Incesto

Seducida.

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—No te preocupes, mamá … yo estoy aquí para protegerte …

Nueves años tenía mi hijo cuando me dijo esas palabras, acababa de divorciar de modo tortuoso de su padre que nos dio muchas cosas materiales y lujos, pero nunca nos dio cariño y afecto verdadero, solo cosas materiales.     Nosotros mismos éramos algo más en su inventario de cosas que él poseía.

 

Él dejó un seguro para la educación de mi hijo, nos dejó un par de propiedades y una suculenta suma de dinero que yo administraba en bolsa.     Nos dejó con su conciencia tranquila y desapareció de nuestras vidas, no hemos vuelto a saber de él, excepto los dos primeros años en que su secretaria nos hizo llegar saludos navideños de parte de su empresa.     Realmente no me quejo para nada, pues en lo material nos dio de todo, en lo físico espiritual no nos dejó nada.

 

Mi hijo creció, este año comenzó su enseñanza secundaria y pretende inscribirse en la universidad para seguir Ingeniería Comercial con licenciatura en Ciencias Económicas, carrera que ejercía su padre también.     Él debe seguir su destino, si a él le gusta esa especialización yo estoy a sus espaldas para apoyarlo en todo y por todo.

 

Ahora Marcelo es un adolescente modelo, muy serio, deportista y excelente estudiante, jamás le he pedido de estudiar, él solo se organiza con horas para cada cosa de su interés.    Hay veces que me preocupa por que lo encuentro demasiado maniático en su obsesión por tener todo organizado y controlado, por ese motivo me llamó la atención cuando lo vi “desordenarse”, de la noche a la mañana comenzó a ser excesivamente protector sobre mí.    

 

Yo soy su madre, me llamo Daphne y tengo treinta y seis años, no soy una tremenda belleza, pero para mi edad, me considero todavía una mujer apetecible para el sexo opuesto, solo que me he dedicado a crecer a mi chiquillo y no me he dado tiempo para mí.     Debo confesar que hay noches en que madre natura pide su cuota y mis dedos hacen un magnifico trabajo.     Cuando camino por la calle todavía algunos hombres me siguen con la mirada.     Mi físico es armonioso, no tengo un ápice de celulitis, quizás mis culo es muy pronunciado hacia atrás y mi seno voluptuoso a veces me pone en aprietos, ya que no logro que mi interlocutor me mire a los ojos.

 

Mi hijo Marcelo, nombre que eligió su padre, vive conmigo y yo me ocupo de todo lo concerniente a él.     Somos muy unidos desde cuando él nació nunca nos hemos separado, quizás esta férrea unión nos llevó a una relación mucho más allá de lo que jamás pensamos.     Todo comenzó un día inocentemente cuando regresé a casa del trabajo y el me recibió con un beso en la mejilla.

—¡Hola!, mami … ¿Todo bien? …

—Sí, hijo … excelente … solo me duelen un poco los pies con estos tacos …

—Sabes, mami … hoy iniciaron a enseñarnos educación sexual …

—Espero aprendas cosas interesante, tesoro …

—Nada de nuevo, mami … las mismas cosas que yo ya sabía …

Me sorprendió un poco su respuesta, no le conocía una novia y no sabía de donde había aprendido tantas cosas.

—¡Ah, sí! … ¿y serian …? …

—¡Ay!, mami … no te hagas … yo ya sé como tener sexo y como se hacen los niños y todo eso nos lo enseñaron en la básica en biología … solo que ahora nos explicaron la mecánica del acto sexual y nos dieron condones a cada uno de nosotros … nos explicaron que tenemos que cuidarnos y no ser promiscuos …

—¿Y no ser qué? …

—“Promiscuos”, mami … es decir cuando uno tiene muchas parejas …

—Lo sé el significado, hijo … solo que no te escuche cuando lo dijiste …

—¡Ves!, nos regalaron esto …

Me agitó en mis narices una confección de un preservativo.

—Lo importante, mami … para que tú sepas … no tengo novia … me gusta estar tranquilo …

—¿Cómo sería eso de … “me gusta estar tranquilo”? …

—¡Ah!, eso … bueno … que las chicas no me importan para nada …

Después de esta categórica afirmación comencé a preocuparme, pensé que mi niño era gay.  No es que fuera un drama para mí, pero siendo hijo único, seguramente jamás tendría nietecitos y yo que soñaba con que me convirtiera en abuela.     Quería que él me explicara que había querido decir con esa afirmación suya, él viendo mi aprensión, inmediatamente agregó:

—No tienes de que preocuparte, mamá … no soy gay ni lo seré …

Curiosa y más tranquila por su aclaración, quise saber más.

—Tesoro, entonces … ¿Porqué dijiste que las chicas no te importan para nada? …

—¡Ah!, bueno … por qué para mí tú eres la única mujer al mundo …

Me hizo sonreír su respuesta, aparte de sentirme halagada.

—Sí, cariño, pero yo soy tú madre … quizás encontraras alguna que se parezca a mí …

Me miró en forma extraña, hasta un poco enfadado, quizás pensando en que no lo tomaba en serio.

—¿Cómo es que no puedes comprender que te amo solo a ti? … perdona, pero tengo que ir al baño …

Me quedé en silencio con una cierta perplejidad, sé que en una etapa de la vida algunos chicos desarrollan una atracción por su propia madre.   Tienen fantasías con sus madres.    Eso debe ser, si creo no haya nada de que preocuparse, ya se le pasará como sucede a tantos muchachos. Pensado a esto me adentré en los quehaceres hogareños y me dispuse a preparar algo para cenar él y yo, aparejé la mesa de la cocina y cuando él entró en la cocina miró la mesa y me dijo:

—Mami, no tengo hambre … me llevaré solo una vaso de jugo y me voy a la cama …

Después de eso se volvió hacia mí, me beso en la mejilla y me saludó deseándome de reposar y dormir bien.    Bueno dadas las cosas, me dispuse a cenar solo yo, estoy segura de que él no morirá de hambre en su cuarto.

 

Durante la noche sucedió un hecho trascendental que cambio nuestras vidas.     El tiempo era pésimo, un temporal de viento y lluvia se desencadeno con violencia inaudita.  El todo acompañado por una tormenta eléctrica con ensordecedores truenos y luminosos relámpagos que iluminaban tétricamente toda la ciudad.     Desde pequeña le tengo terror a los truenos y mi hijo lo sabe, así que cuando lo sentí entrar a mi dormitorio y se acostarse a mi lado no me produjo ningún sobresalto:

—No te preocupes, mamá … yo estoy aquí para protegerte …

Sus palabras me sonaron tan tranquilizadoras y me trajeron vividos recuerdos, sentí la tibieza de su cuerpo a mi lado y realmente me tranquilizó, así que me giré a dormir nuevamente, mi pequeño grande hombre estaba ahí para mi y mi seguridad, me acurruqué un poco más a él.     Sus brazos me estrecharon, lo dejé que me abrazara, estaba demasiado atemorizada como para decir algo. Improvisamente una explosión gigantesca hizo resonar toda la techumbre de la casa, se remeció hasta la cama, me apreté contra mi hijo y sentí sus labios sobre mi cuello, mi miedo me tenía enmudecida, pero sentí su voz como un susurro:

—Mami … no temas … puedo protegerte como hombre … puedo abrazarte como hombre y puedo darte todo el amor que necesitas como hombre …

Escuchaba su voz como en lejanía, estaba bloqueada por los violentos truenos que estremecían todo mi mundo.     Marcelo estaba pegado a mi espalda, una de sus piernas estaba entre las mías y su rostro pegado a mis cabellos.

—Madre … no tengas miedo … relájate … estas entre mis brazos … piensa solo a cosas buenas y bellas … solos tu y yo, mami …

Nunca había visto ni sentido mi hijo así tan emprendedor y decidido, por primera vez sentí que se estaba aprovechando de la situación, la cosa no me molestaba del todo, por el contrario me excitaba.   Su mano se apoyó sin ni siquiera en modo tan casual a mi seno izquierdo y acarició mi pezón, con mi mano traté de detenerlo, pero él delicadamente me la alejó.     Me gustaba lo que me estaba haciendo, mi cuerpo eran muchos años que no recibía una atención de este modo, con la excusa de sentirme aterrada lo deje que me acariciara.     Cerré mis ojos y me entregué a sus mimos y caricias tratando de no pensar en que yo era su madre.   Con increíble maestría me quitó mi camisa de noche dejando al desnudo mis excitados senos.     Hasta ahora vamos bien, pensé, o ¿quizás no?, estábamos haciendo algo contra natura e inmoral, lo dejaba hacer porque sentía cuanto le gustaba acariciarme y también a mi sus caricias me encantaban.    Comencé a gemir de placer cuando sentí su lengua en mis senos y sus labios se cerraron en uno de mis pezones, comenzó a chupar delicadamente como cuando era un bebé:

—Sí, tesoro … chupa amorcito … chupa como cuando bebías de mi leche …

Mis palabras parecían enardecerlo aún más, él y ya nos estábamos perdiendo en un delirio incestuoso y no podíamos ni queríamos evitarlo, solo quedaban mis bragas como frontera limite a la completa perversión.

 

Como si mi pensamiento hubiese sido transmitido telepáticamente a él, sentí como su mano se deslizo a acariciar mi sexo:

Marcelo, por favor … ahí no …

Lo dije sin ninguna convicción, después de todo mi panocha se había inflamado y hervía de fluidos calientes pronto a emanar como un aluvión de verano.

—Déjame, mami … déjame tocarte …

Al momento no tenía ninguna autoridad sobre él, ya no escuchaba mis suplicas.     Estaba tan compenetrado en su fantasía de acariciarme y yacer conmigo que le venía natural todos sus movimientos, prácticamente me dominaba, me subyugaba con su pasión por mí.     Sus dedos se posaron en mi hendedura vaginal por sobre mis bragas, creo que casi lo rasguñé por la sensación que me hizo sentir.     La suave tela de mi bragas estaba totalmente empapada, lo que le corroboraba a él de que yo lo estaba disfrutando sobremanera.     Repentinamente su dedo índice resbaló bajo la banda elástica de mis calzoncitos rozando los labios de mi vagina, automáticamente lance un profundo gemido y abrí mis piernas.   ¿Para qué resistir a una cosa tan deliciosa?, él se dio inmediatamente cuenta de mis gesto y de mis senos comenzó a deslizarse cada vez más abajo, hasta que llego al último bastión, el fruto prohibido.

 

Con sorpresiva destreza me bajo los calzones y en un santiamén me los quitó, por última vez trate de oponer una exigua resistencia y trate de cerrar mis piernas, pero él con extraordinaria fuerza me las mantuvo abiertas.

—Mami, no te resistas … tu chochito esta rico, caliente y sabroso …

—¡No! … no debemos … es un acto sucio …

Pero no hice ningún intento de volver a cerrar mis piernas, el sabía mejor que yo que quería sentir su boca y su lengua en mi panocha, eran tantos años que nadie me tocaba que moría de ganas por volver a sentir esas electrizantes sensaciones casi olvidadas.     Le gustaba el sabor de mi conchita, puse mis dedos entre sus cabellos y atraje su boca hacia mí pubis, no pude evitar de llamarlo como en un susurro:

—¡Marcelo! … ¡Marcelo! … ¡Oooohhhh, Marcelo! …

Mi hijo era un excelente amante pese a su corta edad, su lengua entraba entre mis labios carnosos y bañados y al mismo tiempo dos de sus dedos habían iniciado un mete-saca demencial.   Con naturalidad comenzó a acariciar mi clítoris haciéndome gritar, lo tocaba, lo lamía, lo chupaba, lo maltrataba con golpecitos de su lengua y yo me desesperaba de deseos y goces jamás sentidos. Solo con la habilidad de su lengua y boca me hizo explotar en un orgasmo estremecedor, todo mi cuerpo temblaba, mi pelvis estaba alzada en el aire buscando más caricias de su lengua, mi espalda estaba enarcada y mis tetas apuntaban duras al cielo, mis espasmos eran talmente fuertes que mi hijo se asustó.

¡Mami! … ¡Mami! … ¿Estás bien? …

Recuperando un poco mi cordura y respiración logre balbucear con mis venas todavía marcadas en mi cuello por el esfuerzo de mi orgasmo.

—¡Sí!, hijo … estoy bien … nunca estuve mejor …

Me tomó algunos minutos recuperarme totalmente mientras él me acariciaba y besaba.     Después me levanté y lo hice recostarse en su espalda y le quité sus boxers, entonces me lleve la sorpresa del año:

—¡Guau! … como es grande y como es grueso …

Todavía mucho más grande que el de su padre.

—¿Te gusta, mami? …

—Sí, hijo … es hermoso …

—Míralo bien, mami … es tu obra de arte … tú me hiciste así …

Sus palabras cariñosas me hicieron excitarme todavía más y él tenía razón, debía estar orgullosa de haberlo procreado yo, en cierto sentido era mío, me pertenecía.     Entonces tomé posesión de lo que es mío, baje mis labios y envolví su glande, Marcelo tiritó y emitió un gemido, envolví su cabezota con mi lengua y chupe succionando todo el líquido pre-seminal que emanaba de su verga.     Me la tragué hasta que sus vellos púbicos hicieron cosquillitas en mi nariz, succioné y chupé su pene hasta sentirlo en mi garganta.     El delirio incestuoso volvió a apoderarse de mí, estaba gustando la carne de mi carne.     Esa pequeña cosita que daba pataditas en mi vientre, ahora me regalaba un miembro real para hacerme gozar como una reina, como una hembra.   Creo que después de haberlo tenido nueve meses dentro de mí, era como una merecida recompensa.   Se la chupaba como si mi vida dependiera de eso, escuchaba sus gemidos y gruñidos de macho, mi hijo, todo para mí:

—¡Ssssiiii! … mami, cómete mi verga … chúpamela, mami … haz que me corra en tu boca, mami …

Algunas palabras se entendían, otras se perdían entre quejidos y gemidos, Marcelo había tomado mi cabeza y me enterraba su pija hasta lo más profundo de mi garganta, me provocaba tos y arcadas, pero también su energía me excitaba y quería sentir su joven semen en mi boca.    Tome uno a uno sus cojones, estos estaban pesados llenos de esperma caliente, estaban casi en ebullición, entonces aumente mis chupadas y me puse a pajear su pene con energía, como un relámpago me vino la idea de acogerlo en mis tetas, me incline un poco más y lo puse entre mis senos, mi hijo estiró sus piernas y su cuerpo entero convulsiono enviando chorros y chorros sobre mis tetas.

—Sí, mami … continua así … ¡Oh!, mami … como me gusta …

—¿Te gusta, hijo mío? … ¿Te gusta como mami se come tu verga? … ¿Te gusta bañar a mami con tu lechita? …

—¡Sí!, mamiii … ¡Ssssiiii! …

Me sentí orgullosa de lo que estaba haciendo y fiera de mi talento de hacer gozar a mi hijo, con mi dedo recogí toda su esperma caliente de mis senos y de mi vientre, todo me lo llevé a mi boca, el resto lo limpié con mis propias bragas, luego me incliné sobre su pija que permanecía durita y estrujé con mis manos y succioné con mis labios hasta la última gota de su manjar juvenil.     Lo miré tiernamente mientras ni lengua limpiaba mis labios.

 

Marcelo me tomó por mi cabeza y me hizo subir a sus labios, inserto su lengua en mi como buscando restos de su propio sabor, compartí mi saliva con él cerrando mis ojos y me entregué a esa dulce pasión que él me entregaba, me besaba con adoración absoluta.     Nos quedamos así sin pronunciar palabra.    

 

En los vidrios de la ventana se estrellaban gruesos goterones de lluvia, pero los estruendos se alejaban cada vez más y se hacían dispersos, la tormenta nos había traído un torbellino que nos sobrepasó a ambos y nos había unido en un modo diferente, pero no todo había concluido.

 

Moviendo mi mano a su entrepierna, me encontré con su polla dura como palo, él comenzó a tocar mi panocha, luego se acomodó entre mis muslos.

—Mami … quiero entrar en ti …

Sentí la gruesa cabezota de su glande presionar mis labios vaginales, me hizo estremecer el sentir su miembro a la entrada de mi conchita.   Repentinamente me siento también agobiada por el dilema, ¿lo dejo o no lo dejo entrar en mí?

—Mami … tú también lo quieres … no te resistas … por favor …

Su polla se apoyó en mi clítoris y me dio un golpe de corriente atroz, mi excitación subió al máximo, solo gemí, lo besé y abrí mis piernas.

—¡Sí!, hijo … ¡Ssssiiii! … ¡Cógeme! … ¡Coge a tu madre, hijo mío! …

Entonces él empujó su pene dentro con fuerza, yo le ayudé moviendo mis caderas, cuando lo sentí todo dentro de mí, mi chochito lleno completamente con su verga, me emocioné y algunas lágrimas cayeron de mis ojos, mi hijo regresaba dentro de mí, esta vez como hombre.     Sus bolas chocaban con mi culo y su verga estiraban mis pliegues procurándome un goce demencial con su roce, entonces puse mis manos en su espalda y enrolle mi piernas a su cuerpo, con mi talones en sus glúteos lo empuje todo dentro de mí.

—¡Sí!, tesoro … ¡Métemelo todo! … ¡Has gozar a tu mamita, hijito! …

—¡Lo haré, mami! … ¡Te cogeré hasta cuando tú me digas de detenerme! … ¡Sí que te haré gozar, mami! …

Nunca hombre alguno me hizo sentir como me hacía sentir mi hijo, era un delirio incestuoso alucinante, estaba gozando como una puta caliente.

—¡Sí, hijo! … ¡Entra en mi matriz! … ¡Entra donde te concebí! … ¡Entra donde te formaste! …

—¡Sí, mami! … ¡Es mi lugar! … ¡Me perteneces! … ¡Eres mía, mami! …

—¡Si, cariño! … ¡Hazme tuya! … ¡Tuya para siempre! …

Estábamos envueltos en una ola de pasión abrumadora, la marea incestuosa nos arrastraba por un nuevo derrotero que nos abría nuevas rutas y caminos, estaba animando a mi hijo diciéndole cuanto lo amaba, ya no nos podíamos detener ni tampoco quería hacerlo, él es el hombre de casa y necesita una mujer y yo seré esa mujer.    Él me buscó y me encontró, ahora yo podré enseñarle todos los secretos del sexo, él será mi hombre.

—¡Cógeme, mi niño! … ¡Hazme tu puta! … ¡Hazme gozar, hijo mío! …

—¡Bésame, mamá! …

Una vez más se apoderaron de mi unos temblorcillos alucinantes, me pareció ver luces y estrellas dentro mi cabeza, mis labios se unieron a los suyos y me quemaban, un ardor que rápidamente se diseminó por todo mi cuerpo, su beso apasionado me embriagaba, me parecía estar en una montaña rusa, mi vientre se contraía con vértigos, quería huir de ese abrazo demencial, pero me aferraba a él para no dejarlo ir, flotaba en un océano enfurecido y a merced de esas olas que me estremecían de pies a cabeza, mi tabla de salvación era él, me aferré con todas mis fuerzas a sus brazos, moviendo mi cuerpo, contorsionándome como un saltimbanqui, luego todo se hizo difuso, estaba en una nube que me aprisionaba y me envolvía, mi sexo recibía fuerte golpes y se contraía gozosamente, mi hijo estaba todo dentro de mí, tal como yo lo quería, tal como yo lo necesitaba, comprendí que estábamos cogiendo como hombre y mujer, volví a emocionarme, escondí mi rostro en sus hombros y llore agradecida.

—¡Ssssiiii!, hijo … ¡Ssssiiii! … ¡Córrete dentro de mami! … ¡Imprégname con tu lechita! … ¡Dámela, hijo! … ¡Dámela toda! …

Su lengua resbalaba dentro de mi boca y lo besé más apasionadamente que antes, sus embestidas se hicieron más fuertes y veloces, luego me sentí el vientre que se hinchaba y calentaba, sus chorros hirvientes comenzaron a llenarme, casi me volví loca tironeándolo y zarandeándolo para que eyaculara a mares dentro mi matriz, de pronto quise que me preñara.      Continué a besarlo y estrecharlo a mis pechos, total ahora era mi hombre.     Exhausto, el se deslizó a mi lado, su pene me hizo cosquillas al deslizarse fuera de mi y su esperma tibia comenzó a escurrir por mis muslos.

—¡Mami! … ¿Lo haremos de nuevo verdad? …

—¡Sí, hijo! … ningún hombre volverá a tocarme, solo tú … es más, me gustaría que me consideraras como tu mujer … tú serás mi hombre y lo haremos todas las veces que quieras …

¡Oh!, mami … te amo …

—Yo también, hijo … yo también …

Nos besamos y nos abrazamos, descansamos un poco y después continuamos a amarnos carnalmente por toda la noche como verdaderos amantes.     Adoro a mi hijo al punto que me he entregado a él por completo, todo mi ser le pertenece.

 

Ahora estoy con un atraso de casi tres semanas y él no lo sabe, soy de él en todos los sentidos y más que nunca dispuesta a ser la madre de sus hijos.

 

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Rojo Encendido.
Rebeca.

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