero qué pedazo de jamón—.
Paula y Dayanna estaban justo al borde de la edad donde todavía conocen a una coetánea y se hacen amigas igual que lo hacen los niños. Después de eso, en una chica de la misma edad no verían amistad sino competencia ¡qué aburrimiento! Entonces estaban ahí, viendo fotos de TSM en una tablet. Estaban animadísimas. Igual lo estaban nuestras esposas, que comadreaban al calor del tinto con cigarrillo, y nosotros, los amorosos padres, de pie contra la ventana, viendo a veces afuera, aveces adentro, a nuestras preciosas hijas; y hablando con una cerveza en la mano recargada a un lado del pecho.
—Francy, la muchacha, cocina espectacular. Ya verá —me dijo Don Miguel.
—Apenas puedo esperar.
—Mónica hizo bien en invitarlos, me alegra mucho conocer gente con quienes pueda compartir intereses, sobre todo, intereses tan… ya sabe.
—¿Que nuestras hijas de doce años modelen? Las cosas hay que decirlas, hombre.
Levantó su botella en señal de acuerdo. Luego agregó:
—Con todo respeto, su hija es preciosa.
—¡Lo sé! Gracias por decirlo.
Ambos volteamos a donde ellas estaban. La verdad, parecíamos un par de mocosos de grado 6to que cuchichean sobre y suspiran por las de grado 11mo que están paradas al otro lado del patio.
—Me parece mucho que Mónica tuvo la apertura de contarles cómo decidimos que Dayanna fuera modelo.
—Sí, si lo hizo, Pero no se preocupe, hombre. Si usted supiera por lo que pasé, no sentiría pena —reí ampliamente.
—Mire, Don Ismael, ambos sabemos lo que van a hacer las niñas allá, y si todavía están en la agencia y nosotros aquí, tomándonos una pola, pues creo que deberíamos eliminar los formalismos.
—¡De acuerdo! —hice una venia.
—¿Hasta dónde les contó mi esposa? Porque quiero seguir la historia.
La cerveza empezaba a hacer efecto, porque era cerveza extranjera. Pero no hacía efecto por sí sola sino que el ambiente estaba súper. La casa hermosa, ambas familias, ya olía a carne en bistec… ¡Qué caray!
—Pues ¡destapemos otra y sentémonos! —exclamé.
—¡Así se habla!
—Yo lo único que sé, es que usted gustaba de tomar fotos a la nena, su matrimonio estaba mal…
—¡Un desastre!
—…Su esposa tuvo la idea de incluir a la nena en su vida sexual y todo se arregló. Después, por la fotos, se les ocurrió lo de meterla a TSM.
—Pero ¿sabe usted algo de cuando al fin metimos a la nena en la cama?
—nop —vacilé.
—paso a contarle.

»Dayanna hizo lo que su madre le pidió. Se ponía falditas muy cortitas y se portaba muy consentida conmigo. Yo nunca le había puesto un dedo encima, pero cuando lo hice, fue con permiso de mi esposa y voluntad de la nena. Se me sentaba en las piernas en la mesa, o se sentaba a jugar… esa mierda que juegan ellos en video, con la falda toda subida. Me mantenía a mil. Pero yo todavía no me animaba. Siempre iba y me desahogaba dándole taladro a Mónica. Ella: ¡feliz! Pero me dijo «Dayanna va a creer que no la quieres», porque le había puesto una tarjetica en la vagina que decía “para papi”, y yo todavía no había ni tocado el regalo. Me dijo «yo le dije que no cerrara la puerta de la habitación ni del baño, y efectivamente, la niña está dejando abierto. No la hieras, ve por ella. ¿O es que no tienes ganas?» y yo le dije «¡ja! ¿Qué no le tengo ganas a Dayanna? Tendría que estar muerto». «Pues ve por ella, tigre» me dijo. Y yo me resolví.
Parecía, sin mentirle, un adolescente, hecho un manojo de nervios —recordé mi polvo de gallo con Bambina y me reí en mi interior—. Pero al fin me le entré a la pieza. Dayanna estaba frente a su laptop, y cuando me vio ahí parado en la puerta, se paró de una vez y saltó encima mío. Me dijo «¡papito!» y se me acaballó. Yo me dije «No, de aquí no hay escapatoria, aquí va a haber sexo». Además, que haya dejado la laptop ahí para ir a acaballárseme, uff, eso no tiene precio. Eso fue hace casi dos años pero todavía lo hace. ¿Si vio como estaba hoy?
—En fotos, sí. Muy bonita —respondí.
—¡Riquísima! Yo quisiera que no creciera más. Entonces, así como estaba, colgada de mí, la llevé y la senté en la cama. Solo le pasé la mano por la cintura y le dije «mi amor, tienes que saber que gracias a ti, tu mamá y yo estamos muy bien ahora». «Sí, eso mismo me dice ella» me dijo. Y le dije: «Te agradezco mi niña por habernos acompañado en la habitación esa noche. Tú fuiste el remedio a nuestros males». Entonces le di un beso en la boca. Ella me decía «¿De veras, yo fui el remedio?» toda ilusionada. Y yo le dije «Sí, mi amor, un remedio delicioso». «Ay, papi» se reía. «No viste que mientras yo le hacía el amor a tú mamá, yo te miraba a ti?». «Sí ¿por qué me mirabas a mí, papi?» «Mi vida, esa tarjetica de regalo ¿todavía la tienes?» le pregunté, y dijo toda contenta «¡Sí! Aquí está». Se paró y se dobló para sacarla de un cajón bajito de la cómoda. Le mire ese culito delicioso…
Me acordé del incidente de mi Paula consintiendo a Melorica y como babeé por su culito. Entonces Miguel prosiguió con su relato:
—…Y me dije «¿será que sí me como todo eso ahorita?». Ella me pasó la tarjeta y volvió a sentarse, no al lado sino casi encima mío. ¡Olía riquísimo! Para más piedra, agarré la tarjetica y la olí. Aspiré como perro de aeropuerto. Pensar que ese pedacito de cartón estuvo pegado en el pubis de mi niña, y que era como una carta de propiedad de su cuca a mi nombre… uff… «¿Por que la hueles?» me preguntó muerta de risa, colgada de mi cuello. «Es que si estuvo entre tus piernitas, mi amor, debe oler delicioso». «¿De verdad tu te pajeas por mí?» «Hasta dos veces al día, mi niña». «Mis amigos del colegio se pajean por las de once, o por las profesoras, pero ¡no creo que ningún papá se pajee por la hija!» se rió todavía más. Empecé a acariciarle las piernas con la punta de los dedos, desde la rodilla hasta el ruedo de la falda. Ella me sonreía. «Mientras yo le hacía el amor a tu mamá, te miraba a ti porque tú eres la que me excita, hija». «¿Te vas a pajear otra vez?», «No señorita, esta vez no», dije y la besé. Le metí la mano bien en la falda y le agarré la pucha. Usted supiera, Ismael, lo que se siente, cuando uno le mete la mano entre las piernas y siente esa suavidad tan verraca, hermano. Es que no tiene comparación. Y lo más hijueputa, es que cuando llega usted al centro, a la mitad, a la cuca ¿si me entiende? Ella no cierra las piernas, ni si quiera las deja quietas ¡sino que se abre compadre! ¡Mi Dayanna alejó las rodillas cuando le metí la mano!
—Qué rico.
—Me le puse encima, sin dejar de besarla y sin dejar de acariciarle el cuco. Y adivine lo que me dijo: «¿Ahora me vas a hacer el amor a mí, papi?». «Como a una diosa, mi amor, como a una diosa». Le quité la camisita y ella cooperó. Fue la primera vez que le vi el pechito. Plano, hermoso. Ahora ya tiene su par de limoncitos hermosos. Le di besos en las costillas y se rió. Le subí la falda. Uff, llevaba tiempos queriendo subirle la falda. Llevaba meses tomándole fotos por debajo y así, y haciéndome la paja viéndolas. Mi hija tiene un culo exquisito, y que lo diga yo. No sé si haya algo más arrechador que verla por debajo, esas pantaletas blancas apretaditas y esas nalgas redondas. Ese día, ahí en su habitación, Dayanna al fin tenía esa falda subida para mí, con sus cuquitos blancos, cacheteros. Se los quité ¡con los dientes! Ella no paraba de reír, como burlándose de las cosas locas que yo hacía. Pero así aprenden. Hoy en día ya se pone a mil con esas cosas que antes le daban risa, y se moja.
—¡Mmmm!
—Sí ¡mmmm! Entonces, la dejé así en calcetines y falda, nada más. Me lo saqué. Ella lo vio y como que volvió a cerrar las piernas, porque se acordó de como se lo clavaba yo a Mónica y cómo gritaba ella. «No te preocupes amor, voy a tener mucho cuidado». «¿Eso no duele?» me preguntó. Nunca me voy a olvidar de la carita que puso cuando me dijo eso. Como una mezcla entre susto y ganas, ente curiosidad y pena. Le brillaban los ojitos ¡Cuánto se puede amar a una hija, Ismael, dígame!
Yo solo gimoteé, y volví a ver a mi Paula. Allá estaba junto a la deliciosa Dayanna. Me pregunté por qué había dejado pasar tanto tiempo. Mi hermosa Paula y yo ya deberíamos ser amantes. Pero no, y todo por la tonta acepción mía de que si yo no saboreaba los jugos de mi hija, nadie lo haría jamás. ¿Cuántos padres de nenas hermosas habrá cohibidos por la misma tontería? Así como era yo: De esos que si atrapan al que se acostó con su hija de 16 años, lo acaban a machete. Espabilé y volví a prestarle atención a Miguel.
—Y ¿usted qué hizo?
—Me mantuve a baja velocidad. Le tomé las manos y se las puse en mi verga, para que la conociera. La sensación de sus manitos tan suaves fue celestial, compadre. Hasta me dieron ganas de perrear en ellas, pero no. Le pregunté «¿Te gusta?» y solo apretó los labios y subió los hombros ¡tan linda! «tócala toda» le dije. Le agarré una mano y se la unté con el glande. Le quedó mojada. Dayanna se electrizó, sacudió el cuerpo como si le pasara corriente. Se quedó mirándose la manita mojada, como decidiendo qué sentir. Se frotó el lubricante entre los dedos y me miró.
—Me imagino que hoy día le gusta comérselo —comenté, lleno de morbo.
—¡Ja, es adicta! Me lo mama toda frenética, gimoteando y mirándome a los ojos, porque sabe que eso me arrecha y ¡me sale más cantidad de líquido! Pero esa primera vez, tuve qué contentarme con un beso. Se lo apunté a la cara y le dije «dale un besito, en la punta». Ella puso cara de limón al principio, pero al fin dio el beso. La agarré por la cadera y la halé hasta que cayó de espaldas. Le separé bien las piernas y pegué una comida de coño que, ni ella ni yo vamos a olvidar nunca. Por más que encuentre en el futuro un experto come-coños.
Miguel lanzó una mirada suspirante a su hija al otro lado de la enorme sala y agregó:
—Esa cuquita que está allá entre esas maravillosas piernas. Ya tiene un bigotito empezando a asomársele en el pubis. En menos de una año tendrá tetas —me miró a mí—. Yo no sé si usted quiera con su hija, pero le recomiendo que lo haga. Sobre todo ahora que están en TSM, porque allá el sexo es cotidiano.
—Pero ¿qué pasó? ¿Le hizo usted el amor a su hija?
—Le metí solo la puntica. Hay que ser muy medido, para que desarrollen gusto por el sexo en vez de aversión a los hombres.
—Sabias palabras —comenté.
—Al sol de hoy —agregó, estirando el pico en son de chabacanería—, le doy verga a Dayanna hasta hacerla caminar con las manos y venirse conmigo adentro. Queda tan feliz que se voltea y me abraza durísimo, y se queda ahí prendada hasta que se duerme y yo la acuesto.
—Qué envidia.
—También hacemos jueguitos. Hay uno que me encanta, que ella haga de dominatriz. Se pone una faldita ceñida ultra corta, con tanga blanca, siempre blanca —hizo énfasis—; y agarra un fuste que la mamá le compró. Me lleva por toda la casa como un perro, con collar y todo. Si supiera usted, Ismael, el morbazo de andar en cuatro llevado por ella, con esas piernotas de concurso. Pero si se las miro, me da con el fuste.
No pude evitar reír. Él continuó:
—Y si miró para arriba para verle el culo, o el sapo, por delante; me da una patada. Una vez me hizo acompañarla al baño a orinar, pero solo pude escuchar su agüita saliendo, porque si miraba, me ganaba otro fuetazo. Y lo peor: La idea no fue de ella ni mía, sino de mi mujer. Ella descubrió aquello que más me para la pita y lo usa con ingenio. Generalmente, cuando el jueguito del perro termina, nos vamos a la cama los tres.
—Estoy abrumado —confesé.
—Señora Mónica, pueden pasar a la mesa —nos sorprendió Francy a todos.

Al día siguiente, recibí un mensaje de Cristina Alejandra, con esa voz que me parecía, le salía no de la boca sino de su coqueto chocho:
𝑆𝑒ñ𝑜𝑟 𝑍𝑜𝑟𝑟𝑜, 𝑐𝑜𝑚𝑝𝑙𝑎𝑐𝑖𝑑𝑎 𝑒𝑛 𝑠𝑎𝑙𝑢𝑑𝑎𝑟𝑙𝑒, 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒. 𝐷𝑒𝑠𝑒𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑒 𝑒𝑛𝑐𝑢𝑒𝑛𝑡𝑟𝑒 𝑚𝑢𝑦 𝑏𝑖𝑒𝑛. 𝐿𝑒 𝑖𝑛𝑓𝑜𝑟𝑚𝑜 𝑐𝑜𝑛 𝑏𝑒𝑛𝑒𝑝𝑙á𝑐𝑖𝑡𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑔𝑎𝑟á 𝑢𝑛𝑎 𝑛𝑢𝑒𝑣𝑎 𝑚𝑜𝑑𝑒𝑙𝑜, 𝑦 𝑃𝑎𝑢𝑙𝑎 𝑑𝑒𝑏𝑒𝑟á 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟 𝑎 𝑐𝑎𝑟𝑔𝑜 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑓𝑖𝑟𝑚𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑟𝑎𝑡𝑜 𝑐𝑜𝑛 𝑠𝑢 𝑝𝑎𝑑𝑟𝑒, 𝑑𝑒 𝑚𝑎𝑛𝑒𝑟𝑎 𝑒𝑞𝑢𝑖𝑣𝑎𝑙𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑎 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑙𝑎 𝑏𝑒𝑙𝑙𝑎 𝐵𝑎𝑚𝑏𝑖𝑛𝑎 𝑙𝑒 𝑎𝑦𝑢𝑑ó 𝑎 𝑢𝑠𝑡𝑒𝑑 𝑎 𝑓𝑖𝑟𝑚𝑎𝑟. 𝐵𝑒𝑠𝑜𝑠 𝑎 𝑡𝑜𝑑𝑜𝑠, 𝑏𝑦𝑒.
Se me partió el alma en dos. ¡Un extraño se iba a echar a mi hija, cuando ella a mí ni me la había dado a oler!

FIN

Nota autobiográfica de Stregoika
Teen Sweet Models 2/4 – "firmando" el contrato de mi hija

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