Jóvenes Tabú

Relato especial: Tina

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©2020 Stregoika
Llevo mucho queriendo contar esto, pero no tiene mucho de erótico y se me hace empalagosamente romántico.

Cuando yo fui profe, trabajé un año en un colegio de clase alta de mi ciudad. Era normal que las morras (y los caballeros, también) estuvieran a la par del bachillerato, en alguna academia de actuación, deporte o baile. Para eso había $$$. Hubo una nena de séptimo grado (11-12 años), llamésmola Tina, a quien conocí justamente en medio de un provocativo upskirt. Estaban ensayando alguna cosa de teatro en el pasto del parque, y ella, muy fresca, estaba en uniforme de diario. Estaba boca arriba haciendo ‘angelitos’, y tenía la falda toda volteada sobre el vientre. Yo desde que tengo memoria he sido fetichista del upskirt, y me quedé viéndola como hipnotizado. El uniforme era con medias veladas azules. A ella se le veían sus calzoncitos a través. Hasta se le veía algo cuadradito en la entrepierna, quizá una toalla. Y más encima estaba abriendo y cerrando brazos y piernas. Pero obvio no podía quedarme contemplándola. Si ella no se daba cuenta (o no le importaba), alguien más sí, y había que cuidar la reputación y el trabajo.
   —¡Tapate! le dije —simulando un tono consentidor.
Su reacción me encantó, puesto que no sintió pena sino rabia, en contra de su falda.
   —¡Agh, esa falda! —se quejó y la acomodó de un tirón, con tal desprecio por la prenda, como si esta estuviere infectada.
   Yo seguí mi camino, pero no pude resistir bajar la velocidad y volver a mirar unas tres veces. La falda se le había vuelto a subir y ella seguía haciendo su rol sin pensar en ello. Me pareció algo demasiado adorable y eso, sumado a lo bonita que era, hizo que empezara a gustarme.
De ahí en adelante yo le prestaba bastante atención. Era de mis favoritas. Y, había algo en ella que era único y enamorador a más no poder: Era mostrona. Sí, mostrona a morir. La falda del uniforme ni siquiera era muy alta. Pero ella se las arreglaba para mostrar. Para mí, específicamente, el deleite y el embeleco por ella era místico. De mis actividades favoritas en ese curso era, sacarlos del salón para hacer cualquier mierda en el parque. Que mis niñas se sentaran en el suelo era, para mí, como andar por el jardín del edén. Piernas hermosas, bicicleteritos ceñidos, medias rasgadas, y Tina: Calzones blancos (bajo la media azul oscuro). Ella jamás usaba short ni bicicletero encima.
   También, cuando había actividades artísticas (que en ese colegio abundaban, por el perfil de los estudiantes), todos usaban ropa particular, y ella, era amante de las faldas con vuelo. La obsesión que me cargaba por ella estaba poniéndose peligrosa. Me gustaba. Estaba loco por ella. Encontrármela escaleras arriba me ponía más feliz que encontrarme un billete de $50. Es más, podría ignorar un billete de $50 que estuviera tirado en un escalón si tenía la oportunidad de ver a Tina bajo su falda.
Debido al trato tan amoroso que yo le daba, ella respondió. Aunque en su medida, obvio. Recuerdo que una vez, al entrar al salón después de descanso, se paró delante de mí y me dijo:
   —Profe, pon la mano.
  Yo la extendí y ella la haló hacia sí, apretando mi mano nada menos que contra su seno derecho, que apenas se asomaba. El corazón me dio un vuelco. El dorso de mi mano tenía aquella gloria, mientras ella ponía un dulce en mi palma. Entonces apretó más mi mano contra su cuerpo para cerrarme los dedos, uno por uno, como si lo de la golosina fuera un secreto de estado. Cuando terminó de cerrarme la mano, la soltó, me regaló una estupenda sonrisa y se fue, dejando mi brazo ahí estirado y mi boca abiertota. Todavía suspiro escribiendo esto.
Habría yo de deducir que su tierno regalo fue en respuesta a que yo hablé con su novio días antes. Recuerdo haberle dicho algo al chico, que tenía 15 años, algo así como que, él, por ser tan joven y de plata, estaba en riesgo no saber lo afortunado que era. Que si se lo decía yo, me creyera, que tenía la novia más linda y especial del mundo, que la cuidara y tratara siempre bien.

La nena se presentó en un reality show de mi país. La pintica que se puso estuvo de infarto. Media velada oscura y falda holgada (provocativamente corta) de mezclilla azul con bordeado blanco. Chaqueta denim y blusa negra con un estampado brillante. Su audición fue para mí una pasarela de piernas a lo Victoria Secret. Atesoro el video.
Para el último día, Tina fue a buscarme para despedirse. Para mí fue sorpresivo porque yo no era un profesor que dijéramos ‘popular’, de hecho era de los más veteranos. Se paró delante de mí con las manitas unidas por delante y su brillante cabello rubio regado sobre su chaqueta de motociclista, contrastando fuertemente.
   —Vine a darte las gracias —me dijo.
   Por su tono, deduje que no era un agradecimiento sino una despedida.
   —¿Sigues el otro año? —le pregunté.
   —No, me voy a otro colegio.
   Se me hizo un nudo en la garganta. No podía aceptarlo, pero hice la pregunta idiota:
   —O sea que ¿es la última vez que te estoy viendo?
   —Sí —respondió con indolente resignación.
   Yo me puse de pie y la abracé, y no conforme con eso, besé una de sus mejillas. Luego se fue y, aunque yo ya estaba en ese salón solo, hasta entonces fue que lo vi de verdad ‘vacío’.
Con el paso de los años, la vi crecer a través de redes sociales. Es simpático que, yo buscaba fotos donde estuviera de doce, como la conocí, y que, en la única que encontré, estaba consintiendo a una niña pequeña. En ella, Tina está agachada en falda y adivinen (qué rico): Se le ven los calzones.
Lo siguiente que supe de ella, es que hacía parte de un prestigioso grupo de baile. Es toda una mujer y todavía me saca suspiros cuando la veo por internet, en su tik tok o en el canal de su grupo de baile en YouTube. Vaya que baila bien y qué sensual es.

Hace poco, al inicio de la cuarentena, el aburrimiento del encierro era tan atroz que me puse a ver películas que nunca había siquiera considerado ver. Estaba viendo una película de mi país y en un determinado momento caí de rodillas ante el televisor: Tina, era una de las actrices, a la misma edad que la conocí y le veía los cucos todos los días. Ahora, junto al video de su audición en el reality y la foto donde juega con la niña, esa maldita película es archivo sagrado en mi ordenador.

fin

 

 

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