Tabú Transexual

La primera colegiala trans-género – La leche de Stefi

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©2018 DNDA – Stregoika
Esta historia será real dentro de poco…

Hola pajamiguitos: Aquí está el culiador de colegialas consagrado con una nueva historia. Y de paso doy las gracias a Sexo sin tabúes (La original, ya desaparecida), son una gran página Y de paso también, les cae la p*ta madre a los que plagian mis cuentos. Soy bueno y ellos no, qué se le va a hacer… También un saludo a las Tranny y a los amantes de las Tranny. Este es mi primer cuento sobre ellas. Se les aprecia.

* * *
Semana de recuperaciones. Había un 40% de la cantidad habitual de gente en el colegio y eso era en especial delicioso porque había muchos sitios a dónde ir a cogerse a las estudiantes. Y sin preámbulo, les contaré como me inicié en el mundo de las adolescentes transgénero. Vi un comportamiento sospechoso en María Paula, de grado noveno —En adelante, Mapu —, que era, aunque por poco, la más puta del colegio. Que no estuviera con sus amigotas o sus goces, sino perdida, cuando su molesto clancito estaba haciendo bulla en otra parte, se me hizo muy obvio. Estaría escurriéndose por ahí para dejarse follar por algún compañero o algún profesor. Me puse a buscarla. Después de varios minutos de corretear por ahí, me encontré a Stefi.
   —Perdón profe —me dijo en tono asustadizo y pasó de largo.
   Estaba bastante agitada. No entendí muy bien el porqué de su excusa y seguí mi búsqueda sin prestar atención.
Stefi era una niña bastante especial y que lo diga yo, que fui el que por más vaginas de colegialas pasó. Trataré de explicarlo: Había chicas putas, como Mapu, que sudaban semen. Había chicas que disfrutaban del sexo como locas, pero con unos grados más de clase, porque eran de mejor familia. Solo abrían las piernas para profesores o tipos con plata que pudieran darles algo bueno a cambio, pero nunca se lo daban a un compañero o a un vecino de a pie. Había chicas que parecían chicas de las de antes —de cuando yo era joven—, de familia decente y unida, que parecían no romper un plato pero culiaban como conejas. No con los compañeros, no con los profes, sino con sus amiguitos de barrio y sus primos, donde no tenían una reputación qué cuidar. Y había una o dos como Stefi, a quienes no se les hallaba macha. Pensar en ellas lo hacía a uno sentir desgraciado, porque si se hubiera casado uno con alguien así, a lo mejor uno no se hubiera vuelto uno tan puto. En fin… Stefi era una chica que aunque tuviera la cabellera más larga y asombrosa y las tetas más grandes del colegio, no pensabas en ella con morbo porque tanta ternura lograba eclipsar la arrechera.
Al final del pasillo, encontré a la muy puta de la Mapu sola en un salón. Estaba coloradita y despelucada. De inmediato me armé una película en la cabeza: Algún cabrón de undécimo estaba rellenando a Mapu como un pavo y habían sido sorprendidos por Stefi. La ingenua muchacha se habría impactado y por eso estaba así. Pero ¿y dónde estaba aquél macho reproductor fantasma? El pasillo no tenía salida del otro extremo, solo por donde venía yo. ¿Se habría saltado la baranda? Era un segundo piso… uff qué aventado.
   —Mapucita, amor mío —le dije.
   —Mi querido profe —contestó ella.
   —¿Qué estabas haciendo?
   —Ay, profe, me va a sancionar o está celosito…?
   —Se me acercó mucho y me pasó los dedos por el vello que se me asomaba en la camisa.
   —Solo dime con quién estabas: ¿Mateo, Andrés, Jaime, Jason, con Molina…?
   —Estaba con Steeeefiii…. —se saboreó Mapu.
   “Ah, con qué Lesbianas, qué rico. Quien ve a Stefi. ” pensé y me calenté. Sentí muchas ganas de coger a Mapu y taponarle sus agujeritos ahí mismo para que supiera lo que es un hombre. Así que empecé le besuqueé el cuello y le amasé las nalgas por encima de su jardinera. Luego metí las manos bajo su falda y le apreté los gluteos con pasión. Estaba sudorosa. “umm, pero se volearon dedo hasta que se infartaron. ” pensé. La respiración de Mapu se agitó mucho y yo sentí ese típico nudo detrás de las bolas que hace que la verga se te ponga como un cañón y los pantalones te estorben. Necesitaba sondear a Mapu ya. Pero Mapu me detuvo.
   —Espera. ¿Es que no sabes?
   —¿Qué? —repuse ansioso, pues solo quería bombearla.
   —Mira.
   Se retiró y se sentó en uno de los escritorios. Se subió la falda y levantó las rodillas. Tenía los muslos colorados (era muy notorio porque Mapu era muy blanca) y los pelitos lacios de la cuca muy, muy mojados, como peinados hacia los lados. Qué hermosa era mi Mapu. Se empezó a dedear. Qué rico como se regalaba dedo en la esponjosa carne de su vagina. Cuando sentí ganas de dar gracias a dios por tantas bendiciones, a Mapu le empezó a salir un líquido blancuzco de su conchita. Bajaba a profusos chorritos y un poco se le quedaba pegado en los nudillos. En pocos segundos hizo un charquito en la mesa.
   —¡Sí estabas con un hombre! —exclamé.
   —No… sí… pero no… agh, ya te dije que estaba con Stefi!
Pasé el resto de ese día como un zombi y varios día después, bastante elevado. No me podía sacar de la cabeza a Stefi, ni aceptar que esas gloriosas tetas fueran… y que debajo de esa cinturita no hubiera una celestial y jugosa vagina sino una… una verga. Me obsesioné, pero pasé varias etapas antes de aceptarlo. Por ejemplo, me metí a ver videos para probarme a mí mismo. Empecé con lo que para mí era el extremo, lo que no me dejaría dudas: videos gay. Pero los aborrecí instantáneamente. Bajé la graduación de mi medidor y escribí en el buscador “Tranny”. Encontré mucho material y mi primer pensamiento fue incredulidad ante el hecho que una de mis estudiantes era así.
Por si se lo preguntan, la etapa de sospecha de broma o mentira ya había pasado. Varios terceros confiables lo habían confirmado y hasta se burlaron de mí por no saberlo. Hice click en muchos videos mientras descubría muchas cosas de mí mismo. Las ladyboy con cuerpos huesudos, rostros amachados y manos venosas, no me inspiraban nada especial. Así que volvía subir el grado de intensidad: escribí “Very beautiful shemale” y al cabo de navegar un poco, encontré el video que me hizo aceptar que me gustaban las tranny.
Era la preciosidad de las preciosidades. Cabello real y larguísimo, rostro delicado, manitas de mantequilla, silueta de diosa y un buen falo con sus bolas. Vestía lencería negra con encaje brillante y mallas en los brazos. Tenía pestañas largas, ojos enormes, labios frondosos y unas tetas que parecían querer reventarse. Para no gastar palabras: Una diosa con verga. Se estaba masajeando ese tronco con una mano, mientras con la otra apoyaba todo el peso del dorso. Tenía el cuerpo desde las rodillas hasta los hombros, suspendido en el aire, danzando mientras se pajeaba. Los gestos de su hermosa carita eran adorables, parecía estar en otra dimensión, ahogada en placer. En un momento, soltó su tieso falo y se apoyo con ambas manos. Empezó a perrear solita y en dos segundos se vino como una fuente de semen espeso. Los potentes chorros salían del cuadro y volvían a caer en su vientre formando temblorosas perlas. Yo, superé la barrera, me saboreé. La chica al fin dejó caer su cuerpo y ahí sobre la cama, siguió dando eyaculaditas sin usar las manos, al tiempo que se esforzaba por respirar. Qué pito tan apetitoso y qué leche tan provocativa. Ya la había decidido, tenía que probar la leche de Stefi.

Último día. 20% de la gente. Mis ganas: 120%. En los días entre el cream—pie que me hizo Mapu y este último, había cruzado varias palabras con Stefi, pero no había podido avanzar mucho. La chica estaba atemorizada. Mientras buscaba a Stefi, pasé por los salones de artes del primer piso, uno de los lugares favoritos para ir a tener sexo, por lo retirado que quedaba. Ahí estaba Mapu con uno de mis colegas, abrazaditos. En pocos minutos, Mapu estaría viendo de dónde agarrarse, ahogando los gritos de satisfacción mientras le rellenaban frenéticamente su apetecida abertura anal.
Vi a Stefi cruzar un pasillo y empezar a alejarse. “Es adorable” pensé. Corrí tras ella.
   —!Stefi! Quiero hablar contigo
   —Ay profe, por favor no…
   —No creas que es por algo malo. No va a pasar nada malo ¿quién crees que soy? Por favor entra a este salón y hablemos.
   Ella obedeció de mala gana y me dió la espalda.
   —Profe, yo sé que usted es el favorito de las muchachas aquí. Pero que nunca va a querer estar conmigo.
   La llevé de la mano al rincón detrás del mueble de los libros, donde le había explorado el recto a tantas colegialas con mi afortunada lengua. Me puse frente a ella y le tomé la carita de cuento de hadas con la mano para dirigirla a mí.
   —Te equivocas tremendamente.
   Ella tuvo el visible impulso de sonreír, pero algo le faltaba, así que se lo dí: Le acaricié firmemente la mano con el pulgar. Que se me caiga la verga si eso no es una niña, qué rostro divino y qué piel prolija como para dormir en ella. Que tuviera verga, no la hacía menos.
   —Me gustas —le dije y se me paró.
   Ella al fin sonrió, ampliamente. Me abrazó y me apretó esas tetazas de sirena en la parte alta de mi estómago. Una vez roto el hielo, hablamos por una hora. Me contó su historia y como había podido mandarse poner la silicona legalmente gracias a las nuevas políticas sobre la libertad sexual en adolescentes.
   —¿Las puedo ver? —le dije.
   —¡Claro! Abrí la puerta del librero para que nos escondiera.
   Ella se quitó el saco. Se veía hermosa en jardinera, pues el saco por lo regular disimulaba la forma de su prodigioso pecho. Se bajó la cremallera trasera de la jardinera y la abrió. Se desabrochó la blusa y vi sus sostén. Era bonito, fino, se veía que la chica tenía clase y recursos. Las copas tenían labraditos muy bein logrados de color fucsia, que resaltaban contra el gris brillante del fondo. Tuve un recuerdo instantáneo del video. Le estrujé la pechugas unos segunditos así, por encima del sostén. Ella gimió muy contenta. A esa altura del juego, normalmente estaría pensando en excavar como una sonda petrolífera sobrecargada, pero ahora eso no tenía mucho sentido. Sin detenerme a pensar, le desapunté el brasiér. Ese par de tetas de estrella porno era celestial, con la piel lisa y areolas infladas. Dos balones para entretenerse sin límite. Me hinqué y se las chupé desesperado mientras ella gemía pasito. Yo estaba perdiendo el control de a cuotas, peor cuando ella se levantó la falda. Había llegado el momento. Me agaché y le vi los cucos, que hacían juego con el brasiér y estaban a reventar. La sensación era extraña, porque yo estaba habituado al adictivo aroma de las vaginas sudorosas. Halé con un dedo el encaje de su panty y saltó afuera ese pene de cabezón violáceo medio asomado. Se veía hermoso todo eso: Una colegiala divina, femenina, subiéndose el faldón para mí, con el vergo saliéndosele de los panties. Eso no podía ser un hombre, en ninguna galaxia ni dimensión temporal ni espaciotemporal imaginable. Era una chica, pero una chica especial, con verga. Se la miré de frente por un momento. Tan de frente que no podía evaluar su longitud. Ella se la cogió con dos dedos y la subió un milímetro.
   —Anímate —me dijo.
   Abrí mi boca y saqué un poco la lengua. Rodeé ese glande con mis labios y toque esa puntita brillante con mi lengua. Al fin me iba echar a la boca la verga de Stefi. Pero golpearon la ventana, muy fuerte. Stefi soltó el faldón y corrió detrás del mueble de los libros. Yo me asomé mientras ella se guardaba los tetones. Era Cindy, que me buscaba furiosa. Estaba abrazando los libros mientras me lanzaba una mirada asesina. Cindy era una de mis novias oficiales, pero lamentablemente una de las únicas que creía que era la única. No podía concentrarme en todo lo que estaba pasando, porque la boca me sabía a algo rico. La pobre Cindy, de seguro quería que ese último día, le rellenara su rica raja como de costumbre. Yo la adoraba, pero estaba embobado con Stefi.
   —Quién está ahí —preguntó encabronada.
   Stefi se asomó. Cindy se dió la vuelta, emputada y se largó. “Qué la pasen bien” resongó. Yo, temí que a Stefi se le hubieran bajado las ganas y me le fuí.
   —Tú y yo seguimos en lo nuestro, mi vida!
   Me despaché a besarla con pasión, chupándole la comisura de la boca y lamiéndole la cara interna de los labios. Ella enloqueció. Como se había guardado sus cosas, volví a buscarlas: así por encima de la jardinera y todo, empecé a estrujarle el bulto. Todavía estaba durito. Se lo amasé, mientras seguía besándola y a través de la jardinera la pajeé con lujuria. Sus gemidos me indicaron que ya estaba en otra galaxia. Con la otra mano le amasisé las nalgas y la atarreé de manera hambrienta. Ella se subió la falda. Ahí estaba esa verga orgullosa saliendo del panty de ladito. “Ahora sí, a chupar. ” me dije. Me agaché y se lo besé y se lo mamé. Me dejé el cabezón en al boca mientras la pajeaba con al mano para scarle un poco de jugo. Ella empezó a perrear en mi boca y fue tan rico que me acomodé. Me arrodillé. Ella volvió a sacarse esa tetazas estilo hentai y me puse a verlas balancearse mientras me sondeaba hasta la garganta con su verga. Estaba deliciosa, rolliza y tibiecita. Me enloquecía su carita de placer. Después, al recordarlo, recuerdo haber pensado “yo quisiera sentir tanto”. Parecía estar al borde de un colapso, mientras sus elegantes tetones iban y venían, apoyaba la frente contra la pared y hacía gestos adorables con su rostro de diosa y me daba frenéticamente por la boca. Se sostenía la jardinera muy bien con una mano mientras se mordía los nudillos de la otra. Estaba dándome la comida por la cara más brutal. Mamassita. Entonces, empezó a venirse. Gemía más y más fuerte mientras se mordía los nudillos y su bombeo cambió de ritmo: duraba más adentro que afuera. Estaba inundándome. Sentí crecer una burbuja de semen tibio en mi garganta. Como era la primera vez, tuve que controlarme con toda mi voluntad para que mi cuerpo no tuviera una reacción indeseada. Además, esa leche estaba exquisita. Semen de niña linda, claro que sí. Dejó de bombear. Había acabado del todo. Lo sacó y se estiró para arrastrar una de las sillas a nuestro escondite. Se estiró sobre ese asiento a intentar recuperar la respiración. La adoré. “¿Me lo trago o qué?. Es semen de quinceañera, claro que me lo trago”. Hice “glup” y suspiré. Me le acerqué, le besé los huevos y la punta de la verga. Besos muy sonoros. Ella seguía sumergida en ese envidiable éxtasis. Me levanté y la besé tiernamente en la boca un rato.
Las niñas tradicionales, con vagina, nunca dejaron de ser mis favoritas. Con los años, las colegialas con pene se volvieron cosa de cualquier parte. Pero ninguna como Stefi. Ella había sido mi diosa, mi primera vez, inigualable. Para que volviera a interesarme en una transgénero, tendría que ser en una así de divina, como una diosa del monte olimpo que bajó a saciarse de los placeres de los hombres y sus locuras. Una diosa con verga. Siempre habrá desde ahora colegialas que quieran darme su bom-bom-bún.

FIN

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