Fantas├şas Er├│ticas Incesto Sexo con Maduras Tab├║

Cosas que suceden I.

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Me llamo Luisa, tengo cuarenta años y vivo en una ciudad minera del norte con mi marido Alberto y mis dos hijos, Andrés de dieciséis y Carolina de catorce.      Tanto yo como mi esposo somos ingenieros y tenemos excelentes trabajos en el rubro de la minería.      Económicamente estamos bien.   Solo que nuestra vida se ha ido deslizando en la monotonía y se ha opacado.      Discutimos por tonteras generalmente y cada vez más a menudo.

 

Lo que no debería haber pasado, sucedió a fines de la primavera, pensaba adquirir algunas prendas íntimas para lucir con mi marido y darle a nuestra sombría vida sexual una chispa que volviese a encender la llama que alguna vez hubo entre nosotros.      Buscaba un catalogo de Victoria’s Secret Collection, pero no lo encontré por ninguna parte, al final me rendí y dejé de buscarlo.      Llegó el domingo, día de cambio de sábanas.      Fue entonces cuando finalmente encontré el famoso catálogo, estaba cuidadosamente plegado entre el pijama de Andrés.      Las hermosas imágenes mostraban a varias modelos posando en fina lencería de diferentes estilos y colores.      En una de esas paginas había semen reseco.      Seguramente mi hijo lo usaba para masturbarse y se había corrido abundantemente en una de esas páginas.      Mi primera reacción fue de cólera, quise llamarlo y que me explicara porqué estaba usando mi catalogo para masturbarse.      Pero me detuve en el vano de la puerta y me abstuve de llamarlo.      En fin de cuentas, mi pequeño estaba en la fase de la adolescencia, lo normal es que se masturbase, pero nunca imaginé que lo hacía.      Me tranquilicé pensando en que estaba creciendo y haciéndose hombre.

 

Me senté al borde de su cama pensativa e inconscientemente pasé mi dedo por sobre el esperma seco de mi hijo, había pasado tanto tiempo desde que yo y mi marido no nos encontrábamos en nuestro lecho matrimonial, y la última pelea no contribuyó en nada a acercarnos.      Apenas podía recordar la última vez que lo habíamos hecho, pero cuando mi dedo volvió a deslizarse por sobre ese semen seco, sentí algo familiar en mi entrepierna, metí mi mano entre mis muslos, acaricie mi coño y suspiré pensando en mi marido.      Luego instintivamente quité mi dedo como si quemara, es el semen de mi hijo, no el de mi marido, me puse muy nerviosa.      Terminé de hacer la cama y coloqué el catalogo en el mismo lugar donde lo había encontrado.

 

Cuando mi hijo volvió de la piscina, me costo mucho mirarlo a los ojos y me encontré examinando su cuerpo.      Se había transformado en un fornido muchacho de amplias espaldas y pectorales musculosos, con piernas de atleta y un culito estrecho y redondo.      Volví a sentir esa sensación que sentí cuando toqué su semen, mis mejillas ardían y mis rodillas vacilaban.      ¡Por Dios!, soy su madre, pensé.      Desde entonces me encontré mirándolo cada día más, se había hecho grande y transformado en un chico muy guapo, seguramente las chicas no le faltaban en el colegio.

 

La relación con mi marido no mejoraba, cada vez mostraba menos interés en mí y yo me comencé a acercar más a mi hijos.      Pasaba más tiempo con ellos, entraba en sus habitaciones y conversaba a menudo sobre sus cosas.      Fue así que un día cuando entré a ver a Andrés, él estaba recostado en su cama leyendo unos cuadernos del colegio, inmediatamente mis ojos se posaron en el catalogo de Victoria’s Secrets que estaba cuidadosamente en un compartimento de su mesita de noche.      No sé que pasó por mi mente y lo tomé casi descuidadamente:

—¡Oh!, eres tú quien tiene mi catalogo … lo anduve buscando por todas partes …

—¿Uhmmm? … Sí … yo lo tengo …

Dijo Andrés pretendiendo estar concentrado en sus cuadernos.

—¿Buscabas algo especifico? … ¿Lo encontraste? …

Le pregunté mientras hojeaba distraídamente el catálogo.

—¡Uhm! … Nooo … nada en especial …

Balbuceo mirándome ansioso como giraba las páginas.

—¿Quizás algo para tú chica? …

Le dije mostrándole algunas batas transparentes y otras de seda.

—Algo así le sentaría perfecto … ella es menudita …

—¡Emh! … si, pudiera ser …

Entonces pasé a las páginas donde las modelos vestían completos de ropa interior y le dije:

—¡Oh!, mira … uno de estos me vendría bien a mí, ¿no crees? …

Contestó haciéndose el distraído:

—¡Mmmm! … sí … te verías linda con eso …

Hojeé varias páginas y me acerqué a la página manchada con su semen, había unos modelos de tangas pequeñísimas, con sujetadores y tirantes a juego.      Andrés me miraba nervioso.

—¿Has visto estos? … ¡Se puede ver a través de la tela! … ¡No cubren nada! …

—¡Mmmm! … ¡A-ha! …

Respondió al mismo tiempo que su rostro se tornaba de color escarlata.

—¿Los encuentras bonitos? … ¿Te gustan? …

—¡Mmmm! … ¡No lo sé! …

—¡Oh! … ¡Vamos! … ¿Crees que estarían bien para mí? …

—¡Hmmm! … son bastante sexys … ¡a papá probablemente le encantarían! …

—¿Tú crees? …

—¡A-ha! …

—¡Oh! … tal vez ordene algo así …

Con eso cerré el catálogo sin pasar por la página con su semen y lo deposité en el lugar donde estaba.   Luego me levanté para irme, no pude evitar darme cuenta de que recostado, así como estaba, se le había formado un enorme bulto en sus shorts, me giré apartando mi vista hacia el techo y salí hacia el pasillo.      Mi cabeza era un torbellino.      ¿Pero que estoy haciendo?   ¿Coqueteo con mi propio hijo?   ¿Me pongo cachonda con él?      El asunto era muy tentador, pero prohibido.      Mientras me sentaba en el sofá, mi coño palpitaba y se humedecía.      ¡Oh, Dios santo!      Esto no podía continuar, aunque sea lo más placentero que me haya ocurrido en estos últimos tiempos.      Además, es incesto y es ilegal para colmo.

 

Después de eso, traté de alejar todo pensamiento que resguardase a mi hijo y comencé a sentirme mejor, pero inconscientemente, un día en que mi marido llevó a nuestra hija al Mall y mi hijo había ido a la piscina con sus amigos, volví a su cuarto a mirar el catálogo, me senté al borde de su cama y hojee el folleto, me fui a las paginas de lencería íntima, quería ver la página que mi hijo había rociado con su esperma, casi se me cortó la respiración cuando encontré otras dos paginas bañadas de semen, una estaba húmeda de reciente.      Pasé mis dedos por esa humedad y me estremecí apretando mis piernas bien juntitas.

 

Como un autómata, mi mano acaricio mi monte de venus por sobre mi vestido.      Me pregunté cuál sería su fantasía al momento de masturbarse.      Sin siquiera pensarlo, agarré mi celular y compré varios de esos conjuntos para mí.      En algún lugar recóndito de mi cerebro, volvió a manifestarse el pensamiento y el deseo de lo prohibido, ¿Y si era yo a quien él pensaba?   ¡Como me gustaría ser yo a quien rociara con su semen caliente!   Mi temperatura corpórea aumento a niveles insospechables entre mis piernas, instintivamente mi mano se fue a mi muslo y de ahí a mí montículo pelviano, palpé mi chochito por sobre mi vestido.  ¡Oh, no! ¿Qué estoy haciendo? ¡Otra vez!

 

Puse el catálogo en su lugar, todo mi cuerpo estaba encendido, salí de ahí casi a carrerita a bañarme.  Cuando llegué al baño, mi ropa aterrizó por el piso, mis bragas ya estaban pegajosas con mis fluidos, me encontraba nerviosa cuando me sumergí en las tibias aguas de mi bañera.      Comencé a relajarme, al enjabonar mis senos mis pezones se endurecieron, no pude evitar sobajearlos y pellizcarlos ligeramente.   ¡Mi Dios!, estaba muy caliente.      Mis pensamientos se centraron en mi hijo, otra vez se había masturbado con mi catálogo.      Imaginé su robusta mano envolviendo estrechamente su polla nervuda y grande mientras arrojaba chorros y chorros de su esperma de niño.      Una ola de vergüenza me llenó, mientras el calor de mi coño mojado se hacía más y más fuerte.

 

Como la cosa era aberrantemente cachonda e ilegal, decidí cambiar mi atención al mejor amigo de mi hijo, Alexis de diecisiete años, lo había sorprendido muchas veces mirándome en forma furtiva.      Me pareció divertido coquetearle un poco y moví mi trasero también cuando él estaba cerca de mí, desabroché un botón de mi blusa para permitirle una buena vista de mis senos.      Algunas veces fantasee con seducir a este apuesto joven.     

 

Sola en mi bañera, desenrosqué el cabezal de la ducha y dirigí el chorro de agua tibia a mi conchita.      Con mi mano libre acaricié mis pechos y masajeé mi túrgido clítoris con el chorro de agua.      Mis ojos estaban cerrados y me perdí en mis fantasías, mi mente fue ocupada por la dura polla de Alexis que penetraba salvajemente mi coño en la cocina, con mis tetas aplastadas sobre la mesa y me follaba desde atrás.      Creyéndome sola en casa, dejé ir todas mis inhibiciones dejando escapar gemidos y chillidos que retumbaban dentro de la sala de baño.

 

Cuando abrí los ojos vislumbré un movimiento por el rabillo del ojo.      La puerta del baño estaba ligeramente entreabierta dejando un espacio de cinco a diez centímetros hacia el pasillo.      Tenemos un atenuador de luz en nuestro baño y yo lo había puesto en una posición intermedia para relajarme con una intensidad tenue, también el vapor del agua contribuía a atenuar la visibilidad al interior del baño.      Había estado demasiado ocupada en satisfacer mi coño para haber prestado atención a posibles ruidos y no me percaté de nada, pero si fueran mi esposo y mi hija habrían hecho más ruido y seguramente mi esposo habría entrado en el baño.      Él único que podría ser es Andrés, puse oído, pero no me llego ningún sonido.      Cerré los ojos y me lleve ambas manos a mis senos y continué acariciándome, mi pelvis se movía autónomamente bajo el agua tratando de follar el chorrito de agua que escurría por mis muslos, solo que ahora en mi mente había vuelto la imagen de mi hijo y su semen reseco en mi catálogo.      Lo imaginé de pie en medio al baño mirándome lascivamente.      Un rayo fulminante atravesó mi cuerpo y me contorsioné demencialmente en otro orgasmo maravilloso, mientras que por las rendijas de mis ojos semicerrados se formaba la imagen de Andrés observándome tener un potentísimo orgasmo, exhalé varios suspiros entrecortados unos gemidos audibles y cuando terminé de abrir mis ojos me di cuenta de que no imaginaba nada, quien estaba parado ahí a medio metro de mí, era efectivamente Andrés, mi hijo.      No pude reaccionar perdida en el limbo del placer, mi mano seguía acariciando y penetrando dulcemente mi coño mientras los músculos de mi vagina no cesaban de envolver mis dedos.

—¡Wow! … ¡Hmmmm! … ¡Uhmm! … ¡Aaaahhhh! … ¡Umpf! … ¡Ahhh! …

No podía dejar de gemir, lentamente mi orgasmo comenzó a decaer y vi como Andrés se giraba y escapaba por la puerta del baño, en ese momento una terrible vergüenza comenzó a apoderarse de mí.    Había estado follando mi coño en frente de mi hijo y me había gustado verlo mirarme, sentir sus ojos que vagaban sobre mi desnudez mientras que olas orgásmicas me hacía estremecer.

 

Rápidamente me enjuagué el pelo, me sequé y me envolví en mi bata de baño blanca, luego me dirigí a mi dormitorio.      Pasé fuera del cuarto de Andrés y la puerta estaba completamente cerrada, suavemente llamé a su puerta:

—Andrés … ¿Estás ahí? …

—Si, mamá … ¿Qué quieres? …

—¡Ehm! … nada … nada en especial … solo saber si habías vuelto … ¿Puedo pasar? …

—¡Hmmm! … ¡Espera! … Ahora … entra …

Abrí la puerta con cuidado y me asomé, Andrés estaba recostado leyendo una revista de motores y se veía tranquilo.

—¿Hace mucho rato que llegaste? …

—No … no mucho …

—¿Todo bien con tu amigo? …

Miré alrededor, pero no vi rastro alguno de mi catálogo, entonces me pregunté ¿Por qué entre a su cuarto a verlo?

—Sí … nadamos bastante … charlamos y nos divertimos …

Mis ojos recorrieron su atlético cuerpo, me fijé en su entrepierna y el bulto que allí se formaba era evidente ¡¡Mi Dios!! Era mucho más grande que el de mi marido.

—¿Hablan de chicas? …

—¡Pero mamá! … ¿Qué cosas preguntas? …

No podía apartar mis ojos de ese bulto hechizador y cautivante y, ¡solo tiene dieciséis años!   Me obligué a mirar hacia otro lado.

—¡Ay!, hijo … es solo un poco de curiosidad de madre … ¿Qué tiene de malo en querer saber lo que hace un hijo? …

—Bueno … pero me avergüenzas …

—Hijo … no tienes porque ser tímido ni vergonzoso conmigo …

Su candidez e inocencia me excitaban y sentí mis mejillas ruborizarse y un calorcillo recorrió todo mi cuerpo ¿Cómo mi hijo puede perturbarme de este modo?

—Bueno … sí … a veces hablamos de chicas …

—¿De alguna en particular? …

Observé que ya no miraba su revista, sino la abertura que se había hecho en mi bata y que dejaba ver parcialmente mis senos, me incliné distraídamente para dejarlo ver hasta mis pezones.

—Sí, pero no te diré de quien se trata …

—¿Y por qué no? … ¿Qué son todos esos secretillos que me escondes? …

—Nada … no te lo diré …

—Esta bien señor Enigmático … no me lo digas … pero lo descubriré …

Me levanté de la cama apoyándome a darle un beso en la mejilla y mis tetas cayeron libres sobre su brazo, fugazmente me abrí la bata para ocultarlas y de seguro que vio mi coño peludo.      Otra vez me anduve avergonzando un poco por lo descarada que estaba siendo con él.     Le dejé verme mientras me corría lujuriosamente en el baño y ahora le dejaba dar un buen vistazo de mis tetas y mi coño.      Caminé contoneándome un poco exageradamente hacia la puerta mientras me recriminaba sin arrepentirme, una cosa era segura, una madre no debía hacerle esto a su hijo.

 

Cuando Alberto y Carolina regresaron a casa un poco más tarde, cenamos todos juntos muy tranquilos y silentes durante toda la comida.      Sentada a la mesa pensaba en lo que había hecho a Andrés y lo excitada que me había hecho sentir, también noté que mi hijo me miraba más que de costumbre, me pregunté si siempre lo había hecho o yo me estaba sintiendo demasiado sensible y estaba viendo cosas donde en realidad había solo normalidad.      No me había puesto un atuendo muy conservador, me puse unos leggins de hace un par de años atrás que me quedaban muy ceñidos, sobre en todo en mi ingle, también, una camiseta ajustada que resaltaba mis pechos.      Mi hija dijo que estaba bastante cansada y se despidió para irse a dormir, al rato Andrés se levantó y se fue al salón a ver la televisión.   Nos quedamos solos Alberto y yo, él parecía no darse cuenta de que yo estaba allí, el silencio era casi bochornoso.      Me sentí nerviosa.

—¿Cómo estuvo tú día con Carolina, pasó algo divertido? …

—No … nada especial …

—Pero comenta algo … dime un poco más …

—¿Y qué quieres que te diga? …

—Podrías ser un poco más sociable … convérsame de algo …

—¡Ah!, ya …

—¿Me quieres hablar o ya no me quieres hablar? …

—Sí, quiero …

—Entonces hazlo … dime algo …

Lo miré, pero su mirada estaba perdida en el infinito, me dio rabia y me levanté para ir al salón junto a Andrés.      Me miró mientras me sentaba a su lado:

—¡Pelearon de nuevo? …

—Pero ¡qué dices! …

—No puedes ocultarlo … se te nota … tu expresión deprimida te delata …

—Lo siento, hijo … estamos pasando un momento difícil con tú padre …

—Pero no te deprimas … él no se está comportando bien contigo …

—¡Oh!, Andrés … gracias por tú apoyo … lo necesitaba …

Mi mano se había colocado en manera autónoma sobre su muslo, justo cuando estaba en el intento de sacarla, él me dio un abrazo y me atrajo fuertemente contra su pecho.

—Eres la mejor mamá del mundo … y la más bella de todas …

Me susurró al oído.      Sentí otra vez ese calorcillo expandirse por mi cuerpo, mis pezones estaban apretados contra sus pectorales y se endurecían a voluntad propia.      Le di unas palmaditas a mi hijo en su espalda y él hizo lo mismo conmigo.      Cuando nos separamos mis mejillas estaban sonrojadas como una liceana.

 

Desde ese mismo día Andrés y yo nos hicimos mucho más cercanos, hablábamos más y más a menudo y de cosas más íntimas.      Seguí tratando de alejar mis pensamientos incestuosos con respecto a él, pero los resultados no siempre eran los mismos, dependía mucho de mi estado de ánimo.       A veces estaba más formal y me mantenía en mi rol de madre, pero otras tantas mi sangre ardía y me vestía a propósito con vestidos ajustados y trasparentes que no ocultaban mis sabrosas carnes inflamadas que chamuscaban mi piel.      Incluso a veces ni siquiera usaba sostén, sobre todo cuando estaba con él a solas en la casa.      Él se daba cuenta y venía a abrazarme, se acercaba mucho más a mí.      Yo me daba cuenta de que mis senos lo volvían loco.      Yo trataba de justificar de que todo no era nada más que un juego inocente.

 

Un día mientras estaba a solas con él, recibimos un delivery de algunas cosas que yo habían comprado por correo.      Inmediatamente comenzamos a abrir la caja y a sacar mis compras, se trataba de unas cortinas para el cuarto de él y algunas sábanas de recambio, pero al fondo de la caja habían algunas prendas de fina lencería femenina, se trataba de un par de tangas negras con sostén del mismo color, portaligas y medias a juego, Andrés las vio y no pude ocultarlas.

—¡Wow, mami! … ¿Las has comprador para ti? …

—¡Oh!, sí … lo había casi olvidado …

Dije azorada ruborizándome, pero me excitó el brillo en sus ojos y su reacción.

—¡Oh, mami! … te verás realmente sexy con esas cosas tan lindas …

No me sorprendió para nada su comentario, era mi confidente y lo tomé con naturalidad.

—¿Y tú crees que eso hará lucir bien a una anciana señora como yo? … Ni siquiera sé por qué los compré … tanto tú padre no demuestra ningún interés en mí …

—Mamá … no eres vieja …

—Gracias, cariño … eres demasiado bueno y complaciente …

En eso escuchamos la puerta de casa que se abrió y se cerró, era Carolina que regresaba a casa.      Rápidamente puse la lencería en su envoltorio y me fui a mi dormitorio.      Una vez en mi habitación, me dirigí a uno de mis armarios donde guardo mi ropa interior un poco más sexy.      También conservo en ese armario algunos álbumes fotográficos de familia, ya casi me había olvidado de ellos.    Me senté al borde de la cama a hojear los álbumes, había muchas fotografías antiguas, de Andrés y Carolina cuando eran unos niños y celebrábamos sus cumpleaños, otras en torno a un árbol navideño, también algunas hechas en los lugares de vacaciones que solíamos visitar.      Me di cuenta de que había algunos espacios vacíos, faltaban nueve fotografías, ni idea de cuales fuesen, tampoco le di mucha importancia, deben haberse despegado y estarán en algún lugar perdidas.      Miré las fotografías, en todas lucíamos felices y sonrientes, no sin tristeza cerré el álbum y volví a guardarlos.

 

Me cambié de ropa y salí a la cocina, Carolina estaba allí preparándose un piscolabis:

—¿Has visto a Andrés? …

—¡Ehm! … creo que se fue donde Alexis …

—¿Y tú? … ¿Vas saliendo? …

—¿Ah? … Sí … voy un rato donde Javier … regresaré a eso de las nueve …

—Está bien … diviértete …

Quedé sola en casa, me puse a girar sin ton ni son, haciendo un poco de limpieza por aquí y por allá.      Lo cierto es que mi cabeza estaba atiborrada con pensamientos de cuando Andrés me sorprendió en la bañera en una acción de autoerotismo, en eso sonó el teléfono:

—¡Hola! …—Respondí a baja voz.

—¿Luisa? … soy yo …—Era mi esposo, Alberto.

—¿Alberto? … ¿Estás todavía en el trabajo? …

—Sí … probablemente llegaré tarde …no me esperes con la comida caliente …

—Está bien … ¿A que hora regresarás? …

—De seguro no antes de la diez …

—¡Hmmm! … Ok. … nos vemos luego … adiós …

Colgué el teléfono con un suspiro de alivio, no tenía ningún deseo de pasar un tiempo con mi esposo. Continué con mis erráticas limpiezas, pero mi mente no me dejaba tranquila, necesitaba enfocar mis pensamientos en algo diferente.      Llevé la aspiradora a la habitación de Andrés, comencé ordenando la ropa que estaba tirada por ahí, luego rodeé su cama y me dirigí a la mesita de noche, había muchas pelusas, saqué la mesita para pasar la aspiradora por detrás y debajo de la cama, al levantar ligeramente el colchón, contuve el aliento cuando vi lo que había allí y que no lo descubrí anteriormente cuando hice su cama.

 

Había unas hojas con desnudos, una revista porno de mujeres maduras y las fotografías que faltaban en los álbumes de mi armario, todas eran mías en traje de baño, bikini y algunas en topless de un viaje que hicimos a Europa.      Conmocionada me senté en la cama y hojeé la revista “40+” que mostraba solo mujeres maduras en ropa interior y en diferentes poses.      En una de las hojas sueltas, había un joven adolescente follando a una mujer mayor que parecía más o menos de mi edad.      Sentí mis pezones despertarse, un cosquilleo en mi estomago y una enardecida llama de pasión en mi coño mirando la magnifica pija del chico profundamente enterrada en el coño de la mujer madura.      Había más fotos de ellos, encontré un parecido conmigo en la mujer.      La última hoja mostraba a la mujer arrodillada con sus manos bajo sus tetas ofreciéndoselas al joven que eyaculaba copiosamente en sus senos.      Mi mano se deslizó autónomamente al interior de mis pantaloncitos para acariciar mi coño.  Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando mi dedo se humedeció con los fluidos de mi concha y rozó suavemente mi sensible clítoris.      ¡Wow! Cómo quisiera poder sentir una verga tan grande, tan dura y joven como la de ese chico.      Había restos de semen seco por doquier

 

Deje las revistas y tomé mis propias fotografías, al revisarlas pude constatar que también estaban pegoteadas con semen de mi hijo.      Gemí y suspiré al darme cuenta de que mi hijo usaba mis propias fotografías para masturbarse y también era evidente de que se sentía atraído por mujeres maduras.     Inmediatamente mi mente fue copada por la joven imagen de mi hijo y su cuerpo digno de una deidad griega.      Ahora yo me encontraba sentada en su cama, la misma cama donde él se masturbaba mirando mis fotografías en bikini y toples.

 

Nunca me había sentido tan caliente, casi con desesperación bajé la cremallera de mi pantalón para poder palpar mi aterciopelado coño encharcado sin obstaculos.      Me quité los pantalones y bragas y me recosté parcialmente desnuda en la cama de mi hijo.      Mis manos volaron a mi panocha ardorosa y famélica de caricias, en mi mente la fantasía de mi hijo mirando mis fotografías mientras magreaba su enorme pija, muy cerca de mí tenía la hoja de la mujer madura con su coño encajado por ese tremendo ariete juvenil.      Estaba totalmente fuera de mis cabales, sin ningún control cuando aferré la almohada de Andrés y comencé a restregarla entre mis piernas.      Los fluidos abundantes de mi conchita mojaron la funda blanca y formaron una mancha húmeda al masturbarme con el acolchado cabezal.     Luego me arrodillé y monté a horcajadas la almohada y dejé volar mi fantasía cabalgándola e imaginando la dura polla de mi hijo follando mi vagina.      La fricción era salvaje, rápidamente mi cuerpo colapsó estremeciéndose en un feroz y violento orgasmo, estaba jadeando a cuatro patas montada sobre la almohada de Andrés que ahora mostraba una extensa área empapada en mis jugos vaginales justo en el sitio donde él apoyaría su cabeza.

 

Con mis piernas que me temblaban, me levanté, me puse mis bragas y pantalones, arreglé el desastre que había combinado en el lecho de mi hijo, después como si nada, guardé las fotografías y las hojas de desnudos en el mismo lugar donde las había encontrado.      Me llevé una de las revistas porno y me fui a mi dormitorio dejándome caer exhausta sobre mi cama.      Mi cuerpo aún se estremecía con el dulzor de mi orgasmo, solo entonces comencé a recapacitar sobre lo que había hecho, me acercaba al borde de una situación complicada, sin mucha convicción me dije que esto no podía continuar.

 

Pese a todo, mis pensamientos eróticos no me abandonaban, recostada de costado comencé a hojear la revista que había sustraído a mi hijo, Penthouse, una famosa publicación norteamericana de desnudos femeninos.      Me sorprendí un poco y me pregunté por qué había usado mi catálogo, cuando esta revista estaba llena de jóvenes chicas con escasa lencería y algunas totalmente desnudas, también me fije en que casi todas ellas estaban afeitadas y lucían sus pequeños coños en manera casi pueril.      Me excitó ver una chica montando un grueso consolador, puse mi mano en mi panocha y me encontré con los vellos púbicos de mi propia concha.      Hasta ahora solo me había afeitado un poco las piernas y el sector de mi ingle para recortar la línea de mi bikini, pero ahora mirando estas fotografías me inspiré y quise tener mi panocha lampiña al igual que estas muchachas jovenes.

 

Me fui al baño y me desnudé excepto por mi corpiño que aseguraba que mis tetas no serían obstáculos para los fines que pensaba acometer.       Tomé la espuma de barba de Alberto y me senté en la bañera con mi espalda a la pared y mis piernas bien abiertas, tenía a la mano una maquinilla de afeitar nueva, me excitaba mucho la idea de afeitar mi coño completamente.      Apliqué abundante espuma sobre mis enredados y rizados vellos, comenzando a rasurar cuidadosamente primero los bordes y después mis labios mayores.      Concentrada y embelesada en mi obra de arte, mis sentidos no detectaron ruido alguno y solo sucedió.      Me sentí observada y cuando dirigí mi vista a la puerta del baño, mi hijo Andrés estaba parado allí casi con los ojos desorbitados y me miraba fijamente.      Me quedé petrificada sin poder atinar a moverme, mis piernas estaban separadas al máximo y mi panocha plenamente expuesta, lisa, suave y lampiña.      Finalmente salí de ese shock inicial y cerré mis piernas atropelladamente, resbalé y caí dentro de la bañera, Andrés se precipitó a ayudarme tratando de no mirar mi desnudez, me ayudó a salir de la vasca, afortunadamente no me había hecho ningún daño, aunque si mi orgullo estaba hecho añicos, solo escuche la voz de mi hijo diciéndome:

—Lo siento, mamá … no, no sabía …

Luego rápidamente se giró, salió del baño y cerró la puerta.      Yo todavía temblaba como una boba, ¡¡Dios santo!! Lo que acababa de pasar, mi hijo pudo ver por completo mi coño limpiamente rasurado.  Con la escasa decencia que me quedaba, enjuagué mi panocha de los restos de espuma y tomé una botella de aceite emulsionado para bebe y suavicé mi chocho.      Ciertamente había una gran diferencia entre un coño peludo y uno lampiño.      Me sentía más fresca con mi coño lubricado y aterciopelado.      Acaricié mis labios mayores y mi dedo encontró el camino hasta mi túrgido clítoris palpando toda esa sensible área.      De nuevo comencé a jadear y la lujuria se apoderó de mi cuerpo y de mi cordura.      En mi cerebro estaba la mirada atónita de mi hijo mirando mi sexo expuesto, introduje mis dedos lubricados en mi coño y sentí esas vibraciones exquisitas en mi bajo vientre, pero me contuve, no podía seguir por esta senda, en las postrimerías de mi orgasmo aparté mis dedos de mi coño caliente y pensé que esto me estaba llevando a algo demasiado peligroso.      No podía arriesgar todo el ambiente familiar.      Debo en algún modo controlar mis instintos y no permitir que esto continúe.

 

Me puse la bata y me fui a mi dormitorio a vestirme.      Debía tener una conversación con mi hijo sobre lo que acababa de pasar, era mejor enfrentarlo ahora que me encontraba solo él y yo en casa.      Inconscientemente no me puse un sujetador, me vestí solo con una ajustada remera y unos leggins, tampoco quise ponerme bragas, quería sentir la suavidad de mi sexo contra el genero de la prenda de vestir.

 

Llamé suavemente a la puerta de Andrés que estaba entreabierta.

—Andrés … ¿Puedo entrar? … necesito que conversemos …

—Sí, mamá … pasa …

Él estaba sobre la cama leyendo un periódico deportivo, ni siquiera me miró cuando me senté junto a él en la cama.

—Hijo … es sobre lo que acaba de pasar …

Dije en un tono de voz inestable, casi balbuceante.

—¡Oh!, mamá … lo siento … no fue mi intención …

—Sí … lo sé … no fue tu culpa … debí haber echado el pestillo …

—¡A-ha! …

—Solo espero no te haya molestado al ver a tu anciana madre en tan paupérrima y vergonzosa situación …

—No … nada de eso …

—Será nuestro secreto …

Dije un poco más relajada, pero Andrés se había girado a mirarme y sus ojos se posaban en mis senos y entrepierna como si quisiera tener vista de rayos X.

—Y, madre … no eres una anciana … eres la mamá más bella que pueda imaginar …

—Gracias, cariño … eres muy amable …

Estaba feliz por el hermoso cumplido que me acababa de hacer, orgullosa estiré mi torso haciendo sobresalir mis tetas que parecían de pronto más grandes de lo que eran en realidad.

—Bueno, cariño … espero no provocarte malos pensamiento después de que viste lo que hice …

Dije sonrojándome al mencionar mi afeitado.      Andrés se giró en la cama y su rostro quedó justo en el lugar donde había restregado mi coño hacía una hora atrás, no se si podía oler aún mis fluidos, pero un escalofrió recorrió todo mi cuerpo al darme cuenta de lo bizarro de la situación.      Mis pezones se transformaron en dos aceitunas durísimas y la mirada de Andrés fue atraída por ellos como una calamita.

—Noo … no pienso nada malo de ti, mamá … pero no sabía que hacías eso …

—Bueno … tampoco lo hago a menudo … solo fue una loca idea … como un capricho …

—Está bien … pero dejémoslo como un secreto nuestro, mamá …

—¡Oh, sí … ¡Vamos! … ven al salón para que veamos un poco de televisión … tu padre llegará tarde y tu hermana fue a ver a su novio … estamos solos tu y yo en casa …

—Me parece bien … ahora vengo …

—Te espero … ahora prepararé un poco de jugo fresco para ti y para mí …

Lo encontré sentado en el sofá, puse sendos vasos de jugo en la mesita de centro y me senté al lado opuesto del diván.      Andrés encontró una divertida serie norteamericana y nos pusimos a verla.     De vez en cuando notaba que él me daba largas miradas, pero fingí no darme cuenta.      Solos que los pensamientos prohibidos encontraron camino hacia mi mente, en vano traté de alejarlos, pero no pude resistirme,

—Andrés, hijo … ¿podrías masajear un poco mis cansados pies? …

—Por supuesto, madre … solo acércalos un poco …

—¡Oh!, gracias … qué amable de tu parte …

Me enderecé un poco en el sofá y estiré mis pies descalzos hacia él.      Andrés comenzó a amasarlos suavemente mientras yo pretendía estar mirando la televisión.      Sus cálidas manos se sentían tan bien en mis fríos pies, que me fui hundiendo en el diván y mis ajustados leggins se ajustaron al contorno de mi coño y se metieron entre mi grande labia rasurada.      No sé si se habrá dado cuenta, pero mi panocha se dibujaba perfectamente sobre mis pantaloncitos, además, estaba sin bragas, lo que evidenciaba aún más la perfecta delineación de mi vagina.      De vez en cuando lo miraba por el rabillo del ojo para ver si centraba su atención en mi sexo.      Después de un buen rato lo sentí que disminuían sus masajes a mis pies y sus ojos estaban fijos en mi hendedura.      Mi abdomen comenzó a palpitar viendo la lasciva mirada de mi hijo a mi panocha, se sentía tan depravadamente delicioso tenerlo embelesado con mi conchita, algo prohibido y excitante.      Levanté un poco la pierna para quedar de espalda y las piernas ligeramente separadas.

 

Di un respingo de temor cuando al improviso sonó el teléfono, rápidamente me levanté y fui a responder.      ¿Cómo podía mi hijo calentarme tanto?      La llamada era una llamada de esas automáticas que te hacen encuestas, inmediatamente colgué, pero sirvió el levantarme para darme cuenta de que mi ingle estaba mojada con mis fluidos, esto es lo que él miraba con tanta atención, me dio vergüenza, no podía volver así al sofá, la poza que se había formado en mis leggins era evidente.

—Andrés, cariño … me voy a dormir … estoy cansada …

—Está bien, mamá … yo también me iré luego a la cama …

Fui al baño e hice lo rutinario de todas las noches.     Lavé mis dientes, enjuague mi vagina empapada, me vestí con mi pijama y salí.      Pase por la sala para dar las buenas noches a Andrés, pero no estaba.  No le di mayor importancia y entré en mi dormitorio, mientras ordenaba mis cabellos frente al espejo, me pareció captar un movimiento fuera de mi ventana que estaba con las cortinas abiertas, me detuve y comencé a mirar mi figura en el espejo de mi armario, no lucía para nada sexy con mi holgada blusa  pijama y mis pantalones.      Deliberadamente desabroché todos los botones de mi blusa y la abrí para mirar mis tetas en el espejo, lucían estupendas a mi edad y después de amamantar a dos críos.      Al mismo tiempo miraba de reojo la ventana y me parecía que alguien me espiaba.

 

Vi una sombra y dejé caer mi blusa por sobre mis hombros, me acerqué al interruptor de la luz y accioné el atenuador bajando la intensidad de la iluminación.      Esperaba que el voyeur que me espiaba fuese Andrés, parado fuera de mi ventana a espiar mi desnudez.     De pie frente al espejo comencé a acariciar mis senos sin perder de vista la ventana, era evidente de que alguien me espiaba, pero no lograba ver de quien se trataba.      Mi calentura era tanta de sospechar de que era mi hijo Andrés que me estaba espiando desde la ventana, que deje caer toda mi ropa al piso, quedé completamente desnuda para él, una ola de lujuria me hacía entrecerrar los ojos y acariciar mi cuerpo desfachatadamente, inserte dos dedos en mi chochito y me incliné con el culo hacia la ventana y con mis piernas bien abiertas, para darle a mi hijo una vista completa de mi coño calvo y suave

 

No tenía memoria de haberme sentido así de caliente alguna otra vez en mi vida.      Me incliné hacia adelante y separé aún más mis piernas, empujé mi culo hacia mi hijo espía.      Se sentía tan suavecito y cálido entre mis piernas, mi coño rezumaba jugo que había comenzado a escurrir por mis muslos. Imaginando a mi hijo junto al frondoso belloto mirándome excitado y acariciando su polla, más excitada me hacía sentir.      Afortunadamente mis sentidos me alertaron del ruido del coche de mi marido que llegaba a la casa.

 

Agitada y a una hiper velocidad , me puse los pantalones y la blusa, entré apresuradamente al salón y me tiré sobre el sofá.      Por ningún motivo quería que mi marido viera mi coño pelado, me habría hecho preguntas que no quería responder.      También existía la posibilidad que quisiese tener sexo conmigo y con lo tirante de nuestra situación, tener sexo con él estaba totalmente fuera de toda discusión.

 

La puerta que viene del garaje se cerró de golpe y Alberto entró al pasillo.      Crucé los brazos sobre mi pecho para tratar de ocultar la rigidez de mis pezones que sobresalían.      Mi marido se sentó a mi lado, charlamos un rato sobre como había sido su día.     La puerta principal se abrió y entró Andrés, después de quitarse la chaqueta, entró en la sala y se sentó en el sillón frente a nosotros.     Mirábamos la televisión mientras manteníamos una charla inconexa y anodina.      Andrés mantenía su mirada sobre mí, mientras mi marido intentaba acercarse más a mí y ser amable, cosa que me sorprendió mucho, ya que no es lo habitual en él.      Había una extraña mirada en los ojos de mi hijo, parecía celoso de mi esposo.      Parecían ambos muy machos y cachondos por mí.

 

Me puse más caliente aún, no por qué mi marido se me acercara, sino por la reacción de Andrés.      Alberto se dio cuenta de que no valía la pena continuar con su intento de seducirme, se levantó y se despidió para irse a dormir.      Apenas desapareció su padre en el dormitorio, Andrés vino a sentarse a mi lado.      Inmediatamente le pregunté:

—¿A dónde fuiste? …

—¡Ah!, solo salí por un rato …

—Bueno … no es algo tan habitual salir así por tan poco tiempo …

—¿Por qué? … ¿Qué tiene de extraño salir a dar dos pasos afuera? …

Era evidente que no me quería responder, así que no insistí.      Trate de concentrarme en la televisión, siempre manteniendo un ojo sobre mi hijo, él se levantó despidiéndose con un beso en la mejilla y se fue a su habitación.      Me quedé sentada sola en el sofá pensando en los hechos acaecidos durante el día y no pude evitar de comenzar a mojarme una vez más.     Una vez más mi mano se fue al interior de mis pantalones y acaricie mi sexo tierno y pelado.      El hecho de que Andrés fuera mi espión incognito me excitaba mucho.      También la forma en que miró mi panochita mojada mientras masajeaba mis pies.      Restregué mi botoncito acercándome a pasos agigantados a un maravilloso orgasmo, pero me interrumpió el sonido de la puerta principal.      Era Carolina que regresaba a casa.   Muchacha loca, paso de carrerita por mi lado dándome un beso de las buenas noches y desapareció en su cuarto.      Me quedé agitada, despierta e insatisfecha.      No sé cómo ni por qué me levanté y salí por la puerta del garaje al jardín, para ir a espiar a mi hijo Andrés, su ventana me atraía como una magnetita.      Fue increíble lo que mis ojos vieron …

 

(Continuara …)

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