Jóvenes

Oda a las alumnas del IED Altamira

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Upskirt | Colegialas | Humor | Parodia

Las más guarras de San Cristóbal

©Stregoika 2022

 

2760m sobre el nivel del mar. Innumerables barrios de clase trabajadora dibujan una erupción sobre el bosque alto andino. El promedio de inclinación de las calles es de 20º. Las casas están levantadas sobre explanaciones individuales y la mayoría de andenes son volados nivelados. Casi llegando a la falda de Altos del Zuque, se halla un par de colegios a cuyas alumnas va este homenaje. No sé a causa de qué coincidencia o convenio habrá sido, pero estas morras son las más sensuales de la localidad y usan las faldas más cocolas, a ras de nalga. No es hipérbole. A ras de nalga, literalmente. O sea, el ruedo de sus faldas coincide con la raya horizontal que determina el fin de sus piernas y el inicio de sus culos. Estos colegios son el San José y el Altamira. Yo, llevo años saliendo a mironear y perseguir muchachas de bachillerato, especialmente allí, debido a la exquisita combinación entre una geografía accidentada y colmada de altibajos y la presencia de estos dos colegios, donde las morras son las más mostronas que he visto —especialmente las del Altamira—. “Será y a ver culos” me digo cuando voy de salida. Y efectivamente, veo muchos. Inspirado en ello he producido este sencillo homenaje.

1 – Julieth

Julieth es una bella adolescente de 15 y medio años de edad, hija de un señor que maneja una inmensa volqueta y una señora —por poco, otra muchacha— que vende chiros baratos en el centro. Viven, auxiliados por subsidio, en una gran urbanización muy cerca al colegio, en el barrio Altamira. 

Julieth está entre las 2 o 3 viejas más buenotas del Altamira. Cursa grado undécimo. Es toda una guarra, como verán. Su cabello podría estar más largo, pero se lo cortó y se lo dejó hasta la cadera, por un consejo que le dio su amiga Zuly, más conocida como La Mosquita. Vecina de la urbanización pero alumna del San José. El consejo fue: «Oiga, Julieth, marica, usted tiene el pelo muy largo y le tapa el culo. Si yo tuviera ese culazo que usted tiene no me lo taparía». Y sí, Julieth tenía un culazo como para meterlo en un concurso de culos para colegialas. A veces se ponía jeans delgadísimos, casi leggins —pero solo eran jeans demasiado baratos, de los que vendía su madre—, que le marcaban ese culo tremendamente. De esos que quedan como pintados con brocha y aquellos con que, solo con que Julieth separara un poco las rodillas, ya se le veía el mango envuelto desde atrás. 

Un día cualquiera, Julieth y su otra amiga Emma Marcela se subieron a un bus alimentador atiborrado. Julieth llevaba su ajustado jean y se llevó una sorpresa al bajarse a tomar camino casa de su novio Uldabir. Al ajustarse el pantalón notó algo húmedo y le preguntó a Emma Marcela qué tenía, empinándose graciosamente y mostrándole el culo a su amiga.

—¡Marica! ¡Ay hijueputa! —exclamó Emma Marcela.

—¡¿Qué? ¿qué tengo, marica?!

Antes de responder, Emma Marcela acercó su cara al bello culo de Julieth. Entonces volvió a tronar un par de groserías, giró sobre sí misma como trompo, sacudió las manos y quedó al final tapándose la boca.

—¡Jueputa! Hable, Emma, mal-parida perra ¿qué tengo?

—Julieth, mami, se le pajearon en el pantalón. Está llena de semen, marica. 

Entonces fue Julieth quien sacudió las manos y giró con cara de martirio. 

—Ay ¡gonorrea! ¿Quién el fue perro-hijueputa? —Volvió a empinar las nalgas contra Emma Marcela—: ¿Y es mucho?

Para contestar, Emma Marcela se calmó, se hincó hacia el sabroso trasero de Julieth y casi saboreándose, dijo:

—Marica, le echaron artísimo. 

Julieth usó los dedos medio y anular para comprobarlo. Recogió una muestra y levantó la mano para observarla. Al ver los mecos escurriendo, hizo cara de querer vomitar, maldijo, renegó y dio un par de arcadas. Pero, al ver a Emma Marcela tan relajada, pensó que quizás ella estaba provocada y empezaron a jugar. Julieth persiguió a Emma Marcela al rededor de un viejo automóvil parqueado, recogiendo semen de sus nalgas y amenazando a Emma Marcela con restregárselo en la boca. 

—¡Tome, tome! ¡Lechita mami! ¡Tome ates que se enfríe!

Desde entonces, cuando Julieth usa esos jeans, se pone una blusa larga o se ata el suéter a la cintura, si es que el bus alimentador está muy lleno.

Pero Julieth era mucho más que culo rico. Era una guarra de piel trigueña, como pan aliñado. Y textura y contorno de cuerpo, que daban ganas de morder, también como el pan aliñado caliente. Su cara era como la de una ñera cualquiera, con un gesto que ya le había quedado perenne de tanto fingirlo desde niña: Subiendo un centímetro la mandíbula y así dando la ilusión de que sus labios estaban echados para adelante. Tenía cara preciosa de ojos grandes y maquillados a lo Cleopatra. A veces se cogía el largo pelo negro con una coleta de caballo que se hacía desde más arriba de lo normal, casi desde la coronilla. Otras veces invertía un par de horas en hacerse decenas de trenzas delgaditas y en decorarlas con aritos de plástico multicolores. 

Como dije, Julieth era de las mejores del Altamira. Eso incluía un par de soberbias tetas que, por la edad, estaban como para comer con cubiertos. Erectas y orgullosas como un par duraznos de tres cuartos de libra. Tetas de esas que no se unen al pecho mediante una curva, sino que parecen una par de naranjotas incrustadas en este. 

Por otra parte, Julieth era la chica alta del Altamira. O sea que… si entre vosotros, respetados lectores, tan depravados como yo, hay algún mirón —o mirona ¡un abrazo a las damas que me leen!—, pues sumen: Que las guarras del Altamira usaban las faldas más altas de la ciudad, que su colegio estaba en una loma pronunciada y que Julieth era particularmente de buena estatura. Verla en uniforme era como para babear. A veces, algún que otro señor tenía que resistir la tentación de sobarse el bulto ahí en la calle, viéndola. 

 

¡Ese uniforme! Algunas usaban panty-media azul oscuro de color pero transparentoso de grosor. Pero la mayoría usaba calcetas. La micro-falda era de cuadros púrpura alternados con azul rey y cuadrícula roja. Una falda especialmente bonita, y que lo diga yo, que soy hombre. Blusa blanca, chaqueta de naútica color azul oscuro y blusa blanca con corbata. Un 49% de las alumnas usan bicicletero de lycra. Otro 49% usa cachetero. Al verlas caminar, ves sus nalgas apretándose y aflojándose conforme dan los pasos. Se te moja el bóxer, compadre. Un 1,5% usan ropa interior sin bicicletero ni cachetero encima. Puede que no sea una estadística estática sino en flujo. O sea que cambia dependiendo de algún factor, o que, si no cambia, no son las mismas morras las que hacen parte de esos porcentajes un día y otro. Y un 0,5%, no se ponen nada bajo la falda. Recuerden que soy una autoridad en esto, llevo años viendo bajo las faldas. Un par de veces he visto las nalgas peladas de alguna morra. Y una vez vi una de unos 16 años sentada en una grada. Estaba mostrando tanto las piernas que no me importó pasar de pervertido (Pervertido ¿yo?) y quedarme casi media hora frente a ella, esperando a ver el centímetro que faltaba. Ella se dio cuenta de que yo estaba mironeando y eso solo me excitó más. Al cabo de otros 15min, la nena se movió, disponiéndose a marcharse. Tenía una vagina muy bonita, apenas sombreada por vello. La nena me miró como se mira a una plasta de mierda untada en la pared y se fue. Como ella ya era consciente de mi presencia y mis intenciones, no me le pude ir detrás. Esa tarde casi muero de ansiedad, por una colegiala que hacía parte de ese 0,5%. 

 

2 – El pervertido callejero

Julieth era de las que usa cachetero. Una vez, nuestra muchacha llevaba a su sobrinito de 2 años desde casa de su tía a su propia casa, en la urbanización llena de cortinas y ropa extendida haciendo de banderas de equipos de fútbol. Ya estaba lista para ir al colegio, con su uniforme bien plantado, el cuello de la camisa torcido y la corbata floja, y la falda tan corta que por delante podían verse las puntas de los laterales de su camisa, si agachabas un poco la cabeza. Andaba al lado de la avenida a pasos de tortuga, debido a que el niño si apenas andaba. Julieth lo llevaba de la mano y debido a ello iba un poquitín doblada. El tipo que fuera detrás de ella, si era un hombre normal, debería ir babeando. Julieth se agachaba todavía más a ratos, para limpiarle los excesos de helado de la boca al niño o para consentirlo. Qué espectá—culo. Pues ese día, uno de esos detestables pervertidos la vio de lejos y aprovechó que Julieth iba por el desolado borde de la avenida. Cerca a un desvío, el viento sorprendió a Julieth agachada mientras le decía algo al niño y le alzó la diminuta faldita hasta volteársela sobre la cadera. Pero Julieth estaba tan bien acostumbrada a mostrar, que no le importó. Mostrar el cachetero entero o las nalgas no era nada, pero el viento la había descubierto tanto que ella temió que se le viera el ojete del culo. Su cahceterito era especialmente pequeño. ¿Y si se le veían así fueran las puntas exteriores de los pliegues de su asterisco? ¿O al menos donde se oscurece entre las nalgas? ¡Obvio no! Llevaba un cachetero, pequeñito, sí; pero no una minimalista tanga brasilera. Pero ella debió creer que llevaba una, porque en vez de arreglarse la falda volteada o siquiera enderezarse a sí misa, solo se puso la punta de sus finos dedos entre las infladas nalgas. O sea, se tapó el ano, como si se le estuviera viendo. «Esta perra está pidiendo mano» pensó el afortunado pervertido. Julieth no notó al sujeto a lo largo de seis cuadras. Ni siquiera cuando salió de la avenida y empezó a subir las calles escalonadas de su conjunto. Seguía agachándose sendamente cada diez pasos para ver a su sobrino, y el pervertido la veía desde seis escalones abajo. Se sobaba con fuerza el pantalón, que tenía como carpa de circo. Julieth, al fin advirtió al sujeto extraño, pero no le otorgó trascendencia. Es más, solo volvió a saber de él cuando, ya bien adentrados en la urbanización, apenas menos desolada a esa hora que la avenida, sintió su mano extraña y de textura áspera, como mano de albañil. La sintió metiéndose entre sus atléticos muslos y ascendiendo, haciendo presión sobre sus carnes firmes y llegando a su tibio sexo, donde la presión se hizo infinita y el tipo cerró tanto el pulgar contra el resto de los dedos que pareció metérselo por el ano. Un gemidito tímido nació en el contraído vientre de Julieth, ascendió por su pecho como géiser y salió por su boca cual risotada. Volteó a ver, asombrada, a ver quién había sido el osado y abusivo. Lo vio y lo detalló: De esos viejos que llevan décadqs perdiendo el cabello y que sobre la cabeza solo les quedan dos o tres hediondas hebras de pelo y un par de cepillos de pelo tieso a los lados. Con arrugas y cara de viejo verde. Estaba yéndose escaleras abajo, todavía mirándola con lascivia y oliéndose la mano como perro. Julieth estaba congelada, pero no de miedo, solo de puro asombro. «¿Cómo puede haber tipos tan aventados?» se preguntaba. El único miedo que sentía la muchacha era pequeñito, y no era si quiera por ella misma sino por la seguridad de su querido sobrino. Que a ella le metieran la mano en el culo era… lo único raro es que hubiese sido un desconocido, visiblemente mayor y en la calle. Pero sus compañeros de colegio la manoseaban casi todo el tiempo y un par de peculiares profesores también, con mucha menos frecuencia. A los primeros les daba acceso exclusivamente por placer, porque le encantaba sentirse hembra y ser la que más les paraba el pito; y a los segundos, por conveniencia, como porque le alcahuetearan cosas o por insignificante calificación. En cambio, ser manoseada en la calle por un viejo feo y desconocido era una experiencia nueva. Como fuera… «Qué peligro, con el niño, claro» pensó Julieth, y siguió la rutina de su día.

 

3 – Fondos pa’ la Promo

 

Luego de contarles a Emma Marcela y a Mosquita su inesperada aventura, Julieth se despidió de ellas para entrar a su colegio. Las otras, con uniforme de cuadros azules claro y blancos y cuadrícula azul oscuro; partieron al San José, a un par de cuadras. Allí ingresaban por una sólida rampa de aproximadamente un piso de altura, bajo la que había vendedores de golosinas, más colegiales y a veces algún que otro ansioso mirón. En ninguna otra parte era más fácil ir a ver culos de jovencitas y sensuales colegialas que al San José. 

 

—¡Señorita Rico! —Gritó una joven profesora.

—¡Emma Marcela, la llaman! —avisó Mosquita. 

—¿Señora?

—Vayan pensando en una actividad para recaudar fondos para mandar a los de undécimo a excursión. 

Siempre era impuesto deber de los de grado décimo el reunir plata para despedir a los de grado once. 

Rato después, Emma Marcela y Mosquita renegaban:

—¿O sea que allá en el Altamira, los de décimo van a mandar de paseo a Julieth? —se quejó Emma Marcela. 

—Pues a nosotras nos mandan el otro año, marica, así funciona.

—¡Qué gonorrea! ¡Agh! Qué mamera ponernos a hacer bazar o cualquier mierda de esas para recoger los centavos. 

Mientras tanto, en el Altamira, Julieth departía la corta hora de descanso con su nutrido grupo de amigos. Estaba sentada en el muslo de Uldabir, el ñero más grande y malo del colegio, que tenía las parietales rapadas y una cicatriz que le partía la ceja izquierda. La partición de la ceja derecha, se la había hecho él intencionalmente con una máquina de afeitar. Parecía una lechuza de edad avanzada. 

—Yo agarro a ese pirobo con la pate-cabra y le saco la tripa, neo —comentó Uldabir.

Al tiempo de hablar, paseaba el pulgar por el prominente glúteo de Julieth, quien de vez en cuando le palmeaba la mano, disimulando reprobación, solo porque alguna profesora estaba viendo. Ella contestó:

—¡No, pues! La próxima vez saco el celular y le marco mientras me violan ¡güevón!

Mientras oía la respuesta, Uldabir inspeccionaba los alrededores cercanos con malas intenciones. 

—Venga, mi perri, y ¿cómo le hizo el man… ASÍ?

Metió la mano bajo la escasa falda de Julieth y le apretó todo y al rededor del perineo. Julieth brincó y dio un pequeño grito. De inmediato, dejó salir la risa y retiró la mano de su hombre, actuando que lo reprendía con una palmada. Pero dicha actuación cesó y Julieth, emocionada, giró el cuerpo para ponerse de frente a Uldabir, envolver su cúbica cabeza con los brazos y juntar los labios. Se dieron un beso largo y “de lengüita”. La hambrienta mano de Uldabir volvió a merodear bajo el ruedo de la falda de Julieth, tocándole la delgada línea que divide las nalgas de las piernas. Ella solo volvió a pegarle en la mano, pero en contraste, lo besó con más pasión. Una profesora les gritó en tono jocoso, pero con la intención de avergonzarlos y detener su pornográfica escena:

—¡Acuérdese Julieth: Sin condón ¡nada!!

Ella brincó, lamiéndose los labios como si tuviera miel. Deslizó su índice por el pecho del Uldabir. Él, le respondió a la profesora:

—No se ponga celosa, profe, que ¡pa’ usted también hay!

Julieth propinó una cachetada de potencia moderada a Uldabir, para dominarlo luego con el índice erguido, y lo sentenció:

—Uhy jueputa, ¡no sea atrevido Uldabir! ¡Usted se mete con otra y yo lo mando matar, que lo apuñalen por Gonorrea ¿oyó?!

Justo después acordaron ir a matar ganas por la tarde. 

 

4 – Polvito y Ganja

El compromiso fue cumplido por Julieth y Uldabir tal y como lo pactaron. En casa del más malo de Altamira, este muchacho bonachón le rellenaba el útero a Julieth con sus juveniles y espesos fluidos. Ambos estaban con la piel sonrojada y sudando. Uldabir embestía las gloriosas nalgas de Julieth haciéndolas saltar como gelatina concentrada a cuya mesa le das una seguidilla de patadas. Por como estaban, puedes pensar que llevaban retozando una hora entera, por poco. Pero no, llevaban cinco cortos minutos. Los jóvenes no son muy buenos que digamos para disfrutar del sexo. Simplemente entraron a la estrecha habitación, tiraron sus morrales a los asietnos y Julieth se abalanzó sobre el monstruoso equipo de sonido que estaban pagando a cuotas con Codensa. Puso estridente reggaetón a un volumen demoledor. Mientras, Uldabir desenfundaba y le agarraba el bizcocho a Julieth con la mano en forma de pinza. También le empujaba el ano con el dedo por sobre el liso material negro de su cahcetero. Ella terminó de poner la música y se volteó con la intención única para mamar. Después de dos minutos de succionarle la mediana pija a Uldabir, puso el magnífico culo para su hombre. Uldabir intentó hacerle sexo anal, frotó su glande contra el apetitoso sifoncito de la quinceañera y quiso empujar, pero ella protestó:

—¡No, marica, que eso debe doler como un hijueputa!

—Pero ¡yo que saco con que usted tenga el mejor culo del barrio, mi perri, si no la puedo encular? 

Sabiendo que dándole largas a la discordia, ya no habría polvito, Uldabir se lo introdujo en su empapada vagina. Ya saben el resto. Uldabir gruñó y agarró a Julieth por la cintura, apretó más y tembló. 

—¡Marica, no! ¡sálgase! —pataleó Julieth. 

Odiaba que Uldabir o cualquier otro se le viniera adentro. Si de algo había servido la educación sexual, fue para que supieran que un embarazo se producía por echar el semen dentro. Todo lo demás era una cartilla con los derechos de cada uno de los 72 sexos. Luego vino el cacho de ganja, que se fumaron en medio de un concierto de tos y risa, una espesa nube de humo y más monótono reggaetón. 

 

Tocaron a la puerta. Uldabir se asomó balcón abajo, abanicando el pesado humo con la mano y reprimiendo la tos. Luego informó con entusiasmo:

—Son sus amigas ¡marica! La Emma Marcela y la Mosquita. 

—Uhy ¿se le paró otra vez o qué? Cuida’o con eso-Uldabir!

—Ay usted si se pasa de celosa, a lo bien. 

Pero sí, a Uldabir se le estaba parando otra vez, pues las tetas de Emma Marcela le encantaban y el culo grande y más o menos gordo de Mosquita lo ponía a cien. 

—Les voy a tirar la llave para que entren —anunció.

—Póngase los pantalones, al menos. 

—Yo me tapo las güevas y usted se tapa esas puchecas ¿trato hecho? —propuso Uldabir, encuadrando los ojos y enfocando a Julieth, manifestando una súplica por que ella fuera menos mamona.

—Y ¿yo por qué me voy a tapar las tetas? Mis amigas ya me las han visto harto. Y a usted ¿Ya le han visto las güevas o qué?

Uldabir se acercó más a ella y le acarició la cara. Ella apartó la mano de él, que solamente dijo:

—¿Por qué siempre se pone tan visajosa cuando lo hacemos?

Las amigas de Julieth ingresaron. 

—Uhy, pero la próxima vez que vayan a hacer un incendio inviten —dijo Mosquita, sacudiendo la mano delante de su cara. 

 

Rato después, las muchachas le habían contado a Julieth acerca de su amarga necesidad de recaudar fondos. Las del San José renegaron otra vez y Julieth se burló, pero Uldabir emergió del baño, cayó sentado al lado de Julieth e hizo un comentario perentorio:

—Yo sé cómo conseguir la plata. 

Todas lo miraron con naciente escepticismo, porque no esperaban que un hosco matón de barrio que solo servía para repartir puñal y verga, también pensara. 

—Hable a ver —exigió Mosquita. 

—Eso no se pongan a armar bazar ni miniteca ni ni mierda. Yo sé cómo consiguen toda la plata y más, en una noche. 

—¿Nos va a putiar? —preguntó Emma Marcela.

—¡Noo! ¿Cuáles? Allí abajo en La Victoria. Con las del Panamericano. 

El Panamericano era otro colegio del sector, conocido desde hacía meses por cierta actividad. Julieth entendió sin más y dejó que la socarrona sonrisa le adornara media cara. Las otras, no entendían todavía, por lo que Uldabir añadió prestamente:

—Camisetas mojadas, o concurso de tangas, marica. Hasta cien barras en dos horas. ¿Quién dijo miedo?

Mosquita estaba tentada a reír y no lo disimulaba, y Emma Marcela tenía el ceño fruncido sin terminar de captarlo todo. 

—Que las convenza la experta… —Uldabir señaló a Julieth con la mano entera, y ella se puso de pie.

Estaba vistiendo solo su cachetero de lycra negra brillante y camiseta holgada. Les mostró el culo a sus dos amigas, se palmeó sonoramente y dijo: 

—Miren todo esto. Yo he ganado dos veces. 

Uldabir también la palmeó hasta hacerle temblar la carne y se saboreó. Entonces comentó:

—Yo no sé su papá como se aguanta, Julieth; teniéndola en la casa todos los días. 

Julieth ocultó su mirada en la mano y se quejó en voz baja:

—¡Este man y sus comentarios tan boletas! —luego sacó la cara y, creyendo que lo avergonzaría, les contó a las otras—: ¡Este man se hace la paja imaginando que mi papá me come!

Uldabir se mordió el labio inferior, se carcajeó, y se excitó un poco. 

—¿Cien mil pesos en dos horas? —preguntó Mosquita. 

—Tal cual —confirmó Uldabir, todavía riendo—, solo por bailar en tanga y con la camiseta mojada. Muestran esos teteros —las señaló— y ya, platica hecha. 

—Pero nosotras no estamos así de buenas como Julieth.

Ante el patético comentario de Emma Marcela, Julieth se sentó en la orilla del asiento y negó con el índice delante de la cara de su amiga. 

—No, no-no, mami, no diga eso. Primero: Usted no es nada fea, pero pa’ ni-mierda.

—Yo me las comería —intervino Uldabir. 

Julieth lo destazó con la mirada y luego siguió:

—Y los hombres no tienen preferencias, marica. ¿Si me entiende? Compare. Si hubiera un concurso de hombres ¿cómo cree que le iría a un pegote como este? —señaló a Uldabir— Yo creo que hasta un gay lo rechaza.

—Uhy, pero tampoco se ponga así, perri— se quejó él.

—En cambio —siguió Julieth—, a los hombres les gustan flacas, pero también gordas; les gustan monas, pero también pelinegras; negras, pero también blancas.

Uldabir ya estaba dispuesto a no decir nada más. Solo vacilaba haciendo pucheros.

—Entonces imagínese usted, Emma. Con esas severas tetas, mami; y usted, Mosca, con ese culo tan rico que ¡hasta a mí me dan ganas!

Uldabir volvió a animarse y puso derecha la espalda.  

—¡Yo conozco a más de uno que está que se las come! —terminó Julieth, dando un fuerte pellizco a Uldabir en la pierna desnuda. 

—¡AAYYYY! 

 

5 – El Panamericano

 

Los concursos de camisetas mojadas con alumnas del Panamericano eran clandestinos. Tenían lugar en un bar llamado Politas ¡en la misma manzana del colegio! Se celebraban a partir de la media noche de los viernes. Las nenas llegaban por recomendación de conocidos como Uldabir o de las propias participantes. Era un evento que estaba creciendo como la espuma. Era, ya saben, de esos certámenes donde las menores desfilan ante un grupo de espectadores arrechos que vitorean. En estos, las sardinas de entre 14 y 16 se mueven sobre la pasarela, llevando apenas una tanga y una camiseta tipo esqueleto amarrada para convertirla en ombliguera. A través de la camiseta mojada se marcan esas despampanantes tetas de adolescente, que la inercia hace que bailen por sí solas cuando la morra desfila dando brinquitos. Luego ella hace twerking y todos en el público aúllan de verle ese sapo allá empacado en esa tanga, escurriendo agua y marcando esos labios que ya casi tiran besos. El tipo de la manguera le tira agua en abundancia ente las nalgas y en todo el pan. Alguien libre de control mental, se calienta como volcán con todo eso.

Las alumnas del panamericano no estaban por debajo que las del Altamira en calidad de guarras ni belleza. Lo único que graduaba más abajo en comparación, era su falda colegial. Las del Panamericano usaban su sensual faldita tartan —de cuadros azules claro y grises con rayas oscuras—, a mitad de muslo. Y en su población se extendía la ya brindada estadística de uso de bicicletero, cachetero, en panties o con el airecito entrándoles por sus delicias. 

 

—¿Qué hubo papi?

—¿Qué dice Perro?

Uldabir y Toño chocaron las manos. Toño, el gordo, advirtió que Uldabir venía con aquél par de sabrosuras. 

—Trajo mercancía —anotó.

—¡Traje carne! —afirmó Uldabir, dándose la vuelta y señalando con amabilidad a la terna de ñeras. 

Toño reconoció a Julieth y dejó salir un resoplido de arrechera. A esto, la muy guarra respondió sacando la cadera a un lado y pasándose la mano por toooda la longitud de su cabello. 

—Esta noche hay evento ¿no? —preguntó Uldabir.

—Pero claro que hay.

—Ahí se las dejo, me las trata bien —dijo Uldabir. Besó con una cuota de ternura en la boca a Julieth y se retiró. 

Estaban en la secretaría del Panamericano, donde Toño hacía su disuasivo trabajo diurno de locativas. Tenía una toalla grasosa colgada en el hombro y un destornillador en la mano. Su enorme panza casi siempre tenía las huellas de todo aquello con lo que rozaba por falta de espacio. El gordo miró una vez más a las chicas, como si con sus pupilas pudiera embarazarlas. 

—Síganme, las voy a evaluar. 

Las condujo a una vieja oficina en desuso. Emma Marcela se dejaba calmar por el estado tranquilo de Julieth, un poco más que Mosquita. Se habían puesto ropa provocadora para presentarse, pues Julieth les había advertido que sería necesario pasar una prueba con el gordo, que era el organizador de los eventos y quien pagaba. Julieth, que ya tenía la entrada garantizada, iba en jean azul oscuro y top blanco. Mosquita tenía una mini-falda de jean muy ceñida y corta. Estuvo, durante todo el trayecto de bajada, haciendo babear a los señores, desde Altamira hasta La Victoria. Tenía que jalarase hacia abajo el ruedo cada diez pasos, porque iba mostrando la unión de las nalgas y le entraba un frío que le hacía cosquillas en los plieguecitos de su ojete. Emma Marcela, en cambio, iba en leggins casi transparente. Exageró la tensión con que amarró su minúscula tanga, para que se le marcara bien su cosa y quedar bien ‘mami’. Varios tipos les gritaron cosas sucias durante el descenso. Una señora, inclusive, les dijo “Van a llevar plata mojada a la casa” y un peladito de unos doce años se fue tras ellas a lo largo de unas diez cuadras. Por este último, ellas solo rieron y se pusieron a jugar, a provocarlo más. Varias veces, Emma Marcela fingía agacharse, pero hacía eso solo para sacar el culo hacia el pobre chico. Y Mosquita fue más lejos. Se sentó en el escalón que daba entrada a una casa y abrió las piernas. Fingió ver la pantalla de su celular mientras el jovencito tomaba posesión para verla de frente. 

—Mire, marica, este video —dijo Mosquita en voz muy alta—: Una nena de 16 comiéndoselo con uno de 10 u 11. Mire cómo le chupa la verguita. 

—Uhy, eso se ve rico —dijo Emma Marcela, asomándose a la pantalla—. Yo quisiera desvirgar a más de un nene de 10 u 11. Que sepan de una vez lo que es bueno. 

Un par de cuadras adelante, las chicas comentaron:

—Si hubiera sido un pela’o más chiquito, se nos acerca a ver qué hay en el celular —dijo Julieth.

—¿Y usted qué habría hecho? —quiso saber Mosquita.

—Nada, que se joda. Que se vaya pa’ la casa y se pajee. 

—Yo sí comería pela’ito, pero solo si es conocido —aportó Emma.

—Yo también.

—Y yo. 

 

El trasero de Toño no cabía en la silla metálica, y además la hizo emitir un lastimero chirrido cuando reposó su monumental peso sobre ella. 

—Quítense la ropa. Quédense en tanga, si quieren —ordenó.

Julieth, en conocimiento de sus privilegios, se hizo a un lado. Las otras dos se se desenvolvieron de sus prendas en pocos segundos. Mosquita sintió prevención durante un par de segundos y se tapó los senos con el brazo, pero al fin dejó su pecho a la vista. Ambas estaban en tanga pequeñita frente al gordo. 

—Den la vuelta.

Ellas obedecieron. 

—Ambas saben bailar ¿cierto?

—Sí.

—Sí.

—Está bien. Pero les advierto: Cuando salgan a la tarima, salgan contentas. Bailando y riéndose. Los clientes no quieren ver monjitas poniéndose a llorar. El evento es de 12 a 2 de la mañana. Les pago cincuenta por desfilar, bailar y que las mojen bien. Los clientes compran fichas de plástico para tirarles a ustedes como ‘apoyo’. Ustedes la guardan y yo se las cambio otra vez por plata. Para que les tiren muchas fichas, les sugiero que sean muy desinhibidas, no le muestren miedo al público. No se les tiren encima, porque la violan y yo no respondo, pero tampoco se peguen a la pared. Déjense tocar un poquito, manténganlos calientes. Si necesitan poper, yo les doy el poper. A la que el público elija como ganadora, se gana trescientos. Y seguro alguno se las querrá llevar. Ese es el premio mayor, pero ya no tiene nada que ver conmigo. Y traigan su propio candado para que vayan guardando sus fichas en los casilleros ¿entendido?

—Entendido.

—Sí.

—Díganles sus nombres a la secretaria y nos vemos esta noche. Y usted, Julieth ¿viene?

—Sí, pero solo a ver. 

—Siempre es bienvenida usted, Julieth. 

 

Camino de vuelta a Altamira, las tres chicas dialogaron mientras las señoras de barrio se mordían de envidia por la tenaz provocación que ellas causaban: Los señores les decían todavía cosas muy sucias y algún que otro muchachito se aventuraba a írseles detrás un rato para deleitarse viendo esos prominentes culos. 

—¿Por qué lo de la monjita que se pone a llorar? —preguntó Mosquita, mientras se agachaba a limpiarse una basurilla imaginaria del zapato, todo porque un joven de unos 13 estaba viéndole el trasero. 

—Porque —explicó cualquiera— una vez hubo un video re-boleta, parce. 

—¿Qué pasó? —preguntó Emma Marcela, mientras volteaba a ver si el chiquillo todavía estaba por ahí. 

Al verlo, se agarró los leggins por el cinto y se los subió casi hasta partirse en dos con ellos. Luego volvió a ‘verse el culo’ y de paso a ver qué cara tenía el chico. Sacó la punta de la lengua. Julieth contó:

—Una piroba ahí que necesitaba plata y se puso a meterse al concurso. Pero le quedó grande y se paró en la mitad a llorar. Al gordo casi se le acaba el negocio porque lo amenazaron con matarlo que porque, dizque, obligaba a las nenas. 

—Pobre zunga.

—Sí, la que no sea lo suficientemente hembra, que se quede en la casa estudiando.

 

6 – El bar Politas

 

Un sujeto inusualmente alto, con cara larga y de mandíbulas cuadradas, recibió un sobre medio arrugado, lleno de dinero de manos de Toño. El tipo parecía, por su gesto lánguido y modales fríos, alguien que vive en la soledad de un helado cementerio, subsiste de palear tierra mohosa sobre ataúdes y jamás habla con nadie. Pero en realidad era el locutor que venía cada viernes en la noche a animar los concursos. El murmullo de los asistentes ascendía gradualmente en intensidad y se oía desde los improvisados camerinos. El locutor recibió de manos de la secretaria del Panamericano, una lista numerada con los nombres de las participantes, subió las escaleras de la tarima, al final de las cuales agarró un micrófono inalámbrico y, como si fuera magia o como si fuera él un robot cuyo ánimo puede cambiarse con un interruptor, el tipo alzó la mano y se dirigió al apenas creciente público:

—Muuuuy buenas noches a todas las damas y caballeros que nos acompañan esta noche, una nueva noche de FIESSSSSS…. TAAAA…. Hoy con las mejores y más candentes chicas, que están ansiosas por sus aplausos y su algarabía. ¿Dónde está el DJ? ¡Que suene la múuu…. sica….!

Al cabo de diez minutos, el lugar estaba lleno y la música rebotaba en todas las paredes y el techo. EL animador parecía tener una pila inagotable:

—Reciban, reciban con palmas a nuestra primera chica de esta noche. Con ustedes…. ¡Mi….lena! Recuerden, se llama Lena y es mía. No mentiras ¡Mi…lena!

Milena era una nena de unos 15 años, de cabello largo y claro y cara inocente. Llevaba el número 1 colgado en donde se amarraba su tanga. 

—El público está con sueño, porque no se oyen esas palmas. Si con la siguiente niña no se despiertan, la manguera la cojo yo y el agua es para el público. Les presento, a…. ¡Nancy!

La muchacha, de 14 años, salió bailando al son del inmundo reggaetón que sonaba. 

—Nancy quiere ser modelo. ¿Quienes la apoyan? ¡Eso está mejor! Nancy, te veremos pronto manejando taxi, si el público no despierta. Ubícate ahí, al lado de Milena. Eso. Y demos la bienvenida a nuestra niña número tres, de esta noche… 

 

Mosquita y Emma Marcela se hicieron llamar Lady y Sandra y les correspondieron los números 7 y 8. El público gustó mucho de ellas. Este había estado en realidad muy alborotado desde la salida de Milena, solo que el locutor promovía más y más algarabía para animar a las concursantes y mantener la atención. Mosquita hizo temblar su ancho culo en un paso de twerking y arrancó un sonoro grito de apoyo de parte del público. Emma lució sus tetas, provocándolos a todos haciéndose la boba que se acomodaba la camiseta recortada. Parecía que el máximo de gritos estaba dedicado a Lady y Sandra y que entre ellas estaría la ganadora de la semana. Pero, diez minutos después, la última y encantadora concursante en ser presentada, apareció:

—Y esta noche tenemos a alguien muy especial para ustedes. Si hay alguien con problemas cardiacos o nerviosos le sugerimos acabarse la cerveza de un sorbo e irse a su casa, porque esta niña ¡los va a infartar! Un momento ¿dije niña? ¡Sí, porque ella es casi una niña! Den la bienvenida a… ¡PENEEE…LOPE!

Y Penélope salió. Era una pequeña nena de máximo trece años, y recién cumplidos. Un enérgico silbido llenó la atmósfera. Penélope era una nena tierna, ni más faltaba que lo fuese. Era la de menor estatura entre todas, y eso ya marcaba una diferencia campeona. Su negro cabello era corto, a mitad de la nuca, pero con los movimientos de ella, se zarandeaba como cortina de seda. Sus piernecitas y brazos parecían hechos de dulce de leche. Todos se preguntaban cómo se vería ese pechito, si es que tenía tetas, cuando le mojaran la camiseta. Y para colmar la sensación, la chica era tanto o más guarra que las demás, incluso que Lady y Sandra. Fue la única que ingresó interactuando con el público, incitándolos a que aplaudieran, llamándolos a dos manos. No caminaba sino que brincaba como caperucita y aplaudía. Luego se puso de espalda e inició un twerking a velocidad hipnótica. Su tanguita era tan pequeña como las de las otras, de color blanco mate y amarrada. Sus glúteos eran redondos y muy carnosos. 

—Alguien venga y agarre el micrófono y mi sueldo porque el que se va infartar ¡SOY YO! No-no-no, solo bromeo. ¡Cojan solo el micrófono!

La velocidad del twerking ascendía conforme Penélope lo decidía. Miraba constantemente hacia atrás y no dejaba de animar al público con ademanes. En un punto, señaló su propio culo y subió la velocidad abruptamente. Sus nalgas empezaron a abrirse y a cerrarse.

—Aquí en primera fila hay uno que se tomó muy apecho lo de que agarren el micrófono y se agarró el de él… oiga señor, guarde eso ¡respete a la multitud!

La nena se agachó del todo y de inmediato estiró las piernas otra vez, sacando el culo ‘al máximo’ y mostrándoselo al público, cuyo volumen de gritos y palmas ya no podía ser mayor. ¿O sí? Quizá lo fue cuando Penélope se pasó un dedo sobre la vagina, en cosa de un segundo. 

—¿Quién se apunta a hacerle la manicura? Ubicate Penélope, por favor querida, o se va a incendiar este lugar. 

Ella se ubicó al extremo de la hilera de sexies muchachas. Todas seguían bailando, sonriendo y coqueteando con el público. 

—¿Quién tiene calor? 

El público estalló en gritos. 

—¿Quieren agua? Se me hace que no. 

Los gritos del público eran una marea indescifrable de palabras.

—Vamos a empezar botando goticas, goticas individuales. Y si ustedes demuestran que tienen calor, pues ¡botamos agua! Pero ¿saben por qué parece que ustedes están con frío? Pues porque ¡no están apoyando lo suficiente a las chicas! 

De inmediato les cayeron algunas fichas a varias muchachas, que hacían un montón detrás de ellas con los pies. 

—¡Eso me dice que sí tienen calor! ¿QUIEREN AGUA?

Apareció Toño el gordo, riéndose y con la manguera en la mano y un chorro delgado de agua escurriendo de ella. Roció de forma abundante a las nenas, desde Milena hasta Penélope, sacando un grito de cada una con el contacto del agua, como si fuera un desafinado pero bello instrumento musical humano. En un minuto todo estaba escurriendo agua, especialmente las chicas, cuyas prendas se transparentaron y pegaron al cuerpo dejando solo azarosas bombitas de aire. El espectáculo de tetas y algunas panochas había dado inicio. 

 

7 – Uldabir y las putelas

 

Nuestra bella protagonista, eminente estudiante a punto de egresar del IED Altamira, casi lloraba de orgullo de ver a sus queridas pupilas y amigas volverse buenas para conseguir dinero. Se había vestido con un top blanco y un aladino. Su cabello estaba arreglado con dos coletas interminables. Nada ‘putil’, por el momento. Con ella estaba Uldabir. Lady y Sandra ya tenían hechas sus presentaciones individuales, donde las mojaron todavía más y tenían la oportunidad de recibir más ‘apoyo’. Ya casi iba a presentarse la pequeña Penélope por segunda vez. Después de eso, solo faltaba la presentación para medir aplausos, coronar a la vencedora y terminar la noche. Para colarse en el camerino y dar unos últimos consejos a sus amigas, Julieth iba a usar sus valuables influencias. Estaba difícil, pero la experiencia todavía tenía un chance de vencer a la belleza aplastante de la pre-adolescencia. Las encontró secándose el pelo y los brazos en el estrecho espacio del camerino, frente a los casilleros, junto a las demás. Sin miramientos, las jaló de los brazos y les habló perentoriamente al oído:

—Esa mocosita está como quiere. Hasta yo me la quiero echar. Pero no deben dejarla ganar.

—Y ¿qué hacemos, marica?

Julieth inspeccionó el número de plástico de Mosquita: era el 7. 

—Cuando la llamen a usted, salgan las dos. No importa. Si las intentan detener o el presentador dice algo, no paren bolas. Vale mierda.

—¿Y qué hacemos?

—Primero báilenle la una a la otra. Después coqueteénse, bésense, tóquense y rematen con que una le chupe una teta a la otra. 

—PA LAS QUE SEA —dijo Emma Marcela.

—Yo se las chupo a usted, que las tiene más grandes —propuso Mosquita.

—Rico, como mi apellido.

Las tres esgrimieron sus orgullosos puños con fuerza y se dieron un rápido abrazo. Julieth regresó con el público, que estaba convertido en una marea muy agitada, debido, por un lado, a que varios asistentes querían acercarse a la tarima para lanzar fichas a sus respectivas favoritas y motivarlas para ver si mostraban un poco más. Era una oportunidad única para muchos hombres, pues ver los encantos de una menor en vivo no era cosa de fácil acceso para muchos, pagaban buena plata para entrar y para cantidad de fichas. Y por el otro, por la expectativa abrumadora que había generado Penélope. Muchos acababan de ver en ella a su amada, deseada y prohibida propia hija. «Manada de arrechos» pensó Julieth, mientras se abría paso ente los visitantes agitados. No encontró a Uldabir, hecho que no le extrañó, por el herviente desorden que reinaba allí. En cambio, Julieth vio a alguien más: Lo conoció por su cabeza calva, los feos cepillos de pelo que le quedaban a los lados, y su cara de perdedor. Era el que le había metido la mano en el culo llegando a su casa. «Tengo que encontrar a Uldabir y que le dé tren de puñaladas a ese perro-hijueputa» pensó. Pero no podía buscar a su novio y al mismo tiempo no perder de vista al pervertido. Le tocó quedarse cerca de él y esperar a que Uldabir apareciera solo. Mientras, el concurso siguió. 

Bajo un chorro profuso de agua, Mosquita y Emma Marcela recorrían el cuerpo de la una con las manos de la otra y se devoraban a apasionados besos. El público enloqueció. Mosquita se concentró en las tetas de Emma Marcela y ella, as u vez, en el culo de Mosquita. Parecía habérseles olvidado el concurso y querer echarse a hacer el amor ahí mismo. No solo les llovía agua sino fichas. 

—Señoritas Lady y Sandra, por desgracia para todos, yo no mando aquí, sino que manda el tiempo. Y ya se acabó el de ustedes. Si tienen cuenta en OnlyFans, es hora de digan cuál es. ¡Un aplauso para Lady y Sandra! Ellas no necesitan agua para mojarse. Ni para hacer mojar al público.

Emma Marcela y Mosquita se retiraron, envueltas en llamas. No dijeron una palabra pero habían acordado sin necesidad de hablar, que irían a los baños a acabar de follar. Julieth se desesperó y avanzó de vuelta hacia la atiborrada tarima y luego hacia la entrada a los camerinos. Seguramente ya había perdido al manoseador, pero todavía podía pegarle su madreada a Uldabir. Entretanto, las ardientes amigas de Julieth llegaron al baño, todavía besándose y tocándose por todas partes. Sin despegarse, entraron y entrecerraron la puerta del cubículo con retrete. Allí dentro, Mosquita descendió bajándole la tanga a Emma y se mediar segundo, se puso a chuparle la raja. Emma perreaba sobre la boca de su joven amante, agarrándole la cabeza y sosteniéndose ella misma de lo alto de la pared. Gemían sonoramente. Alguien más entró al baño, dando pasos lentos y firmes. Era Uldabir, que venía de ver el espectáculo lésbico y ya no aguantaba más. Iba a por ellas. Las amantes le dieron la bienvenida. Lo primero que hicieron fue desabrocharle el cinturón. Para el siguiente minuto, Mosquita tenía el pene entero de Uldabir entre la boca, aporreándole la garganta y sacándole profundas arcadas. La otra estaba subida en la cisterna y le pegaba la vagina al muchacho en toda la cara. Un rato más y las dos nenas intercambiaron la posición. Uldabir llevaba un rato lengüeteándole la vagina a Mosquita y Emma ya le había quitado los pantalones y los había arrojado fuera. El sonido no se diferenciaba en nada del emanado de un festín de dulces y manjar disfrutado por niños de jardín. Justo cuando Emma estaba pegando su culo a la pelvis de Uldabir con la intención de ser penetrada, entró Julieth. Ella ya venía con rabia, pero no esperaba encontrarse con algo tan impactante. Su reacción inicial fue agarrar el pantalón de Uldabir y sacar de su bolsillo la pate-cabra. Sacó la hoja filosa y dio pasos decididos hacia el ansioso trío. No heriría a sus queridas amigas, pero quería castrar a Uldabir. No obstante, de forma súbita, tuvo una mejor idea, y se marchó a pausadas hurtadillas. 

 

—Y ahora, a quienes todos más esperaban. A la más sensual, la más bella, la más… ¡joven! Reciban con aplausos a la pequeña ¡PENEEE….LOPE!

Ella salió avanzando de a largos brincos, rebosante de confianza y sensualidad. Sus tetas eran las más pequeñitas del concurso pero las más codiciadas. Sus pezones eran especialmente voluminosos y su textura, exquisitamente flácida. Se veían por completo durante fracciones de segundo cuando ella saltaba y subía los brazos para dar palmas. Se había cambiado la tanga y tenía una seca, por lo que el público aullaba clamando por agua y poder verle otra vez cómo se le marcaban sus pequeños labios vaginales. Había uno que otro masturbándose disimuladamente en el público. Penélope se dio la vuelta e hizo su numero de twerking, señalándose el culo y tocándose la pucha fugazmente un par de veces. Entre la audiencia, uno de los visitantes que tenía la mano en el bolsillo, se estremeció y se empapó de venida. Tan pronto se recuperó del éxtasis, se acomodó su sombrero de pescador y se fue trotando. Penélope hacía que una de sus nalgas golpeara la otra y luego hacia círculos con una rodilla, para que se le moviera una sola nalga. Entonce cambiaba intempestivamente, lo hacía con ambas o efectuaba ese infartante paso de pegar el pubis al mojado piso para volverse a levantar empinada. Ahí acabó otro tipo del público, jadeando y resoplando. 

—¡Levanten las manos los que la quisieran ver en el uniforme de su colegio! Ah, perdón, varios tienen una mano ocupada. 

Penélope volvió a ponerse de frente al público y se aplastó la camiseta mojada contra el pecho, enmarcándose la tetas a dos manos. Se masajeó los rozagantes pezones con las yemas de los índices. Otros dos señores del público acabaron ahí mismo. 

—La señora que hace el aseo está pidiendo un aumento de sueldo. ¡Que se oiga una algarabía de los que apoyan a Penélope! —El público reaccionó de forma estridente—. Esos son los que van a llegar a casa a embarazar a sus esposas. Esperando tener una hija, claro. Y cuando la tengan ¡tráiganla al bar Politas!

 

Julieth encontró al viejo parietales de cepillo en pocos minutos. Estaba muy atento a la presentación de Penélope, con una mano en el bolsillo y una evidente erección. Julieth tomó un montón de aire y lo expulsó como un toro. Se descaderó el aladino hasta que se le vio la piel de pan aliñado bajo el cordón de la tanga y entonces lo abordó.

—Hola papi —le dijo, con voz tan mojada que resbalaba. 

El tipo brincó de susto y se dispuso a huir, pero Julieth supo exactamente cómo detenerlo. Bastó con que se humedeciera los labios y se acercara los dedos a los pezones, que sobresalían por sobre su top. El tipo estaba petrificado, pues jamás le había pasado algo así. Todavía podía ser una trampa, razonaba, pero… Si aquél lugar era el paraíso ¿Por qué iban a interrumpirlo cuando se pajeaba viendo a una menor exhibiéndose, cuando había pagado por ello? Julieth siguió hablando:

—No me reconoce ¿cierto? ¿Sólo le gusto en mi uniforme del colegio?

Para decirlo, Julieth se aplisó las caderas con sus palmas. El viejo tuvo qué dejar salir un soplo de aliento. 

—Bonita la nenita ¿no? —Julieth miró a la tarima y se acercó más al viejo— ¡Usted me dejó con ganas! Una se pone ropita bien pequeñita y delgadita para levantar manes, y usted se le va detrás a una y me pega severa encendida y después ¡se va!

—¡Ya me acordé de usted! —dijo el sujeto, con algo de miedo ya impreso en la cara.

—No se me azare. Yo trabajo acá. Dígame cuánto tiene en fichas y le bajo la calentura. 

—Mamasita —masculló— ¿Usted trabaja acá?

—¿En qué idioma se lo digo? —terminó de aproximarse y le tocó la cara al viejo.

Moridendo el anzuelo miserablemente, el tipo se puso en modo pervert. 

—Qué culito tan rico, yo no aguanté y le metí la mano, mami. 

—Fue muy rico, pero muy poquito. ¿Cuánto tiene en fichas?

—¡Eran para la número 12!

—¡Que se joda esa culicagada! Además, mírela, no puede ni cargar las fichas que le tiraron. Venga, no me deje así. 

Julieth le tocó el bulto.

—Vamos —respondió el viejo. 

 

8 – Epílogo

La mañana del sábado estaba tranquila. En la manzana que compartían el bar Politas y el Colegio Panamericano, solo se percibía quietud y azaroso chiquero. Nadie ajeno podría adivinar que hacía pocas horas hubo terminado una aparatosa faena ilegal y desbordada, en la que una nena de 13 años de nombre Penélope se había robado el show y salido con una millonada. El locutor debería estar durmiendo en alguna parte y al poco habría de despertar en su verdadera personalidad, la de lúgubre enterrador. El gordo Toño, debería estar cayéndose de borracho mientras su esposa hacía cuentas del grueso caudal de ingresos. Mosquita y Emma Marcela, desde entonces serían novias y andarían de la mano casi todo el tiempo y se comerían los coños mutuamente todos los días durante meses. Hicieron buen dinero en una noche, no equiparable al que hace una putoncita de 13 años experta en calentar a las masas, pero buen dinero, de todas formas. Cumplieron con su deber de dar el dinero para la excursión de sus compañeros de undécimo del San José y después volvieron al bar Politas, a hacer más dinero para ellas. Julieth terminó su año, yendo cada día con su puti-uniforme al IED Altamira y calentando a los pobres incautos por ahí. Le gustaba que por delante se vieran las puntas de las alas de su blusa bajo la falda y por detrás, sus nalgas asomadas por los bordes de su pequeño cachetero de lycra brillante. Por un centímetro, solo por un centímetro, era la nena más mostrona del IED Altamira. Chupó muchas vergas ese año, seis de compañeros, tres de vecinos, una de un profesor y hasta cumplió con chupársela a un morro de 11 años que la siguió ilusionado a lo largo de tres cuadras, viéndole el culo. Simplemente lo llamó, le habló con tranquilidad y lo llevó a su casa en la urbanización subsidiada. Después de eso alardeó durante meses con sus lesbi-amigas de haber hecho aquello con lo que ellas solo fantaseaban, chupar una pijita blanca y pequeñita y sacarle su primera leche. 

La verga que Julieth no volvió a chupar, fue la de Uldabir. Él recibió un video por facebook al medio día del sábado. En él aparecía Julieth, obviamente grabada por su propia mano. Decía, en medio de una tormenta de dolor pero aún siendo capaz de fingir placer:

—¡Ay, qué rico se siente mi culo! Ay jueputa, se me abre pa’ todos lados. Uhy, gonorrea.

Entonces dirigía la lente al coito, donde una verga gorda y apenas visible por la mata de pelo que tenía, se movía pausadamente entre el ano de Julieth. Sus hermosas y perfectas nalgas de patinadora estaban aplastadas y separadas, además de rojitas. El tipo gemía como cerdo y empujaba con animal torpeza. En un punto, sacó su miembro y lo volvió a meter de inmediato en el pequeño agujerito por donde Julieth le entregaba su mierda al mundo cada mañana. Ella respondió con un grito desgarrador y luego otro ahogado, esforzándose por pretender que se retorcía de gusto. El tipo, en cambio, sí estaba en lo alto de los cielos. Ella lo enfcocó. Su fea cara con los años ya jalándole los cachetes hacia abajo, ojeras, y los cepillos de pelo de coco a los lados de su cabeza, impactaron a Uldabir. Así que esa verga que estaba en el paraíso anal de Julieth, era de un viejo cualquiera. O ni tan cualquiera, según oyó a continuación Uldabir en el video:

—¿Usted se imaginaba cogerme así cuando iba detrás mio en la calle viéndome el culo?

El viejo solo contestó empujando y gimiendo más fuerte. 

—Usted no solo debió meterme la mano, sino esa verga tan rica. 

El tipo gruñó como perro que ve amenazada su comida y tembló al punto que el movimiento se transmitió al celular en mano de Julieth. Sus sonidos parecían suplicar y casi llorar. Con toda certeza, este tipo nunca en la vida, se había comido ni había deseado comerse un culo ni la mitad de rico como el de Julieth. Según mostró el video, el tipo se encorvó sobre Julieth, que estaba en cuatro. Ella seguía disimulando el asco y el dolor, y dijo:

—¿Acabaste, lindo?

Pero el viejo solo gemía como perro que se humilla ante un amo violento. 

—Deja ver cómo me llenaste de lechita —dijo ella.

Él se quitó de encima y ella se enfocó el trasero, con claras dificultades. Con dos dedos se abrió la cola y de su ano salió un hilo de semen de color oscurecido por sus propios fluidos corporales. Ella seguía quejándose de impresión, pero logró expulsar con aire una buena cantidad de semen del manoseador callejero. Sonó un estrepitoso pedo, especial y justamente húmedo.  

—Uhy, jueputa —se quejó ella. 

Pero puso su cara ante la lente y declaró:

—¿Cómo se siente, Uldabir perro-hijueputa?

Entonces hubo un corte y reapareció Julieth, ya más relajada, con el pelo húmedo y visiblemente descansada. Dijo:

—¿Le gustó cómo me dieron por el culo? Pues a ese señor sí le gustó y quiere más. Pero yo no le voy a dar más porque a mí me sobra quién me dé por el culo ¿oyó? Usted siga dándoles verga a mis amigas que yo reparto mi culo —mostró el dedo medio—. Y usted, se quedó con las ganas, maricón hijueputa. 

Uldabir estaba deshecho… en lubricante. No era de la clase de muchachito hambriento que se pajeaba, así que solo estaba de pie dando brinquitos con el celular en la mano. Marcó para dejar un mensaje de voz:

—Julieth, mi perri ¡me encantó el regalo! Pero dígame ¿Cuándo hace un video con su papá?

 

Fin

 

Nota del autor: Yo sé de sobra que solo una parte de la población estudiantil está representada en este relato. Pero es justamente a ellas, las que son putirris y usan falda más corta que la blusa, a quienes está dedicado. Mamasitas, esta es solo una de mil fantasías que tengo cuando voy a tratar de ver bajo sus faldas, lo cual es muy fácil. 

A los profesores del IED Altamira o colegios similares como el Panamericano, el IED Alemania Unificada o el Tomás Rueda, los animo a escribir sus experiencias prohibidas. No se hagan, yo sé que las tienen. Esas nenas están como para chuparse los dedos. 

A las demás, las niñas juiciosas, les envío una reverencia y mis mejores deseos para sus vidas. A las guarras tipo Julieth, les envío un beso en ese pan.

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