Adolescentes | Fantasía | Romance | Ciencia Ficción
Belanjio es un joven cadete que hace parte de un grupo clandestino con chicas de una hermandad.
©Stregoika 2023
1 – La Escuela Militar y La Hermandad
Un pasillo inmenso limitado por pilares que sostenían arcos de ladrillo rústico. Parecía más viejo de lo que en verdad era, de manera intencional. No había acabados ni pañete, pero sí enredaderas floridas conquistando las ranuras entre los tabiques. Algunas ya habían llegado a la mitad de la altura de los arcos. Más allá del pasillo, la luz del sol hacía resplandecer el jardín y la fuente en medio. El contraste con la fresca penumbra del pasillo se volvía cegadora hasta que alguna nube traviesa escondiera al astro rey.
No obstante la atípica belleza del lugar, este prestaba servicio para fines no necesariamente estéticos. Allí devenían los quehaceres de una Escuela Militar. Los jóvenes llenaban los espacios, vestidos todos de negro con cuellos rectos y cortes de cabello muy a ras. La única cosa que rompiere la monotonía de sus uniformes eran las inscripciones de color gris con el nombre de su escuela. Se trataba de caracteres que para ojos de un profano, como usted y como yo, no pasaban de ser caprichosos trazos cruzándose al azar.
Pero había días en que el negro mate de la marea humana que formaban los estudiantes se alegraba con algunos puntos de angelical blanco. La escuela era visitada con relativa asiduidad por algunas las chicas del La Hermandad de Artemisa, instalada en el otro extremo de la pequeña ciudad rural de Zarabanda, donde ambas instituciones existían. Al principio, la presencia de las estudiantes no tenía una causa conocida por la población masculina local. Igual no la necesitaban para formar cómicos alborotos al ver los grupos de cuatro a seis muchachas entrando a sus dominios. Parecía que todos ellos se enamoraban de las visitantes con solo verlas. Y es que además del color blanco de sus vestidos, ellas mismas eran de piel blanca, rubias y zarcas. Entre los internos de la Escuela Militar no figuraba ninguno con tales características. Todos eran de piel trigueña y cabello castaño o negro. Era como si los extremos este y oeste de aquél poblado fueran lo que en nuestro mundo son continentes diferentes. Pero eso era lo natural allá.
2 – El mural de peces
Uno de los muros que cobijaba con sombra al comedor de la Escuela Militar, estaba garabateado de lado a lado con dibujos. Los altos mandos siempre creyeron que aquello era arte aportado por uno de los estudiantes: Chiribiku. Pero no era arte, era burla. A la mirada de un ajeno, el muro se vería como la representación abstracta de un estanque, puesto que todos los dibujos eran de peces. Sin embargo los estudiantes sabían que cada pez representaba a algún alumno, y tenía muy bien marcadas las gracias que hacía especial a ese alguien. A Serenye, se le identificaba porque su respectivo pez tenía gruesos lentes; a Asrael, porque su pez tenía dientes de conejo; a Cuzumbo, porque su pez estaba durmiendo y a Píciril porque su pez era gordo. Casi todos tenían su pez pintado por Chiribiku, y quienes no lo tenían, aguardaban temerosamente el suyo.
Los jóvenes cadetes sabían que Chiribiku, aún pareciendo tosco y agresivo, tenía como intención mantenerse a salvo de otros. Su mayor hazaña en la vida había sido y bien, podría serlo siempre, ese mural. Así que su obra pasó a ser percibida por la comunidad como aquella expresión de Chiribiku que de ninguna otra forma hallarían, luego; no solo se la permitieron sino que la celebraban, con discreción.
3 – Málore
Belanjio estaba cautivado por una de las esporádicas visitantes en especial. A ellas no las dejaban inmiscuirse con los estudiantes, sino que las mantenían celosamente aisladas con un cerco humano hecho por sus maestras, que vestían de colores oscuros y usaban el cabello peinado con bolas. Pero los vestidos eran casi iguales a los de las niñas de La Hermandad, con faldones hasta el piso, con mangas largas, hombros apompados y cuellos altos.
Algunos rumoreaban que las preciosas miembros de La Hermandad de Artemisa venían a la Escuela Militar a usar los talleres de ebanistería para aprender a reparar sus muebles. Otros decían que iban inspeccionar la arquitectura para copiarla en su edificio. Pero los unos le hallaban decenas de ‘peros’ a las teorías de los otros y siempre convertían sus airados debates en tertulias a ojo perdido, hablando de aquella que más les gustaba. Fue así como se dieron cuenta que había dos chicas que siempre estaban, mientras que las otras siempre rotaban. Una de ellas era quien tenía cautivo el corazón de Belanjio, y su amiga, mantenía presa la atención de Serenye.
Un buen día, en medio de clases, Belanjio y Serenye decidieron arriesgarse y tomarse un tiempo para escabullirse antes de su siguiente compromiso académico. La intención era, lógicamente, acercarse a donde estaban las agraciadas visitantes, verlas un rato y tener luego de qué alardear con la pandilla. Se aproximaron con disimulo a la puerta semicircular de madera y robustos remaches de hierro que las separaba del mundo exterior plagado de cadetes. Resguardándola, se encontraba una de sus institutrices, erguida y circunspecta, como veladora de cementerio. Ojeó a los aventados espías y le bastó con la frialdad de su lacónica mirada para desanimarlos. Belanjio y Serenye siguieron derecho, como si fueran a alguna parte, pero antes de dar muchos pasos más, la pesada puerta rechinó para abrirse. Las primeras en asomarse fueron precisamente sus dos amores, y habrían pasado directo afuera de no ser por el brazo férreo de la institutriz que se interpuso como talanquera.
—Aquí no está nadie a quien puedan estar buscando —espetó.
Las chicas rieron con disimulo entre sus manos. Sin más remedio, amenazados por la obvia posibilidad de ser delatados y metidos en problemas con sus propios maestros, los enamoradizos cadetes enderezaron la espalda a un punto innecesario, y siguieron adelante casi de forma robótica.
Más adelante, a salvo de la audición y casi de la vista de la temeraria nodriza, Belanjio comentó entre los dientes:
—Esto va a estar difícil. Mejor nos vamos a clase.
—Eres un cobarde, Belanjio. Te asusta una vieja de vestido —condenó Serenye.
Entonces doblaron la esquina de la nave interior del edificio y Serenye tuvo qué tragarse sus palabras, pues delante de ellos aparecieron ambas chicas y él se quedó petrificado. Podría decirse que convertido en un retrato de sí mismo.
—Nos hemos arrastrado hasta aquí. Solo tenemos un minuto. Yo soy Málore —dijo aquella que hacía suspirar a Belanjio, cuyos ojos lucían como el cielo veraniego y cuyo cabello parecía hilo de oro.
—A mí pueden llamarme Kishi —dijo la otra, con cabello color sangre, ojos grises y pecas.
—Yo soy Belanjio, y este mudo es Serenye.
—¡Oh! —exclamó Kishi— Hola Serenye —agregó, abriendo mucho la boca y gesticulando ampliamente.
—Dijo que mudo, no que sordo —aseveró Málore viendo a Kishi con los ojos a media luz—. Y tampoco es mudo de verdad, solo está nervioso porque le gustas.
A eso siguió un chillido de Serenye como si se desinflara una llanta. Afortunadamente para él, la escena terminó pronto porque los cuatro se dieron cuenta que estaban siendo observados por un par de pequeños ojos desde el otro lado del pasillo. Nada menos que aquél tozudo e hirsuto gorila de Chiribiku.
4 – Lord Falcon Fester
Con la nueva, aunque secreta amistad trabada, empezó a hilvanarse de a pocos la verdadera razón por la que las siempre bonitas miembros de La Hermandad de Artemisa visitaran la Escuela Militar de Zarabanda. Lamentablemente, era algo confidencial, y contaba con una coartada: La Hermandad de Artemisa estaría estudiando la posibilidad de ingresar chicas a la Escuela Militar, y no estarían haciendo nada diferente ni más allá de estudiar el ambiente. Gran historia.
Al cabo de algunas semanas de encuentros furtivos, las dos parejas ya habían compartido bastante información, no obstante de las intenciones dispares. Ellos trataban de gustarles a ellas y ellas, de gustarles menos. Y tenían una buena razón, que al fin una tarde salió a la luz, al menos para Belanjio y Serenye.
Los cuatro se habían acomodado en un balcón con vista al norte. La escuela tenía su muro norte elevado sobre un desfiladero, así que la vista era majestuosa. Se veían las granjas de los habitantes de Zarabanda y sus cultivos labrados en la tierra como por obra de una cuidadosa mano gigante. Algunas nubes flotaban libres de la presión del tiempo.
—Nosotros queremos ir su hermandad —propuso Belanjio.
—Me temo que eso es imposible —se lamentó Málore.
—¿Por qué? En cambio ¿Cómo no es imposible que ustedes vengan aquí?
—No me digas que ya no quieres ser cadete y quieres ser institutriz —apuntó Kishi.
Todos rieron.
—El día que vea a Belanjio en faldas, arrojo mis lentes por este balcón. No querré volver a ver nada otra vez —se burló Serenye.
—Obvio, no digo ir a ser parte de La Hermandad de Artemisa —se defendió Belanjio—, sino ir de visita. Ustedes vienen, y no solo por visitar, sino porque que quieren algún día también poder ser cadetes ¿no?
El ambiente ameno cayó como por una cascada. Las chicas se miraron y ya no reían, incluso Kishi metió un par de uñas entre sus sanguíneos cabellos para rascarse.
—Nosotras no venimos a nada de eso —dijo Kishi—. Venimos a investigar.
—¡Calla! —exclamó Málore, levantando una mano y manteniéndola esgrimida en el aire.
Kishi respondió a la reprimenda y bajó la mirada, volviendo a unir sus manos en su regazo. Entonces Málore tomó la palabra:
—Ha habido desapariciones en nuestra hermandad.
Ante la declaración, Kishi abrió los ojos como tasas.
—Tenemos sospechas —siguió Málore— de que aquí también las habrá.
—¡Calla! —exclamó esta vez Kishi, levantando una mano y manteniéndola esgrimida en el aire.
Málore apretó los labios en señal de desacuerdo y miró hacia la nada. Luego de un segundo, ambas dijeron al unísono:
—Creemos que Lord Falcon Fester puede ser el responsable —se miraron la una a la otra y agregaron con fuerza— ¡Calla!
—¡Lord Falcon Fester! —Belanjio se puso de pie de un brinco.
—Sí, aunque no lo creas —dijo calmadamente Kishi.
—Esa es solo una vieja historia, contada por viejos —apuntó Serenye, acomodándose las gafas con un leve empujón dactilar.
—Pues me temo que cuando seamos viejos, la vamos a contar también, remató Málore.
5 – El globo raptor
La gente muy mayor de Zarabanda, aquellos que tenían los ojos ocultos tras varias capas de bolsas y podían casi pegar puntas de nariz y quijada gracias a la ausencia de dientes, hablaban en sus reuniones de Lord Falcon Fester. Por entonces, Falcon Fester no sería sino un insignificante criminal común. Había quienes lo habían visto e incluso alguno que aseveraba haber sostenido una fiera batalla con él. Supuestamente, este alguien lo hubo vuelto objeto de tan dura paliza que Fester jamás volvió a aparecerse… por tierra. Desde entonces hubo un número modesto de avistamientos de un globo aerostático que les recordaba a todos la fea vestimenta del Lord, con franjas color escarlata, ocre y marrón. Igual que sus desentonados pantalones. Pero si algo confirmaba que dicha aeronave fuera obra de Falcon, sería el hecho que tras cada aparición, salían simultáneamente de sus casas mujeres reportando que sus hijos ya no estaban. «Allí arriba no podemos agarralo a palos, y los tiros de nuestras carabinas no llegan hasta allí arriba» se lamentaban los hombres.
Sin embargo, con el paso de las décadas, el feo globo dejó de ser visto, los desgraciados raptos pararon y la historia se convirtió en leyenda.
6 – Christa
—Una chica de La Hermandad desapareció —contó Kishi—. Christa, se llamaba.
La Hermandad de Artemisa funcionaba en un edificio de contingentes alternados con arboledas de saucos y mortiños. El único bloque cuya altura sobrepasaba a los contingentes era el templo, con una torre campanaria de techo cónico, erguida con un muro circular en forma de cuello de botella.
Christa era ingeniera, pero dividía sus días para todas su pasiones y también jugaba bádminton y practicaba esgrima. Le gustaba ir a ver el atardecer desde la torre de la campana. Una desgraciada noche, Christa simplemente nunca bajó otra vez. La buscaron por todas partes, en La Hermandad de Artemisa y en toda Zarabanda.
—Las primeras veces que vinimos aquí teníamos la pálida esperanza de saber algo de ella —añadió Málore al relato de Kishi.
—Oí de eso, fue muy triste —apuntó Belanjio. Pero, si no supieron nada más ¿Cómo es que creen que Falcon tiene algo qué ver?
Málore y Kishi intercambiaron una mirada de acierto, seguida por una exhalación de resignación.
—Una de las niñas entrantes —Empezó Kishi—….
—O sea, una de las más jóvenes —interrumpió Málore.
—Sí. …dijo haber visto un globo en el cielo, la mañana del día que desapareció Christa. Nuestra institutriz…
—Oleandra, se llama la Institutriz Oleandra —Interrumpió otra vez Málore.
—Sí. …después le dijo al carretero…
—Que es su hermano —de nueva cuenta Málore, interrumpiendo.
—Que lo primero que pensó cuando la niña entrante habló del globo, fue en las leyendas de Falcon. Y que después, cuando Christa desapareció, se puso como histérica. Si hasta quiso dejar la fraternidad…
—Porque se sentía culpable —interrumpió Málore, una vez más.
—¡Deja ya de interrumpirme! —exclamó Kishi.
Málore irguió la espalda y comprimió los labios.
—Está bien, está bien —dijo Belanjio—. Y por qué creen que, suponiendo —hizo cara de teatral hipérbole— que sea Lord Falcon Fester ¿vaya a atacar también acá?
—Málore alzó la mano, pidiendo la palabra.
—Habla pues —exhaló Kishi, dejando descolgar los hombros.
—¡Nuestra hermandad —sacó mucho el pecho— y vuestra Escuela de Cadetes son las instituciones de más alta exigencia en Zarabanda y ¡toda la región!
—Gracias, pero… Y ¿Qué hay con eso? —quiso saber Serenye.
—En las viejas leyendas, con las apariciones de Fester, siempre los que se perdían eran los niños con habilidades notorias —explicó Málore.
—O sea que si Fester quisiera discípulos ahora… buscaría en La Hermandad de Artemisa, o aquí en la Escuela Militar—razonó Belanjio.
—E-xac-to —Kishi lo señaló con el dedo. Christa era de las mejores, si no la mejor. Y lo peor, todavía, es que aquí nuestra amiga —señaló a Málore—, también es muy inteligente y talentosa.
«Además de hermosa» pensó Belanjio.
—Y tiene la costumbre de armar historias. Pero nadie se las cree —añadió Kishi con una mueca—. Pero va a haber muchas novelas de ella, ya verán.
—Para, Kish, o harás que me sonroje.
—Tú no te sonrojas ni metiendo la cara al fuego.
Málore reprimió una sonrisa de complacencia, parpadeó y elevó la mirada.
—No seas jachosa, estás en peligro, tarada —espetó Kishi.
—Sí, en peligro, por ser buena.
Serenye se puso de pie y dio la vuelta. Ya de espaldas, dijo:
—Pues a mí no me haría gracia.
Ante la caras largas de ellas, Belanjio explicó:
—Serenye y yo también somos de los mejores de aquí —entonces bajó la mirada y habló con su pecho—: Se siente raro decirlo.
Kishi rajó en dos con la mirada a Málore y le dijo:
—¿Ves? Aprende humildad.
7 – Balcón con vista a Sivirk
El tiempo avanzó sin la menor culpa. Belanjio y su pandilla ya casi no andaban juntos, sino que él y Serenye pasaban tiempo de más reunidos con Málore y Kishi.
—El señor Belanjio —escupió Cuzumbo—, tal vez pueda rendirnos dignidad con vuestra presencia hoy en la tarde ¡su majestad! Claro, poniendo siempre primero que no tenga compromisos con las de La Hermandad de Artemisa.
Acababan de toparse de soslayo al superar una esquina. Con Cuzumbo venía Asrael, que comentó:
—No pierdas tiempo, Cuzu, ese ya ni para pelear sirve. Apuesto que se volvió de esos que dice —unió las piernas como señorita, levantó una mano con el meñique extendido y habló afeminadamente—: «No tengo tiempo para pelear».
Los dos rieron a mandíbula partida.
Belanjio los vio a ambos de abajo a arriba y de vuelta, reconociendo que extrañaba sus pícaras compañías y las andanzas que emprendían. Pero ahora ya nada podía equipararse con Málore. Así que dijo:
—Lo siento, no tengo tiempo para pelear —y siguió de largo.
Cuzumbo y Asrael quedaron ahí con la risa borrada, parados, peor que si los hubieran apaleado. Entonces se unió a ellos Píciril, a ver a Belanjio alejarse. Dijo:
—Hagámonos amigos de Chiribiku y hagamos que le dé una pela.
—Me sumo a tu idea, Picil —dijo Asrael— ¿Tú qué dices, Cuzu?
Su respuesta los sorprendió:
—Yo no necesito a Chiribiku —dijo, arremangándose.
Era día de Venus en la tarde, por lo que no había tediosos deberes, o no había deberes que importaran. Y si los había, su importancia quedaría pospuesta para el día de Andrómeda. La Escuela Militar de Zarabanda se convirtió ese día en una feria social. Hasta un viejo gramófono de dos pisos de alto decoraba al ambiente con música de orquesta.
—Hola, temía que no llegaras —dijo Málore.
La cita, que como todos sus encuentros devenía en celoso secreto, tenía como lugar pactado, el mural de peces alegóricos.
—¿Cuál es tu pez?
—Adivina.
Málore escrutó de lado a lado el mural y al fin eligió un pez.
—Es ése ¡no hay duda!
Se trataba de un pez sosteniendo una corneta con una aleta y hablando a través de ella.
—¿Es tan obvio?
—Sí, parece que eres una especie de líder.
—No quiero que me vean como eso. Más bien quisiera que no necesitaran uno.
Ante el comentario de semejante talante, Málore se desentendió del mural y fijó sus ojos en Belanjio.
—¡Puff! Sí eres de los mejores.
Nunca habían sostenido sus temblorosas miradas por tanto tiempo, y menos estado a solas.
—Y a ti ¿por qué te consideran de las mejores?
Empezaron a andar.
—No soy nada de eso —entornó los labios—. A Kishi le parece, ella me quiere mucho. Eso es todo. A Christa la consideraban una campeona, pero no por sus máquinas o los deportes, sino porque enseñaba voluntariamente a las entrantes. En La Hermandad de Artemisa nos fijamos en cosas más espirituales.
—Wow.
—Pero… —se apresuró a explicar— no quiero decir que su escuela me parezca frívola. Por ejemplo, allá no hay nada como el mural de peces. Es muy gracioso, bonito y… es un monumento vuestro, hecho por ustedes mismos.
—Sí, lo es.
Ambos siguieron camino escalinatas arriba, hacia uno de los balcones que miraba hacia Zarabanda. Se veía esta y más allá, la cordillera y el pico más alto, la montaña Sivirk. El sol apenas empezaba a tocar el horizonte, como los dedos de un amante joven en la primera caricia que le haga a su primer amor. El contacto no era perceptible. Podía haberlo, podía no haberlo. Entre Málore y Belanjio las cosas estaban igual: Podía que sí, o que no. Podría ocurrir una caricia, o no. Podía tener lugar un beso, o no. Como fuere, allá fue Belanjio llevando de la mano a Málore, a aquel balcón desierto, donde pronto el calor del sol se esfumaría y les haría necesario acercarse un poco más el uno al otro. Todo era perfecto. El sol no se regresaría camino al cenit para arruinar sus planes. Nada podría salir mal.
La vista de Zarabanda desde aquél balcón era mágica. Lo último de la luz del día aún colgaba del cielo y caía con lentitud hasta disolverse con la nada y convertirse, primero en penumbra y luego en oscuridad. Las luces de candelabros y velas en las casas y hospedajes titilaban como si fuesen un reflejo de las nacientes estrellas.
Belanjio se animó y tomó entre las suyas una mano de Málore. Sentía un nudo en el estómago que le impedía hasta hablar. Belanjio podía dirigirse a la Escuela de Cadetes completa sin temblar, pero ante Málore estaba hecho una hoja de otoño.
—Tienes manos, tienes las manos… intactas.
—¿Qué?
—O sea que… —aclaró la garganta— Yo nunca había visto unas manos así. Aquí construimos cosas, trepamos por sogas y reparamos máquinas.
—Nosotras sí trabajamos.
—Yo sé que sí —aclaró Belanjio—. Pero parece que tus manos fueran destinadas a no tener rastros de trabajo ni cicatrices.
La acarició.
—Apuesto a que puedes desarmar un motor, limpiarlo y volverlo a armar; y al otro día tus manos estarían, así…
—Te estás esforzando DEMASIADO para decir que te gustan mis manos —sonrió Málore.
Belanjio resopló y ella extendió sus sonrisa.
—Gracias —le dijo, acercando su rostro al de él.
Belanjio no podía más echar mano de su virtud de buen orador. Parecía ya no haber cabida a palabras. Ahí, bajo el cielo tiñéndose de negri-azul y Zarabanda como testigos, se decidió a besarla. Estiró el pescuezo y los labios, pero Málore se puso de un solo golpe de pie y gritó:
—¡Esto no puede ser!
A lo que Belanjio reaccionó, poniéndose también de pie y pidiendo disculpas más rápido que un jet de combate.
—¡No seas tonto! Mira —Málore señaló el cielo.
Un feo globo de franjas verticales escarlata, ocre y marrón, como unos pantalones de mal gusto, flotaba parsimoniosamente a una altura apenas concebible. Se habría podido ocultar de la vista tan solo con una caja de fósforos. Se veía en la parte azul claro del cielo que todavía destellaba, y se delataba a sí mismo por los fogonazos de su elevador de gas. Belanjio levantó su mano y lo señaló, tratando inútilmente de articular alguna palabra.
—¡Vamos por Kishi y Serenye! —exclamó ella.
Emprendieron súbita carrera pero de manera igual de inesperada, Málore paró y detuvo casi con violencia a Belanjio. Entonces le dio el beso que había sido interrumpido segundos atrás.
—¡Vamos! —dijo ella y retomó la carrera.
Pero Belanjio no reaccionó, sólo se quedó ahí como poste. Ella tuvo que regresar y halarlo.
8 – Medalla Falsa
Muy pocos habían visto cualquier cosa en el cielo, y de entre ellos, se podía contar con media mano a quienes afirmaban que tal cosa fuera un globo, y menos el globo raptor. Pero Málore y Belanjio sabían lo que habían visto. En pocos días se hubo formado una cofradía cuya pretensión apuntaba a derribar el globo y capturar a Lord Falcon Fester, compuesta de valientes miembros de La Hermandad de Artemisa de Zarabanda y La Escuela Militar. Incluso estaba enlistada en ella la institutriz Oleandra.
Los miembros del grupo seguían moviéndose con cautela en ambas instituciones, pareciendo hacer otras cosas, pero tendiéndole una trampa al Lord y planeando su apañada. Para los demás, cualquier asunto relacionado con Falcon era pura histeria.
—Esta es tu oportunidad, Chiribiku —Le dijo Belanjio al Grandulón, ajustándole las solapas y palmeándole un hombro.
Del rostro del adusto artista apenas sí se boceteó una tenue sonrisa. Suficiente para lo que podía esperarse de él.
La reunión arcana ocurría bajo Tierra, en las entrañas de la Escuela Militar.
—A..gradezco… a mis supe… riores… por tan hon… rosa… mención —dijo Chiribiku.
—Cada vez lo hace mejor —dijo Serenye.
—Baja del podio —le ordenó Málore.
—Muy bien —dijo Kishi, limpiándose el sudor imaginario de la frente—, ya han sido catorce ensayos para que Chiribiku diga eso. Creo que estamos listos.
La ceremonia de premiación ocurriría a la luz al día siguiente. La sociedad secreta de cazadores de Lord Falcon Fester se las arregló para que en la Escuela Militar celebraran un campeonato de fuerza bruta. Así, Chiribiku ganaría indudablemente.
La tarea titánica de Belanjio y Málore fue hacer que desde el cielo, pareciera que el concurrido certamen fuera sobre ingenio. Construyeron sendas máquinas perforadoras de suelos con brocas de punta desviada, vehículos super-sónicos a vapor y máquinas de hacer puentes cantilever. Todo de lo más grande, para que fuese tentador desde la posible perspectiva de un viajero aéreo a quien pudieran interesarle los genios. También construyeron un lanza-cohetes de agua a presión, pero este sí estaba escondido. Trabajaron con modelos a escala por semanas para ajustar las trayectorias y afinar la puntería del artefacto.
En los últimos momentos la ansiedad se les notaba en el rostro.
—Esto no puede no funcionar —dijo Málore, con un adusto aire de melancolía.
—Va a funcionar.
—Todo esto nos hubiera costado la mitad del tiempo si Christa estuviese aquí —sollozó.
Belanjio la abrazó.
—Si Christa estuviera aquí, estaría muy orgullosa de ti.
Después de verse unos segundos a los ojos, se dieron un beso. Fueron sorprendidos por Kishi, quien en una madura maniobra, evitó hacer cualquier imprudente ruido y volvió por donde entró.
—¿Y Málore? —Le preguntó Serenye.
—Sí está, pero no está disponible —dijo ella, y se lo llevó de la mano.
9 – Genio caído
Los directivos de La Escuela Militar de Zarabanda se divertían preguntándose entre ellos la razón de ambientar un torneo de fuerza bruta, cuyo objeto no era otro sino el ocio, con magníficas piezas de ingeniería.
Chiribiku, como era de esperarse, superó a cuanto participante había y al final se paró en el podio. Al fin parecía sonreír de verdad. Miraba a todo mundo y se limpiaba las palmas de las manos en los costados del pantalón, sin dejar de sonreír de forma infantil. Málore y Belanjio estaban entre quienes escrutaban el cielo con binoculares desde las sombras. Ella estaba en el costado norte, por el desfiladero, y él en el costado sur, de cara al pueblo.
La premiación tuvo lugar.
«¡Ya bájese!» Le gritaban a Chiribiku desde las tribunas. «No se va a bajar nunca porque nunca se volvería a subir». Gritaron luego. El tozudo cadete sintió lentamente la pena necesaria para bajarse del podio, así que Kishi salió al rescate de la misión. Se paró en frente del podio y animó a todos a cantar con ella: «¡Chiri-biku, Chiri-biku…!». En unos segundos, toda la Escuela Militar y su concurrencia procedente de La Hermandad de Artemisa estaba a una sola voz alentando al joven artista.
El globo apareció en el cielo. Todos quienes tuvieran binoculares salieron corriendo a ocupar sus posiciones estratégicas. El techo de un toldo cayó y dejó ver las puntas de varios cohetes. Al otro lado de la escuela, otra lanzadera de madera fue movida a su posición sobre ruedas y en medio de rechinidos.
Chiribiku sintió más pena por el apoyo que por la burla. Por eso, Kishi tuvo que empelar todas sus fuerzas para mantenerlo en el podio. El globo se acercaba a estar sobre él.
—¡Esperen, esperen a que esté quieto! Si disparamos antes solo lo pondríamos sobre-aviso —le gritó Belanjio a su primer oficial. Las miras de las lanzaderas apuntaban a sobre el podio, y el globo se acercaba con lentitud a ponerse en la mira.
—¡Preparados!
El globo se acababa de poner en la línea de tiro. De la parte inferior del canasto se abrió una pequeña compuerta y de ella emergió una luz que apenas si pudo apaciguar el sol. Chiribiku miró hacia arriba con los ojos apachurrados y con el pródromo del miedo germinando en sus tripas.
—¡Disparen! —ordenó Málore a voz en trueno.
Ya nadie gritaba, pues todos estaban atónitos con la presencia del chillón globo tricolor. No obstante volvieron a gritar cuando unos seis cohetes salieron desde tierra en dirección al globo, como un espectáculo aéreo. Los dos primeros fallaron, pero todas las posibilidades estaban cubiertas por los cálculos de los ingenieros. Por eso lanzaron seis cohetes. El tercero y el cuarto acertaron en el centro del globo, pinchándolo. La aeronave empezó a caer lentamente, un poco más rápido a medida que el aire caliente se escapaba igual que fluido vital. Todos en la Escuela Militar corrían sin dirección, excepto los miembros del grupo de búsqueda. Ellos corrieron al lugar donde se veía que iba a caer el globo, con la intención de no dejar escapar al tan solicitado Lord Falcon Fester.
Málore también corrió, haciendo que su amplia falda volara como en un huracán. Su cabello de oro hacía olas brillantes mientras ella casi volaba. Entonces oyó un par de gritos que la hicieron detener en seco:
«¡Christa, es Christa!». Parada en medio de los prados, Málore miraba al lugar de donde venían los gritos de sus cofrades de hermandad y luego a donde el globo acababa de caer a lo lejos. «¡Christa, Christa!». Málore cambió de rumbo e incluso corrió más rápido que la primera vez. El rastro de los gritos la condujo al interior de la escuela, donde varios miembros de ambas escuelas rodeaban nada menos que a Christa, y otros muchos corrían.
—¡Christa! —gritó Málore.
—¡Málore! ¡No vengas, no vengas!
Varias estudiantes de La Hermandad custodiaban a Christa. Málore aun podía oír gritos provenientes de muy cerca: «Falcon ¡aquí está Falcon!». Sin dudarlo, la joven emprendió carrera para ayudar a aprehender al escurridizo raptor.
—¡Corrió por acá! —le dijo un cadete.
Al parecer Falcon había brincado un muro y entrado a los talleres de la escuela. Ella y varios cadetes también lo saltaron. Detrás tuvieron que separarse para buscar al Lord. Málore entró al taller de ebanistería y miró bajo cada butaca, mesa y máquina. Después de dos segundos, vio un bulto cubierto bajo una mesa. Parecía un saco de aserrín, pero ella dudó. Se acercó decididamente con la intención de volcarlo, pero antes que pudiera tocarle, una mano salió de la nada y le tapó la boca. Al siguiente instante, Málore, sin poder gritar, estaba fuertemente amaniatada por Lord Falcon Fester.
—¿Creíste que estabas cazándome? Yo estaba cazándote a ti, querida.
El pequeño regordete criminal arrastraba a Málore a lo largo del taller.
—¿Creíste que poniendo a un animal salvaje como carnada en vez de a un genio iban a atraparme? ¿Todo esto lo fraguaste tú? Pues tú eres la genio que me llevo hoy.
10 – Caída al abismo
El rotundo fracaso de la operación, el abusivo engaño a los altos mandos y la puesta en peligro de los cadetes era motivo más que suficiente para expulsar a Belanjio y Serenye de la Escuela Militar. Se discutía el destino de Chiribiku. De La Hermandad de Artemisa, Kishi fue expulsada. También lo fueron todas quienes participaron en la misión. Las relaciones entre las dos escuelas ya no tenían futuro alguno y Zarabanda entera lamentaba con lodosa vergüenza lo ocurrido.
Pero nada podía tener la menor importancia para Belanjio. Los altos mandos le vociferaban a centímetros de la cara, pero él ni se inmutaba. Su cabeza y su corazón destrozado estaban donde sea que fuere que Málore estuviera. Sentía como si le hubiesen amputado medio cuerpo, que la vida ya no tenía sentido. Como si todo por lo que creía que valía la pena vivir, hubiese desaparecido así porque sí. Como si a un niño pequeño le mataran a su madre en frente. Una ruptura interior sin remedio ni reversa. Peor que la muerte, quizá algo para lo que, la muerte valía la pena como salida.
A Christa la habían tomado en custodia sus institutrices y no se sabía más de ella, excepto los rumores de quienes la rodearon durante su críptica re-aparición. En el corto momento que pasó en enfermería, durante la desaparición de Málore, Christa fue interrogada por cadetes y estos reportaron que la chica estuvo cautiva y era obligada a diseñar máquinas horriblemente destructivas.
La vida fuera de la Escuela Militar, en la Zarabanda civil, era algo que Belanjio y Serenye ya habían olvidado. Y sobre todo iba a ser difícil en aquél espantoso estado de desolación. Belanjio apenas había pronunciado palabra desde que supo que Málore había desaparecido sin remedio. Pasó horrores durante semanas al ver los atardeceres. Bajo cada cielo arrebolado sentía tanta hiel en las tripas que pensó hasta en quitarse la vida, para no sentir más aquella inmundicia. Y un día finalmente se decidió. Caminó hacia la escuela y subió por fuera de ella hasta el conocido muro norte, pretendiendo ubicarse en lo alto del desfiladero. No quería correr riesgos, así que se apuntó valientemente a conquistar el punto cumbre, aún cuando era tan difícil, porque había muy poco espacio para poner los pies donde empezaba el muro y terminaba el abismo. Y ahí estaba, avanzando de lado, abrazando el muro de piedra, cuando escuchó:
—¿Qué haces, idiota?
«Bueno, finalmente me he vuelto loco» se dijo Belanjio. «Una razón más para no desistir». Y dio un paso más.
—¡Si sigues abrazando ese muro voy a pensar que lo quieres más que a mí!
«¿Cuando uno se vuelve loco, puede uno burlarse de sí mismo?» se preguntó Belanjio. Así que volteó a ver si la voz venía de algún lugar fuera de su cabeza. Y sí, allí en la parte ancha de la cuesta, antes que empezara el muro, estaba parada Málore. Le ondeaba una mano con mucha simpatía. Llevaba un vestido negro y un peto azul oscuro que le contrastaban tremendo con su pelo dorado. Invadido por la felicidad, Belanjio respondió el saludo pero al hacerlo perdió agarre y cayó.
11 – Celos por Christa
Se oía música y se veían colores. Un fondo marrón daba firme sustento al azul, negro y dorado de una amable figura que se le acercaba a Belanjio. Pero todo estaba desenfocado, podía ser cualquier cosa. Además, un aroma tibio a chocolate acariciaba el ambiente.
—Belanjio, ya volviste —dijo Málore—. Tal vez debas anotar en una libretita que no es prudente saludar batiendo tu mano cuando estás al borde de un precipicio.
Él despertó y de un brinco quedó abrazándola.
—¡MÁLORE!
Fue la sensación más extraña que Belanjio no hubiere imaginado tener ni en sus más ociosas horas. Recuperar lo más preciado y tener la vida de vuelta… eso no pasaba ni en las fofas novelas que leían las del club de literatura de La Hermandad de Artemisa. Tendría más sentido y hasta estética, haber muerto en el desfiladero y haberse reunido con ella en el más allá. «Ay, no…» pensó Belanjio.
—¿Qué lugar es este, —preguntó— morí?
—Te dije que las chicas de La Hermandad de Artemisa sí sabíamos trabajar. O ¿qué creíste? ¿qué sólo nos enseñan a remendar? Este no es el cielo, ni el infierno. Es mi escondite.
Se trataba de una abrigada y acogedora cabaña levantada con madera que notoriamente era de roble. Y tenía cocina, una cama tendida con un frondoso cubre-lecho de flores en tonos pastel y también disponía de un gramófono en una mesita rústica.
—Tengo mucho qué contarte. Y luego te compondrás y volverás a las armas —agregó Málore aputalándolo con el índice.
Él replicó lanzándose otra vez sobre ella y llenándole de besos el costado de la cara.
Al rato, Belanjio tomaba un baño a cutadas metido en un petate. Con cada tasada de vaporosa agua que se aventaba, parecían irse sus penas a raudales. El petate estaba ubicado en el exterior de la cabaña, entre ésta y un inmenso roble cuya sombra cubría parcialmente la rústica construcción. Tenía un columpio sujetado por brillantes cadenas, con una bonita silla con espaldar, de estacas pintadas de blanco.
—Tuvieron tiempo para todo ¿no? —comentó él mientras se secaba los pies.
—¿Por qué lo dices? —preguntó ella desde lo lejos.
—Construyeron un columpio en tu escondite.
—Ah, no, ese columpio lleva ahí muchos años.
Belanjio resbaló con el agua jabonosa de su baño y cayó. Al levantarse, revisó otra vez su cuerpo entero como si no diera crédito a que estuviese intacto. Terminó su escrutinio con una encogida simultánea de ojos y de hombros.
—Fester ha reclutado jóvenes con talento —contó Málore— para las ciencias y la ingeniería por años, obsesionado con la idea de formar un ejército indestructible. No hace falta añadir que está chiflado.
Los jóvenes amantes estaban de lados opuestos de una mesa alumbrados no más que por una vela de cera animal, a punto de extinguirse.
—¿Qué diantres pasó el día del certamen falso? —preguntó él.
—Cometimos un error fatal. El maldito Fester es más listo de lo que creíamos.
—¿Cuál error?
—En La Hermandad de Artemisa desarrollamos las brocas de punta desviada por una serendipia. La institutriz Oleandra casi pierde un ojo cuando usó una broca doblada para abrirle un agujero a una maceta. Varias de las chicas se asombraron de que una broca con la punta torcida pudiera abrir el hueco con tanta eficiencia, prácticamente saca el pedazo de un girón. Solo habría que contener el golpeteo del taladro.
Belanjio abrió sus manos, exigiendo claridad.
—Las brocas de punta desviada para abrir túneles son patente de La Hermandad de Artemisa.
Belanjio empezó a entender. Abrió bien los ojos y frunció el ceño, pero se guardó su reacción para preguntar:
—Sí ¡pero eso no lo sabía Fester!
—No, pero tenía a Christa con él.
Entonces sí reaccionó Belanjio, poniéndose de pie y palmeándose la cabeza.
—Al premiar a alguien por inventar algo que ya existía, Fester detectó el fraude. Envió el globo solo como una trampa y… adivina. Le pareció que, ya que Chiribiku no era un genio sino una carnada, los genios debieron ser quienes casi lo engañamos —ella también se puso de pie y se paró frente a Belanjio—. Liberó a Christa para generar una distracción y me… cazó como a una liebre.
»Cuando estuve cautiva vi que Christa había sido obligada a construir algunas máquinas, y entre ellas había el prototipo de una perforadora de suelos con broca de punta desviada. Por eso él ya las conocía.
Belanjio se tomó un momento, respiró y recuperó el control.
—Y… ¿cómo es que escapaste de él?
Para esa pregunta, Málore pareció no estar lista. Evitó su mirada, agarró su frondoso faldón a dos manos y caminó de vuelta a la mesa. Abrió la boca y torció ligeramente sus ojos. Después de unos instantes al fin produjo sonido:
—Hice un drama.
—¿Qué?
—Al tercer día de que me tenía, empecé a lanzarle cosas, como mi ración de comida, a los planos y prototipos de máquinas que había hecho Christa para él.
Belanjio volvió a sentarse, cautivado por la curiosidad. No quería perderse una mera sílaba del increíble relato.
—Fester primero me reprendió, me dejó sin comida y luego sin agua. Me llevó a una celda aislada donde no pudiera hacer más daños y en las paredes escribí con una piedra cosas en contra de Christa —sonrío de forma encantadora, como cuando una niña es descubierta haciendo una travesura—. Escribí cosas horribles —susurró— ¡hasta un par de groserías!
La boca de Belanjio estaba tan abierta que bien podía contener una calabaza.
—¡Fester mordió el anzuelo! —siguió Málore, alzando los hombros y mirando de lado—. Me preguntó qué me traía contra Christa y le dije —apoyó su historia con movimientos de mano— que la odiaba porque ella había recibido todo el crédito por muchas máquinas y que de no ser por ella, yo sería la mejor de las mejores. Si vieras, Belanjio, Fester trató de consolarme diciendo que Christa era una llorona y que yo sí tenía la energía que él buscaba, y que con él yo no iba a ser una segundona.
»O sea que mientras tú estabas por aquí buscando un risco alto del qué aventarte, querido Belanjio —se puso de pie otra vez y caminó—, yo seguía trabajando.
Belanjio seguía mirando el asiento vacío de ella, con la mandíbula prendida de un hilo.
—Tuve que grandear a Fester para mantener mi papel. Hice un par de proyectos de máquinas, para trepar murallas, por ejemplo. Y al final lo enredé con que tenía una idea de hacía mucho sobre una escupidora de fuego voladora. Algo así como un dragón. Pero que los planos estaban en mi recinto en La Hermandad de Artemisa —volteó a ver sobre su hombro a Belanjio—. Entonces debía volver por ellos antes que las institutrices los hallaran. Y me dejó ir —ondeó su cabello—. Se quedó esperándome.
Belanjio se acercó a ella y la vio de frente, como si apenas la viera por primera vez.
—Eres más asombrosa de lo que imaginaba. Eres buena para inventar historias, como Kishi nos dijo, y ¡además eres actriz!
Ella replicó con una sonrisa más dulce que el chocolate que habían bebido.
—Ahora sabes —continuó Belanjio— todo de Lord Falcon Fester. ¿Qué esperamos?
—No sé.
—¡Tenemos que ir por Serenye y por Kishi!
Málore se irguió y habló en tono perentorio:
—Por supuesto. Ve con ellos. Yo debo seguir de incógnita. Ya ves como una mínima información puede filtrarse y arruinarlo todo.
La cara de inconformidad de Belanjio obligó a Málore a dar una dura explicación extra:
—Créeme que si no fuera porque ibas a brincar a ese desfiladero, yo no habría aparecido.
Belanjio torció la boca.
12 – El corazón roto de Kishi
Un típico café Zarabandino fue el lugar de reunión ilegal para los ex-cadetes y la hermana Kishi. Todos expulsados de sus escuelas y con órdenes de restricción.
—A mí tampoco me importa —dijo Kishi—. Cualquier cosa que nos impongan después de lo que nos pasó, es una tontería.
Kishi echó una mirada de indiferencia a los pastelillos de queso con fruta y galletas de avena. Luego vio a Serenye, que apretaba los labios con resignación, y sabía que ella misma se veía como un apenas visible fantasma recién traído del más allá. Luego vio a Belanjio, a quien la sonrisa no le cabía en la cara. Pudo demostrar la interrogación en su pecoso rostro y se lo comunicó a Serenye.
—Se ha vuelto loco. Es todo. Pero es un buen muchacho —afirmó él, cansadamente.
—Les agradezco que hayan tenido el valor de buscarme. Mi padre ha preparado todo para que me vaya de Zarabanda.
—No te irás —declaró Belanjio, sin mover los ojos.
Kishi lo miró con aprensión.
—Aquí mi compañero —Serenye señaló a Belanjio—, que hasta ayer por la tarde estaba más deprimido que tú, dice que sabe dónde —convirtió su voz en un rasposo susurro— se esconde Lord Falcon Fester.
Kishi subió una ceja y movió las pupilas hacia Belanjio.
—Velo de esta forma —dijo Serenye—: Es mejor verlo así con una teja corrida que como…
—Como nosotros, sí —exhaló Kishi—. Por mí mejor me voy. Los extrañaré chicos. La nuestra fue una gran aventura.
Kishi y Serenye unieron sus manos sobre la mesa e intercambiaron una mirada cuya nostalgia parecía derramarse sobre los pastelillos. Pero Belanjio soltó una risilla. Pegó el pecho al borde de la mesa y susurró:
—Falcon tiene su escondite en la montaña Sivirk. Tiene todo un búnker hecho con máquinas que sus genios cautivos desarrollaron durante décadas. Cada vez está mejor instalado y tiene más poder. Debe estar muy cerca de desatar el infierno en Zarabanda y el resto de la región.
Los otros dos lo miraron con creciente lástima. Pero algo resonó en la cabeza de Kishi, que encogió sus ojos y arrugó la nariz.
—¿Has estado hablando con Christa? —preguntó ella a Belanjio.
—¿Por qué? —se asombró Serenye.
—Porque… —soltó la mano de Serenye— ¡no puede ser!
Kishi se levantó y la imitó Belanjio, sin borrar su sonrisa de maniático.
—Christa dijo que Falcon tenía un hangar lleno de máquinas diseñadas por genios cautivos. Pero que nunca supo dónde estaba. Que la sacaron con un saco de café envolviéndole la cabeza.
—Y la sacaron para convertirla en una carnada —apuntó Belanjio, al fin borrando su psicótica expresión.
—Esto es demasiado horrible, no quiero saber más —renegó Kishi y se fue.
Fue seguida por Serenye y finalmente por Belanjio. Ella misma detuvo la persecución, volviéndose a ellos y dando un tremendo regaño a Belanjio:
—¿No has sufrido suficiente? ¡Pues yo sí!
Belanjio alzó las manos e invitando con ellas a Kishi a calmarse, abrió la boca. Pero no dijo nada. «¡Málore está bien!» iba a soltar. Pero, además de la confidencialidad, el morbo de dejar la sorpresa para el final también le motivaba.
—Somos los únicos que podemos hacer algo —susurró Belanjio con fuerza—. A Christa la tratan como a una loca, y a La Hermandad de Artemisa y a La Escuela les importa más evitar el escándalo que salvar a más jóvenes y a… Zarabanda.
Kishi desinfló el pecho.
—Admiro tu fuerza, Belanjio —bajó la mirada—. Pero sin Málore nada vale la pena.
Retomó su camino afuera del café con tanta calma y determinación que los otros no tuvieron la desfachatez de seguirla otra vez.
—Nos tocó solos —dijo Serenye.
—1: No estamos solos. Y 2 —puso su brazo sobre los hombros de Serenye—: Sabemos tanto sobre Fester que sería un crimen no hacer nada.
13 – Máquina de guerra
Serenye seguía sin entender a dónde diablos iba Belanjio a desaparecer por días enteros. La obvia ventaja era que, siempre traía más y más información útil y avances para el plan que habían urdido. Y, por otra parte, juzgar su extraño proceder no era justo. Serenye pensaba: «Yo al menos tengo aún al amor de mi vida». Y también, que Belanjio era extremadamente fuerte, o bien, se había vuelto loco. ¿Por qué se veía tan feliz?
Los cadetes armaron un campamento en una llanura, en medio de dos árboles, donde iniciaron con su nuevo plan. El sitio luego se convirtió en un taller y por poco llega a ser un búnker como el que reportaban, tenía Lord Falcon Fester. En un par de semanas, al lado del campamento se alzaba la figura de una torre. En la mesa dentro del campamento se podía ver una hojarasca de planos y cálculos. Y en los estantes y pisos, un lío de alambres, cátodos y fusibles. Lo más asombroso estaba en una mesa adyacente: Un par de aros concéntricos, a la sazón huecos, unidos por resortes, dispuestos al final de un cono de aluminio. Asemejaba una telaraña robótica. Daba la impresión de que la menor vibración la haría estremecer. Era nada menos que un micrófono.
Serenye se veía cansado y malhumorado, trabajando sobre un tapete de planos explayados y una caja con un magnetófono. Belanjio, que tenía una fuente inagotable de alegría en aquella cabaña junto al roble, se le acercó.
—Mañana vuelvo —dijo.
—No logro aumentar la sensibilidad del cuarzo —contestó de mala gana Serenye–, pero si me haces caso, el problema se soluciona agrandando el micrófono. Ya no se oirán las transmisiones como hechas por un borracho. Hazlo, Serenye. Tú sabes más que yo.
Pero Serenye no soportó más. Se puso de pie y tiró la caja con el magnetófono (una radio) y se enfrentó a Belanjio.
—¿Y tú a donde demonios te vas mientras yo trabajo como esclavo? Lo que estamos haciendo aquí va más allá de los sueños de La Hermandad de Artemisa o de La Escuela De Cadetes. ¿No crees que en vez de seguir con esta tontería de ser héroes deberíamos vender este invento?
Belanjio propinó una cachetada a Serenye.
—Lo que estamos haciendo aquí es más destructivo que cualquier cosa que nadie se haya imaginado. Más que un dragón volador mecánico. La haremos funcionar para atraer a Falcon, destruirlo y después rescatarlos a todos en Sivirk y destruir toda su porquería. Y destruiremos también esto —señaló la antena.
—Estás loco, Belanjio. Esta no es una máquina de guerra.
—Oh, sí. Lo es. Es la peor y más temible. No hemos acabado de construirla y ya te está engañando ¿no ves?
Serenye se disminuyó y sobre su hombro se posó la mano de Belanjio.
—Cuando acabemos con esto, podrás dedicarte a ser feliz con Kishi. Te lo juro.
14 – Un lugar sin tiempo
El fuego en la chimenea de la cabaña ardía lento, de forma casi líquida. Málore acariciaba con la punta de su fino dedo el pecho de Belanjio. Una colcha de seda de color escarlata los envolvía a la par. Todos los colores parpadeaban.
—Estás muy callado. ¿Ocurre algo malo?
—Es que Serenye está bajo mucho estrés. Parece asustado. Él siempre confió en mi ingenio, pero ahora parece asustarle. No imagina que esas ideas no vienen de mí.
—Pero, tú sabes que tampoco vienen de mí.
Belanjio se enderezó un ápice y preguntó con seriedad.
—Cuando esto termine ¿me presentarás a tus nuevos amigos?
Yo quisiera, pero ellos prefieren mantenerse de perfil bajo. No los juzgues. Están ayudando un montón ¿no?
—Es asombroso todo lo que saben —comentó él.
—¿Cuando estará lista?
—No falta casi nada. Si hay un ligero retraso es solo porque Serenye es demasiado perfeccionista.
—¿Cuándo? —insistió ella.
—¡Probablemente mañana! ¿contenta?
—¿O sea que hablarán con el gobernador y harán una presentación pública en pocos días?
—Exacto. ¿Tienes miedo?
—No —contestó ella con serenidad.
Málore suspiró profundamente y entonces continuó:
—¿Vienes conmigo al bosque? Aún está claro. Demos un paseo.
Lo que el intruso globo raptor interrumpió esa tarde en el balcón de la Escuela Militar, al fin sucedió. Málore y Belanjio eran una pareja de adolescentes, amantes y genios sensibles. Algo que su mundo estaba en inminente riesgo de perder.
Un vestido carmesí con capucha negra envolvía a Málore. Sobresalían sus cabellos brillantes en forma de vivos remolinos. Belanjio la llevaba de la mano y avanzaban cuesta arriba, pisando raíces de árboles y hierba.
—¿Recuerdas la primera vez que me viste? —preguntó ella.
—No exactamente.
Estaban sentados en el filo de un risco con visibilidad a Zarabanda desde una perspectiva poco usual. Ambas escuelas se veían a sus costados.
—Yo sí lo recuerdo. Ustedes se hacían los que iban a alguna parte, pero solo iban a vernos —rió.
—¡Qué vergonzoso! —resopló Belanjio.
—Fue simpático. Verás, Belanjio, desde mi experiencia del… rapto… he aprendido mucho. Más de lo que imaginas. Tanto que hay… —trató de dibujar sus ideas con las manos— cosas que antes sentías que ya no tienen sentido.
Ni los más elaborados manuales de ingeniería podrían contener algo de semejante índole, según pensó Belanjio. Así que escuchó con todavía más atención.
—Por ejemplo el miedo —siguió ella—, la ira, la frustración o el rencor —Suspiró. Para mí, lo que viene no es del tamaño que será para ti.
—¿QUÉ?
—¡Escúchame!
Belanjio puso la espalda derecha y la miró con mayor atención.
—¿Tú imaginas poder ir a un lugar tan lejos, pero tan lejos que allí no sea día de Venus, ni de Andrómeda, ni verano u otoño, ni ningún año?
Un amague de duda intentó salir de los labios de Belanjio, en forma de sonido, pero lo reprimió para no interrumpirla.
—Yo ya he ido —volvió a suspirar—. Y si te digo que vamos a dejar de vernos por un tiempo… espero que no te cause dolor si no le doy importancia. Es que para mí no será nada, aunque para ti sea mucho. Una vida entera.
—¿Vas a dejarme? —exclamó él.
—No, nunca voy a dejarte. Eso no es posible.
—¿Te vas tan lejos?
—Ahora que lo dices, la distancia también es solo ilusión —dijo ella, sumiendo sus ojos en el vacío.
—Qué rara estás, Málore. ¿Tratas de escribir poesía ahora?
—Déjalo así —tomó el brazo de él y se envolvió en él—. Gracias.
—¿De qué?
—Gracias por compartir una parte de tu vida conmigo. Ha sido muy grato.
—Hablas como si fueras a morirte.
No hubo más palabras. Se quedaron contemplando el colorido cielo estrellado con sus apenas visibles manchas galácticas. Málore trató de ser tan clara como pudo, pero a pesar que estaba hablando con un genio, cualquier esfuerzo habría sido inútil para que él entendiera.
15 – El regreso de Kishi
Serenye parecía arrancarse los cabellos delante del arcaico micrófono, ya aumentado de tamaño y frente a una playa de planos. Solo se alumbraba con bujía y tenía los ojos rojos. De pronto percibió detrás de él un sonido furtivo y saltó de su butaca. Se trataba de Belanjio, que venía hecho un ogro y visiblemente cansado, con la cara escurrida y el entrecejo recto. Traía la caja dotada de magnetófono y tubos catódicos en la mano.
—¿Cómo es que puedo escucharte hablar a doscientos metros de aquí pero a cincuenta metros, esa triste colina interrumpe la señal?
—Yo no tengo la respuesta.
—¡Qué descarado eres! ¡Dime por qué magia la señal es tan poderosa para llegar tan lejos pero no atraviesa una colina!
—Yo no tengo la respuesta.
—Quieres hacerme enojar ¿no?
—Es porque ustedes, genios de quinta, están transmitiendo una onda modulando la frecuencia. ¿Ya probaron modulando la amplitud? —dijo Kishi.
—Tenemos visita —anunció Serenye.
—¡KISHI! —tronó el ex-cadete.
Mientras ellos se abrazaban, Serenye espetó con lamento:
—Y no vino por mí sino por el proyecto.
—¡Estás más hermosa que nunca! —le dijo Belanjio, bailando con ella, a pesar de los reclamos de Serenye.
Kishi reía y pegaba el oído al hombro, motivada por la pena que le producía el ser tan halagada.
—¿Ya le ofreciste algo de comer? —le preguntó Belanjio a Serenye.
—Aquí no hay nada de comer —renegó Serenye.
Ella caminó hacia él y lo abrazó.
—No seas gruñón —dijo—. Está molesto porque traje bocadillos pero le pedí no comer hasta que llegaras.
Con los ánimos amainados debido a la gracia de una barriga llena, los cofrades hablaron calmadamente.
—Después de presentado el artefacto, será cuestión de tiempo, y muy poco, quizá menos de un día, para que Falcon aparezca —explicó Serenye.
—Y ¿si no aparece? —preguntó Kishi.
—Aparecerá. Lo tenemos todo medido… —empezó a decir Belanjio.
—¿Como la última vez?
Ellos bajaron la cabeza.
—Perdón —pidió ella, bajando también la cabeza.
Belanjio tomó aire y siguió:
—La torre, el transmisor y el receptor estarán todo el tiempo custodiados por la guardia civil de Zarabanda. El verdadero anzuelo para Falcon son los planos. Habrá luego de la presentación una ceremonia privada en la que yo entregaré los planos al gobernador para que los haga bien público. Falcon no puede permitirse eso.
—Tienes razón. No con este invento.
Amanecía y la seriedad de la charla militar se había desvanecido con la penumbra. Todos estaban cansados pero se rehusaban a separarse.
—No… la frecuencia modulada también sirve. De hecho, ambas sirven. Son complementarias —explicó Kishi—. Una tiene mayor fidelidad y la otra, mayor alcance.
—Espera, espera, espera —dijo Serenye, desesperado.
Kishi rió.
—¿Cómo es que sabes tanto de esto? ¿Has estado espiándonos? —continuó Serenye.
La carcajada de Kishi apenas dejó entender un «no».
—Me lo han dicho —agregó ella.
—¿Quién? —Exclamó Belanjio, temiendo que los hubieran descubierto.
Pero Kishi parecía no querer hablar de ello. Su ánimo cambió a un consentido temor.
—Ustedes van a decir que estoy loca y ya no van a tomar en serio la idea.
—No, no-no, la idea es genial. Tiene todo el sentido del mundo ¿quién te la dijo? —preguntó Serenye, poniéndose de pie.
Pero la inusitada respuesta de ella los dejó de una pieza, congelados y en silencio por largos segundos:
—Málore.
Belanjio reaccionó primero, creyendo que ellas se habían encontrado. Se puso de pie y abrió los brazos alistándose para la merecida celebración. Pero Kishi agregó:
—Málore, en sueños.
Belanjio arrugó los ojos tanto que el dorso de la nariz se le encogió y mostró los colmillos. Preguntó:
—¿EN SUEÑOS?
16 – Los planos de El Mal
Zarabanda, día de Andrómeda declarado feriado hacía muchos gobiernos, en conmemoración de la fundación de la ciudad. Y en esta fecha, específicamente, tenía lugar un evento sin precedentes. No por la presentación de una tecnología nueva, sino porque esta en especial no venía de ni de la Academia Militar ni de La Hermandad de Artemisa, sino de jóvenes ingenieros particulares. Se decía que aquello que estaban por presentar era tan asombroso que la gente al principio creería que era un fraude. Por eso Belanjio tomó todas las medidas para que la veracidad del funcionamiento de la máquina fuera demostrada más allá del margen de la duda.
Primero habló el gobernador, dando un repetitivo discurso que arrancó elongados bostezos aquí y allá. Luego cedió el cono parlante a Belanjio. Él se aclaró la garganta.
—Damas y caballeros, hasta este momento ustedes no tienen ni idea de cuán importante es esta noche. Pero será histórica. He arreglado la demostración con toda la transparencia y curaduría posibles para que no crean que intentamos aprovecharnos de vuestra buena fe.
Señaló al gobernador que abordaba un carruaje con su séquito. Llevaban consigo la caja sintonizadora.
—Quién quiera puede enviar testigos —agregó Belanjio.
—¡Hay cuatro cupos más! —tronó el cochero.
Belanjio suspiró y tomó una bocanada aire para decir lo que estaba por decir.
—Este invento será cada vez más novedoso, asombroso y llamativo. Llegará a proyectar imágenes y después interacción. Pero siempre cumplirá con la función para la que fue diseñado: comunicar. Comunicar… ser la voz del pueblo… un veloz vehículo de información…
Belanjio vio de reojo al carruaje del gobernador alejarse lentamente y añadió de manera cetrina:
—Siempre cumplirá con la función para la que fue diseñado: Controlar vuestras mentes.
Todos rieron.
—¿Lo ves? Te dije que se reirían —le susurró Serenye, estirando el pico en son chabacán.
—Ellos solo pueden reírse de eso. Es parte de la ilusión, que se crean inengañables —dijo alguien para sí mismo entre la audiencia.
Su voz era nasal y su figura regordeta. Quien estaba a su lado se inclinó y le dijo:
—¿Disculpe, señor?
Falcon subió la mirada y gentilmente rehusó responder, mediante un ademán y media sonrisa. Después se ajustó el sombrero y caminó.
—¿Cuál es tu nombre, linda niña? —le preguntó Serenye a la pequeña voluntaria, sentada en su regazo ante el micrófono.
—Miriota —respondió ella, con una voz muy aguda.
—Miriota, vas a enviarle un mensaje al gobernador. Dile o pídele lo que quieras.
—Le voy a pedir que haya más tiendas de flores.
Todos se enternecieron y algunos también rieron.
Todo estaba listo. Belanjio inspeccionaba la torre de madera y alambres que habían llevado desde el campamento. Estaba nervioso. En cualquier momento podía desatarse el infierno, como la última vez.
Una sensación que Belanjio apenas empezaba a conocer, ascendía desde su vientre por su pecho y terminaba en su garganta. Estaba preso de los nervios, cosa apenas natural al considerar el destrozo que causó la última vez y que, según creía él, a sí mismo le había salido barato.
Aún con las tripas del cadete al revés y temblando, el evento siguió y culminó con éxito. El éxito al menos era aparente, pero no había señales de Falcon. Todavía nadie del público, ningún Zarabandino entendía lo que se suponía que había pasado. Al cabo de un buen rato, el rechinante carruaje volvió y sus ocupantes se apearon en la plaza. Se les pidió a los testigos que hablaran libremente de su viaje. Dijeron que habían ido al límite Sur de Zarabanda y que en aquella caja oyeron a una niña. «¿Y qué dijo la niña?» preguntó la multitud. «Habló con el señor gobernador, le pidió un aumento en incentivos a comerciantes de especies de flora locales». Solo respondieron los grillos. Otro testigo intervino y dijo: «Le pidió más tiendas de flores». Se desató el bullicio. Como se predijo, algunos gritaban «¡Fraude!». Pero la mayoría estaba perpleja y asombrada.
Todavía sobre la tarima estaba Belanjio, boquiabierto y ventilándose el pecho con las solapas. No sabía qué esperar. El gobernador fue asistido para subirse a su lado y una vez cerca, le habló:
—Señor Belanjio, estoy muy impresionado. Como comprenderá, mi comité quiere hacer varias pruebas antes. Pero yo, personalmente, estoy convencido. Por favor venga a la oficina del ayuntamiento para que haga entrega, como lo prometió, de los planos y notas de su artefacto.
Belanjio y Serenye intercambiaron una crucial mirada de susto.
—Yo me quedo aquí con los equipos. Ve tranquilo —dijo su amigo de lentes gruesos.
La oficina del ayuntamiento era barroca y bien iluminada. Amplia como para albergar a cientos de pie. Pero solo había media docena de personas. Un semicírculo de miembros del comité de la gobernación escoltaron al gobernador y miraban fijamente a Belanjio, que estaba solo frente a todos ellos. Los únicos sentados eran Belanjio y el gobernador de Zarabanda. EL cadet nunca se había sentido tan intimidado. El gobernador extendió la mano de forma imperiosa, con la palma arriba. La mano de Belanjio tembló e hizo sonar los rollos dentro de su porta-planos.
—¿Qué garantía tengo de que serán puestos en la biblioteca pública? —preguntó, con la voz como gelatina.
—No puedo darle una garantía de algo que no ocurrirá —respondió en tono beligerante el gobernador—. Usted no nos advirtió de la envergadura, el alcance y el potencial de este artefacto. Espero que su asombrosa inteligencia no se limite a lo técnico, sino que se extienda a lo político. Una patente así no debe ser pública. Usted recibirá lo que cobre por ella —se relajó—, no se preocupe.
Belanjio seguía sin poder hablar. Solo movía los labios.
—¿Qué le preocupa, joven? Nosotros sabemos quién es usted. El protagonista de ese célebre episodio de escándalo de la Escuela de Cadetes. Un intento de héroe. Si le preocupa Lord Falcon Fester y la seguridad de su invento…
El gobernador cedió mediante un gesto la palabra a una de las damas de su comité. Ella habló casi como un robot, y aún así sonriendo:
—Lord Falcon Fester fue arrestado hace pocos minutos. Él vino a entregarse de forma voluntaria.
Belanjio frunció el ceño y descolgó la mandíbula.
—Ocurrió mientras regresaba nuestro carruaje —siguió ella—, me han informado. La guardia civil de Zarabanda lo puso en una celda bajo vigilancia.
—No tiene ya qué preocuparse de Falcon —recalcó el Gobernador—. No hay mejores manos para esta patente que la oficina de la gobernación, bajo el más estricto control de uso. Ahora ¡entregue esos planos!
El gobernador había terminado muy subido de tono. En la tribulada cabeza de Belanjio resonaban las palabras «de forma voluntaria».
Los lacónicos pasos de Belanjio, sonaban arrastrados y sosos al bajar la escalinata de piedra fuera del ayuntamiento. Serenye lo aguardaba con la noticia:
—Lord Falcon Fester está preso.
—Lo sé —respondió él, como un ánima—. Esto huele demasiado mal.
—¿Qué pasó ahí dentro?
—Pasó que… nos hicimos ricos.
17 – Columpio roto
La ventaja de haber sentido ya dolor de intensidad inmedible, es que otros sucesos desafortunados no duelen. Eso pensaba Belanjio, andando por el camino que lentamente dejaba de ser empedrado y se convertía en lodazal al salir de Zarabanda. Había dejado a Serenye a solas con Kishi, pensando que no habría mejor consuelo para él que también, reunirse con su amada Málore.
—¿A dónde vas, chico?
Él volteó y se sorprendió al ver a una mujer adulta, con la apariencia inconfundible de una institutriz de La Hermandad de Artemisa.
—Primero te hiciste famoso y ahora… rico, creo —comentó.
A Belanjio le desagradó el comentario y ella lo notó.
—Perdóname. Mi nombre es Oleandra. A pesar de que todos hablaban tanto de ti, y… hablarán más ahora… nunca pude encontrarte. Estabas bien escondido. Felicidades por tu invento —carraspeó con timidez.
—¿Qué quiere? —preguntó él con sequedad.
—Darte un mensaje.
—¿De quién?
—De La Hermandad de Artemisa. Te han desestimado toda culpa y te han dado permiso de ir.
Ante esta afirmación, Belanjio encogió la cara y subió los hombros.
—¿Ir a qué? —preguntó.
Oleandra no ocultó su cara de desconcierto. Después de un momento ató cabos y se sumergió en una pena muy amarga.
—No me digas que no sabes —sollozó.
—¿Saber qué?
Oleandra miró al rededor. Le pareció que no era el lugar, la hora ni la situación para decírselo, pero tenía que ser así. Después de un eterno segundo para tomar aire y reunir fuerzas de las vísceras, Oleandra habló:
—Falcon se llevó a Málore y la tuvo por unos días…
Belanjio creyó saber el resto de la historia. Que Málore había hecho un drama, había engañado a Falcon y había huido. Pero Oleandra siguió, empezando a llorar lentamente, prediciendo el dolor que iba a causar:
—Un día después llegó un caballo a La Hermandad de Artemisa, con un cuerpo envuelto y atado. Era Málore —lloró.
—Señora, usted está equivocada… —el cansancio no lo dejaba hablar bien—. No sé cuál será esta confusión tan horrible. No sé qué haya pasado, como sea, lo lamento… yo tengo que seguir mi camino.
Se dio la vuelta.
—Málore está enterrada en La Hermandad de Artemisa. Tú eres bienvenido a visitar su tumba cuando quieras —Lloró más aún—. Lo siento tanto.
Oleandra se regresó sollozando.
La cabeza de Belanjio estaba hecha un infierno. Pero ¿Para qué pensar? Estaba a pocos minutos de llegar a su morada y constatar que todo era, ya fuera una confusión o la broma más macabra imaginable. Igual, al rato, podría reírse de ella junto a Málore, creía.
Anduvo lo que faltaba haciendo un esfuerzo tremendo para levantar los pies. La mezcla de cansancio, miedo y horror le impedían andar bien. Al final levantaba tierra con la punta de los zapatos. Y es que andaba y recordaba cosas y conectaba puntos. Parecía predecir lo que estaba por encontrar. Recordaba a Málore diciéndole «Créeme que si no fuera porque ibas a brincar a ese desfiladero, yo no habría aparecido». O le parecía verla hablándole de esa tierra sin tiempo a donde había ido. O le parecía oír a Kishi diciendo «…sin Málore nada vale la pena» o con su «Málore me lo dijo en sueños», o «Y tiene la costumbre de armar historias. Pero nadie se las cree». ¿Sería acaso, el drama armado por ella y la fuga, una de sus historias?
La horrible visión que se anticipó en su mente, se presentó físicamente ante sus enrojecidos ojos y su atacó corazón: Junto al roble no había cabaña alguna. Cuán odioso se veía el prado noble y virgen al lado del árbol, intacto y vacío. De las ramas del árbol colgaba un columpio, pero solo de un lado y con cadenas tan oxidadas que podrían partirse al viento. Las estacas que formaren alguna vez la silla ya no tenían color. «Construyeron un columpio en tu escondite», «Ah, no, ese columpio lleva ahí muchos años».
La tierra húmeda se pegó en las rodillas de Belanjio cuando él cayó. Lloró en cuatro apoyos y con la cabeza descolgada como si esta fuera inerte, durante largo rato. Gritó sin fuerzas el nombre más hermoso de su vida:
—¡MÁLORE!
Luego cayó de costado, como sin vida. Pero las manos piadosas de Kishi y Serenye lo rescataron. Habían sido avisados por la institutriz Oleandra.
18 – El último integrante
La guardia civil de Zarabanda desmanteló el búnker secreto de Lord Falcon Fester, rescató a varios estudiantes, muchos de ellos en edad adulta. También recuperaron mucha de la maquinaria de guerra construida, aunque siempre hubo polémicas por la cantidad de ellos que se hizo pública y la que no.
Kishi desapareció de Zarabanda, con Serenye. Fue la fuga de amor más joven registrada y semilla de toda una moda, casi epidemia de fugas de amor.
Christa prosiguió en La Hermandad de Artemisa, se concentró en los deportes pero sobre todo en la instrucción a entrantes.
Lord Falcon Fester, según se dijo, cumplió condena durante unos meses antes de morir. Pero la historia de su muerte no se la tragaron muchos, en especial quienes hicieron parte de su bloque de búsqueda, estudiantes de La Hermandad de Artemisa y Cadetes de la Escuela Militar de Zarabanda. Se tejió que su entrega voluntaria fue una estrategia para acercarse al poderoso invento de Belanjio y Serenye, sin necesidad de levantar arena. El Gobernador de Zarabanda habría tenido todo que ver en tan sucia jugada.
Los planos de la máquina de comunicaciones permanecieron en poder de la gobernación por un tiempo, hasta que la primera estación de radio y los primeros sintonizadores salieron al mercado. Todos habrían de parecer zombis desde entonces. Cada Zarabandino andaba con su cajita sintonizadora pegada a la cabeza, oyendo toda clase de cosas que decían a través de ella, la mayor parte, payasadas. Y eso cayó como anillo al dedo al gobernador porque nadie más volvió a acordarse de su posible contubernio con Lord Falcon Fester, ni a preguntarse por el paradero de este.
El viejo Belanjio habría de ver a la población zombi de Zarabanda. Falcon había vencido, y sin que se supiera si quiera de él. Había usado y seguiría usando, seguramente, personajes fachada, como el gobernador. Si los amigos de Málore, quienes le facilitaron la información para construir la máquina, supieran el embarazoso fracaso que fue todo… pero puede también que no haya sido un fracaso, sino el destino. Una prueba por la que tiene que pasar toda civilización. «Donde esté Málore quizá ya han pasado esta y otra pruebas» razonaba el viejo Belanjio.
Sentado en una banca en el parque central de Zarabanda, Belanjio alimentaba las aves. Era un viejo ricachón y había tenido una buena vida. Pero eso no lo agradecía, ya que no consideraba el ser rico una bendición, ni haber perdido a Málore una maldición. Había aprendido que todo en la vida era un desafío, y que la única manera de derrota posible era lanzarse a un desfiladero.
Zarabanda cambió mucho en esas décadas. Ya no era una población bucólica en explosión industrial, sino una ciudad plenamente industrializada. La Hermandad de Artemisa y La Escuela Militar ya no eran más que atracciones turísticas. Su valor ya no era humano sino material, como joyas en un museo. Sobre ella volaban máquinas eléctricas y al rededor había avenidas repletas de coches.
Ya que, en un intento por verse justo y quizá limpio, el gobernador presionó a La Escuela Militar para que retirara todo cargo de Belanjio y lo reincorporasen, el joven cadete tuvo la oportunidad de re-ingresar y ver aquello que se convirtió en un muy agradable recuerdo:
El cadete, eminente ingeniero, nuevo rico y amante mártir, avanzó instalaciones adentro en compañía de su pandilla. Nadie más parecía notar lo que ocurría, excepto Belanjio mismo: En el mural de peces, Chiribiku trabajaba en un nuevo integrante para su pecera. Estaba subido en un andamio y delineaba con pincel un último dibujo. No era un pez, era nada menos que una sirena. Chiribiku estaba concentrado en lo que parecía el último retoque, unas pinceladas a una cabellera a la que había logrado darle apariencia de oro mediante una ingeniosa combinación de matices de amarillo y negro. No era entonces una burla, sino un homenaje. La única alusión a una mujer en el muro de peces de la Escuela Militar, nada menos que proveniente de La Hermandad de Artemisa. Al verla, Belanjio suspiró y dijo su nombre:
—Málore.
Fin
Nota del autor: Esta historia me la soñé. He soñado historias toda la vida, como ir a cine gratis mientras duermo. Esta es la primera historia soñada que me animo a escribir. Desperté llorando en la parte correspondiente al penúltimo capítulo.
Por provenir de un sueño, no recordé algunos detalles y los tuve que inventar, como el villano y cuáles eran sus intenciones, o los nombres de todos los personajes.
Al público joven: ¡De verdad! Aléjense de la radio la T.V. y las redes sociales. Mientras menos contacto tengan con ellas, más lúcido soñarán y menos ataduras tendrán a esta prisión material que consideran su “mundo”.
Mis menos peores relatos

En la imagen: Taryn Power.
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Cuando dije que era mejor no compartir cómo se ponen las imágenes (que insisto, no es nada del otro mundo), dije que una de las razones es que los mismos usuarios provocan cambios en la página y va se la tiran. Y tengo razón. No fue por imágenes, sino por otra razón. Ahora el botón «Editar» ha sido retirado.
He encontrado tres errorcillos aquí y me gustaría corregirlos, pero ya no se puede.
Perdón 🥺
Es mi culpa, supongo que esa gente no les gustó que borrara mis relatos