Tabú

Nota autobiográfica de Stregoika

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Percepción de un mirón reprimido – Oleadad de mostronas en LA2021
Todos han oído historias de mirones, mani-largos y pervertidos, pero nadie conoce uno. Pues aquí hay uno. Soy yo.
Nota autobiógráfica de ©Stregoika 2021

No quiero que esta historia parezca inocente, ni tierna. No lo es. Lo advierto porque voy a contarles cómo a los 12 años escribí sobre una cartulina del tamaño de una ficha bibliográfica una declaración de amor y se la envié a una niña llamada Pilar, a través de su mejor amiga. Pero yo era hijo de una mujer mucho mayor que el promedio de madres de los niños de mi edad. Algunos chicos creían que era mi abuela. Eso influyó de modo desastroso en mi desarrollo social y psicológico. Fui educado como si fueran los años 60 cuando ya eran los 80. Además, era gordo y en general mi aspecto era más infantil que lo que podía verse como apariencia general de los niños de mi edad. Y para colmo, en algunas áreas era sobresaliente, excepto en cualquier cosa que requiriera motricidad gruesa. Muy hábil en arte y nulo en deportes. La cereza que adornare el pastel era que mi familia era enteramente disfuncional, narcisista hasta el tuétano, y en ella yo ocupaba el puesto de la mascota. Y yo era asocial a morir. Todavía lo soy. ¿Cómo demonios esperaba que una de las niñas más bonitas de grado séptimo quisiera ser mi novia? Pues porque cuando estábamos reunidos los cuatro o cinco amigos, yo decía muchas estupideces y ella reía hasta partirse en dos. Pero una vez leyó la tonta carta, cambió del cielo a la tierra conmigo. Dejó de hablarme y cuando me veía por ahí, me miraba de arriba a abajo y se reía. Su propia amiga, con quien envié la nota, me compadecía. Para mí fue tan duro que dejé de hacer chistes y mi presencia pasó de ser la de un bufón a la de un fantasma taciturno. Ese fue mi primer amor.
A los catorce años, todo empeoró, pues sea lo que fuere que se desata en la química cerebral para que uno enferme de depresión, se desató en mí y sí que menos tuve oportunidad de ‘ligar’. Bueno, creo que fue por eso, pero también por feo, gordo y asocial, porque ahora que lo considero, hay muchos deprimidos muy amados por la gente. Pero no yo.
Seguí enamorándome como idiota por años, de Marisol, de Liliana, de Ana… Pero de ellas obtenía una corta gama de reacciones, como la demostración de la repugnancia que les hacía sentir la idea, la burla al estilo de Pilar, o la tranquila condescendencia. Esa última sí que dolía, más que las otras dos.
Tuve un descaso de varios años sin que mis hormonas me desgraciaran la vida, pero no por que yo las controlara sino porque vivía en aislamiento. Como ahora. Fue hasta que estuve en la universidad que tuve otro episodio de confirmación de que yo no era una criatura apta para ser aceptada. Para empeorar el conjunto de condiciones que hizo difícil mi vida de colegial, mi vida universitaria estuvo atrofiada porque ingresé a los 22 años, cuando el promedio son los 17. Entré a la edad de los que salían. Era un vejestorio. Pero aún así me enamoré de Julieth, que resultó ser una psicópata. ¿Alguien se ha enamorado de un o una psicópata? No se lo deseo a nadie. Los psicópatas no tienen en absoluto el don de la empatía ni son conscientes de otros seres humanos. No tienen la capacidad de sentir culpa ni responsabilidad por las consecuencias de sus actos. Una mujer promedio goza de ver a un hombre sufrir enamorado y detrás de ella, pero igual tiene un límite, por lejano que parezca. Mis propias compañeras me explicaron eso. Pero una psicópata puede empujar a un hombre al suicidio cómodamente, incitarlo explícitamente y hacerles creer a los demás que él está loco. ¿Lindo, no?

A los 28 años tuve la peor traga de mi vida, pues me enamoré de una profesora (que tenía mi misma edad, qué chimba ¿no? ¿Así, o más arrastrado?) de la universidad. La estupidez típica del enamoramiento me llevó a tener el valor de dedicarle una canción, tocada y cantada por mí mismo, en un balcón de uno de los edificios de la universidad. La ventaja para mí fue que no esperaba nada. Había reducido mis expectativas a mí mismo, y lo único que quería era ser capaz de hacerlo, y lo hice. De ella no esperaba nada. Al fin me brotaba un poco de lucidez. Pero imagino que quieren saber cómo reaccionó ella. Se los diré: Fue toda una dama. Dolorosa condescendencia.

Y yo seguía virgen.

Al poco tuve una novia, llamada Sonia. Al principio no me interesaba, pero decidí hacer el esfuerzo de aceptarla. Era de cabello corto, piel morena y de tetas casi inexistentes. A mí me enloquecían las mujeres blancas y mechudas. Creo que la vida quería burlarse de mí. Pero Sonia tenía un cuerpo muy esbelto y un culo al que me volví adicto.
Ella era parecida a mí, provenía también de una familia narcisista y era asocial y sensible. Pero con el tiempo se aburrió de su propia forma de ser y se obsesionó con volverse una chica estándar. Lo logró y en su nuevo esquema yo no cabía. Yo, no iba a cambiar nunca, pues el mundo está enfermo y adaptarse a él es volverse parte de la enfermedad. Hay más dignidad en ser un inadaptado. Pude disfrutar, con ciertas pero tolerables limitaciones, del sexo con Sonia por un par de años. Luego de la ruptura volví a mi típica vida de castidad.

A los 32, ya licenciado y ejerciendo, me reencontré con una vieja compañera de universidad, Jeimy, que me gustaba montones. Pero yo había sido un rarito, asocial y anacrónico (más viejo que el promedio) dondequiera que fuera, y no le llegaba a los talones a ella. Me animé a invitarla a salir —arriesgando mi propio corazón, que no aguantaba una fisura más—, porque me enteré que ella había terminado con su novio. Su rechazo cortés y condescendiente fue el más brutal de todos, aún cuando yo ni siquiera estaba enamorado. Esa noche me embriagué solo en mi habitación y me acabé una cajetilla de cigarrillos, cuando creía que había dejado ya ese vicio. Pero eso no fue lo peor: Escribí poemas. Los únicos poemas que escribí en mi vida, y que nunca pensé lograr. Eran oscuros como la nada y cortantes como un bisturí oxidado. Versos suicidas que alababan la sangre derramada por la propia mano, el dolor, la soledad y a la nada. No obstante no volví a escribir poesía porque me di cuenta que, para que quedara así de buena, debía yo estar en semejante estado, al borde del suicidio. Además, meses después eliminé los poemas y no dejé rastro de ellos. Sólo recuerdo ahora una línea en particular: «La soledad es la que tiene un libro que nadie leyó nunca».
Lo que no pude eliminar fue la depresión en que quedé. El desprecio de Jeimy fue aniquilador. Jamás volví a mover un músculo para, ni a pensar si quiera por error ni por un instante en cambiar la realidad de mi soledad. Me encerré en mi mismo como un caracol en su concha y empecé paulatinamente a acumular odio por los seres humanos.
Por eso digo que este relato no es tierno ni melancólico, sino oscuro. Ahora les voy a contar en qué me he convertido, después de 7 años de lo de Jeimy.
Van dos años de supuesta pandemia (la primera). Pareciera que mi opinión, dada cientos y cientos de veces desde los 14 hasta los 32 años de edad, de que la raza humana debiera ser diezmada o sino desaparecida; hubiese sido tenida en cuenta. Para esta época, yo soy un mirón consagrado. Aquello en lo que nunca imaginé de joven que me convertiría, ni lo deseé. Nadie desea eso. Y, también por esta época, ocurre un fenómeno muy importante en la población. Los sociólogos no hablan de eso, pues están demasiado ocupados con la crisis sanitaria. Pero yo sí lo noté: Las nenas perdieron el pudor completamente. Yo, como mirón, en los últimos tiempos pre-pandeḿicos, puedo dar fe que ver chicas con faldas cortas o cualquier prenda reveladora era todo un acontecimiento. Y ver un upskirt era como ganar la lotería. Y para 2021, después de un ascenso tan gradual que fue imperceptible, las nenas son tan guarras que la excepción se volvió la regla. Puedo salir dos veces al día y no fallar en deleitarme con uno o varios upskirts. Las nenas no tienen la menor reserva ya en usar faldas absurdamente cortas o insinuantes transparencias. Supongo que viven en un mundo idealizado en el que, por ridícula que sea esa lógica, pueden provocar y es responsabilidad de los hombres el no dejarse provocar. Hasta una gran parte de los hombres viven en dicha fantasía, y pueden pasar frente a una adolescente en minifalda y sentada despatrarrada en un escalón, y ni se inmutan. En esa realidad pre-fabricada, los hombres como yo no deben existir y si dan indicios de presencia, serán rechazados y sancionados terriblemente. ¡Pero los reprimidos, rabo-verdes, arrechos, pervertidos, mirones y mani-largos sí existimos! ¡Aquí estoy escribiendo este relato! Si hay una adolescente despatarrada sentada en minifalda en un escalón ¡yo me paro en frente a mirarla, y lubrico y tengo una erección ahí parado! Si va una morra en leggins transparente y se le ve la tanga ¡me le voy detrás!
Llevo una semana de ser tan tentado por esta ola de mostronas sin precedentes… ¡Ayer había una gordita de cara hermosa andando con la mini-falda subida a media media nalga y un hombre iba detrás de ella (se puso a andar al pie mío) abrazando a su hijo y diciéndole «mire ese culo, mírelo bien hijo porque es gratis»! Y yo venía de estar sentado en un escalón con tortículis de tanto ver una bella mujer mal sentada, y tratando yo de descifrar si ella traía calzones transparentes o del color de su piel o… ¡no traía! Hasta escribí un relato después de un desternillante upskirt pre-adolescente: [Upskirt apabullante]. Creí que era algo especial y que volvería a ver algo así solo en sueños, por eso escribí el relato. Pero me equivoqué. ¡Sigo viendo morras terriblemente provocadoras e insinuantes, upskirts, micro-faldas, transparencias y shorts a media nalga CADA DÍA! Abundan las morras que tienen que bajarse la falda a cada paso, literalmente, porque se les sube y muestran el culo. Repito: literalmente. Vi una pareja de jóvenes, de máximo 15, ambos. Ella iba mostrando todo el trasero con su micro-falda de mezclilla, vieron que yo iba detrás babeando y él empezó a jugar: ¡A subírsela más! ¿Qué le pasa a este mundo? Sé que quienes lean en Europa pensarán que descubrí que el agua moja. O quienes lean desde partes calientes de mi propio país. Pero aquí no era así, y me he gastado horas escribiendo la larga introducción a este relato precisamente intentando que lo que les cuento lo vean con MIS OJOS. Los ojos de un reprimido, que insisto, sí existimos. No somos como los aliens, las brujas o los demonios, que todos hablan de ellos pero nadie sabe si existen o no. Todos hablan de ellos pero nadie conoce uno. Todos han oído historias de mirones, mani-largos y pervertidos, pero nadie conoce uno. Pues aquí hay uno. Soy yo.

Hoy vi una morra de máximo 14 años; con sus blancas piernas de patinadora completamente peladas. Usaba un short ultra corto… mierda, esta ciudad no es fría, es HELADA. ¿Cómo salen así? Bueno, yo feliz, en principio. Rico mirar. Por mí, que salgan empelotas. Pero esta morra en específico me puso tan ansioso que he sentido por primera vez en mi vida que odio las mujeres. Me le fui detrás para verla (se le veían muy bien las nalgas) y en cierto punto se dio cuenta que la seguía y me di cuenta de su miedo. Y ¡eso me trajo paz! Darle miedo me amainó la tensión. Halloween se avecina (a menos que haya cuarentena, y aquí está la gente más borrega del mundo), y esa es una fecha especial en que a la sensualidad se le puede agregar un orden de magnitud. Vaya expectativas.

Para terminar, repetiré algo que ya he dicho en relatos: Sé que hay puticas así de jóvenes y bonitas, pero yo ni en sueños podría pagar una. Pero hay dos cosas que me calman. Una es la paja, y la otra, que me descarga como no imaginan, es escribir y ser leído.

Saludos.

Es hora de que lean «Las tres condiciones para al fin violar una colegiala».
FIN

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