Heterosexual Transexual

Por qué las prostitutas no besan, y por qué las chicas trans te atienden mejor

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©2020 –Stregoika
Un joven putero que quiere ser besado

 La primer prostituta que contraté en la vida fue Amanda. Yo tenía 24 años y había tenido un mal día en la universidad. Afortunadamente ya no recuerdo por qué. Lo que sí recuerdo es que, motivado por el estrés, no agarré el bus para irme para la casa sino me puse a andar hasta llegar a la zona de tolerancia. Nunca había usado los servicios de una trabajadora sexual, y no pensaba hacerlo. Solo quería ver culitos y tetas e inclusive una que otra panocha. Eso me relajaba.
Andaba y tomaba caldo de ojo, viendo a las mujeres que estaban paradas detrás de rejas. Me encantaba ver sus pezones retorcidos entre los huecos de la mallas que se ponían encima. También me gustaba ver sus traseros cuando se doblaban para hablar con algún cliente potencial que iba manejando carro.
   Fue cuando vi a Amanda. Imaginen a una alta ejecutiva, treintona, de esas que hay en un piso alto de un edifico. Con cabellera larga y negra y piel como la yuca. Ahora quítenle el conjunto y déjenla en brasiér transparente y pantymedias negros, gruesos y con labrados hasta lo alto del muslo. Pero, de ahí para arriba, son más finos y como ella no lleva calzones y la media pantalón no tiene parche, se ve cómo su vagina se traga un poquito de la media.
   Para este humilde servidor, las medias veladas, en especial las negras, son un fetiche ante el que me arrodillo. Se apoderan de mí, literalmente. Si voy por la calle y hay una dama andando por ahí en falda corta y mallas negras, me le voy detrás a ver si puedo ver algo más. La sigo hasta que no pueda más, porque ella entra a algún edificio al que yo no puedo entrar. Si las condiciones dan, puedo hasta acercarme y toquetearla. Lo he hecho.
   Así que, “coñito de mujer blanca comiendo pantymedia negro” mata fuerza de voluntad.
Me ahorraré los detalles de mi novatada. En cambio, les contaré que ella se empezó a bajar los pantymedias y yo le supliqué que se los dejara. Le chupé la vagina a través y luego un poco sin nada. No la penetré, pues me vine con la mano, mientras chupaba. Mi mente me decía “quizá, eso que usted está chupando, haya tenido al menos dos vergas por dentro hoy”. Pero no me importaba: Ella era demasiado hermosa.
Luego, al subirme los pantalones, me dí cuenta que anhelaba besarla. Quería chuparle la boca tanto o más que la vagina. Me sentía enamorado.
   —¿Te puedo dar un beso?
   —Obvio no —respondió, tensionando ligeramente el entrecejo.
Me sentí fatal. Era irónico. Acababa de pagar por casi devorar una vagina, lo había hecho, pero el ‘besito’ resultó no tener precio. Para mí no tenía sentido. Además, me sentí rechazado. Rechazado por una bella mujer a la que acababa de lamerle su rosada cavidad vaginal.

Hasta mucho tiempo después, volví a estar con una trabajadora sexual.  Prácticamente se repitió la historia. ¿Qué tiene que hacer un hombre para besar con pasión a una bella mujer? ¿Invitarla a salir, gastar toneladas de dinero y tiempo para ella? ¿Para —si es que a ella se le da la gana—  besarla? ¿ Exclusivamente  besarla?Sí, ‘exclusivamente’, puesto que, tener sexo es barato, sin tedioso preámbulo, sin gastar tiempo ni dinero extras. ¡Pero sin besos!
Seguí visitando prostitutas. Para la siguiente, probé en un sector mucho menos prestigioso. Allá había que cuidarse de que las putas lo asaltaran a uno. Mi idea era que, en un nivel más bajo, las chicas no tendrían remilgos. Esto fue lo que pasó:
Escogí una mujer de unos 35 años, con el mejor culo que vi allá. Llevaba leggins transparentosos y tanga rosada debajo. Estaba dispuesto a meterle la lengua en el culo, pues así de sabroso lo tenía. Pero…
Al entrar, después de haber pagado en caja, ahí si me puso las reglas:
   —Nada de ‘por detrás’, y no me chupes los senos, porque estoy lactando.
Yo estaba desanimado, pero nos pusimos sobre la cama. Me puso el condón y de una vez iba a metérselo en su vagina, que por cierto, estaba descuidada y peluda. No peluda por arriba, en el pubis, sino en los labios. Aún así, por no perder la plata y hacer lo que más me gustaba, le pregunté:
   —¿Te la puedo mamar?
A lo que contestó con un rotundo NO. Ni para qué preguntarle lo de besar.
Salí ofuscado de allí, jurándome no volver a ese puto sitio. Por otra parte, ya tenía la experiencia, y la experiencia tiene valor.

Para la siguiente vez, estaba dispuesto a ir al otro extremo, para ver si al fin podía estar como quería con una bella prostituta. Era en el mismo barrio, pero en el costado de más caché. Cuando vi a la muchacha, no dudé ni un segundo. Se parecía montones a Tawnee Stone, una ídolo sexual de mi adolescencia. Esta putita no tenía más de 20 años. Ustedes tampoco se habrían resistido. Pagué tres veces lo que la vez anterior, no sin antes preguntar qué podía hacer y qué no. Ahí sí chupé vagina y besé culo. Amasé tetas y me mamaron la verga muy bien. Tenía la pucha más bonita de todas las que he visto. Pero obvio, no hubo besos. Pero, había otra cosa de la que no era consciente en los servicios sexuales, y de la que me daría cuenta hasta la siguiente experiencia.
Andaba por la zona de tolerancia. No sabía si entrar o no. Tenía por decreto, gastar dinero en sexo sí y solo sí encontraba la chica más jovencita y hermosa posible, pues la última vez me gustó bastante. De lo de besar, ya me había olvidado. Me había rendido.
Extrañaba el mundo de la prostitución de hacía unos veinticinco años. Yo había visitado esa zona, pero era demasiado joven, un niño, de hecho. Y sin dinero. Pero por aquella época, no había instituciones gubernamentales metiendo las narices en el negocio, por lo que las mujeres ofrecían abiertamente sexo anal, oral sin condón, sexo grupal, etc. Inclusive había niñas exhibiéndose en los locales enrejados, desde 13 años, que yo viera. Qué rico debe haber sido adulto en esa época. Para cuando yo ya era un hombre hecho y derecho, esas cosas ya no eran accesibles, por lo menos para mí.
Mientras pensaba todo eso, se me acercó aquella otra puta de la que me acuerdo su nombre: Mayerly. Se puso a caminar a mi lado, muy cerquita y me tomó de la mano con una gentileza y dulzura que me embrujaron. Parecía mi novia.
   —Ven, mi amor, entremos y te me vienes en el culito, así delicioso.
Su perfume y aliento eran deliciosos. Además, la forma como susurraba en mi oído me derretía.
   —Te chupo la verga así sin condón, bien rico.
Entramos. Ella era morena y de piel canela, cuarentona. Tan pronto se cerró la puerta de la pieza detrás de nosotros, me agarró la cabeza por detrás y me besó. No pude más que corresponder, como si fuésemos noviecitos adolescentes. Ah… ¡el amor! Un buen beso sí para más la pija que ninguna otra cosa. Al fin. Entonces sí había quienes besaban, pero obviamente no eran muchas.
Todo lo que dijo, lo cumplió. Inclusive me vine en su boca, en un 69, con mi dedo metido en su culo.
   —¿Tomaste cerveza? —me peguntó, después de escupir mi semen en un papel higiénico.
   —¿Por qué?
   —Por el sabor de tu venida.
Me sentí en el paraíso. Le di una buena propina y antes de irme, volvimos a besarnos como colegiales. Le pregunté el nombre y le dije que volvería, pero nunca la volví a encontrar.

El misterio de los besos parecía resolverse. No era el precio del servicio, ni el prestigio del lugar. Era la puta específica. Y tiene qué ver mucho, aunque no todo, con la edad. Las jovencitas, hermosas como diosas antiguas de historias de fantasía,  entran a la pieza y solo quieren volver a salir rápido. Con suerte, Quieren que te ordeñes sobre ellas como a un chivo y deshacerse de ti. Sin suerte, quieren que pase el tiempo y no hacer nada. Una vez, una de 18 años se sentó en la cama y se puso a hablarme de un poco de cosas… cuando yo quería ponerla en cuatro y saborearle el ojo del culo.
Que sea un putón maduro, no garantiza nada, como esa que estaba dizque lactando.
   —Tú sí sabes atender a un hombre —le dije a Mayerly.
   Nunca la olvidaré.

Ahora, si quieren hablar de garantías, pagar un servicio sexual y entrar a DISFRUTAR  en serio, de una jovencita jugosa con tetas de sirena de fantasía macondiana, que dé culo y lo chupe sin condón, y sobre todo, se revuelque contigo al tiempo de besarse con lengua, paladar y dientes… la respuesta es: Transgéneros.
   Cada vez son más comunes las que pasarían por mujer. Sabes que son trans porque están en un sitio de trans, no por otra cosa.

Hace poco, recién terminada la cuarentena, la zona de tolerancia fue activada otra vez y la visité, cargado como buque petrolero. Ya llevaba un par de años viendo porno trans, y hasta tenía mis estrellas favoritas. Pero solo una vez vi una en la zona, que me hizo mojar el bóxer: Estaba vestida de malla de enteriza, sin ropa interior, aplastándose sus tetones con la prenda y tapándose el paquete con un bolsito. Su cabellera era larga y frondosa y tenía una carita de ángel que… hasta el más macho se ‘mariquea’. Esa hubiera sido mi primera trans. Pero yo ¡no tenía plata!
Me le acerqué y le pregunté:
   —No te había visto ¿eres nueva?
   —Llegué hace poquito —me dijo, sonriendo y con su vocecita adelgazada.
Como yo llevaba tiempo aficionado al porno trans, ya relacionaba esa voz amariconada con pura calentura y delicias mojadas.
   —¿Cómo te llamas?
   —Briggitte —me sonrió más— ¿entramos?
   Le pregunté el precio y me lo informó. Pero mi intención era preguntar por ella cuando tuviera dinero. Le dije:
   —Volveré —y se despidió de mí lanzándome un tierno y ruidoso beso con la mano. Me tocó matarme a pajas por unos días. Me imaginaba succionando la pija de Briggitte con fuerza y dándole tiernos besos en sus bolas. En fin.

Tiempo después regresé. Lamentablemente no encontré a Briggitte, así que me puse a dar vueltas, como en los viejos tiempos y ver culitos, tetas y más tetas, y una que otra vagina por ahí tragándose el afortunado hilo de su dueña. Pasé dos veces por donde las trans y vi algunas que me gustaban, me llamaban y me decían cosas sucias. Una, inclusive, al sentirme pasar por detrás de ella —yo, obvio, estaba mirándole el culo—, se insertó el dedo índice y se dedeó profundamente.
Me mojé en el acto. Pero seguí caminando y ella me dijo:
   —Ven, papi ¿vas a dejarme así?
   Tuve qué seguir caminando con la próstata palpitándome tanto como el corazón. Esa chica me hizo dar una ganas tremendas. Pero tenía una obsesión con Briggitte, y quería encontrarla.

Mas adelante, otra trans vestida solo con tiras de cuerina roja brillante y una faldita entablada muy corta, llamo mi atención: Tenía cabello largo y lindo. Tenía además unas prominentes tetas, hinchadas como balones de basket, y sostenidas en dichas tiras. Tenía el pene de fuera, asomado bajo la corta falda. Tenía un ligero estado de erección. Como se lo miré, con tanta hambre como solía mirar las vaginas tragándose los pantymendias, ella se levantó la faldita con dos dedos y sacudió la cintura. Esa verga de movió hacia los lados exquisitamente.
   —Ven, que aquí hay de todo —me dijo mientras sacudía su rica verga.
Verla así, con el cabezón brillante asomado a medias y yendo de un lado al otro, me hizo saborear. Pero seguía empecinado en encontrar a Briggitte.
Di la vuelta a la esquina, donde siempre se hacía el mismo grupo de chicas trans. Cuando pasé, una le comentó a las otras para que yo oyera, con su rica voz que no se decide entre lo grave y lo agudo:
   —Uhy, tengo unas ganas de sentir una verga en el culo ¡marica!
   Y se lo miré. Tenía unas nalgas redondas, lisas y brillantes, asomadas entre, lo que alguna vez fue un pantalón de mezcilla, que ahora estaba recortado hasta casi la cintura.
Yo estaba ya fundiéndome de ganas. Fue cuando pensé que las trans eran la trabajadora sexual por excelencia. La absolución del servicio sexual. Ellas saben —obvio— lo que un hombre quiere. Lo que quiere ver, oír, tocar. Saben lo que un hombre quiere sentir. Un hombre quiere sentirse deseado. Que a su pareja le guste ser penetrada y bombeada. Y aunque suene cursi, a un hombre le gusta sentir que gustan de él. Por eso lo de los besos.
Seguí caminando y estaba por rendirme. Solo quedaba un par de cuadras por repetir y si no encontraba a Briggitte, ya no haría nada. Llegué a la avenida. Iba andando mojado, por tanta tentación trans.
Antes de cruzar para caminar la última calle, me quedé viendo un hermoso culo. Su dueña caminaba con las manitos adelante y su falda corta de color negro brillante no la tapaba bien. A cada paso se le vía una de sus nalgas comprimirse y la otra relajarse. Me quedé viendo como pervertido en escuela secundaria. La chica tenía suéter de lana deshilachada y cabello de color rubio falso, amarrado en coleta. Sus botas altas hacían que las piernas se le vieran riquísimas.
Ella se quedó en su esquina y yo seguí de largo. Estaba resignado a hacerme la paja de por vida imaginándome a Briggitte. Pero, la curiosidad de verle la cara a semejante delicia, me venció. Me quedé viéndola y ella se dio cuenta. Al igual que con Mayerly, esta diosa trans se puso a caminar a mi lado, tan cerca como si fuésemos esposos.
   —Ven entremos y la pasamos rico —me dijo, con ese tono embrujador de niña de 15, arrecha pero sumisa, que pide permiso para hablar y lo usa para suplicar ser follada. “Ay, como que no me salvé”. Pensé.
   —Ven papi, me haces el amor bien delicioso.
No aguanté.
Mientras pagábamos en caja, ella jugueteaba con mi paquete. YO le miraba la cara y no podía creer lo bonita que era y como me sonreía. Me lazaba besos. Estaba por tener mi primera experiencia con una trans y estaba súper-ansioso.
Al fin cruzamos la puerta. Ella cerró y se lanzó a abrazarme y besarme con tanta pasión que se me olvidó al instante que estábamos en un putiadero. Correspondí y, bajé mis manos a su culo. Ese culito hermoso que vi moverse allá en la calle, ahora era mío. Qué nalgas deliciosas, se las acaricié y amasé. Ella se sentó en la cama y me bajó el pantalón. Cuando me la sacó y vio lo empapado que estaba, dijo, con incuestionable sinceridad:
   —Uhy qué rico, estás re-lubricado ¡Vienes con muchas ganas! ¡Mmm…!
Se untó los dedos en mi glande y luego hizo tiras con mi lubricante. Se saboreó y me lo mamó. Me lo mamó muy bien, incluso mejor que la que se parecía a Tawnee Stone. No hay mejor mamada que la que se hace con ganas. A menos que seas un psicópata, claro.
Chupó y succionó hasta que tuve que detenerla porque me iba a venir. Luego nos besamos más y no pude evitar acariciarle la cara con tanta ternura… nunca lo había hecho. Sobre todo, sintiendo el agrado de la otra persona por las caricias. Hasta una novia (mujer) que lleve contigo varios meses, se deja acariciar por protocolo y porque quiere algo a cambio.
Iba a desvestirse pero la detuve, igual que con las otras, por mi fetiche de hacerlo con la ropa puesta.
   —Acuéstate en la cama me dijo.
Pegué mi espalda y ella se acaballó en mí. Su faldita se veía como un cinturón. Me dio la espalda, se metió mi verga en su culo y yo me sentí en otro mundo. ¡Me estaba pichando una trans!
Mientras ella subía y bajaba, yo le acariciaba esas nalgotas redondotas de piel trigueña. Me salieron gemidos. ¡Me salieron gemidos! Nunca en la puta vida me había pasado eso. Pero había algo que quería hacer antes de venirme.
   —Ven aquí —le dije.
Ella puso su estupendo culo cerca a mi cara y me la empezó a mamar otra vez. Qué rico chupaba. Yo me retorcía como si nunca me la hubieran chupado. Pero, hice aquello que quería: La empujé, indicándole que se pusiera de lado. Al fin, tenía una la verga de una trans delante de mi cara. Ni un solo pelo. Ríanse si quieren, pero lo que pensé fue: “Se parece al mío”. Nunca había visto un pene que no fuera el mío ¿Qué quieren?
Me demoré un ratito en decidirme, pero pensando en que uno se arrepiente  de lo que NO hace, le estampé un besito en la punta.
Me sentí morir de dicha. Ella, se lo agarró y me lo metió en la boca.
   —Abre más —me dijo, cuando detectó mi inexperiencia.
Me bananeó la boca.
El verme a mí mismo ahí y sentirme, la forma en que una bella chica de falda sensual, me daba verga por la boca, moviéndose para adelante y para atrás, me hizo correr. Me llené el bajo vientre de semen espeso.
Ella, con su rico acento y su voz nasal de diseñador, dijo, al verme viniéndome:
   —¡Uy, qué rrrrico! Te viniste re-harto… ¡uhy, qué lechota!
Nunca olvidaré el sabor de esa primera verga que me metí a la boca. La impresión del primer mili-segundo de contacto carnal es toda una descarga eléctrica. No te esperas nada, ni el sabor acre a carne viva, ni la textura maravillosa. Y la bombeada, uff, sin palabras.
Obvio volveré a visitar chicas trans, y obvio seguiré buscando a Briggitte.
FIN

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